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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Post de una muela en apuros.
Me presento, aunque estoy segura de que ya habrán leído sobre mí incluso puede que más de lo que les interesaría: soy LA muela. No cualquier muela habitante de cualquier boca, no. Soy LA muela en cuestión.
Para mi dueña, toda esta historia de dentistas sólo es una cuestión de dolor de muelas. Para mí es una cuestión de vida o muerte. Tengo que lidiar a diario con una infección que ríome yo del ejército llanqui. Y ni siquiera tengo dos manos para ello, no, porque una está sujeta permanentemente al cerebro, así que con la otra tengo que ir repartiendo leches a un rebaño de bacterias infecciosas, todo lo rápido y fuerte que puedo. Agotador.
Esto sólo era un pequeño preámbulo para que entiendan la situación que viví el jueves pasado por la tarde.
Aquella tarde le tuve que doler bastante. Créanme, no soy la mala de la película, soy la víctima. Si me arrancan, ella (mi dueña) sigue viviendo, pero yo me joderé y acabaré, con mucha suerte, en un cubo de la basura. Menudo fin para alguien como yo, que ha catado los mejores entrecots de ternera gallega y los roastbeefs más estupendos de Nueva Jersey. Aquella tarde no le dolí de infección, sino de lo contenta y nerviosa que estaba ante la tan esperada visita con el dentista.
En cuanto entramos en la consulta noté un mordisco en la mano que llevo anclada al cerebro. Era el nervio óptico, que se cagó de miedo al ver la sillita esa de marras. Háganse una idea de lo dura que es mi vida, rodeada de cobardes perpétuamente. En fin, el caso es que logramos aposentar los glúteos en la sillita y en seguida ví la cara sonriente del verdugo, mirándome fijamente.
-Ay, qué lahtima de muelita, víiihte, pero por qué no vinihte ánteh, muhé?
Y mi dueña le responde, muy en su línea:
-Porque los dentistas me dan pánico.
Mal comienzo, pensé. Muy mal comienzo, y las voy a tener que pagar yo, encima, que no he dicho nada.
-Bueeeno, vamoh a ponerte la anehtésia, sentáte bien y miráme, oquei?
Aquí tengo que decirles que sentí un poco de vergüenza ajena. De mi dueña, claro, que estaba de todo menos quieta. Mi encía temblaba tanto que no era capaz de mantener las raíces en su sitio, casi pensé que me caía garganta abajo. Un miedo que ni les cuento. Antes ni de prepararme mentalmente, ya está el argentino con una máscara puesta hurgándome por todas partes. Unas cosquillas del copón, cosa que ustedes pensarían que con la infección, casi que se agradecen... pero no. Si las muelas pudiéramos hablar... Los que hacern los cartelitos de LAS AUTORIDADES SANITARIAS ADVIERTEN" estarían en el paro.
En fin, lo que recuerdo, antes de quedarme semi-inconsciente (y ahora les explicaré el "semi") es que todo era gris y amarillo. Todo lo que venía de la mano que tengo enganchada al cerebro, quiero decir. Parece que quieran hacer las consultas a juego con el dolor. Así ya no sólo notas el sabor metálico de la infección, sino que para que no te despistes, también tus ojos lo ven, y tus manos lo pueden tocar. Genial, pensé yo, con lo cobarde que es ésta sólo le faltaban más sugestiones sensoriales.
El tío ya iba por la tercera botella de anestesia y yo tenía ganas de salir y decirle:
-No, mira, chato, que es que parece que no te has dado cuenta de que con esta infección ecuestre va a ser como bastante imposible que me duermas. Padezco de insomnio ya desde hace tiempo, y no dormiré hasta que no sepa que puedo dormir tranquila y que no me voy a despertar en un cubo de la basura, apátrida y ensangrentada, con las raíces clavadas en un cacho de algodón.
Pero claro, es volver a lo mismo.
Cuarta botella de anestesia, que me arranquen de cuajo si miento, y mi dueña intentando explicarle al verdugo argentino que la anestesia no le hace efecto de golpe, que hay que esperar un rato, y el verdugo, tan médico él, diciéndole que no, que la anestesia tiene que hacer efecto de golpe, como si fuera el Dios Griego de las terminaciones nerviosas... debió ser con este pensamiento que me empezó a dar la mosca, empecé a cabecear y pude ver a un especie de monstruo tipo mitólogía griega, con agujas en vez de pelo y de cuerpo transparente, relleno de líquido amarillo, luchando contra Medusa, y haciéndose llamar Anestesia. Les juro que hacía unas cuantas Boldams que no tenía sueños tan extraños.
Pero el cabeceo duró poco, y me desperté de golpe, con un pinchazo en todo el nervio, que es la zona bélica donde se está desarrollando el conflicto. Expulsé, del susto, una partícula de resto de pan de cereales. Si esto les parece asqueroso, hay gente que cuando tiene miedo se caga, que es peor, oigan.
Sentí un movimiento brusco y de golpe, la cobarde en cuestión abrió la boca y pude ver, en primer plano, la pileta de enjuagarse. ¡Pcccht!
Buá. Y yo que pensaba que aquel jueves por la tarde se anunciaría el final de la guerra. Aunque claro, la situación no permitía el rendimiento de armas, porque yo, con aquella infección amenazando con quedarse a vivir en mi casa y echarme, no me podía dormir, como comprenderán, y ni mi dueña podía soportar el "ñiiiiiiiiiiiiii" de la excavadora asesina si yo no me dormía, ni el verdugo podía verduguear si mi dueña no dejaba de darle rodillazos en el esternón. Muy jodidas, las negociaciones, oigan.
Luchando por permanecer despierta, pude oir como la muy gallina de mi dueña le decía al verdugo:
-Me voy. Esto no va a funcionar. Me voy.
Entonces noté algo salado entrando por la boca.
Lágrimas. Con veintiocho años, y la tía se escapaba de la consulta del dentista llorando.
-Es de dolor- me confirmó el cerebro, a la salida. Yo andaba un poco drogada, todo hay que decirlo. Sentía unas inusuales ganas de reírme, bailar, y trillar bistecs, que era algo que no sentía en años, y no les exagero. Me habría comido el mundo en aquel momento, y nunca mejor dicho.
Pues las lágrimas fueron, más o menos, el último sabor salado que ha entrado por estos barrios últimamente. El resto, yogures, ibuprofeno y amoxicilina a punta pala.
Sigo sin dormir tranquila, no obstante, porque sé que se prepara una bien gorda, y quiero mantener la cabeza despierta.
En ello me va la vida.
 
Comentario:
Des médecins et des dentistes, il y en a des bons et des mauvais, comme partout. C'est plutôt cette chance pourrie que j'ai qui me fait aller tomber toujours chez les mauvais...
A.
 
Comentario:
C'est lors de mon deuxième voyage en Espagne que j'ai compris pourquoi Dali disait (dans son journal intime) ne pas faire confiance aux médecins et dentistes de son pays...
No