El principito de Mónaco.
Un satrapilla de opereta, disfrazado de príncipe con el atrezzo de Hollywood, cuyo territorio es un casino y cuyas únicas virtudes de Estado son los descorches de bragueta, se permitió, frívola y mezquinamente, agitar el terrorismo contra Madrid. La marioneta de Chirac realizó su sucia jugada al «negro y pasa» del terror tan sólo dos días antes de que ETA anunciara que se le había adelantado en su mensaje al COI y la víspera de que el fanatismo islámico sembrara de muerte Londres. Y mientras los londinenses morían y el mundo compartía su dolor y se admiraba de su temple y su coraje, el soberano de los oropeles y de las revistas de investigación vaginal hacía su enésima aportación a la humanidad, reconociendo urbi et orbi, a una criatura fruto de alguno de sus peculiares «asuntos de estado». Después aún ha tenido tiempo para hacer una pedorreta más contra los españoles pidiendo el reconocimiento olímpico de Gibraltar y finalizar faena balbuceando en la televisión, francesa por supuesto, que nadie se lo había mandado hacer y que sentía mucho que se hubieran disgustado sus amigos españoles. Esperemos que en tal expresión no incluya a la Corona y es de esperar que ésta, vejada también en Singapur, nos evite cualquier contacto con el personaje monegasco y procure abstenerse, por respeto al pueblo español, de remilgos protocolarios que nos impongan su presencia.





