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Relatos de Carmen y Víctor
carmenyvictor@sexxxo.com
Sindicación
 
Patricia
Era una tarde nublada y fría. Estupenda para pensar.

Me encontraba en un café de esquina, por momentos leyendo el periódico, por momentos dejando correr mi mente.

De repente la vi pasar. Caminaba con aire distraído, como flotando. Se le veía tranquila y feliz en la cara.
La reconocí de inmediato.

Llevaba un vestido ligero que le llegaba a media pierna, cruzado al frente y sujeto por un cinto del mismo color. El movimiento de sus caderas, tan rítmico, acompañaba cada movimiento de sus brazos de una manera hipnótica.
Sus senos se movían ligeramente de arriba abajo a cada paso. Mi pene reaccionó ante esto. No podía ni parpadear.

Me puse de pie, arrojé algunas monedas en la mesa y comencé a caminar tras ella.

No podía quitarle la vista de encima. A través de la tela de su vestido alcanzaba a notar como temblaban ligeramente sus nalgas a cada paso. Eso aceleró mi respiración aún más.

Llegó a la entrada de un edificio de departamentos, entró y comenzó a subir una escalera que la llevó al segundo piso.
Yo, tras de ella a unos diez metros, me detuve al final de la escalera mientras ella abría la puerta de uno de los departamentos.
Al escuchar el ruido de la cerradura que se liberaba, me dirigí directamente hacia ella y alcancé a detener la puerta que ya se cerraba tras de ella.

Su mirada pasó del temor a la sorpresa, al reconocerme.
Algunos años atrás nos conocimos en el trabajo, pero nunca tuvimos oportunidad siquiera de charlar pues estábamos en departamentos diferentes.

Sin embargo, siempre nos buscábamos con la mirada. Yo con mirada de deseo. Ella con mirada inalcanzable.
De un día a otro no la volví a ver. La habían enviado a otra plaza.

Ahora la tenía frente a mí y solo para mí.

Sin decir palabra la tome de los hombros, le di la vuelta, pegué su espalda contra mi pecho y comencé a besarle el cuello.
Intentó resistirse, pero la tenía sujeta con tanta fuerza que no podía moverse.

Mis manos se fueron directo a sus pechos. Grandes, suaves. Exactamente como los había imaginado mil veces.

Abrí su vestido por el frente dejando a la vista sus senos, cubiertos en parte por su brassiere. Mi erección se hizo más fuerte y dolorosa.

En un momento, Patricia se giró hacia mí y pude ver en sus ojos angustia, placer, miedo y felicidad.
Abrió mi camisa de un tirón, rompiendo los botones y comenzó a besar mi pecho y a pasar su lengua por él, bajando cada vez más.

Con manos ágiles abrió mi pantalón y liberando a mi pene con sus dos manos comenzó a besarlo y a morderlo con suavidad, pasando de mi pene a mis testículos y de mis testículos a mi pene.

Para ese momento, su vestido se encontraba en el suelo y la vista de su cuerpo cubierto solamente por sus panties y brassiere aumentó mi placer a márgenes dolorosos.

Metió mis testículos en su boca mientras arañaba con fuerza mis nalgas. El dolor que provocaba su lengua en mis testículos me hacia olvidar el dolor de sus uñas. El placer era indescriptible.

De repente se detuvo, se puso de pie y comenzó a lamer mi cuello. Mi pene contra su estómago buscaba más placer.

La miré nuevamente a los ojos y observé una lágrima que corría por su mejilla. Esto me llenó de sorpresa y me maravillé de esta mujer. Sin embargo, mi pensamiento se vio interrumpido cuando comenzó a morderme el cuello.

¡Esta mujer me estaba llevando al los límites del éxtasis!

Sin poder soportarlo más, le di media vuelta con fuerza, la doblé contra una mesa, bajé sus panties con un solo movimiento y la penetré en un solo impulso. Dio un largo grito, mezcla de placer y dolor y subió su cara, como buscando la fuente de ese placer desconocido para ella hasta ese momento.

Comencé a entrar y salir con fuerza. Sus nalgas temblaban con mi movimiento. Mis testículos golpeaban la base de sus nalgas.

Mi pene ardía de placer. Su sexo, húmedo y cálido pedía ser penetrado aún más.

La tomé del pelo al momento que me detenía, pues sentía un orgasmo inminente.

Salí de ella, la tiré al suelo y me hundí entre sus senos aun cubiertos por el sostén. Con un solo movimiento lo abrí, los liberé y comencé a besarlos y morderlos con desesperación.
Me acosté sobre ella, dejando caer todo mi peso y la penetré nuevamente, esta vez con más fuerza.

Nuestros orgasmos llegaron al mismo tiempo. Un grito único por parte de los dos se escuchó en toda la habitación.

Quedamos exhaustos.
Nos miramos fijamente por unos segundos. Me puse de pie, acomodé mis ropas y salí, dejando a Patricia en el suelo, desnuda y hermosa, con una lágrima aun en su mejilla.

*****
Dedicado a mi amiga I.C.
Víctor.