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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Historia de amor entre otro Flaubert y otra Colet (continuación).
Esta historia empieza en un stand-by, como la dejé. Hay muchas historias que ni empiezan por el principio, ni acaban con un final. Lo malo es que Hollywood nos tiene en engaño permanente... Déjenme que les siga contando. (Para quien no leyera el principio, está en el archivo de Junio, el 22).

Eran principios de año, más o menos, aunque daba igual, porque los meses eran una continuación alargada de aquella mañana de Septiembre del principio de los tiempos.
Igual no es necesario decir que las notas no les fueron bien, ni a él, ni a ella. Pero tampoco creo que les preocupara, con tanto trabajo que tenían llegando a conocerse más y estableciendo récords de permanencia en el bar mientras tanto.
Él, el chico de la cara imposible y físico impredecible, le hablaba de su amigo de toda la vida, su camarada, su compinche, su hermano, una especie de Lord Byron, a la vez músico excepcional y poeta inevitable. Ella, celosa de que hubiera alguien con quien competir en la amistad y la consideración de él, le decía que lo llevara algún día (al músico poeta) para compartir notas (musicales, no académicas. Acabáramos) y él siempre le respondía con alguna evasiva.
Hasta que un día sucedió lo que tenía que suceder y coincidieron los tres, en la misma dichosa parada de metro de siempre, y por pura casualidad.
Y sucedió lo que tenía que suceder y Byron y Colet fuera de tiempo se enamoraron perdida, imposible e infantilmente.
De una manera que nadie aún logra explicar (y créanme, surgieron un número considerable de analistas de esta historia) desde el momento en que nuestra Colet y nuestro Byron particulares se enamoraron, ella ya no podía concebir a uno sin el otro. La idea era poco menos que escabrosa, por el daño que podía llegar a causar, pero acechaba su cuerpo como el cáncer y no podía dejar de pensar en todas las cosas que los hacían complementarios (que no sustitutivos) y que la suma de los dos construía al hombre perfecto, el príncipe azul soñado, qué sé yo lo que debió de pensar o sentir durante semanas.
Semanas hasta que no pudo soportar más darle tantas vueltas a las cosas y actuó.
No malinterpreten la historia: ahí no empezó el triángulo. El triángulo había empezado en el momento preciso de conocerse Flaubert y Colet, porque Flaubert ya cargaba tras de sí con los años de input proporcionado por el otro. Flaubert ya llevaba consigo una especie de vacío guardado para el otro; un vacío que también se notaba en el otro cuando Flaubert no estaba.
Así fue como siguieron los meses. Ella viajaba del uno al otro, con romanticismos y sin ellos. Fría, apasionada, calculadora y perdida.
Resulta dificil determinar quién era víctima y quién criminal, dado que cada uno(/a) era víctima de sus propias flaquezas y a la vez manipulaba a los otros dos.
Byron y Flaubert, que desde el nacimiento y hasta aquel momento se lo habían explicado todo y habían confiado el uno en el otro más que en si mismos, encontraron un tema tabú: ella. Byron no quería explicar nada a Flaubert sobre su relación con ella, porque sabía que le haría daño. Flaubert no quería explicar nada de ella a Byron, porque se suponía que ella estaba con Byron y le engañaba con él.
Ella tenía miedo de hablar y confundir nombres, o decir demasiado.
Ella era un dolor de cabeza con piernas.
Ellos la amaban. No la querían: la amaban.
Ella amaba tanto a uno como al otro, pero de una manera tan diferente que era imposible decir que los engañara, si se pensaban bien las cosas.
Otros cuantos meses después, entre conciertos de piano mal dados, exámenes mal estudiados, amistades olvidadas y un verano por medio, la cosa giró ciento ochenta grados y Colet decidió dedicar todos sus sentimientos a Flaubert y olvidar al otro. El otro siempre fue el otro, de todas maneras.
Justo cuando pensaba que había roto el triángulo, apareció Byron una noche en su casa (la de ella) cuando Flaubert se marchaba, y coincidieron los tres en la cocina, a medianoche.
Nadie sabía qué decir, ni si había algo que decir.
Cuando parecía que los tres estaban a punto de tirarse por la ventana o proponer un trío, Flaubert se marchó y Byron se quedó, y vuelta a lo mismo.
Y cómo piensan que puede acabar una historia así. Ella sabía el final desde el principio. Actuó según sus sentimientos porque sabía que los había de perder a los dos.
Lo malo era que en realidad, entre tantos engaños, escondites, verdades medio dichas y mentiras medio confesadas, sólo quería a uno de verdad. Al de siempre; al del principio.
Byron fue expulsado del mapa al cabo de un tiempo, y Flaubert desapareció por racionalidad propia recién estrenada.
Ella se quedó sin él. Le escribió durante meses. Le escribió durante un año, pero nunca recibió respuesta.
Al cabo de ese año, una noche coincidió con él en una fiesta y se pusieron a hablar un rato que duró más de ocho horas. Hablaron de lo que habían hecho durante aquel año en que los dos habían cambiado de carrera; hablaron de libros, de escritos, de las cartas de ella, de las nuevas amistades de él, de lo mala que estaba la cerveza en aquel sitio y de otros sitios. No dejaron nada por hablar. O casi nada.
Se hizo de día y ella pensó "Y ahora, ¿qué?"
Y le preguntó: "Y ahora, ¿qué?
Y él pensó: "Ahora te beso como si se acabara el mundo, porque ahora sé que has entendido cuánto valían mis sentimientos y también que los compartes."
Y le contestó: "Ahora son las seis de la mañana y me voy a casa a dormir. Y cuando me despierte, esta noche no ha ocurrido."
Y la cochina casualidad, además, hizo que se despidiera en la misma parada de metro donde se habían conocido, como si el metro lo hubiera escupido un buen día y ahora se lo volviera a tragar.
No es una cuestión de conformismo: no habría funcionado, porque la esencia de la historia era madurar y aprender, no emparejarse. La esencia de la historia iba por el camino de que "lo más grande que te puede pasar es amar y ser correspondida".
Y eso, créanme, ya que soy la narradora omnisciente, le quedó bien claro para siempre.
Esta es otra de esas historias cuyo final me gustaría cambiar. Desafortunadamente, para esta no encuentro ningún final feliz. De hecho, no encuentro ningún final, de ninguna manera.

"La nuit maintenant est chaude et douce ; j'entends le grand tulipier, qui est sous ma fenêtre, frémir au vent et, quand je lève la tête, je vois la lune se mirer dans la rivière. "
 
 
Comentario:
Merci de votre richesse culturelle. J'arrive pas à vous contacter. J'éspère que tout se passera très bien au Canada. À bientôt!
A.
 
Comentario:
"...Les coeurs des femmes sont comme ces petits meubles à secret, pleins de tiroirs emboîtés les uns dans les autres."
 
Comentario:
Adoro a Elvis Costello!! ¿Qué no hace bien Elvis Costello?
Ya sabía yo que alguna secreta razón hacía que vd. me caiga tan bien.
Ah!, excelente post este último.
Siempre suyo.
 
Comentario:
Hoy voy yo y me comento. Estoy intentando acceder a mi asistente de publicación y me dice que no he activado mi blog. ¡Dichosa informática, si llevo meses con un blog más activo que la agenda de doña Leticia! ¿qué está pasando? ¿Será un virus?
No me puedo quedar, porque tengo que ir a buscar a Hans Magnus al aeropuerto. Qué cibervida cruel, hoy precisamente que sólo quería poner la letra de una canción de Elvis Costello, uno de mis amores platónicos preferidos...
En fin, ya volveré a intentarlo cuando pueda.
A.
No