LA DIÁSPORA VASCA.
CON el auge del terrorismo en Vasconia comenzó el éxodo de muchos vascos, que huían del tiro en la nuca, el atentado contra sus empresas o sus viviendas, el secuestro y el chantaje a cambio de su liberación. Es lamentable y triste, pero el pueblo vasco vive hoy bajo la amenaza y la presión de la violencia o en el destierro, alejados a la fuerza de la tierra que les vio nacer para conservar su vida y lo que sea posible de hacienda.
Los vascos viven hoy divididos en dos grupos: los que permanecen en su patria Euskal Herría y los que viven dispersos por distintos lugares de España en una diáspora dolorosa. Los que permanecen en Vasconia también andan divididos en dos grupos: los que militan en el nacionalismo y los que, si pueden, tienen que llevar escolta. La militancia nacionalista y el pago puntual del «impuesto revolucionario» son un seguro contra el ataque del terrorismo. No hay nacionalistas asesinados, y si alguno hubo sería por resistencia a pagar el tributo a los terroristas.
Cuando Ibarreche anuncia con insolencia difícilmente soportable que va a convocar una consulta o a celebrar un referéndum entre el pueblo vasco, comete una cruel falsedad: deja fuera de la consideración de «pueblo vasco» a los miles de vascones, naturales y habitantes de aquella tierra, que se han visto obligados a elegir entre el destierro o la muerte. Está confeccionado el censo de los vascos que viven en aquel país y de los maketos que allí aguantan. Lo que tendríamos que elaborar ahora es el censo de los vascos del éxodo, el censo de la diáspora.
¿Se han preguntado Ibarreche y sus cómplices qué o cómo votarían esos vascos de la diáspora ante el Plan soberanista o secesionista del lendakari? Porque esos vascos se vieron forzados a abandonar su tierra sin que el nacionalismo gobernante hiciera algo eficaz para asegurarles la vida, la libertad y el patrimonio, es decir, para vencer y aplastar el terrorismo. Lejos de eso, y tal y como dijo el nefasto pro nazi Javier Arzallus, esperaban que los etarras agitaran el árbol para recoger las nueces. O dicho de otro modo, también suyo: esperaban que los terroristas «arrearan» para proponer una negociación con la pistola sobre la mesa o la bomba fabricada.
No parece difícil imaginar lo que responderían esos vascos de la diáspora a esos nacionalistas radicales y separatistas, Arzallus, Ibarreche, Atucha y compañía, que intentan aprovecharse de la violencia terrorista para dar lecciones de amor a la patria vasca a los acosados, a los extorsionados, a los enlutados por algún crimen cometido en su familia, por el método del tiro por la espalda o la bomba hecha estallar a distancia. Intentan aprovecharse desde el gobierno, es decir, desde la institución que tiene como primer deber ineludible el de asegurar la vida de los ciudadanos y su integridad física, la protección de sus libertades y la paz en el trabajo y en el disfrute de sus bienes. Bueno, pues si esos señores quieren preguntar al pueblo vasco cuál es el futuro que desean, que pregunten a todos, también a los del éxodo. Y a ver quién gana.
Los vascos viven hoy divididos en dos grupos: los que permanecen en su patria Euskal Herría y los que viven dispersos por distintos lugares de España en una diáspora dolorosa. Los que permanecen en Vasconia también andan divididos en dos grupos: los que militan en el nacionalismo y los que, si pueden, tienen que llevar escolta. La militancia nacionalista y el pago puntual del «impuesto revolucionario» son un seguro contra el ataque del terrorismo. No hay nacionalistas asesinados, y si alguno hubo sería por resistencia a pagar el tributo a los terroristas.
Cuando Ibarreche anuncia con insolencia difícilmente soportable que va a convocar una consulta o a celebrar un referéndum entre el pueblo vasco, comete una cruel falsedad: deja fuera de la consideración de «pueblo vasco» a los miles de vascones, naturales y habitantes de aquella tierra, que se han visto obligados a elegir entre el destierro o la muerte. Está confeccionado el censo de los vascos que viven en aquel país y de los maketos que allí aguantan. Lo que tendríamos que elaborar ahora es el censo de los vascos del éxodo, el censo de la diáspora.
¿Se han preguntado Ibarreche y sus cómplices qué o cómo votarían esos vascos de la diáspora ante el Plan soberanista o secesionista del lendakari? Porque esos vascos se vieron forzados a abandonar su tierra sin que el nacionalismo gobernante hiciera algo eficaz para asegurarles la vida, la libertad y el patrimonio, es decir, para vencer y aplastar el terrorismo. Lejos de eso, y tal y como dijo el nefasto pro nazi Javier Arzallus, esperaban que los etarras agitaran el árbol para recoger las nueces. O dicho de otro modo, también suyo: esperaban que los terroristas «arrearan» para proponer una negociación con la pistola sobre la mesa o la bomba fabricada.
No parece difícil imaginar lo que responderían esos vascos de la diáspora a esos nacionalistas radicales y separatistas, Arzallus, Ibarreche, Atucha y compañía, que intentan aprovecharse de la violencia terrorista para dar lecciones de amor a la patria vasca a los acosados, a los extorsionados, a los enlutados por algún crimen cometido en su familia, por el método del tiro por la espalda o la bomba hecha estallar a distancia. Intentan aprovecharse desde el gobierno, es decir, desde la institución que tiene como primer deber ineludible el de asegurar la vida de los ciudadanos y su integridad física, la protección de sus libertades y la paz en el trabajo y en el disfrute de sus bienes. Bueno, pues si esos señores quieren preguntar al pueblo vasco cuál es el futuro que desean, que pregunten a todos, también a los del éxodo. Y a ver quién gana.





