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El Blog de Críspulo
Las aventuras de Críspulo, un personaje irrepetible
Acerca de
Críspulo es un personaje nacido del blog Desvaríos Varios al que he decidido dar vida propia y otorgarle un blog nuevo. Es un spinoff que espero que tenga el éxito que se merece, o sea, ninguno
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Crúspulo Ayatollah
La noticia se expandía como un reguero de pólvora entre la insurgencia iraquí. La presencia de un occidental entre los cabecillas de la resistencia no dejaba a nadie indiferente. Reunidos el comité de Ayatollahs en sesión extraordinaria con el fin de analizar la peculiar situación, y tras observar el comportamiento de Críspulo, sus dificultades para expresarse, para desplazarse y su constante babeo no eran un inconveniente para ocupar una alto cargo jerárquico como bien había demostrado el Papa Juan Pablo II. Lo que ofrecía más dudas era que tal estado físico y mental se concentrase en un hombre de apariencia joven y de edad no superior a los 30 años por lo que, tras una reñida votación, en la que tuvo especial relevancia probatoria su blanca palidez, se decidió que el occidental era la reencarnación del gran ayatollah Ali Procolharumi fallecido a los 86 años de edad unos días antes al atragantarse con un actimel. Esta decisión provocó que parte del movimiento Chiítas por el Cambio abandonara la institución y formara un nuevo partido religioso al que denominó Partido Chiíta por la Renovación y el Progreso.

Mientras tanto nuestro héroe continuaba siendo paseado de aldea en aldea siendo aclamado allí donde fuere. Acostumbrado desde su más tierna infancia a ser objeto de burlas, escupitajos y pedradas, tal cúmulo de atenciones le producían una sensaciones muy emotivas. A pesar de ello, echaba de menos los besos chispeantes de su novia, los garbanzos con magro de su madre o las collejas intempestivas del comisario. Además, aquella túnica le resultaba incomoda, la poblada barba le producía sarpullidos y el turbante le hacía sudar a chorros. Por todo ello en la mente de Críspulo sólo cabía una idea (menuda novedad): fugarse y volver a casa.

La idea era sencilla. Ante la proximidad de una patrulla o un campamento militar norteamericano, Críspulo despistaría a sus acompañantes y pediría asilo político a los aliados. Lo que nuestro amigo ignoraba era que, informados por sus espías, los yanquis habían puesto precio a su cabeza y se encontraba en cuarto lugar entre los latinos más buscados por el FBI, sólo superado por Fidel Castro, Hugo Chávez y a sólo tres puntos de Ricky Martin. Así que en cuanto fuese apresado sería conducido directamente a Guantánamo, ejecutado y posteriormente juzgado en rebeldía.

Ajeno a todo esto, un día en el que había sido invitado a un partido de fútbol entre mudjahidines y ex guardias de la revolución, aprovechando el júbilo producido al marcar el delantero del primer equipo un precioso gol de chilena por toda la escuadra, Críspulo se escabulló, salió del estadio y se entregó a una patrulla de marines que pasaba por allí. Al ser reconocido fue tratado con cierta rugosidad por los soldados que se lo llevaron en volandas a la base central.

Enteradas las autoridades de nuestro país que un compatriota se encontraba preso por las fuerzas aliadas, el intrépido estratega Miguel Angel Moratinos, a la sazón Ministro de Asuntos Exteriores, movió los hilos de tal forma que Críspulo fue destinado al nuevo Centro Residencial Spa Abu Ghraib. Allí, fue tratado a cuerpo de rey. Y, entre cigala y cigala, fue interrogado por los hombres de la CIA. Como era un fisonomista pésimo y todos los moros le parecían iguales no parecía ser de mucha ayuda hasta que reconoció a uno con el que había quedado al día siguiente en un lugar de las afueras a jugar una partida de futbolín. El sujeto en cuestión resultó ser Al-pargatawi la mano derecha de Bin Laden y su captura fue noticia en todos los periódicos y televisiones y supuso un giro importante en los combates contra la resistencia iraquí.

En agradecimiento por tan codiciada presa, Críspulo recibió la condecoración Corazón Purpurina y una recompensa de 10 millones de dólares, que hacían a nuestro héroe un hombre rico, casadero y que no tendría que trabajar más el resto de su vida.

Si es que la vida, a veces, es muy injusta.

 
Críspulo en la encrucijada (2ª Parte)
(Resumen de lo acontecido hasta el momento: Críspulo, tras escuchar con atención órdenes emanadas de una alcachofa, se encuentra en Iraq enviado por la ONG Ludópatas sin Fronteras, con el objetivo de socorrer a los necesitados que necesiten ayuda y valga la redundancia. Nada más llegar al corazón de Bagdad Críspulo se dirige hacia un grupo de gente para solicitar información)

Críspulo camina con firmeza entre los angostos y pedregosos caminos sin asfaltar, poblados de esculturas de dudoso gusto según su experto criterio como estudiante de Bellas Artes que es y hechas con hierros retorcidos y escombros. Al otro lado de la calle los lugareños le miran con una expresión que nuestro héroe no acierta a discernir si es de ternura o de admiración. Entre los pocos libros de cabecera que recuerda están las novelas de Zane Grey por lo que sabe que los iroqueses son una tribu pacífica y acogedora. Cunado llega a su encuentro, probablemente por timidez, los lugareños permanecen mudos y con la boca abierta. Por ello, Críspulo decide romper el hielo y con la mejor de sus sonrisas hace un inequívoco gesto de bienvenida con la mano y les dirige las siguientes palabras:

- Jao. Yo ser amigo. Yo venir a ayudar. Yo querer fumar pipa de la paz.

El grupo de insurgentes armados (pues a ellos es a quien se ha dirigido el cooperante español), una vez repuestos del inicial susto e impresión, rodea al recién llegado mientras le apuntan con sus rifles de repetición.

Críspulo se emociona al percibir tan cálida acogida pues no es sólo una, sino muchas pipas de la paz de moderno diseño las que le ofrecen. Con gran ceremonial les agradece sus muestras de cariño y se introduce las pipas en la boca, una a una, aspirando el aire de ellas. La verdad es que la combustión de estos artilugios no es muy buena porque lo único que obtiene es una ligera quemazón interior y un inequívoco sabor a pólvora.

Los iraquíes permanecen atónitos. Normalmente cuando rodean a un extranjero blandiendo sus armas este se va por la pata abajo, hablando mal y pronto. Pero este recién llegado no sólo controla sus esfínteres sino que les desafía a que le peguen un tiro metiéndose los cañones de sus armas en la boca. Tanto arrojo y valentía sólo pueden provenir de un ser superior por lo que empieza a correr la idea que este escuálido y paliducho hombre puede ser “el enviado” del que hablan los libros sagrados, aquél que les liberará del yugo de los infieles. Para comprobar este hecho deciden cargar al muchacho de explosivos y enviarlo al cuartel general aliado para hacerlo volar por los aires. Si cumple su misión y sobrevive al lance será una prueba definitiva de ser un llegado del más allá.

Críspulo, al ver tanto trajín alrededor, cree que se acerca el momento de realizar su primera misión benévola. Y, efectivamente, cuando le colocan un inmenso abrigo, digno de Santa Claus, cubierto de un montón de paquetes de regalo, al parecer donados por la empresa de mensajería TNT pues tal es el nombre que aparece en el envoltorio, sabe que va a llevar la felicidad a muchos hogares. Por ello, feliz y contento se despide de sus nuevos amigos y se dirige a su destino.

Los iraquíes están anonadados. Jamás había visto a un valiente de semejante calibre. Una pena que tenga que morir tan joven.

Pero el calor hace mella en Críspulo. Cuando lleva recorridos unos centenares de metros está bañado en sudor. Por ello decide quitarse el abrigo y meter los paquetes en su mochila. Una vez hecho prosigue el viaje. Pero un amigo de lo ajeno que pasaba por allí montado en su bicicleta, viendo a un extranjero de curioso aspecto acarreando un pesado saco probablemente lleno de lingotes de oro, decide aprovechar la coyuntura y hacerse millonario de golpe. Con un rápido movimiento, se hace con la mochila de Críspulo al que lanza con violencia al suelo. Una vez en pie, nuestro amigo, furioso, persigue al ladrón pero éste, más rápido se va alejando por momentos hasta llegar a una empinada cuesta abajo, al final de la cual se encuentra el cuartel general aliado. Pero los frenos de fabricación soviética de la bicicleta no funcionan así que el desdichado ladrón no puede parar, y tampoco ser parado por los marines que velan a la entrada del recinto. Y una vez dentro, la mochila hace explosión llevándose por delante a su portador, la bicicleta y todo el cuartel general.

El petardazo se oye por todo Bagdad y es recibido con inmenso júbilo por los insurgentes. Críspulo, todavía alelado por el golpe, se dirige de nuevo donde sus amigos con paso firme pues cree haber oído un trueno que presagia tormenta. Cuando llega a su destino es recibido con incontenibles muestras de admiración y asombro. Incluso hay gente que se arrodilla ante él. Y es que hacer el bien es algo que es reconocido por todas partes. Y de inmediato es designado como líder de la resistencia al invasor y mano derecha de Mohammed Al-pargatawi el hombre de Osama Bin Laden en Iraq

 
Críspulo en la encrucijada
Nuestro héroe, Críspulo, camina con paso firme por el sendero de la vida. Es un flamante universitario y tiene una novia que le ilumina los días. Al parecer, nada puede ensombrecer su futuro.

Peor una mente inquieta y polivalente como la suya no se conforma con una vida tranquila y austera. Necesita algo más. Así que una noche en la que le ha dado con especial profusión a los pimientos rellenos que prepara su madre y cuando el Alka-Seltzer todavía no ha hecho efecto, se despierta sobresaltado y más sudado que de costumbre. Se queda clavado con la mirada fija en el papel pintado con efectos florales que adornaban su cuarto. De la cabeza de una alcachofa ve surgir la imagen inequívoca de Sor Angela de la Cruz que con una sonrisa le dijo: “Críspulo, hijo mío, has de hacer el bien. Los más necesitados te necesitan y valga la redundancia. Dedica este verano a obras de caridad y serás eternamente agradecido. He dicho agradecido y no agraciado que lo tuyo no tiene remedio. Duerme en paz hijo mío. Mañana sabrás que hacer”.

Al día siguiente Críspulo se despierta alterado. Ha tomado una decisión. Dedicará sus vacaciones a hacer el bien. Tras desayunar se dirige raudo a la primera ONG que encuentre instalada en el barrio. Y no es otra que “Ludópatas sin fronteras” que tiene su sede social en la trastera de un todo a cien. Tras hacerle un test psicotécnico sencillo y un examen físico que hasta él consigue aprobar, es declarado apto para hacer el bien y tras una firma le entregan un sobre que contiene el pasaje de avión (de ida solamente), un rosario, un juego de naipes de tarot y un par de cartones de bingo.

Y Críspulo, henchido de orgullo por su buena acción, se dirige a su casa para contar la buena nueva a sus parientes. Pasará tres meses haciendo el bien en un lugar recóndito e ignoto, donde hace años que no se ha adentrado una cámara de televisión porque el dolor y el hambre no llena espacios en los telediarios. Un lugar donde valorarán su compromiso y esfuerzo y será recibido como un héroe. Una tierra perdida de la mano de Dios donde su compromiso por ayudar recibirá las más altas recompensas. Ese lugar, del que Críspulo nunca había oído hablar hasta hoy, se llama Irak.

La familia recibe la noticia con su habitual impasibilidad. Tal vez no hayan oído bien el nombre del país hacia donde se dirige nuestro héroe o tal vez vean una oportunidad de quitárselo de encima de una vez por todas, el caso es que no hay apenas muestras de alegría o de tristeza. Un par de palmaditas en la espalda y una pequeña discusión entre primos sobre quién se queda con las escasas pertenencias del futuro difunto dejan al pobre Críspulo sumido en una notable perplejidad.

Llegado el día, Críspulo se sube al avión de fabricación ingusetia que la ONG a puesto a su disposición y tras un incómodo vuelo de 23 horas, con 16 escalas, 2 de ellas programadas, arriba a su destino: Bagdad. Una ciudad que le deslumbra por su viva iluminación, por el ajetreo permanente de su gente y por los ruidos de explosiones que atribuye a la construcción de nuevas paradas de metro.

Y es así, que un día de Junio, un recién llegado, vestido para la ocasión con un informal atuendo de verano, bermudas, sandalias y camiseta de Springsteen con la leyenda Born in the USA, se adentra en el marasmo Bagdadí, y, mapa en mano, se dirige al primer grupo de lugareños que ve, con el fin de preguntarles por un buen hotel y por donde se encuentran los necesitados que necesitan ayuda y valga la redundancia.

(CONTINUARA)




 
Las Navidades de Críspulo
1 de enero de 2.005

Día de Año nuevo. Críspulo abre tímidamente los ojos. La cabeza le va a explotar de un momento a otro. Un dolor punzante recorre todo su cerebro y le invita a pensar que anoche había bebido demasiado. Sus entumecidos músculos apenas responden cuando intenta desesperadamente poner un pie en tierra y salir de ¿¿¿ la bañera???. Una vez en suelo firme se dirige pausadamente hacia el salón dando tumbos por el pasillo. Llegado a término, apenas da crédito a la información que sus ojos envían a su maltrecho cerebro.

En una esquina divisa a su novia Mari Luz. Se halla embutida en un traje formado con ramas, hojas y musgo. Al parecer ha sustituido al abeto navideño pues de sus orejas, nariz y demás salientes corpóreos cuelgan adornos de bolas y espumillón. Si bien es cierto que su perfil culibajo y sus peculiares extremidades podría llevar a engaño a algún beodo impenitente, Críspulo duda de que su amada se encuentre allí por alguna confusión bienintencionada. Y sus sospechas se acrecientan cuando ve aparecer, provenientes de la cocina, a dos de sus primos, hacha en mano, y dispuestos a obtener unos cuantos troncos para abastecer la chimenea.

En la otra esquina se encuentra el tío Onán dándole a su afición favorita: tocar la zambomba, rodeado de los más pequeños de la casa que no pierden detalle de sus acompasados movimientos.

Críspulo prosigue su marcha. En la cocina, observa a su abuela, que, en bragas y sujetador, intenta meter mano a un joven con pinta de subsahariano que sostiene un cartón en la mano, en el que apenas se leen cuatro palabras mal escritas en castellano, y que trata de convencer a la viejecita de que tienen dos conceptos totalmente diferentes de lo que es la caridad cristiana y un joven necesitado. A su vez, el perro Toby se encuentra ya en la fase final del centrifugado y por el color de sus ojos, que era lo único que se puede ver entre la espuma, se adivina que tiene un colosal mareo y que, en cuanto salga de allí, no le van a volver a ver el pelo.

Se asoma al cuarto de sus padres para ver al comisario, roncando sonoramente, acostado en la cama, esposado al cabezal, vestido con un corpiño que haría palidecer de envidia a Brigitte Bardot, un liguero que apenas ocultaba sus velludas pirernas y unos zapatos rojos de tacón de aguja.

Cansado de tanta visión apocalíptica, Críspulo se refugia en su cuarto, se tumba sobre la litera y comienza a recordar...

31 de Diciembre de 2.004

La cena está preparada. Críspulo ha hecho las presentaciones formales de su novia a toda la familia y se disponen a comer. Para evitar posteriores malos ratos, decide ponerse hasta las orejas de vino y perder así todo atisbo de vergüenza y decoro.

Dos botellas y media más tarde, nuestro héroe apenas distingue lo que es el solomillo de la servilleta. Ya se ha comido la mitad de las velas puestas por su madre para darle un ambiente acogedor al evento, confundiéndolas con espárragos. Afortunadamente estamos en los postres y poco más puede pasar. Al menos, eso cree Críspulo. Pero, dando una vez más muestras de su portentosa torpeza, acaba de dar un tremendo mordisco a algo que él creía que era guirlache pero en realidad era la dentadura postiza del abuelo, que se la había quitado para poder beber más cómodamente a morro de la botella de Quina San Clemente.

Finalmente, y tras seguir atizándole a cuanta botella de alcohol se encontraba por las cercanías, la familia de Críspulo se arrebuja frente al televisor para disfrutar del momento cumbre de la noche: las campanadas de fin de año. Cada cual tiene su recipiente con las doce uvas ya preparadas. Lamentablemente, nuestro miope amigo se ha vuelto a confundir, y en su lugar ha cogido un cuenco con doce manzanas golden extra que su madre había comprado para hacer compota. Con gran dificultad consigue terminarlas a tiempo y se extraña que los demás lo hayan hecho sin especial esfuerzo. Tanta fruta le ha dado aún más sed y se dirige presto a tomar unas copas de cava.

Del resto de la noche, apenas tenemos noticias salvo de que la cosa amaneció de la forma que hemos visto en la primera parte de este escrito.

 
Críspulo y su novia
La integración de Críspulo en el recio ambiente militar del colegio Mayor se iba efectuando poco a poco. Ya había aprendido a desfilar marcialmente, entonar himnos patrióticos sin desafinar demasiado y cambiarse de calzoncillos todas las semanas. Sus compañeros le iban tratando paulatinamente con más cariño y comprensión y ahora sólo le pegaban palizas algunas tardes de especial aburrimiento y cuando perdía el Real Madrid.

En la Universidad, en cambio, las cosas no mejoraban. No se le apreciaba ningún talento para el arte y el profesorado estaba empezando a dar muestras de hartazgo ante su presencia en las aulas. Ni siquiera para artista abstracto o poeta urbano valía el pobre. Sólo las periódicas llamadas de su padre el comisario al Decano para interesarse por su estado y de paso puntualizar algunos pormenores de la ficha policial de éste, le mantenían matriculado y presente. Tras ejercer brevemente como modelo en un curso de pintores ciegos y sopesar la posibilidad de actuar en una performance de teatro vanguardista, el día a día de Críspulo en la Universidad no le deparaba más que disgustos y penalidades. Echaba de menos su vida familiar aunque sus múltiples llamadas de socorro sólo habían sido atendidas por un contestador automático. Pero todo esto cambiaría el día en que Críspulo conoció a Mari Luz

Mari Luz era una joven de 20 años. La octava vástaga de la pareja formada por Argimiro y Sinforosa. Como los dos eran analfabetos y no sabían contar más que hasta siete y con el fin de evitarse problemas de logística y abastecimiento, decidieron que aquello que acababa de nacer no sería un hijo sino un elemento más del mobiliario de la casa. Por lo que la chica, a medida de que iba desarrollándose, había ejercido las funciones de quinqué, lámpara de mesilla, lamparón de mesa, tubo fluorescente (durante una adolescencia realmente difícil marcada por la anorexia) y, finalmente, lámpara de pie de salón. Se le alimentaba a base de sopa de coaxiales, rica en cobre y tungsteno y bombillas fundidas. Por ello, sus dientes habían prácticamente desaparecido y sufría de halitosis. Finalmente, decidió emprender su propia vida, romper los cables que le mantenían unido a su familia y lanzarse a la aventura. Como era mujer de pocas luces, sin faro que la guiase y desprovista de enchufes que pudieran buscarle una buena colocación, terminó fregando los suelos del Colegio Mayor.

Un día en el que Críspulo se dirigía a ejercer de juez de línea en un partido de fútbol, al bajar las escaleras se topó con Mari Luz que estaba realizando su labor. Al intentar esquivarla, y dando nuevamente muestras de su peculiar sentido del equilibrio, cayó rodando con tan mala suerte de que se le introdujo el banderín en la toma de corriente que abastecía de luz al estadio. El chispazo que soltó el equipo eléctrico fue de órdago, que dando sin luces toda la zona. El efecto del calambrazo dejó a Críspulo tieso como un palo, con la cabellera rebozada al estilo afro, la ropa hecha jirones y los dientes de un azul fosforescente que relucía en la oscuridad. Mari Luz, que de esto sabía un rato, se aplicó a reanimar al electrocutado. Suavemente mediante la respiración asistida boca a boca, y no se sabe si por efecto del nauseabundo olor metálico que salía de su garganta, nuestro galán fue recobrando el conocimiento. Cegado aún por el chispazo, creyó encontrarse en la gloria al ser salvado de la muerte por una joven de buen ver (hemos quedado en que el chico estaba cegado). Un estremecimiento, más profundo aún que la descarga que acababa de sufrir, le recorrió todo su cuerpo: no había duda: Cupido había actuado sobre él. Acababa de sentir en su propia carne el milagroso efecto del amor.

Mari Luz contemplaba embelesada aquel radiante joven de aparatosa luz interior. En su vida había visto nada igual. Estaban hechos el uno para el otro. Le ayudó a incorporarse, a colocarse lo que quedaba de sus prendas en su sitio. Le atusó el humeante pelo y le devolvió su chamuscado banderín. Embelesado, Críspulo apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento. Ella le correspondió con un apasionado beso. Quedaron en compartir una cena a la luz de las velas.

Tras esta luminosa experiencia, Críspulo se sintió otro hombre. Ya no le importaba que le introdujeran la cabeza en la taza del inodoro, ni que le hicieran tatuajes a base de colillas encendidas. Eso eran gamberradas de críos y él era todo un hombre. Ahora que tenía novia, podía ir con la cabeza bien alta, el pecho erguido y la entrepierna prieta. Se sentía feliz y dichoso. Por primera vez la vida le sonreía. El y Mari Luz formaban la pareja perfecta y así lo seguirían siendo hasta que se le agotaran las pilas.

 
Críspulo va a la Uni
Producciones El Folletín Presenta

YO, CRISPULO

Drama humano en 650 capítulos basados en una idea original de.... (a mí que me registren)

Música: El pelma de siempre

Guión y Dirección: Ausentes

Resumen de los capítulos precedentes: Críspulo es un zote

En el capítulo de hoy: Críspulo sigue siendo un zote

CAPITULO 4: CRISPULO VA A LA UNIVERSIDAD

El comisario, sin saber qué hacer con el hijo que le ha tocado en desgracia, escudriña las posibles alternativas para asegurarle un holgado futuro, y de paso garantizarse a sí mismo una jubilación tranquila sin tener que cargar con el maromo. Como su expediente académico da para un puesto de ayudante de Blanquita, la cabra de la Legión, las cosas se le presentan muy negras. De dotes musicales, mejor no hablar aunque eso tampoco ha impedido a otros llegar muy lejos. Como actor de cine, el puesto de doble de Gabino Diego ya está ocupado. Como deportista de élite, no hay más que ver su egregio perfil, su musculatura adobada y su viril prestancia para darse cuenta de sus posibilidades. Así que tras mucho cavilar, pedir consejos a los amigos y estudiar el caso a fondo mientras se bebe una botella de Anís El Mono, la única posibilidad a la vista es la que menos gracia le hace: Críspulo deberá ir a la Universidad.

Ahora está el tema de elegir Facultad. Como facultades sobran en España pero no en Críspulo, el comisario decide hacer una selección científica. Consultando la base de datos del Ministerio del Interior, hace una lista de todos los catedráticos con antecedentes penales y susceptibles de extorsión, para ver en qué lugar se concentran principalmente y mediante una serie de sutiles llamadas telefónicas abrirle paso a su bienamado hijo. Tras un riguroso análisis, descubre que, con gran diferencia sobre las otras, el próximo lugar de desventuras para Críspulo debería ser la Escuela de Bellas Artes, donde al menos una docena de profesores, incluido el rector, llevan a sus espaldas desde los tiempos del movimiento hippy, el amor libre y la experimentación con todo tipo de sustancias alucinógenas, una carga de expedientes, sanciones y estancias en calabozos, que no convendría que salieran a la luz ahora que está de moda lo políticamente correcto, la monogamia y el agua mineral pura de manantial.

Así pues, y tras una serie de llamadas a la orden en un tono que el comisario no utilizaba desde los tiempos de la democracia orgánica, Críspulo es admitido con honores en la Universidad. Para foguearle un poco al muchacho en temas como el compañerismo, la amistad múltiple y la comida de rancho, la familia, reunida en cónclave para celebrar la partida del hijo que esperan que no sea pródigo, le apunta a un Colegio Mayor para hijos de militares y policías donde la disciplina es elevada a categoría de saber supremo, y se impone un recio código moral y marcial cuyas transgresiones son castigadas con la máxima dureza.

Y un día de septiembre, al alba, con viento de Poniente y toda la familia reunida en el porche para ver partir al miembro que se va, Críspulo ve como sus maletas son introducidas en el coche, y, tras despedirse brevemente de su madre, a la que no puede abrazar por llevar las manos esposadas a la espalda, toma asiento al lado de su padre que le llevará hasta su próximo hogar. Tras una última mirada, y sin poder contener las lágrimas por lo que él cree que es un acto de desesperación de su parentela (pero en realidad es el pistoletazo de arranque de tres días de celebraciones), Críspulo fija su torva mirada en el horizonte, y se enjuaga los mocos como puede en la pechera de su gabardina.

Tras seis horas de duro viaje, en el que no ha habido apenas conversación, el comisario libera los brazos de su hijo en cuanto ve aparecer al fondo la antigua prisión militar que ahora sirve de alojamiento para jóvenes garantes del espíritu patrio. Una vez allí, el director, el ex-comisario político y ex-cabecilla de la Falange, Raimundo Nemesio Jose Antonio Primo de la Cuesta y Millan del Bosque, les recibe con cordialidad española. A su lado, un grupo de mozalbetes de atlética complexión, cráneos rasurados y brazaletes de claro contenido pre-constitucional, le esperan sonrientes, esperando al recién llegado, un chico en fase todavía de formación del carácter, para poder forjar su espíritu, convertirle en hombre de provecho, y, de paso, resarcirse de las humillaciones que la masonería y el comunismo están infligiendo a la civilización occidental llevándola a su destrucción.

Críspulo, intuye que su estancia en el lugar no va a ser de su agrado, intuición que se ve reforzada cuando, debido al entumecimiento de los músculos por tan largo viaje en incómoda posición, trastabilla y cae de bruces sobre el impecable short del más veterano de los guardianes del orden, dejando tras de sí un inconfundible y pegajoso reguero de moco y babas que no ha podido eliminar por falta de manos disponibles.

(continuará)


 
Críspulo se va de putas
Críspulo acaba de cumplir los 18 años. Ya es mayor de edad. Su recientemente adquirido status refuerza su convicción de que no puede pasar otro día más sin perder la virginidad. Por ello, y tras estudiar estratégicamente sus posibilidades de acostarse con una mujer y analizar pormenorizadamente sus últimos fracasos, acuerda con su íntimo amigo Apapucio ir a visitar el club Sílphides (o Síphilis como acostumbran a llamarle los más asiduos visitantes). Para poder financiar la visita al lugar, Críspulo ha pedido a aquéllos parientes de mayor confianza que, éste año, en vez de recibir los habituales regalos de bufandas, guantes o camiones de juguete, le ingresaran el dinero en la cuenta de la Caja de Ahorros para que pudiera disponer de él a su antojo.

Raimunda cree que tiene 52 años aunque no existe documento que lo acredite. Nacida en la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial, con apenas 20 años vino a la metrópoli a trabajar de camarera y pronto acabó utilizada y explotada en aquel club donde ya lleva 30 años. Su chocante presencia en el local, al lado de jovencitas de impresionantes curvas, venidas recientemente de Rumania, Lituania o Brasil se debía a un doble motivo: 1) Sus 120 kilos de peso, añadido a su hosco semblante dan tranquilidad a las otras chicas del local y de paso ahorra a sus dueños la contratación de un servicio privado de seguridad y 2) La existencia entre los caciques locales de un par de tarados sexuales cuyas libidinosas prácticas sólo ella es capaz de satisfacer. En el día de hoy, como casi siempre, languidece recostada en una esquina, segura de que una noche más, va a irse de vacío. Pero la visión de alguien que acaba de atravesar la puerta, le dice que tal vez hoy no sea así.

Críspulo y Apapucio entran en el local y se dirigen separadamente, como han convenido, hacia la barra. A Críspulo, al que se le van los ojos detrás de una impresionante rubia de trasero cimbreante, apenas cubierto de un pantalón minúsculo que enseña más de lo que tapa, se apresta a subirse a un taburete cuando una enorme mole negra le agarra de los huevos con fuerza y que, estrujándoselos hasta casi perder la respiración, le dice: "Me invitas a una copa, guapo?". Ante tal amenaza indirecta y un par de nuevos apretones estratégicos, Críspulo se ve obligado a asentir.

La curiosa pareja se instala en la barra. Raimunda continúa con la situación agarrada por el mango, y nunca mejor dicho. Se pide una copa de un sospechoso líquido verde. El pide una cerveza. Resultado: 50 euros que ha de pagar religiosamente. Al sacar la cartera, ella no puede dejar de notar lo abultado de la misma por lo que, tras apurarse de un trago su copa, se dirige a él y le susurra al oído: "Qué, guapo, vamos dentro a una habitación?" Críspulo mira de reojo a Apapucio, que, rodeado por dos bellezas de quitar el hipo, una rubia y una morena, parece estar pasando una agradable velada. Está dispuesto a rechazar tan amable invitación pero un nuevo movimiento de muñeca de la mujer, le hace cambiar de opinión, y ambos se dirigen a la parte trasera del local.

Tras abonar 10 euros más en concepto de alquiler de sábanas y jabón, entran en la habitación asignada. La fornida mujer se quita la ropa en un santiamén. La visión de aquel cuerpo desnudo únicamente provoca en Críspulo una sensación de repugnancia. Raimunda, que hace años que no echa un polvo en condiciones con alguien menor de 50 años, está excitada ante las posibilidades que la noche abre ante ella. Por ello, se abalanza sobre su cohibido partenaire, y tras desembarazarle de toda su ropa, comienza a intentar excitarle utilizando para ello todos sus conocimientos sobre el tema.

Críspulo, viendo que es incapaz de desembarazarse de la penosa situación en la que se encuentra, decide cerrar los ojos y pensar que es su vecina, de la que está secretamente enamorado, la que le está efectuando ese trabajillo en sus partes bajas. Este truco funciona ya que rápidamente es presa de una fuerte erección. Raimunda, agradecida ante la muestra de aprecio a sus desvelos, lo abraza con fuerza y ambos caen pesadamente sobre la cama. Le coloca el correspondiente preservativo y justo cuando introduce el miembro en su inmensa cueva, él, extasiado ante lo que cree es un gozoso encuentro sexual con el objeto de sus sueños más eróticos, no puede evitar vaciar su seminal líquido sobre la funda de plástico recientemente adherida.

Ella, enfurecida por no haber disfrutado ni un sólo segundo de la presencia de su juvenil apéndice en su interior, le empuja a un lado, le quita el condón y empieza a restregarle el miembro de nuevo porque no se va a quedar en ascuas después de todo lo que ha esperado este momento. Así que, una vez conseguida una segunda erección (bendita juventud), se introduce de nuevo el aparato, esta vez sin preservativo ante la seguridad de que ese muchachote de aspecto tan infantil no le iba a transmitir nada maligno. Con voz apremiante le conmina a que inicie el vaivén coital y así lo hace. Esta vez dura algo más, 1 minuto y 14 segundos, y Raimunda, feliz porque menos da una piedra, lo cubre de besos a pesar de las muestras de asco de su oponente.

Una vez convenientemente aseados y abonados los 100 euros de la tarifa extra, se reintegran al local. Pero algo ha cambiado en la decoración. En lugar de clientes en animada conversación con señoritas ligeras de ropa, se encuentran una hilera de personas contra la pared y con los brazos y piernas extendidos; las luces rojas propias del local, se han convertido en luces azules que se cuelan por la ventana; la música de cierto cantautor cuyo nombre no me viene ahora a la cabeza, ha sido sustituida por un molesto ulular de sirenas y un nuevo tipo de clientes, todos vestidos de igual uniforme y blandiendo una especie de consoladores negros, se ha hecho cargo del cotarro. En resumen, estamos asistiendo a una redada en toda regla.

Cuando Críspulo y su pareja hacen irrupción en la sala, una sonora carcajada les recibe. Uno de los policías se dirige a ellos y les dice:

- No me jodas Raimunda que has conseguido engañar a un cliente joven y apuesto.

Otro policía coge del brazo a Críspulo y, atravesando el local, entre las risotadas de todos, clientes policías y prostitutas, se dirige hacia la persona al mando de la operación:

- Mire, Señor Comisario. Este pardillo se lo estaba haciendo con Raimunda

El comisario, esbozando una sonrisa dirige su mirada hacia nuestro joven amigo. Al ver su cara, le cambia el semblante y una mezcla de incredulidad y furia modifica totalmente su aspecto:

- Pero, Críspulo, tenías que ser tú!!

Este, no acierta más que a emitir dos palabras:

- Hola, Papá!

 
Críspulo va de ligue
Escarmentado por sus continuos fracasos, Críspulo se contempló desnudo en el espejo. Su grasiento pelo, su granulada piel y sus sobresalientes y amarillentos dientes, le estropeaban el reflejo de lo que él creía era un atractivo joven con poca suerte en el galanteo.

Pero aquel día iba a ser diferente. Había obtenido de la bibliotecaria un manual de conquista que parecía de fácil puesta en práctica. Lo único que tenía que hacer era conseguir un producto llamado desodorante, soltarse los botones de la camisa hasta el ombligo, dejando ver la Cruz de San Andrés que había heredado de su abuela y plantarse en mitad de la pista de baile, moviendo desacompasadamente las caderas y apuntando con el índice de la mano derecha del suelo al techo y del techo al suelo sucesivamente.

El éxito parecía garantizado, a pesar de que por la cantidad de polvo acumulado en la cubierta y los incipientes champiñones que brotaban de sus páginas interiores, el pobre Críspulo tenía sus dudas acerca de la idoneidad y actualidad del contenido del libro.

Otra preocupación asaltaba en estos momentos la mente de nuestro héroe. Y si, por un casual, tenía éxito y se veía en la tesitura de poder llevarse a la cama, en este caso al asiento trasero del Simca 1200, a una chica? Críspulo era virgen y su escaso conocimiento del acto sexual había sido adquirido leyendo los relatos de las revistas picantes, donde todo era perfecto, el macho poseía, además de un miembro descomunal, un aguante extraordinario que hacía llegar a las mujeres al paroxismo del orgasmo en repetidas ocasiones. Y a la bibliotecaria, que, además de ser una mujer de malas pulgas y vida sexual inclasificable, era amiga de su madre, no se había atrevido a pedir un manual de fornicación por lo que se vería obligado a improvisar. Tenía Críspulo un miedo atroz a la eyaculación precoz. Temía que sólo la visión de las primeras blancas carnes que se podrían ocultar debajo de unas faldas o unos pantalones, le produjera un chorreo de fluidos atropellados, que no sólo le dejarían peor de lo que estaba ya, sino que serían la comidilla del lunes siguiente por todo el instituto. Y las consignas oídas para evitar tal calvario, como pensar en la muerte, en un examen de matemáticas, o en su tía abuela desnuda, lo mínimo que le produciría sería un asco repentino y una bajada de humos instantánea.

Finalmente, para evitar males mayores Críspulo decidió que sólo el alcohol podría acudir en su ayuda. Tenía entendido, que una buena dosis prolonga la erección, retrasa la eyaculación y, de paso, eliminaría toda timidez y pudor para seducir a las muchachas en la discoteca.

Y así tenemos a nuestro amigo, dirigiéndose raudo a la tierra prometida, con los sobacos bañándose en Tulipán Negro, enseñando pelo en pecho, metal reflectante y moviendo su cuerpo con prestancia y garbo. Se dirige a la barra y consume raudo unos cuantos vasos bien repletos de licor. Cuando empieza a notar los efectos, cosa prácticamente instantánea porque él no bebe nunca, se dirige a la pista de baile a poner en práctica los movimientos ensayados previamente. Se instala en mitad de la muchedumbre y comienza su desaforado baile. Lamentablemente, en el segundo escorzo pélvico, la herencia familiar sale volando por los aires. Críspulo persigue el objeto metálico volador con la mirada, cada vez más confusa y torva y ve como cae en mitad de un grupo de fornidos muchachotes de los que frecuentan los gimnasios para desarrollar sus bíceps. Se coloca a cuatro patas y se dirige hacia donde piensa se encuentra el pobre San Andrés. Finalmente lo encuentra aliviado y cuando se pone en pie no deja de observar que unos cuantos tatuajes le miran de frente con signos poco amistosos. Para disimular, prosigue su enconado baile con tan mala suerte de que el juguetón índice, en vez de apuntar del techo al suelo, se introduce por el escote de la novia del más desarrollado de los gimnastas. Críspulo intenta balbucear una excusa en el preciso momento en que el alcohol desarrolla el más temible de sus efectos y una riada de líquido amarillo sale de su boca y acaba depositándose sobre el apretado pantalón en forma de campana del anteriormente citado novio de la chica a la que inadvertidamente le ha tocado los senos cuando se incorporaba de recoger su preciada medalla. No sé si necesitan un boceto de lo que siguió más tarde porque creo que más o menos todos ustedes se lo imaginan. Por ello, y por si hay algún menor de edad leyendo esto, y ya que Quentin Tarantino todavía no ha mostrado ningún interés en llevar la vida de Críspulo a la gran pantalla, omitiré los penosos detalles que sucedieron durante la media hora siguiente.

Al día siguiente, Críspulo devolverá el manual a la bibliotecaria, guardará el medallón en el lugar donde nunca debió salir, aguantará con estoicismo los dolores de todo su cuerpo y se consolará pensando que se libró de la angustia de saber si iba a estar a la altura una vez llegado el momento de estrenar su vida sexual
 
Críspulo Aventurero
- Críspulo, a cenaar!

El tal Críspulo yace tendido boca arriba en la cama de su habitación. Es verano y el calor le hace sudar. Las pegajosas sábanas se adhieren a su húmeda piel. Críspulo está con los ojos cerrados, ajeno a lo que le rodea. Está soñando. Es un aventurero, un explorador audaz a la búsqueda de un codiciado tesoro.

Tiene ante sí el reto de atravesar dos enormes montañas, erguidas ante él. Inspecciona la posibilidad de escalarlas. La ausencia de aristas visibles le hace desistir. No tendrá más remedio que atravesar el angosto camino que las divide por el centro. Inicia su andadura con precaución. Las montañas parecen mecerse con el viento y se estremece ante la posibilidad de ser aplastado por ellas. Intuye que al final del camino encontrará una señal que le guíe hacia su objetivo: la Cueva del Botón Mágico.

Finalmente, deja tras de sí el peligro que se cernía sobre él. Y lo que ven sus ojos supone una terrible decepción. No se divisa más que una interminable llanura de tierra árida. Nada que ver con la exhuberancia del paisaje anterior. El sol azota con fiereza. Las estrías de la tierra seca son bien visibles. Ni un rastro de agua, vegetación o cualquier forma de vida que le hubiera supuesto una pequeña alegría.

- Críspulo.. vienes o qué!!

Críspulo prosigue su viaje. Cansado y sediento, se encamina por aquella tierra sin interés. A lo lejos se va divisando una hendidura. Puede que sea un oasis, una momentánea salvación, un lugar donde reponerse de las penalidades hasta ahora sufridas, un leve y placentero alto en el camino. Conforme se va aproximando, el oasis va recomponiendo sus formas. Por fin una buena noticia. Críspulo corre hacia él, y, al llegar, se lanza de cabeza, introduciéndose en la leve hendidura, sorbiendo con placer los líquidos allí estacionados. Un preludio de lo que espera que sea su destino final.

Una vez saciado levemente su apetito, emprende de nuevo el camino. Una escasa vegetación se abre a su paso. Según había leído en los libros, aquella zona, en tiempos pasados, era como una selva, dde altura imponente y espesa, pero el paso de los tiempos, la acción del hombre y el cambio en las costumbres lo había dejado reducido a una mínima hilera de árboles enanos, que parecían marcar el camino hacia donde dirigirse. Críspulo continuó paralelo a los árboles. Al cabo de unos minutos el camino se dividía en dos largas y estrechas avenidas que se perdían en el horizonte. Guiado por un extraño olor, nuestro héroe se asomó a la intersección de las dos avenidas y miró hacia abajo. El corazón le dio un vuelco. Allí, bajo sus pies, en medio de salientes y pliegues del terreno, estaba la ansiada Cueva. Con sumo cuidado, inició el descenso agarrándose a los escasos tallos de hierba que circuncidaban el lugar. Penetró prudentemente unos pasos en su interior. Allí, en lo alto, se divisaba, erguido, el Botón del Placer, aquello que le perturbaba sus noches, que le nublaba el juicio, que le había tenido obsesionado los últimos meses. Alargó la mano para acariciarlo.. y en ese preciso momento... oyó la puerta que se abría

- Críspulo... qué haces... Serás cochino!! Anda lávate las manos y a cenar!!

Críspulo cerró de golpe el desplegable interior de la revista y siguió a su madre por el pasillo