Críspulo en la encrucijada
Nuestro héroe, Críspulo, camina con paso firme por el sendero de la vida. Es un flamante universitario y tiene una novia que le ilumina los días. Al parecer, nada puede ensombrecer su futuro.
Peor una mente inquieta y polivalente como la suya no se conforma con una vida tranquila y austera. Necesita algo más. Así que una noche en la que le ha dado con especial profusión a los pimientos rellenos que prepara su madre y cuando el Alka-Seltzer todavía no ha hecho efecto, se despierta sobresaltado y más sudado que de costumbre. Se queda clavado con la mirada fija en el papel pintado con efectos florales que adornaban su cuarto. De la cabeza de una alcachofa ve surgir la imagen inequívoca de Sor Angela de la Cruz que con una sonrisa le dijo: “Críspulo, hijo mío, has de hacer el bien. Los más necesitados te necesitan y valga la redundancia. Dedica este verano a obras de caridad y serás eternamente agradecido. He dicho agradecido y no agraciado que lo tuyo no tiene remedio. Duerme en paz hijo mío. Mañana sabrás que hacer”.
Al día siguiente Críspulo se despierta alterado. Ha tomado una decisión. Dedicará sus vacaciones a hacer el bien. Tras desayunar se dirige raudo a la primera ONG que encuentre instalada en el barrio. Y no es otra que “Ludópatas sin fronteras” que tiene su sede social en la trastera de un todo a cien. Tras hacerle un test psicotécnico sencillo y un examen físico que hasta él consigue aprobar, es declarado apto para hacer el bien y tras una firma le entregan un sobre que contiene el pasaje de avión (de ida solamente), un rosario, un juego de naipes de tarot y un par de cartones de bingo.
Y Críspulo, henchido de orgullo por su buena acción, se dirige a su casa para contar la buena nueva a sus parientes. Pasará tres meses haciendo el bien en un lugar recóndito e ignoto, donde hace años que no se ha adentrado una cámara de televisión porque el dolor y el hambre no llena espacios en los telediarios. Un lugar donde valorarán su compromiso y esfuerzo y será recibido como un héroe. Una tierra perdida de la mano de Dios donde su compromiso por ayudar recibirá las más altas recompensas. Ese lugar, del que Críspulo nunca había oído hablar hasta hoy, se llama Irak.
La familia recibe la noticia con su habitual impasibilidad. Tal vez no hayan oído bien el nombre del país hacia donde se dirige nuestro héroe o tal vez vean una oportunidad de quitárselo de encima de una vez por todas, el caso es que no hay apenas muestras de alegría o de tristeza. Un par de palmaditas en la espalda y una pequeña discusión entre primos sobre quién se queda con las escasas pertenencias del futuro difunto dejan al pobre Críspulo sumido en una notable perplejidad.
Llegado el día, Críspulo se sube al avión de fabricación ingusetia que la ONG a puesto a su disposición y tras un incómodo vuelo de 23 horas, con 16 escalas, 2 de ellas programadas, arriba a su destino: Bagdad. Una ciudad que le deslumbra por su viva iluminación, por el ajetreo permanente de su gente y por los ruidos de explosiones que atribuye a la construcción de nuevas paradas de metro.
Y es así, que un día de Junio, un recién llegado, vestido para la ocasión con un informal atuendo de verano, bermudas, sandalias y camiseta de Springsteen con la leyenda Born in the USA, se adentra en el marasmo Bagdadí, y, mapa en mano, se dirige al primer grupo de lugareños que ve, con el fin de preguntarles por un buen hotel y por donde se encuentran los necesitados que necesitan ayuda y valga la redundancia.
(CONTINUARA)
Peor una mente inquieta y polivalente como la suya no se conforma con una vida tranquila y austera. Necesita algo más. Así que una noche en la que le ha dado con especial profusión a los pimientos rellenos que prepara su madre y cuando el Alka-Seltzer todavía no ha hecho efecto, se despierta sobresaltado y más sudado que de costumbre. Se queda clavado con la mirada fija en el papel pintado con efectos florales que adornaban su cuarto. De la cabeza de una alcachofa ve surgir la imagen inequívoca de Sor Angela de la Cruz que con una sonrisa le dijo: “Críspulo, hijo mío, has de hacer el bien. Los más necesitados te necesitan y valga la redundancia. Dedica este verano a obras de caridad y serás eternamente agradecido. He dicho agradecido y no agraciado que lo tuyo no tiene remedio. Duerme en paz hijo mío. Mañana sabrás que hacer”.
Al día siguiente Críspulo se despierta alterado. Ha tomado una decisión. Dedicará sus vacaciones a hacer el bien. Tras desayunar se dirige raudo a la primera ONG que encuentre instalada en el barrio. Y no es otra que “Ludópatas sin fronteras” que tiene su sede social en la trastera de un todo a cien. Tras hacerle un test psicotécnico sencillo y un examen físico que hasta él consigue aprobar, es declarado apto para hacer el bien y tras una firma le entregan un sobre que contiene el pasaje de avión (de ida solamente), un rosario, un juego de naipes de tarot y un par de cartones de bingo.
Y Críspulo, henchido de orgullo por su buena acción, se dirige a su casa para contar la buena nueva a sus parientes. Pasará tres meses haciendo el bien en un lugar recóndito e ignoto, donde hace años que no se ha adentrado una cámara de televisión porque el dolor y el hambre no llena espacios en los telediarios. Un lugar donde valorarán su compromiso y esfuerzo y será recibido como un héroe. Una tierra perdida de la mano de Dios donde su compromiso por ayudar recibirá las más altas recompensas. Ese lugar, del que Críspulo nunca había oído hablar hasta hoy, se llama Irak.
La familia recibe la noticia con su habitual impasibilidad. Tal vez no hayan oído bien el nombre del país hacia donde se dirige nuestro héroe o tal vez vean una oportunidad de quitárselo de encima de una vez por todas, el caso es que no hay apenas muestras de alegría o de tristeza. Un par de palmaditas en la espalda y una pequeña discusión entre primos sobre quién se queda con las escasas pertenencias del futuro difunto dejan al pobre Críspulo sumido en una notable perplejidad.
Llegado el día, Críspulo se sube al avión de fabricación ingusetia que la ONG a puesto a su disposición y tras un incómodo vuelo de 23 horas, con 16 escalas, 2 de ellas programadas, arriba a su destino: Bagdad. Una ciudad que le deslumbra por su viva iluminación, por el ajetreo permanente de su gente y por los ruidos de explosiones que atribuye a la construcción de nuevas paradas de metro.
Y es así, que un día de Junio, un recién llegado, vestido para la ocasión con un informal atuendo de verano, bermudas, sandalias y camiseta de Springsteen con la leyenda Born in the USA, se adentra en el marasmo Bagdadí, y, mapa en mano, se dirige al primer grupo de lugareños que ve, con el fin de preguntarles por un buen hotel y por donde se encuentran los necesitados que necesitan ayuda y valga la redundancia.
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