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El Blog de Críspulo
Las aventuras de Críspulo, un personaje irrepetible
Acerca de
Críspulo es un personaje nacido del blog Desvaríos Varios al que he decidido dar vida propia y otorgarle un blog nuevo. Es un spinoff que espero que tenga el éxito que se merece, o sea, ninguno
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Crúspulo Ayatollah
La noticia se expandía como un reguero de pólvora entre la insurgencia iraquí. La presencia de un occidental entre los cabecillas de la resistencia no dejaba a nadie indiferente. Reunidos el comité de Ayatollahs en sesión extraordinaria con el fin de analizar la peculiar situación, y tras observar el comportamiento de Críspulo, sus dificultades para expresarse, para desplazarse y su constante babeo no eran un inconveniente para ocupar una alto cargo jerárquico como bien había demostrado el Papa Juan Pablo II. Lo que ofrecía más dudas era que tal estado físico y mental se concentrase en un hombre de apariencia joven y de edad no superior a los 30 años por lo que, tras una reñida votación, en la que tuvo especial relevancia probatoria su blanca palidez, se decidió que el occidental era la reencarnación del gran ayatollah Ali Procolharumi fallecido a los 86 años de edad unos días antes al atragantarse con un actimel. Esta decisión provocó que parte del movimiento Chiítas por el Cambio abandonara la institución y formara un nuevo partido religioso al que denominó Partido Chiíta por la Renovación y el Progreso.

Mientras tanto nuestro héroe continuaba siendo paseado de aldea en aldea siendo aclamado allí donde fuere. Acostumbrado desde su más tierna infancia a ser objeto de burlas, escupitajos y pedradas, tal cúmulo de atenciones le producían una sensaciones muy emotivas. A pesar de ello, echaba de menos los besos chispeantes de su novia, los garbanzos con magro de su madre o las collejas intempestivas del comisario. Además, aquella túnica le resultaba incomoda, la poblada barba le producía sarpullidos y el turbante le hacía sudar a chorros. Por todo ello en la mente de Críspulo sólo cabía una idea (menuda novedad): fugarse y volver a casa.

La idea era sencilla. Ante la proximidad de una patrulla o un campamento militar norteamericano, Críspulo despistaría a sus acompañantes y pediría asilo político a los aliados. Lo que nuestro amigo ignoraba era que, informados por sus espías, los yanquis habían puesto precio a su cabeza y se encontraba en cuarto lugar entre los latinos más buscados por el FBI, sólo superado por Fidel Castro, Hugo Chávez y a sólo tres puntos de Ricky Martin. Así que en cuanto fuese apresado sería conducido directamente a Guantánamo, ejecutado y posteriormente juzgado en rebeldía.

Ajeno a todo esto, un día en el que había sido invitado a un partido de fútbol entre mudjahidines y ex guardias de la revolución, aprovechando el júbilo producido al marcar el delantero del primer equipo un precioso gol de chilena por toda la escuadra, Críspulo se escabulló, salió del estadio y se entregó a una patrulla de marines que pasaba por allí. Al ser reconocido fue tratado con cierta rugosidad por los soldados que se lo llevaron en volandas a la base central.

Enteradas las autoridades de nuestro país que un compatriota se encontraba preso por las fuerzas aliadas, el intrépido estratega Miguel Angel Moratinos, a la sazón Ministro de Asuntos Exteriores, movió los hilos de tal forma que Críspulo fue destinado al nuevo Centro Residencial Spa Abu Ghraib. Allí, fue tratado a cuerpo de rey. Y, entre cigala y cigala, fue interrogado por los hombres de la CIA. Como era un fisonomista pésimo y todos los moros le parecían iguales no parecía ser de mucha ayuda hasta que reconoció a uno con el que había quedado al día siguiente en un lugar de las afueras a jugar una partida de futbolín. El sujeto en cuestión resultó ser Al-pargatawi la mano derecha de Bin Laden y su captura fue noticia en todos los periódicos y televisiones y supuso un giro importante en los combates contra la resistencia iraquí.

En agradecimiento por tan codiciada presa, Críspulo recibió la condecoración Corazón Purpurina y una recompensa de 10 millones de dólares, que hacían a nuestro héroe un hombre rico, casadero y que no tendría que trabajar más el resto de su vida.

Si es que la vida, a veces, es muy injusta.

 
Críspulo en la encrucijada (2ª Parte)
(Resumen de lo acontecido hasta el momento: Críspulo, tras escuchar con atención órdenes emanadas de una alcachofa, se encuentra en Iraq enviado por la ONG Ludópatas sin Fronteras, con el objetivo de socorrer a los necesitados que necesiten ayuda y valga la redundancia. Nada más llegar al corazón de Bagdad Críspulo se dirige hacia un grupo de gente para solicitar información)

Críspulo camina con firmeza entre los angostos y pedregosos caminos sin asfaltar, poblados de esculturas de dudoso gusto según su experto criterio como estudiante de Bellas Artes que es y hechas con hierros retorcidos y escombros. Al otro lado de la calle los lugareños le miran con una expresión que nuestro héroe no acierta a discernir si es de ternura o de admiración. Entre los pocos libros de cabecera que recuerda están las novelas de Zane Grey por lo que sabe que los iroqueses son una tribu pacífica y acogedora. Cunado llega a su encuentro, probablemente por timidez, los lugareños permanecen mudos y con la boca abierta. Por ello, Críspulo decide romper el hielo y con la mejor de sus sonrisas hace un inequívoco gesto de bienvenida con la mano y les dirige las siguientes palabras:

- Jao. Yo ser amigo. Yo venir a ayudar. Yo querer fumar pipa de la paz.

El grupo de insurgentes armados (pues a ellos es a quien se ha dirigido el cooperante español), una vez repuestos del inicial susto e impresión, rodea al recién llegado mientras le apuntan con sus rifles de repetición.

Críspulo se emociona al percibir tan cálida acogida pues no es sólo una, sino muchas pipas de la paz de moderno diseño las que le ofrecen. Con gran ceremonial les agradece sus muestras de cariño y se introduce las pipas en la boca, una a una, aspirando el aire de ellas. La verdad es que la combustión de estos artilugios no es muy buena porque lo único que obtiene es una ligera quemazón interior y un inequívoco sabor a pólvora.

Los iraquíes permanecen atónitos. Normalmente cuando rodean a un extranjero blandiendo sus armas este se va por la pata abajo, hablando mal y pronto. Pero este recién llegado no sólo controla sus esfínteres sino que les desafía a que le peguen un tiro metiéndose los cañones de sus armas en la boca. Tanto arrojo y valentía sólo pueden provenir de un ser superior por lo que empieza a correr la idea que este escuálido y paliducho hombre puede ser “el enviado” del que hablan los libros sagrados, aquél que les liberará del yugo de los infieles. Para comprobar este hecho deciden cargar al muchacho de explosivos y enviarlo al cuartel general aliado para hacerlo volar por los aires. Si cumple su misión y sobrevive al lance será una prueba definitiva de ser un llegado del más allá.

Críspulo, al ver tanto trajín alrededor, cree que se acerca el momento de realizar su primera misión benévola. Y, efectivamente, cuando le colocan un inmenso abrigo, digno de Santa Claus, cubierto de un montón de paquetes de regalo, al parecer donados por la empresa de mensajería TNT pues tal es el nombre que aparece en el envoltorio, sabe que va a llevar la felicidad a muchos hogares. Por ello, feliz y contento se despide de sus nuevos amigos y se dirige a su destino.

Los iraquíes están anonadados. Jamás había visto a un valiente de semejante calibre. Una pena que tenga que morir tan joven.

Pero el calor hace mella en Críspulo. Cuando lleva recorridos unos centenares de metros está bañado en sudor. Por ello decide quitarse el abrigo y meter los paquetes en su mochila. Una vez hecho prosigue el viaje. Pero un amigo de lo ajeno que pasaba por allí montado en su bicicleta, viendo a un extranjero de curioso aspecto acarreando un pesado saco probablemente lleno de lingotes de oro, decide aprovechar la coyuntura y hacerse millonario de golpe. Con un rápido movimiento, se hace con la mochila de Críspulo al que lanza con violencia al suelo. Una vez en pie, nuestro amigo, furioso, persigue al ladrón pero éste, más rápido se va alejando por momentos hasta llegar a una empinada cuesta abajo, al final de la cual se encuentra el cuartel general aliado. Pero los frenos de fabricación soviética de la bicicleta no funcionan así que el desdichado ladrón no puede parar, y tampoco ser parado por los marines que velan a la entrada del recinto. Y una vez dentro, la mochila hace explosión llevándose por delante a su portador, la bicicleta y todo el cuartel general.

El petardazo se oye por todo Bagdad y es recibido con inmenso júbilo por los insurgentes. Críspulo, todavía alelado por el golpe, se dirige de nuevo donde sus amigos con paso firme pues cree haber oído un trueno que presagia tormenta. Cuando llega a su destino es recibido con incontenibles muestras de admiración y asombro. Incluso hay gente que se arrodilla ante él. Y es que hacer el bien es algo que es reconocido por todas partes. Y de inmediato es designado como líder de la resistencia al invasor y mano derecha de Mohammed Al-pargatawi el hombre de Osama Bin Laden en Iraq

 
Críspulo en la encrucijada
Nuestro héroe, Críspulo, camina con paso firme por el sendero de la vida. Es un flamante universitario y tiene una novia que le ilumina los días. Al parecer, nada puede ensombrecer su futuro.

Peor una mente inquieta y polivalente como la suya no se conforma con una vida tranquila y austera. Necesita algo más. Así que una noche en la que le ha dado con especial profusión a los pimientos rellenos que prepara su madre y cuando el Alka-Seltzer todavía no ha hecho efecto, se despierta sobresaltado y más sudado que de costumbre. Se queda clavado con la mirada fija en el papel pintado con efectos florales que adornaban su cuarto. De la cabeza de una alcachofa ve surgir la imagen inequívoca de Sor Angela de la Cruz que con una sonrisa le dijo: “Críspulo, hijo mío, has de hacer el bien. Los más necesitados te necesitan y valga la redundancia. Dedica este verano a obras de caridad y serás eternamente agradecido. He dicho agradecido y no agraciado que lo tuyo no tiene remedio. Duerme en paz hijo mío. Mañana sabrás que hacer”.

Al día siguiente Críspulo se despierta alterado. Ha tomado una decisión. Dedicará sus vacaciones a hacer el bien. Tras desayunar se dirige raudo a la primera ONG que encuentre instalada en el barrio. Y no es otra que “Ludópatas sin fronteras” que tiene su sede social en la trastera de un todo a cien. Tras hacerle un test psicotécnico sencillo y un examen físico que hasta él consigue aprobar, es declarado apto para hacer el bien y tras una firma le entregan un sobre que contiene el pasaje de avión (de ida solamente), un rosario, un juego de naipes de tarot y un par de cartones de bingo.

Y Críspulo, henchido de orgullo por su buena acción, se dirige a su casa para contar la buena nueva a sus parientes. Pasará tres meses haciendo el bien en un lugar recóndito e ignoto, donde hace años que no se ha adentrado una cámara de televisión porque el dolor y el hambre no llena espacios en los telediarios. Un lugar donde valorarán su compromiso y esfuerzo y será recibido como un héroe. Una tierra perdida de la mano de Dios donde su compromiso por ayudar recibirá las más altas recompensas. Ese lugar, del que Críspulo nunca había oído hablar hasta hoy, se llama Irak.

La familia recibe la noticia con su habitual impasibilidad. Tal vez no hayan oído bien el nombre del país hacia donde se dirige nuestro héroe o tal vez vean una oportunidad de quitárselo de encima de una vez por todas, el caso es que no hay apenas muestras de alegría o de tristeza. Un par de palmaditas en la espalda y una pequeña discusión entre primos sobre quién se queda con las escasas pertenencias del futuro difunto dejan al pobre Críspulo sumido en una notable perplejidad.

Llegado el día, Críspulo se sube al avión de fabricación ingusetia que la ONG a puesto a su disposición y tras un incómodo vuelo de 23 horas, con 16 escalas, 2 de ellas programadas, arriba a su destino: Bagdad. Una ciudad que le deslumbra por su viva iluminación, por el ajetreo permanente de su gente y por los ruidos de explosiones que atribuye a la construcción de nuevas paradas de metro.

Y es así, que un día de Junio, un recién llegado, vestido para la ocasión con un informal atuendo de verano, bermudas, sandalias y camiseta de Springsteen con la leyenda Born in the USA, se adentra en el marasmo Bagdadí, y, mapa en mano, se dirige al primer grupo de lugareños que ve, con el fin de preguntarles por un buen hotel y por donde se encuentran los necesitados que necesitan ayuda y valga la redundancia.

(CONTINUARA)




 
Las Navidades de Críspulo
1 de enero de 2.005

Día de Año nuevo. Críspulo abre tímidamente los ojos. La cabeza le va a explotar de un momento a otro. Un dolor punzante recorre todo su cerebro y le invita a pensar que anoche había bebido demasiado. Sus entumecidos músculos apenas responden cuando intenta desesperadamente poner un pie en tierra y salir de ¿¿¿ la bañera???. Una vez en suelo firme se dirige pausadamente hacia el salón dando tumbos por el pasillo. Llegado a término, apenas da crédito a la información que sus ojos envían a su maltrecho cerebro.

En una esquina divisa a su novia Mari Luz. Se halla embutida en un traje formado con ramas, hojas y musgo. Al parecer ha sustituido al abeto navideño pues de sus orejas, nariz y demás salientes corpóreos cuelgan adornos de bolas y espumillón. Si bien es cierto que su perfil culibajo y sus peculiares extremidades podría llevar a engaño a algún beodo impenitente, Críspulo duda de que su amada se encuentre allí por alguna confusión bienintencionada. Y sus sospechas se acrecientan cuando ve aparecer, provenientes de la cocina, a dos de sus primos, hacha en mano, y dispuestos a obtener unos cuantos troncos para abastecer la chimenea.

En la otra esquina se encuentra el tío Onán dándole a su afición favorita: tocar la zambomba, rodeado de los más pequeños de la casa que no pierden detalle de sus acompasados movimientos.

Críspulo prosigue su marcha. En la cocina, observa a su abuela, que, en bragas y sujetador, intenta meter mano a un joven con pinta de subsahariano que sostiene un cartón en la mano, en el que apenas se leen cuatro palabras mal escritas en castellano, y que trata de convencer a la viejecita de que tienen dos conceptos totalmente diferentes de lo que es la caridad cristiana y un joven necesitado. A su vez, el perro Toby se encuentra ya en la fase final del centrifugado y por el color de sus ojos, que era lo único que se puede ver entre la espuma, se adivina que tiene un colosal mareo y que, en cuanto salga de allí, no le van a volver a ver el pelo.

Se asoma al cuarto de sus padres para ver al comisario, roncando sonoramente, acostado en la cama, esposado al cabezal, vestido con un corpiño que haría palidecer de envidia a Brigitte Bardot, un liguero que apenas ocultaba sus velludas pirernas y unos zapatos rojos de tacón de aguja.

Cansado de tanta visión apocalíptica, Críspulo se refugia en su cuarto, se tumba sobre la litera y comienza a recordar...

31 de Diciembre de 2.004

La cena está preparada. Críspulo ha hecho las presentaciones formales de su novia a toda la familia y se disponen a comer. Para evitar posteriores malos ratos, decide ponerse hasta las orejas de vino y perder así todo atisbo de vergüenza y decoro.

Dos botellas y media más tarde, nuestro héroe apenas distingue lo que es el solomillo de la servilleta. Ya se ha comido la mitad de las velas puestas por su madre para darle un ambiente acogedor al evento, confundiéndolas con espárragos. Afortunadamente estamos en los postres y poco más puede pasar. Al menos, eso cree Críspulo. Pero, dando una vez más muestras de su portentosa torpeza, acaba de dar un tremendo mordisco a algo que él creía que era guirlache pero en realidad era la dentadura postiza del abuelo, que se la había quitado para poder beber más cómodamente a morro de la botella de Quina San Clemente.

Finalmente, y tras seguir atizándole a cuanta botella de alcohol se encontraba por las cercanías, la familia de Críspulo se arrebuja frente al televisor para disfrutar del momento cumbre de la noche: las campanadas de fin de año. Cada cual tiene su recipiente con las doce uvas ya preparadas. Lamentablemente, nuestro miope amigo se ha vuelto a confundir, y en su lugar ha cogido un cuenco con doce manzanas golden extra que su madre había comprado para hacer compota. Con gran dificultad consigue terminarlas a tiempo y se extraña que los demás lo hayan hecho sin especial esfuerzo. Tanta fruta le ha dado aún más sed y se dirige presto a tomar unas copas de cava.

Del resto de la noche, apenas tenemos noticias salvo de que la cosa amaneció de la forma que hemos visto en la primera parte de este escrito.

 
Críspulo y su novia
La integración de Críspulo en el recio ambiente militar del colegio Mayor se iba efectuando poco a poco. Ya había aprendido a desfilar marcialmente, entonar himnos patrióticos sin desafinar demasiado y cambiarse de calzoncillos todas las semanas. Sus compañeros le iban tratando paulatinamente con más cariño y comprensión y ahora sólo le pegaban palizas algunas tardes de especial aburrimiento y cuando perdía el Real Madrid.

En la Universidad, en cambio, las cosas no mejoraban. No se le apreciaba ningún talento para el arte y el profesorado estaba empezando a dar muestras de hartazgo ante su presencia en las aulas. Ni siquiera para artista abstracto o poeta urbano valía el pobre. Sólo las periódicas llamadas de su padre el comisario al Decano para interesarse por su estado y de paso puntualizar algunos pormenores de la ficha policial de éste, le mantenían matriculado y presente. Tras ejercer brevemente como modelo en un curso de pintores ciegos y sopesar la posibilidad de actuar en una performance de teatro vanguardista, el día a día de Críspulo en la Universidad no le deparaba más que disgustos y penalidades. Echaba de menos su vida familiar aunque sus múltiples llamadas de socorro sólo habían sido atendidas por un contestador automático. Pero todo esto cambiaría el día en que Críspulo conoció a Mari Luz

Mari Luz era una joven de 20 años. La octava vástaga de la pareja formada por Argimiro y Sinforosa. Como los dos eran analfabetos y no sabían contar más que hasta siete y con el fin de evitarse problemas de logística y abastecimiento, decidieron que aquello que acababa de nacer no sería un hijo sino un elemento más del mobiliario de la casa. Por lo que la chica, a medida de que iba desarrollándose, había ejercido las funciones de quinqué, lámpara de mesilla, lamparón de mesa, tubo fluorescente (durante una adolescencia realmente difícil marcada por la anorexia) y, finalmente, lámpara de pie de salón. Se le alimentaba a base de sopa de coaxiales, rica en cobre y tungsteno y bombillas fundidas. Por ello, sus dientes habían prácticamente desaparecido y sufría de halitosis. Finalmente, decidió emprender su propia vida, romper los cables que le mantenían unido a su familia y lanzarse a la aventura. Como era mujer de pocas luces, sin faro que la guiase y desprovista de enchufes que pudieran buscarle una buena colocación, terminó fregando los suelos del Colegio Mayor.

Un día en el que Críspulo se dirigía a ejercer de juez de línea en un partido de fútbol, al bajar las escaleras se topó con Mari Luz que estaba realizando su labor. Al intentar esquivarla, y dando nuevamente muestras de su peculiar sentido del equilibrio, cayó rodando con tan mala suerte de que se le introdujo el banderín en la toma de corriente que abastecía de luz al estadio. El chispazo que soltó el equipo eléctrico fue de órdago, que dando sin luces toda la zona. El efecto del calambrazo dejó a Críspulo tieso como un palo, con la cabellera rebozada al estilo afro, la ropa hecha jirones y los dientes de un azul fosforescente que relucía en la oscuridad. Mari Luz, que de esto sabía un rato, se aplicó a reanimar al electrocutado. Suavemente mediante la respiración asistida boca a boca, y no se sabe si por efecto del nauseabundo olor metálico que salía de su garganta, nuestro galán fue recobrando el conocimiento. Cegado aún por el chispazo, creyó encontrarse en la gloria al ser salvado de la muerte por una joven de buen ver (hemos quedado en que el chico estaba cegado). Un estremecimiento, más profundo aún que la descarga que acababa de sufrir, le recorrió todo su cuerpo: no había duda: Cupido había actuado sobre él. Acababa de sentir en su propia carne el milagroso efecto del amor.

Mari Luz contemplaba embelesada aquel radiante joven de aparatosa luz interior. En su vida había visto nada igual. Estaban hechos el uno para el otro. Le ayudó a incorporarse, a colocarse lo que quedaba de sus prendas en su sitio. Le atusó el humeante pelo y le devolvió su chamuscado banderín. Embelesado, Críspulo apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento. Ella le correspondió con un apasionado beso. Quedaron en compartir una cena a la luz de las velas.

Tras esta luminosa experiencia, Críspulo se sintió otro hombre. Ya no le importaba que le introdujeran la cabeza en la taza del inodoro, ni que le hicieran tatuajes a base de colillas encendidas. Eso eran gamberradas de críos y él era todo un hombre. Ahora que tenía novia, podía ir con la cabeza bien alta, el pecho erguido y la entrepierna prieta. Se sentía feliz y dichoso. Por primera vez la vida le sonreía. El y Mari Luz formaban la pareja perfecta y así lo seguirían siendo hasta que se le agotaran las pilas.