El Gobierno y la ETA. Doble juego.
El último atentado de ETA, esta vez contra el aeropuerto de Zaragoza, ha vuelto a poner de manifiesto la cuando menos curiosa esquizofrenia del gobierno ante la banda terrorista. En otras palabras, el juego del poli bueno y del poli malo al que se están entregando también en asunto tan serio como la política antiterrorista. De un lado, Interior reafirma la determinación de perseguir policialmente a los etarras. Del otro, el presidente mantiene sus apelaciones al diálogo con la banda, con matices diversos, dependiendo de la temperatura de la opinión, y calla, y no sé si otorga, cuando los portavoces de aquella se engallan.
El gobierno no levanta el acoso policial, pero renuncia al acoso político que constituía la segunda y tardía pero fundamental pata de la lucha contra el terrorismo, al tiempo que critica y desplaza a las víctimas que no aplauden su guión. Pero no es sólo en la actitud del gobierno que hay duplicidad. También se da ese fenómeno en la ETA y sus auxiliares: unos ponen bombas, otros dan órdenes al gobierno, y otros, finalmente, hablan de paz, diálogo y soluciones al “conflicto”.
La pública oferta de negociación de ZP a los terroristas ha sido respondida con una serie de atentados. Era de “manual”, como escribió aquí Juan Carlos Girauta. Ese es el modo en que un grupo terrorista refuerza su posición, mostrando que puede hacer daño cuando se lo propone. Pero también, y esto es aun más grave, es la forma en que se presiona a la opinión pública para que dé su plácet a la tentadora propuesta de los polis buenos: lleguemos a un “arreglo” y tengamos la fiesta en paz. El chantaje de siempre, pero suavizado por la retórica dialogante que ahora sirven de aderezo.
Un editorial del martes pasado del Wall Street Journal, preguntaba para qué había hecho ZP “una propuesta injustificada y prematura a un grupo terrorista activo pero considerablemente debilitado”. Caben varias respuestas a la pregunta, pero caben pocas dudas sobre el efecto que la mano tendida de ZP a la ETA puede tener, si no ha tenido ya, en la opinión. Ese efecto se llama crear expectativas. Consiste en hacer creer que el fin de la ETA, ya que no habla de derrota, es ahora “posible” y saldrá “barato”. Coadyuva a que aparezca un clima favorable a sentarse y hablar, como Carod-Rovira en Perpiñán, con los de las pistolas y las bombas.
Ambos juegos, el de ETA y el gobierno, conducen de facto a alimentar el deseo de una componenda y las esperanzas en su éxito, aunque toda la experiencia acumulada induce a no tenerlas. Y ahí está una posible respuesta a la pregunta del Journal: sólo si existen previamente esas expectativas podrá la sociedad tragar cesiones de otro modo indigeribles.
El gobierno no levanta el acoso policial, pero renuncia al acoso político que constituía la segunda y tardía pero fundamental pata de la lucha contra el terrorismo, al tiempo que critica y desplaza a las víctimas que no aplauden su guión. Pero no es sólo en la actitud del gobierno que hay duplicidad. También se da ese fenómeno en la ETA y sus auxiliares: unos ponen bombas, otros dan órdenes al gobierno, y otros, finalmente, hablan de paz, diálogo y soluciones al “conflicto”.
La pública oferta de negociación de ZP a los terroristas ha sido respondida con una serie de atentados. Era de “manual”, como escribió aquí Juan Carlos Girauta. Ese es el modo en que un grupo terrorista refuerza su posición, mostrando que puede hacer daño cuando se lo propone. Pero también, y esto es aun más grave, es la forma en que se presiona a la opinión pública para que dé su plácet a la tentadora propuesta de los polis buenos: lleguemos a un “arreglo” y tengamos la fiesta en paz. El chantaje de siempre, pero suavizado por la retórica dialogante que ahora sirven de aderezo.
Un editorial del martes pasado del Wall Street Journal, preguntaba para qué había hecho ZP “una propuesta injustificada y prematura a un grupo terrorista activo pero considerablemente debilitado”. Caben varias respuestas a la pregunta, pero caben pocas dudas sobre el efecto que la mano tendida de ZP a la ETA puede tener, si no ha tenido ya, en la opinión. Ese efecto se llama crear expectativas. Consiste en hacer creer que el fin de la ETA, ya que no habla de derrota, es ahora “posible” y saldrá “barato”. Coadyuva a que aparezca un clima favorable a sentarse y hablar, como Carod-Rovira en Perpiñán, con los de las pistolas y las bombas.
Ambos juegos, el de ETA y el gobierno, conducen de facto a alimentar el deseo de una componenda y las esperanzas en su éxito, aunque toda la experiencia acumulada induce a no tenerlas. Y ahí está una posible respuesta a la pregunta del Journal: sólo si existen previamente esas expectativas podrá la sociedad tragar cesiones de otro modo indigeribles.
Una sensación extraña.
Los estados de ánimo como la vida política cambian. Así, el sábado estaba emocionado, porque un millón de ciudadanos en la calle es algo único en la historia de un país acobardado por las elites políticas y pastoreado por unos medios de comunicación, casi siempre, al servicio del poder. La creación de la opinión pública está dominada más por mediocres y sectarios, el hombre-masa de Ortega, que por inteligentes hombres capaces de ver los cambios políticos. El domingo, pues, la prensa no me sorprendió sino que me dejó estupefacto. La miserable reacción de los pobres, intelectualmente hablando, medios de comunicación fue esconder la grandiosidad del acontecimiento.
Algunos periódicos resultaban patéticos. Patética fue la portada de El País, porque tuvo que informar de lo que no quería, mentir sin necesidad y reconocer que el Gobierno tiene que atender las reivindicaciones de las víctimas. Pero era más patética la del periódico que, según su director, quiere recoger el espíritu de la derecha española. El ABC era incapaz de reconocer la realidad. El “neutro” y melifluo titular: “Manifestación multitudinaria contra Zapatero” ocultaba la verdad: “Casi un millón de ciudadanos contra la negociación del Gobierno con ETA”.
Pero no cargaré las tintas contra nadie, porque, en el fondo, y esto es lo que debemos resaltar, el suceso fue tan importante que los medios de comunicación, empezando por los periódicos, quedaron desbordados. Un millón de ciudadanos en la calle diciendo que el poder no es de Rodríguez Zapatero, sino de todos los ciudadanos de España ha dejado con las posaderas al aire a las agencias de socialización políticas ligadas al PSOE, casi todas, y al PP lo ha puesto en el camino correcto al ponerse en contacto con la sociedad. El PP parece que se ha tomado en serio contactar permanentemente con los amplios sectores sociales, especialmente con todos los que miran con respeto, empezando por sus bases, su ideario. El PP, finalmente, parece que dice adiós al “centrismo” de cartón piedra al que lo quiere reducir el leninismo socialista.
Basta observar la reacción tribal del PSOE ante la manifestación del sábado para saber que estamos ante algo decisivo. Me atrevería a predecir que el acontecimiento político del sábado será determinante de la política de los próximos años. Sí, no lo duden, la manifestación del 4-J, un millón de ciudadanos en la calle, que estaban avisando desde el 22 de enero, no es sólo un grito para desperezar al pobrísimo Gobierno de la nación. Menos aún puede reducirse a una nueva vinculación entre el PP, el partido de la oposición, y la sociedad civil. Sin ánimo de minusvalorar esas interpretaciones, es necesario reconocer que los efectos de la manifestación no han hecho nada más que empezar.
El contraste entre la reacción tribal, leninista y totalitaria con que ha sido recibida la manifestación por el PSOE y sus palmeros, por un lado, con la astuta, quizá inteligente, reacción de Rodríguez Zapatero invitando a José Alcaraz a la Moncloa para dialogar sobre las exigencias de la manifestación, por otro, es una muestra del cambio en la agenda política gracias al 4-J. Por tanto, nadie diga que Rodríguez Zapatero no se inmutará. ¡Vaya que se moverá! De momento, ha reaccionado con astucia. Tratará de engañar a la AVT y, después, ofrecerá de nuevo a Rajoy negociar el pacto antiterrorista. ¡No es poco! La nueva “política” antiterrorista, de momento, está absolutamente deslegitimada.
Algunos periódicos resultaban patéticos. Patética fue la portada de El País, porque tuvo que informar de lo que no quería, mentir sin necesidad y reconocer que el Gobierno tiene que atender las reivindicaciones de las víctimas. Pero era más patética la del periódico que, según su director, quiere recoger el espíritu de la derecha española. El ABC era incapaz de reconocer la realidad. El “neutro” y melifluo titular: “Manifestación multitudinaria contra Zapatero” ocultaba la verdad: “Casi un millón de ciudadanos contra la negociación del Gobierno con ETA”.
Pero no cargaré las tintas contra nadie, porque, en el fondo, y esto es lo que debemos resaltar, el suceso fue tan importante que los medios de comunicación, empezando por los periódicos, quedaron desbordados. Un millón de ciudadanos en la calle diciendo que el poder no es de Rodríguez Zapatero, sino de todos los ciudadanos de España ha dejado con las posaderas al aire a las agencias de socialización políticas ligadas al PSOE, casi todas, y al PP lo ha puesto en el camino correcto al ponerse en contacto con la sociedad. El PP parece que se ha tomado en serio contactar permanentemente con los amplios sectores sociales, especialmente con todos los que miran con respeto, empezando por sus bases, su ideario. El PP, finalmente, parece que dice adiós al “centrismo” de cartón piedra al que lo quiere reducir el leninismo socialista.
Basta observar la reacción tribal del PSOE ante la manifestación del sábado para saber que estamos ante algo decisivo. Me atrevería a predecir que el acontecimiento político del sábado será determinante de la política de los próximos años. Sí, no lo duden, la manifestación del 4-J, un millón de ciudadanos en la calle, que estaban avisando desde el 22 de enero, no es sólo un grito para desperezar al pobrísimo Gobierno de la nación. Menos aún puede reducirse a una nueva vinculación entre el PP, el partido de la oposición, y la sociedad civil. Sin ánimo de minusvalorar esas interpretaciones, es necesario reconocer que los efectos de la manifestación no han hecho nada más que empezar.
El contraste entre la reacción tribal, leninista y totalitaria con que ha sido recibida la manifestación por el PSOE y sus palmeros, por un lado, con la astuta, quizá inteligente, reacción de Rodríguez Zapatero invitando a José Alcaraz a la Moncloa para dialogar sobre las exigencias de la manifestación, por otro, es una muestra del cambio en la agenda política gracias al 4-J. Por tanto, nadie diga que Rodríguez Zapatero no se inmutará. ¡Vaya que se moverá! De momento, ha reaccionado con astucia. Tratará de engañar a la AVT y, después, ofrecerá de nuevo a Rajoy negociar el pacto antiterrorista. ¡No es poco! La nueva “política” antiterrorista, de momento, está absolutamente deslegitimada.
Manifestación 4-J. Después de la manifestación.
El Sol de Madrid, de diamante puro, nos hizo brillar a casi un millón de personas. Los rostros privados siempre son más bellos y sabios, como dice el poeta, en lugares públicos. No era una masa. Era vida ciudadana. La alta temperatura no era obstáculo para caminar erguido. Nadie estaba cansado. Los rostros de felicidad de la gente del 4-J serán siempre una foto imborrable de la democracia española. La calle es, definitivamente, de todos. Había terminado la manifestación. Mi amigo me llamó por el móvil desde el escenario de la plaza de República Dominicana. Fui a escape a buscarlo desde una calle próxima. Les digo a mis acompañantes que esperen. Regreso con este tipo en unos minutos.
Corro sin fatigarme, a pesar de haber caminado durante tres horas entre cientos de personas. No siento cansancio alguno. Nos abrazamos sin decir palabra. Él es muy fuerte. Es navarro. Siento su abrazo de amigo, de hermano, suspendido ya del aire. Estoy en el cielo. ¡Vuelo en los fuertes brazos de un navarro! Me presenta a su hermana de sangre y a su cuñado, que han venido de Barcelona porque a última hora pudieron dejar a sus dos hijos con unos amigos. Mi hijo mayor está emocionado al saludar al navarro. Lo quiere sin pero alguno. Sabe muy bien quién es. Cojea ostensiblemente, casi estuvo a punto de no asistir por los fuertes dolores de la pierna. Quizá una contractura muscular. Quizá un esfuerzo en el viaje de Pamplona a Madrid. Quizá nervios. ¡Quién sabe!
Desde el comienzo hasta el final, había estado dirigiendo la manifestación con un megáfono. Había gritado contra la negociación del Gobierno con ETA. Había vuelto a sentir con toda su alma el significado profundo de la consigna más repetida: “ETA, asesinos”. En el escenario, cuando Alcaraz leía el discurso, se le saltaron las lágrimas. Había una frase que sólo él y el “pequeñín”, el tío más grande de España, conocían lo que llevaba adentro. Nos fuimos todos a tomar una caña. En realidad, sólo queríamos mirarnos y reír. También queríamos comentar el acontecimiento. En el camino no paraba de sonar su teléfono. Mucha gente lo llamaba. Al final, logramos sentarnos en un bar próximo a Príncipe de Vergara y brindamos por el éxito de la democracia.
Recordamos brevemente el 22 de enero. ¡Cuántos, amigos, se han unido a los que allí estuvimos convocados por la Asociación Civil más grande, moralmente hablando, de España! Es verdad que la AVT nunca estuvo sola. El Espíritu de Ermua, por ejemplo, nos acompañó el pasado 22 de enero, pero, ahora, el 4-J no ha sido sólo el espíritu, sino el mismo Foro de Ermua quien estuvo presente. Ayudando. Defendiendo los mismos principios. Bienvenidos todos, comentaba mi amigo, al acontecimiento que legitima la democracia española. Sonó el teléfono y contestó: “Impresionante, Jose, las imágenes que estoy viendo en la tele”. Me lo pasó y nos felicitamos mutuamente, y le digo que está a mi lado un amigo, muy “joven” y muy limpio de corazón y mente, que es la segunda vez que asiste a una manifestación en toda su vida, la otra fue en 1939, en Sevilla. Quiere felicitarte. Te lo paso. Mi amigo, exhibe una sonrisa amplia, y pronuncia al modo onubense: “Felicidades, Jose; si yo fuera de izquierda, te diría que me he jugado la vida para venir, pero que ha merecido la pena. Mas, como sólo soy un ciudadano, te digo, otra vez, felicidades y gracias por haberme dado la oportunidad de ejercer mi ciudadanía. Mi libertad. Un abrazo y ´viva España`.”
A los pocos minutos, desde Málaga, donde ha ido a dar una conferencia, lo llama otra víctima del terrorismo y concejala socialista, para darle la enhorabuena. “El Gobierno, sin duda alguna, tiene que decir algo. Son muchas personas en la calle clamando contra la negociación con ETA”. Esas palabras lo han emocionado. No entiendo, digo en voz alta, cómo no ha venido la concejala socialista, pero el navarro no le da importancia. Comenta que es una tía fetén y pasa a otra historia. Suena de nuevo el teléfono. Es Gotzone Mora. Me la pasa y también la felicito. Con su aflautada y tierna voz me da las gracias y me dice: Estoy abrumada. Imagínate, amigo, no había nadie de mi partido. Estaba yo sola”. Le envío un abrazo muy fuerte. Y comento algunas faltas de grandes personas. ¡Sólo de grandes!
Recordé a la voluntariosa Rosa Díez y, sobre todo, a mi amigo Nicolás Redondo Terreros. No pude resistirme. Marqué su teléfono, y con más falta de delicadeza que respeto por nuestra amistad, le pregunté: ¿qué te ha pasado para no estar con nosotros? Me comentó que el viernes había estado con Alcaraz en Barcelona. Habían hablado mucho y en serio. Cosas muy importantes y sentidas me dijo al teléfono. Había estado toda la tarde frente al televisor. Lo había visto todo por Tele Madrid. Estaba emocionado y, por supuesto, con nosotros. Entre todos los argumentos que casi me susurraba por teléfono, hay uno que jamás olvidaré: Se refería a una dura bronca que tuvo con una de sus personas más queridas; por lo visto, ésta no admitía que Nicolás Redondo Terreros dejara a los otros -supongo que se refería a sus compañeros de partido- que pudieran posicionarse ante la Manifestación sin decir que en ella había estado el antiguo secretario general del PSE. ¡Dios santo, qué lío!
También yo pase de largo sobre la posición de Nicolás. Lo hice con el mismo cariño, o al menos eso creo yo, que había mostrado el navarro con la concejala socialista. Nos tomamos la última cerveza y nos despedimos con fuertes abrazos. Mi amigo, el del megáfono, al levantarse ya no le dolía la pierna y caminaba sin cojear. Todo era felicidad… Cuando despedía a mi amigo Aquilino, el hombre que sólo había asistido en su vida a dos manifestaciones, una en 1939, y otra el 4-J de 2005, me preguntó refiriéndose al navarro: “¿Quién es este tío tan magnífico?” Es todo un hombre. Es Salvador Ulayar Mundiñano. En su presencia, cuando tenía trece años, unos asesinos de ETA mataron a su padre. Ya no hablamos más. Nos abrazamos y nos despedimos. Todo era silencio.
Corro sin fatigarme, a pesar de haber caminado durante tres horas entre cientos de personas. No siento cansancio alguno. Nos abrazamos sin decir palabra. Él es muy fuerte. Es navarro. Siento su abrazo de amigo, de hermano, suspendido ya del aire. Estoy en el cielo. ¡Vuelo en los fuertes brazos de un navarro! Me presenta a su hermana de sangre y a su cuñado, que han venido de Barcelona porque a última hora pudieron dejar a sus dos hijos con unos amigos. Mi hijo mayor está emocionado al saludar al navarro. Lo quiere sin pero alguno. Sabe muy bien quién es. Cojea ostensiblemente, casi estuvo a punto de no asistir por los fuertes dolores de la pierna. Quizá una contractura muscular. Quizá un esfuerzo en el viaje de Pamplona a Madrid. Quizá nervios. ¡Quién sabe!
Desde el comienzo hasta el final, había estado dirigiendo la manifestación con un megáfono. Había gritado contra la negociación del Gobierno con ETA. Había vuelto a sentir con toda su alma el significado profundo de la consigna más repetida: “ETA, asesinos”. En el escenario, cuando Alcaraz leía el discurso, se le saltaron las lágrimas. Había una frase que sólo él y el “pequeñín”, el tío más grande de España, conocían lo que llevaba adentro. Nos fuimos todos a tomar una caña. En realidad, sólo queríamos mirarnos y reír. También queríamos comentar el acontecimiento. En el camino no paraba de sonar su teléfono. Mucha gente lo llamaba. Al final, logramos sentarnos en un bar próximo a Príncipe de Vergara y brindamos por el éxito de la democracia.
Recordamos brevemente el 22 de enero. ¡Cuántos, amigos, se han unido a los que allí estuvimos convocados por la Asociación Civil más grande, moralmente hablando, de España! Es verdad que la AVT nunca estuvo sola. El Espíritu de Ermua, por ejemplo, nos acompañó el pasado 22 de enero, pero, ahora, el 4-J no ha sido sólo el espíritu, sino el mismo Foro de Ermua quien estuvo presente. Ayudando. Defendiendo los mismos principios. Bienvenidos todos, comentaba mi amigo, al acontecimiento que legitima la democracia española. Sonó el teléfono y contestó: “Impresionante, Jose, las imágenes que estoy viendo en la tele”. Me lo pasó y nos felicitamos mutuamente, y le digo que está a mi lado un amigo, muy “joven” y muy limpio de corazón y mente, que es la segunda vez que asiste a una manifestación en toda su vida, la otra fue en 1939, en Sevilla. Quiere felicitarte. Te lo paso. Mi amigo, exhibe una sonrisa amplia, y pronuncia al modo onubense: “Felicidades, Jose; si yo fuera de izquierda, te diría que me he jugado la vida para venir, pero que ha merecido la pena. Mas, como sólo soy un ciudadano, te digo, otra vez, felicidades y gracias por haberme dado la oportunidad de ejercer mi ciudadanía. Mi libertad. Un abrazo y ´viva España`.”
A los pocos minutos, desde Málaga, donde ha ido a dar una conferencia, lo llama otra víctima del terrorismo y concejala socialista, para darle la enhorabuena. “El Gobierno, sin duda alguna, tiene que decir algo. Son muchas personas en la calle clamando contra la negociación con ETA”. Esas palabras lo han emocionado. No entiendo, digo en voz alta, cómo no ha venido la concejala socialista, pero el navarro no le da importancia. Comenta que es una tía fetén y pasa a otra historia. Suena de nuevo el teléfono. Es Gotzone Mora. Me la pasa y también la felicito. Con su aflautada y tierna voz me da las gracias y me dice: Estoy abrumada. Imagínate, amigo, no había nadie de mi partido. Estaba yo sola”. Le envío un abrazo muy fuerte. Y comento algunas faltas de grandes personas. ¡Sólo de grandes!
Recordé a la voluntariosa Rosa Díez y, sobre todo, a mi amigo Nicolás Redondo Terreros. No pude resistirme. Marqué su teléfono, y con más falta de delicadeza que respeto por nuestra amistad, le pregunté: ¿qué te ha pasado para no estar con nosotros? Me comentó que el viernes había estado con Alcaraz en Barcelona. Habían hablado mucho y en serio. Cosas muy importantes y sentidas me dijo al teléfono. Había estado toda la tarde frente al televisor. Lo había visto todo por Tele Madrid. Estaba emocionado y, por supuesto, con nosotros. Entre todos los argumentos que casi me susurraba por teléfono, hay uno que jamás olvidaré: Se refería a una dura bronca que tuvo con una de sus personas más queridas; por lo visto, ésta no admitía que Nicolás Redondo Terreros dejara a los otros -supongo que se refería a sus compañeros de partido- que pudieran posicionarse ante la Manifestación sin decir que en ella había estado el antiguo secretario general del PSE. ¡Dios santo, qué lío!
También yo pase de largo sobre la posición de Nicolás. Lo hice con el mismo cariño, o al menos eso creo yo, que había mostrado el navarro con la concejala socialista. Nos tomamos la última cerveza y nos despedimos con fuertes abrazos. Mi amigo, el del megáfono, al levantarse ya no le dolía la pierna y caminaba sin cojear. Todo era felicidad… Cuando despedía a mi amigo Aquilino, el hombre que sólo había asistido en su vida a dos manifestaciones, una en 1939, y otra el 4-J de 2005, me preguntó refiriéndose al navarro: “¿Quién es este tío tan magnífico?” Es todo un hombre. Es Salvador Ulayar Mundiñano. En su presencia, cuando tenía trece años, unos asesinos de ETA mataron a su padre. Ya no hablamos más. Nos abrazamos y nos despedimos. Todo era silencio.





