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El Blog de Críspulo
Las aventuras de Críspulo, un personaje irrepetible
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Críspulo es un personaje nacido del blog Desvaríos Varios al que he decidido dar vida propia y otorgarle un blog nuevo. Es un spinoff que espero que tenga el éxito que se merece, o sea, ninguno
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Críspulo y su novia
La integración de Críspulo en el recio ambiente militar del colegio Mayor se iba efectuando poco a poco. Ya había aprendido a desfilar marcialmente, entonar himnos patrióticos sin desafinar demasiado y cambiarse de calzoncillos todas las semanas. Sus compañeros le iban tratando paulatinamente con más cariño y comprensión y ahora sólo le pegaban palizas algunas tardes de especial aburrimiento y cuando perdía el Real Madrid.

En la Universidad, en cambio, las cosas no mejoraban. No se le apreciaba ningún talento para el arte y el profesorado estaba empezando a dar muestras de hartazgo ante su presencia en las aulas. Ni siquiera para artista abstracto o poeta urbano valía el pobre. Sólo las periódicas llamadas de su padre el comisario al Decano para interesarse por su estado y de paso puntualizar algunos pormenores de la ficha policial de éste, le mantenían matriculado y presente. Tras ejercer brevemente como modelo en un curso de pintores ciegos y sopesar la posibilidad de actuar en una performance de teatro vanguardista, el día a día de Críspulo en la Universidad no le deparaba más que disgustos y penalidades. Echaba de menos su vida familiar aunque sus múltiples llamadas de socorro sólo habían sido atendidas por un contestador automático. Pero todo esto cambiaría el día en que Críspulo conoció a Mari Luz

Mari Luz era una joven de 20 años. La octava vástaga de la pareja formada por Argimiro y Sinforosa. Como los dos eran analfabetos y no sabían contar más que hasta siete y con el fin de evitarse problemas de logística y abastecimiento, decidieron que aquello que acababa de nacer no sería un hijo sino un elemento más del mobiliario de la casa. Por lo que la chica, a medida de que iba desarrollándose, había ejercido las funciones de quinqué, lámpara de mesilla, lamparón de mesa, tubo fluorescente (durante una adolescencia realmente difícil marcada por la anorexia) y, finalmente, lámpara de pie de salón. Se le alimentaba a base de sopa de coaxiales, rica en cobre y tungsteno y bombillas fundidas. Por ello, sus dientes habían prácticamente desaparecido y sufría de halitosis. Finalmente, decidió emprender su propia vida, romper los cables que le mantenían unido a su familia y lanzarse a la aventura. Como era mujer de pocas luces, sin faro que la guiase y desprovista de enchufes que pudieran buscarle una buena colocación, terminó fregando los suelos del Colegio Mayor.

Un día en el que Críspulo se dirigía a ejercer de juez de línea en un partido de fútbol, al bajar las escaleras se topó con Mari Luz que estaba realizando su labor. Al intentar esquivarla, y dando nuevamente muestras de su peculiar sentido del equilibrio, cayó rodando con tan mala suerte de que se le introdujo el banderín en la toma de corriente que abastecía de luz al estadio. El chispazo que soltó el equipo eléctrico fue de órdago, que dando sin luces toda la zona. El efecto del calambrazo dejó a Críspulo tieso como un palo, con la cabellera rebozada al estilo afro, la ropa hecha jirones y los dientes de un azul fosforescente que relucía en la oscuridad. Mari Luz, que de esto sabía un rato, se aplicó a reanimar al electrocutado. Suavemente mediante la respiración asistida boca a boca, y no se sabe si por efecto del nauseabundo olor metálico que salía de su garganta, nuestro galán fue recobrando el conocimiento. Cegado aún por el chispazo, creyó encontrarse en la gloria al ser salvado de la muerte por una joven de buen ver (hemos quedado en que el chico estaba cegado). Un estremecimiento, más profundo aún que la descarga que acababa de sufrir, le recorrió todo su cuerpo: no había duda: Cupido había actuado sobre él. Acababa de sentir en su propia carne el milagroso efecto del amor.

Mari Luz contemplaba embelesada aquel radiante joven de aparatosa luz interior. En su vida había visto nada igual. Estaban hechos el uno para el otro. Le ayudó a incorporarse, a colocarse lo que quedaba de sus prendas en su sitio. Le atusó el humeante pelo y le devolvió su chamuscado banderín. Embelesado, Críspulo apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento. Ella le correspondió con un apasionado beso. Quedaron en compartir una cena a la luz de las velas.

Tras esta luminosa experiencia, Críspulo se sintió otro hombre. Ya no le importaba que le introdujeran la cabeza en la taza del inodoro, ni que le hicieran tatuajes a base de colillas encendidas. Eso eran gamberradas de críos y él era todo un hombre. Ahora que tenía novia, podía ir con la cabeza bien alta, el pecho erguido y la entrepierna prieta. Se sentía feliz y dichoso. Por primera vez la vida le sonreía. El y Mari Luz formaban la pareja perfecta y así lo seguirían siendo hasta que se le agotaran las pilas.

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