Raval Sud Blues.
Creí que llegaba tarde, pero como de costumbre, había mirado mal el papelito. Siempre los dichosos papelitos, de esos que no llegan ni a tamaño de post-it enano y haciendo publicidad de algún medicamento. En el mío ponía "ibuprofeno XMS 600 mg", lo que hasta creí una broma de mal gusto por parte del de programación.
En fín, el caso es que tuve que subir los siete pisos a pie, porque sólo funcionaba un ascensor, cuya puerta había quedado literalmente sepultada bajo ciento cincuenta personas de todos los países imaginables ( y no imaginables). Entonces recordé lo que le había oído decir a la mujer del estanco, minutos antes:
-Aquests desgraciats, venen aquí a operar-se gratis, i nosaltres hem de "paga'ls-ho"...
Me daban ganas de matarla, en cierto modo. Puedo entender que tenga su punto de vista... es sólo que soy incapaz de respetarlo, porque seguro que al ver el telediario es de las que exclama, con fervor casi maternal, un "ay, pobrets nens, com en passen, de gana, si pogués fer res per ajudar..." La muy H.P. (que no es marca de impresora, sino insulto que se merece)
El santo al cielo.
Llegué a la séptima planta que se me salía el bazo por la oreja izquierda, jadeando, sudando y con los ojos fuera de las órbitas. Me senté, y el médico de cabecera acababa de empezar a visitar. Sólo había una pobre mujer con una cara de víctima de esas que se reconocen ipso facto: "Dame la baja, que agonizo" y un hombre de algún país entre la India y Pakistán, alto y flaquísimo, de mirada lacónica y mandíbulas retraídas.
Justo cuando iba a sacar el libro que había llevado (no saben la de libros que pueden llegar a leer en la seguridad social) entró Daniela.
Daniela hablaba con los de programación, hablaba con un sobre marrón que llevaba, hablaba con su bolsito rosa fucsia, con sus zapatos, con los pájaros. Daniela hablaba con una voz de criatura que era completamente imposible no enternecerse ni quererla de inmediato, a pesar de su cara picassiana, de sus andares torpísimos y de aquella bata que llevaba, que era algo entre un camisón muy bien conseguido y un casi-vestido demasiado corto.
Daniela se sentó a mi lado, casi-gritándole al sobre marrón, mientras lo abría muy desmañadamente y sacaba los papeles que había dentro. Se le rompió, pero recogió cuidadosamente todos los trocitos de papel marrón del suelo y se los metió en el bolso.
Tal como se incorporaba la miré de reojo. Se estaba quedando calva; el camisón no ocultaba ni una de las grandezas de sus sostenes, y llevaba las piernas mal depiladas. Olía bien. Olía a nata fresca, a baño de bebé. Olía a persona nueva. Me miró sonriéndome, pero sin dejar de farfullar algo sobre los medicamentos.
-Es que estoy harta de esos medicamentos, me paso el día durmiendo, y yo no quiero dormir, yo quiero vivir, que tengo veintiocho años, y encima dice la Eli que soy agresiva, y me han puesto en tratamiento psiquiátrico como si estuviera loca, encima, encima, jolines, es que no hay derecho, ¿son tontos o qué? Y ya les he dicho que como lo me cambien la medicación les pego un puñetazo y les rompo todos los dientes y....
Yo hice ver que seguía leyendo. Por un lado tenía unas ganas enormes de responderle, de hablar con ella, de conseguir que se calmara un poco. Por otro lado, sabía que aquello era tarea de especialistas, y que ya estábamos en la sala de espera de un ambulatorio, de todas maneras.
Entró una monja de paisano. Entró un señor de unos sesenta y pico, más flaco, más lacónico y más retraído que el exótico asiático. La monja y el señor se sentaron frente a nosotras.
Daniela le preguntó a la monja:
-¿Qué lees?- con la curiosidad genuina de una criatura de cinco años.
Y la monja, ante mi tremendo pasmo, le contestó con gran prepotencia y todavía mayor ignorancia:
-Nada, tú no lo entenderías.
Le dediqué una mirada a la monja, de esas de "así venga Satán y te haga un hijo", que la tipa captó al vuelo, y no dijo nada más.
Vaya mierda de monja, pensé yo. No es por meterme con el personal eclesiástico, pero creo que necesitan plantilla nueva pero que ya.
-No te preocupes. Casi nadie entiende esos libros; sólo los que estudian religión toda la vida- me sorprendí diciéndole a Daniela. Otra mirada sucia a la Anti-madreteresa.
-Ah. ¿Cuándo viene el doctor a llamarme? Es que tengo que volver a la resi a las cinco, si no se pondrán locos, porque ya me ha costado mucho que me dejaran salir y es que me tienen frita, todo el día haciendo lo que me dicen, y cuando digo algo no me hacen caso, y todo el mundo me molesta y encima al siquiatra, como si yo tuviera traumas, que dicen que tengo traumas, qué tontos, no saben nada, lo que estoy es muy cansada y cansa que tu padrastro te viole, claro, luego estás muy cansada muchos días, porque tuve que abortar, que me llevaron a un sitio y el otro día tuve un ataque de epilepsia y me tuvieron que sacar la lengua de la garganta, ¿tú te crees? casi me muero, ¿eh? pero yo les dije que no quería que viniera mi madre a verme ¡Mi madre es mala! y...
Y así siguió, haciéndonos un fast-forward frenético de los últimos meses de su vida, en que sus padres se habían divorciado ( o eso pude entender), su madre se había ido con un fulano y el fulano había violado a Daniela y la había dejado embarazada. Ahora estaba pendiente de juicios y mientras tanto, en una institución. Y no le daba la gana de comer porque decía que no quería engordar más.
Si una lo pensaba bien, realmente el sentido común de Daniela le daba cuarenta patadas al de cualquier especialista. Lo que más nerviosa le ponía eran los calmantes, precisamente, porque sabía que si los tomaba estaría atontada todo el día.
-Lo que tienes que hacer es encontrar algo que te guste mucho, mucho, un oficio, un trabajo, y dedicarte a ello- dijo una voz con un marcado acento catalán.
Era una abuelita con un simpático aspecto bohemio, el carro de la compra bajo los dedos de la mano derecha, y la mano izquierda ensangrentada. Daniela inmediatamente rebuscó, con tanta torpeza como buena voluntad, y sacó un paquete de pañuelos de papel con el que casi le pegó tremendo derechazo a la abuela. No lo hacía a propósito, no: le costaba calcular distancias.
-Tenga, yo la curo, está sangrando, sangra mucho, ¿qué le ha pasado?- y sin dejar que la abuelita rechistara siquiera, le presionó el corte del dedo con un pañuelo y se lo sujetó así, sin más.
Yo estaba entre si me levantaba y la abrazaba, o si salía corriendo para que no me vieran llorar. Luego, después de haber respirado hondo tres veces y con más calma, me di cuenta de un dato curioso. Daniela había tratado de tú a la monja, que debía de tener la misma edad que la abuelita bohemia, y en cambio, a la abuelita bohemia la trataba de usted. Seguro que ni ella misma se daba cuenta, pero sabía, de algún modo, quién merecía qué tratamiento.
La abuelita y Daniela se pusieron a hablar de perros. A Daniela le encantaban los perros. A estas alturas todo el mundo la escuchaba con un encandilamiento singular. Una pareja de gitanos, tres asiáticos, un matrimonio sudamericano, los que ya estábamos, y una enfermera que apareció para suministrarle gasas y tiritas a la abuelita.
Daniela volvió al tema del peso y me explicó que desde que la medicaban se había engordado mucho, y que no quería engordar más. Era más dueña de su cuerpo que mucha gente, contra cualquier apariencia, y me dijo que no quería comer carne.
-Pero tienes que comer carne- le dije, imbécil de mí. -Tiene muchas proteínas, y las proteínas no te engordan.
-No, claro, lo que engorda es todo el aceite donde fríen la carne, en la resi- me respondió ella. Touchée. ¿Qué podía decirle? Pensaba que la cosa no se podía poner peor y entonces va y me suelta:
-¿Tú comes mucha carne?
Joder, mal momento para decirle que soy vegetariana, pensé, y entre la espada y la pared, porque no quería mentirle pero tampoco quería resultar condescendiente, el médico me llamó. Fiiiuuuuu.... qué oportuno.
-Tengo que irme. Espero volver a verte pronto- le dije -y que estés más contenta cuando te vea, ¿eh?.
Y allí la dejé, sin parar de sonreír a pesar de las pastillas, del padrastro hijo de puta, de la madre que la maltrataba, del personal de la residencia que la obligaba a comer cosas que vomitaba automáticamente, de un aborto, unos cuantos ataques epilépticos y una inteligencia emocional que no he encontrado ni en las criaturas. Bellísima, extraordinaria Daniela.
En fín, el caso es que tuve que subir los siete pisos a pie, porque sólo funcionaba un ascensor, cuya puerta había quedado literalmente sepultada bajo ciento cincuenta personas de todos los países imaginables ( y no imaginables). Entonces recordé lo que le había oído decir a la mujer del estanco, minutos antes:
-Aquests desgraciats, venen aquí a operar-se gratis, i nosaltres hem de "paga'ls-ho"...
Me daban ganas de matarla, en cierto modo. Puedo entender que tenga su punto de vista... es sólo que soy incapaz de respetarlo, porque seguro que al ver el telediario es de las que exclama, con fervor casi maternal, un "ay, pobrets nens, com en passen, de gana, si pogués fer res per ajudar..." La muy H.P. (que no es marca de impresora, sino insulto que se merece)
El santo al cielo.
Llegué a la séptima planta que se me salía el bazo por la oreja izquierda, jadeando, sudando y con los ojos fuera de las órbitas. Me senté, y el médico de cabecera acababa de empezar a visitar. Sólo había una pobre mujer con una cara de víctima de esas que se reconocen ipso facto: "Dame la baja, que agonizo" y un hombre de algún país entre la India y Pakistán, alto y flaquísimo, de mirada lacónica y mandíbulas retraídas.
Justo cuando iba a sacar el libro que había llevado (no saben la de libros que pueden llegar a leer en la seguridad social) entró Daniela.
Daniela hablaba con los de programación, hablaba con un sobre marrón que llevaba, hablaba con su bolsito rosa fucsia, con sus zapatos, con los pájaros. Daniela hablaba con una voz de criatura que era completamente imposible no enternecerse ni quererla de inmediato, a pesar de su cara picassiana, de sus andares torpísimos y de aquella bata que llevaba, que era algo entre un camisón muy bien conseguido y un casi-vestido demasiado corto.
Daniela se sentó a mi lado, casi-gritándole al sobre marrón, mientras lo abría muy desmañadamente y sacaba los papeles que había dentro. Se le rompió, pero recogió cuidadosamente todos los trocitos de papel marrón del suelo y se los metió en el bolso.
Tal como se incorporaba la miré de reojo. Se estaba quedando calva; el camisón no ocultaba ni una de las grandezas de sus sostenes, y llevaba las piernas mal depiladas. Olía bien. Olía a nata fresca, a baño de bebé. Olía a persona nueva. Me miró sonriéndome, pero sin dejar de farfullar algo sobre los medicamentos.
-Es que estoy harta de esos medicamentos, me paso el día durmiendo, y yo no quiero dormir, yo quiero vivir, que tengo veintiocho años, y encima dice la Eli que soy agresiva, y me han puesto en tratamiento psiquiátrico como si estuviera loca, encima, encima, jolines, es que no hay derecho, ¿son tontos o qué? Y ya les he dicho que como lo me cambien la medicación les pego un puñetazo y les rompo todos los dientes y....
Yo hice ver que seguía leyendo. Por un lado tenía unas ganas enormes de responderle, de hablar con ella, de conseguir que se calmara un poco. Por otro lado, sabía que aquello era tarea de especialistas, y que ya estábamos en la sala de espera de un ambulatorio, de todas maneras.
Entró una monja de paisano. Entró un señor de unos sesenta y pico, más flaco, más lacónico y más retraído que el exótico asiático. La monja y el señor se sentaron frente a nosotras.
Daniela le preguntó a la monja:
-¿Qué lees?- con la curiosidad genuina de una criatura de cinco años.
Y la monja, ante mi tremendo pasmo, le contestó con gran prepotencia y todavía mayor ignorancia:
-Nada, tú no lo entenderías.
Le dediqué una mirada a la monja, de esas de "así venga Satán y te haga un hijo", que la tipa captó al vuelo, y no dijo nada más.
Vaya mierda de monja, pensé yo. No es por meterme con el personal eclesiástico, pero creo que necesitan plantilla nueva pero que ya.
-No te preocupes. Casi nadie entiende esos libros; sólo los que estudian religión toda la vida- me sorprendí diciéndole a Daniela. Otra mirada sucia a la Anti-madreteresa.
-Ah. ¿Cuándo viene el doctor a llamarme? Es que tengo que volver a la resi a las cinco, si no se pondrán locos, porque ya me ha costado mucho que me dejaran salir y es que me tienen frita, todo el día haciendo lo que me dicen, y cuando digo algo no me hacen caso, y todo el mundo me molesta y encima al siquiatra, como si yo tuviera traumas, que dicen que tengo traumas, qué tontos, no saben nada, lo que estoy es muy cansada y cansa que tu padrastro te viole, claro, luego estás muy cansada muchos días, porque tuve que abortar, que me llevaron a un sitio y el otro día tuve un ataque de epilepsia y me tuvieron que sacar la lengua de la garganta, ¿tú te crees? casi me muero, ¿eh? pero yo les dije que no quería que viniera mi madre a verme ¡Mi madre es mala! y...
Y así siguió, haciéndonos un fast-forward frenético de los últimos meses de su vida, en que sus padres se habían divorciado ( o eso pude entender), su madre se había ido con un fulano y el fulano había violado a Daniela y la había dejado embarazada. Ahora estaba pendiente de juicios y mientras tanto, en una institución. Y no le daba la gana de comer porque decía que no quería engordar más.
Si una lo pensaba bien, realmente el sentido común de Daniela le daba cuarenta patadas al de cualquier especialista. Lo que más nerviosa le ponía eran los calmantes, precisamente, porque sabía que si los tomaba estaría atontada todo el día.
-Lo que tienes que hacer es encontrar algo que te guste mucho, mucho, un oficio, un trabajo, y dedicarte a ello- dijo una voz con un marcado acento catalán.
Era una abuelita con un simpático aspecto bohemio, el carro de la compra bajo los dedos de la mano derecha, y la mano izquierda ensangrentada. Daniela inmediatamente rebuscó, con tanta torpeza como buena voluntad, y sacó un paquete de pañuelos de papel con el que casi le pegó tremendo derechazo a la abuela. No lo hacía a propósito, no: le costaba calcular distancias.
-Tenga, yo la curo, está sangrando, sangra mucho, ¿qué le ha pasado?- y sin dejar que la abuelita rechistara siquiera, le presionó el corte del dedo con un pañuelo y se lo sujetó así, sin más.
Yo estaba entre si me levantaba y la abrazaba, o si salía corriendo para que no me vieran llorar. Luego, después de haber respirado hondo tres veces y con más calma, me di cuenta de un dato curioso. Daniela había tratado de tú a la monja, que debía de tener la misma edad que la abuelita bohemia, y en cambio, a la abuelita bohemia la trataba de usted. Seguro que ni ella misma se daba cuenta, pero sabía, de algún modo, quién merecía qué tratamiento.
La abuelita y Daniela se pusieron a hablar de perros. A Daniela le encantaban los perros. A estas alturas todo el mundo la escuchaba con un encandilamiento singular. Una pareja de gitanos, tres asiáticos, un matrimonio sudamericano, los que ya estábamos, y una enfermera que apareció para suministrarle gasas y tiritas a la abuelita.
Daniela volvió al tema del peso y me explicó que desde que la medicaban se había engordado mucho, y que no quería engordar más. Era más dueña de su cuerpo que mucha gente, contra cualquier apariencia, y me dijo que no quería comer carne.
-Pero tienes que comer carne- le dije, imbécil de mí. -Tiene muchas proteínas, y las proteínas no te engordan.
-No, claro, lo que engorda es todo el aceite donde fríen la carne, en la resi- me respondió ella. Touchée. ¿Qué podía decirle? Pensaba que la cosa no se podía poner peor y entonces va y me suelta:
-¿Tú comes mucha carne?
Joder, mal momento para decirle que soy vegetariana, pensé, y entre la espada y la pared, porque no quería mentirle pero tampoco quería resultar condescendiente, el médico me llamó. Fiiiuuuuu.... qué oportuno.
-Tengo que irme. Espero volver a verte pronto- le dije -y que estés más contenta cuando te vea, ¿eh?.
Y allí la dejé, sin parar de sonreír a pesar de las pastillas, del padrastro hijo de puta, de la madre que la maltrataba, del personal de la residencia que la obligaba a comer cosas que vomitaba automáticamente, de un aborto, unos cuantos ataques epilépticos y una inteligencia emocional que no he encontrado ni en las criaturas. Bellísima, extraordinaria Daniela.





