logotipo

img_google
El Blog de Críspulo
Las aventuras de Críspulo, un personaje irrepetible
Acerca de
Críspulo es un personaje nacido del blog Desvaríos Varios al que he decidido dar vida propia y otorgarle un blog nuevo. Es un spinoff que espero que tenga el éxito que se merece, o sea, ninguno
Archivos
Sindicación
 
Críspulo se va de putas
Críspulo acaba de cumplir los 18 años. Ya es mayor de edad. Su recientemente adquirido status refuerza su convicción de que no puede pasar otro día más sin perder la virginidad. Por ello, y tras estudiar estratégicamente sus posibilidades de acostarse con una mujer y analizar pormenorizadamente sus últimos fracasos, acuerda con su íntimo amigo Apapucio ir a visitar el club Sílphides (o Síphilis como acostumbran a llamarle los más asiduos visitantes). Para poder financiar la visita al lugar, Críspulo ha pedido a aquéllos parientes de mayor confianza que, éste año, en vez de recibir los habituales regalos de bufandas, guantes o camiones de juguete, le ingresaran el dinero en la cuenta de la Caja de Ahorros para que pudiera disponer de él a su antojo.

Raimunda cree que tiene 52 años aunque no existe documento que lo acredite. Nacida en la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial, con apenas 20 años vino a la metrópoli a trabajar de camarera y pronto acabó utilizada y explotada en aquel club donde ya lleva 30 años. Su chocante presencia en el local, al lado de jovencitas de impresionantes curvas, venidas recientemente de Rumania, Lituania o Brasil se debía a un doble motivo: 1) Sus 120 kilos de peso, añadido a su hosco semblante dan tranquilidad a las otras chicas del local y de paso ahorra a sus dueños la contratación de un servicio privado de seguridad y 2) La existencia entre los caciques locales de un par de tarados sexuales cuyas libidinosas prácticas sólo ella es capaz de satisfacer. En el día de hoy, como casi siempre, languidece recostada en una esquina, segura de que una noche más, va a irse de vacío. Pero la visión de alguien que acaba de atravesar la puerta, le dice que tal vez hoy no sea así.

Críspulo y Apapucio entran en el local y se dirigen separadamente, como han convenido, hacia la barra. A Críspulo, al que se le van los ojos detrás de una impresionante rubia de trasero cimbreante, apenas cubierto de un pantalón minúsculo que enseña más de lo que tapa, se apresta a subirse a un taburete cuando una enorme mole negra le agarra de los huevos con fuerza y que, estrujándoselos hasta casi perder la respiración, le dice: "Me invitas a una copa, guapo?". Ante tal amenaza indirecta y un par de nuevos apretones estratégicos, Críspulo se ve obligado a asentir.

La curiosa pareja se instala en la barra. Raimunda continúa con la situación agarrada por el mango, y nunca mejor dicho. Se pide una copa de un sospechoso líquido verde. El pide una cerveza. Resultado: 50 euros que ha de pagar religiosamente. Al sacar la cartera, ella no puede dejar de notar lo abultado de la misma por lo que, tras apurarse de un trago su copa, se dirige a él y le susurra al oído: "Qué, guapo, vamos dentro a una habitación?" Críspulo mira de reojo a Apapucio, que, rodeado por dos bellezas de quitar el hipo, una rubia y una morena, parece estar pasando una agradable velada. Está dispuesto a rechazar tan amable invitación pero un nuevo movimiento de muñeca de la mujer, le hace cambiar de opinión, y ambos se dirigen a la parte trasera del local.

Tras abonar 10 euros más en concepto de alquiler de sábanas y jabón, entran en la habitación asignada. La fornida mujer se quita la ropa en un santiamén. La visión de aquel cuerpo desnudo únicamente provoca en Críspulo una sensación de repugnancia. Raimunda, que hace años que no echa un polvo en condiciones con alguien menor de 50 años, está excitada ante las posibilidades que la noche abre ante ella. Por ello, se abalanza sobre su cohibido partenaire, y tras desembarazarle de toda su ropa, comienza a intentar excitarle utilizando para ello todos sus conocimientos sobre el tema.

Críspulo, viendo que es incapaz de desembarazarse de la penosa situación en la que se encuentra, decide cerrar los ojos y pensar que es su vecina, de la que está secretamente enamorado, la que le está efectuando ese trabajillo en sus partes bajas. Este truco funciona ya que rápidamente es presa de una fuerte erección. Raimunda, agradecida ante la muestra de aprecio a sus desvelos, lo abraza con fuerza y ambos caen pesadamente sobre la cama. Le coloca el correspondiente preservativo y justo cuando introduce el miembro en su inmensa cueva, él, extasiado ante lo que cree es un gozoso encuentro sexual con el objeto de sus sueños más eróticos, no puede evitar vaciar su seminal líquido sobre la funda de plástico recientemente adherida.

Ella, enfurecida por no haber disfrutado ni un sólo segundo de la presencia de su juvenil apéndice en su interior, le empuja a un lado, le quita el condón y empieza a restregarle el miembro de nuevo porque no se va a quedar en ascuas después de todo lo que ha esperado este momento. Así que, una vez conseguida una segunda erección (bendita juventud), se introduce de nuevo el aparato, esta vez sin preservativo ante la seguridad de que ese muchachote de aspecto tan infantil no le iba a transmitir nada maligno. Con voz apremiante le conmina a que inicie el vaivén coital y así lo hace. Esta vez dura algo más, 1 minuto y 14 segundos, y Raimunda, feliz porque menos da una piedra, lo cubre de besos a pesar de las muestras de asco de su oponente.

Una vez convenientemente aseados y abonados los 100 euros de la tarifa extra, se reintegran al local. Pero algo ha cambiado en la decoración. En lugar de clientes en animada conversación con señoritas ligeras de ropa, se encuentran una hilera de personas contra la pared y con los brazos y piernas extendidos; las luces rojas propias del local, se han convertido en luces azules que se cuelan por la ventana; la música de cierto cantautor cuyo nombre no me viene ahora a la cabeza, ha sido sustituida por un molesto ulular de sirenas y un nuevo tipo de clientes, todos vestidos de igual uniforme y blandiendo una especie de consoladores negros, se ha hecho cargo del cotarro. En resumen, estamos asistiendo a una redada en toda regla.

Cuando Críspulo y su pareja hacen irrupción en la sala, una sonora carcajada les recibe. Uno de los policías se dirige a ellos y les dice:

- No me jodas Raimunda que has conseguido engañar a un cliente joven y apuesto.

Otro policía coge del brazo a Críspulo y, atravesando el local, entre las risotadas de todos, clientes policías y prostitutas, se dirige hacia la persona al mando de la operación:

- Mire, Señor Comisario. Este pardillo se lo estaba haciendo con Raimunda

El comisario, esbozando una sonrisa dirige su mirada hacia nuestro joven amigo. Al ver su cara, le cambia el semblante y una mezcla de incredulidad y furia modifica totalmente su aspecto:

- Pero, Críspulo, tenías que ser tú!!

Este, no acierta más que a emitir dos palabras:

- Hola, Papá!

No