El Convento
Me dolía la cabeza......
Faltaban aún el recorrido al Convento y la comida para finalizar la extenuante visita escolar a Malinalco.
El calor también había afectado a los alumnos, se veían cansados y tranquilos, lo cual me sentaba de maravilla, pues me daba oportunidad de un pequeño descanso y observar con más detenimiento los lugares por donde pasábamos.
Al entrar al Convento que data de 1531, una extraña e inexplicable sensación recorrió mi cuerpo. Las paredes transpiraban un aire añejo y enigmático.
Uno de los frescos que decoran las paredes del corredor llamó en particular mi atención, en pocas palabras, me fascinó. Representaba una escena de la Conquista. Los poderosos conquistadores a caballo, los indígenas, hombres y mujeres sumisos, de rodillas en el piso, en la parte abajo se hallaban unos glifos prehispánicos. Me preguntaba sobre su significado cuando sentí que el ambiente se tornaba más denso conforme el tiempo transcurría, en fracciones de segundo mi respiración era agitada, todo a mi alrededor daba la impresión de ser tan ajeno a mí, instantes después una energía inexplicable corría por mis venas, quise reír, reír a carcajadas.
A duras penas lograba contener la sensación de plenitud que me invadía, me di cuenta que pugnaba por salir al exterior desde alguna parte desconocida de mi cuerpo. Sentí temor, no tenía idea de lo que estaba por suceder, miré el reloj para tener un pretexto y salir inmediatamente de tan extraño lugar.
Mientras los alumnos disfrutaban de un picnic en los jardines que circundan el Convento-Iglesia, mi inquietud creció tanto que decidí volver al lugar.
Pedí a una compañera los vigilara mientras iba 'a buscar algo para el dolor de cabeza'.
No había nadie en los corredores, todo era silencio, quietud alrededor.
Dentro de mí, la extraña sensación crecía incontenible. La risa, la carcajada cínica, luchaban por brotar de mi boca, la energía se expandía dentro de mi cuerpo dotándome de una seguridad increíble.
Aun ahora no hallo explicación coherente al hecho de que de mi interior emergió otra mujer. Alguien parecida físicamente a mi, más no de este mismo tiempo/espacio. La mujer de cabello muy largo que iba cubierta solamente con una túnica negra semitransparente y sonreía lascivamente era la personificación de la lujuria, de la maldad. No comprendo como podía proyectarse a tal velocidad por los corredores, parecía volar, veía con mis ojos, sonreía con mi risa, el calor que le corría en medio de las piernas lo sentía sin ser yo. Me percaté que buscaba algo, la risa cínica en segundos se tornaba en un gesto de coraje maligno para volver a reír como si se tratase de un juego perverso. De pronto, se detuvo frente a una habitación cuya puerta se encontraba semiabierta. Sobre un reclinatorio se encontraba un sacerdote orando. Ella lo vio, la satisfacción me invadió, el calor comenzó de nuevo a correrme entre las piernas.
Acercándome lentamente, mi aliento rozó su nuca. Mis manos se posaron en sus hombros, bajando hacia sus brazos, regresando una y otra vez como si quisiera tranquilizarlo. Volteó, su mirada reflejaba una súplica. Pasé mi mano sobre su nuca y mi lengua por sus labios. El quiso resistir a la caricia levantándose del reclinatorio. Lo miré a los ojos con rabia infinita. Mi mano bajó tocando sus genitales. Eché mi cabeza hacia atrás y una carcajada salió de mi boca, su pene ya estaba erecto. El quedó inmóvil. Gocé inmensamente el tormento interno que no ocultaba su rostro. Rodeé su cuello con mis brazos. Sin despegar la mirada de sus ojos claros puse mis labios en los suyos que no dejaba de apretar. Con mi lengua intenté abrirlos. El seguía resistiendo sin alejarse de mi. Estaba inmóvil. Mis labios bajaron por su cuello, en momentos los abría un poquito para que sintiera mi aliento tibio, mi lengua húmeda empezó a hacer su efecto, su cuerpo se estremeció levemente. Fue cuando mi mano derecha bajó de nuevo y apretó sus testículos con fuerza. El gimió de dolor, dejé caer la túnica y rápidamente metí mi lengua en su boca. La respuesta no se hizo esperar. Su lengua penetró mi boca desesperadamente. Nos besamos frenéticamente, él mordía mis labios mientras nos resbalamos sobre la alfombra a un lado del reclinatorio. Súbitamente dejé de moverme, él se desconcertó, no lo dejé hablar poniendo mi dedo en sus labios, 'no te muevas porque todo termina en este instante', ordené. Sus ojos me miraron furiosamente, no podía ocultar su erección ni una pequeña mancha húmeda que mojaba su pantalón. Lo fui desvistiendo lentamente. Al descubrir su pecho froté mi cara contra el vello que lo cubría atrapando con mi lengua la mayor cantidad posible de vellos para meterlos lentamente a mi boca. Su piel se puso chinita al lamer suavemente sus pezones, su cuerpo se retorcía de dolor y placer cuando empecé a succionarlos fuertemente, sus gemidos me provocaban tanto placer que sentía ganas de gritar.
Seguí acariciando su abdomen con la lengua, al desabrochar su pantalón y retirar la ropa interior su pene estaba muy húmedo, toda la zona genital completamente mojada. Me di a la tarea de secarla con mis labios y lengua sin tocar para nada pene o testículos.
Metí mis dedos en medio de su piernas, acariciando la base del pene con la otra mano, doblé sus piernas hacia arriba separándolas. Mi lengua se volvía loca entre ellas cuando me coloqué sobre él. Mi vagina estaba contra su boca, mientras yo 'tragaba' con fruición su pene o alguno de sus testículos, él se estremecía gimiendo y suplicando que le permitiera tocarme. Respondí que sólo su lengua podía hacerlo. Qué delicia cuando entraba y al salir lamía toda la entrada de mi vagina. El Padrecito me estaba volviendo loca de placer, definitivamente no pude más. Le pedí que hiciera entonces lo que deseara conmigo. Me empujó bruscamente, caí de espaldas sobre la alfombra, separó mis piernas con fuerza y me penetró sin compasión. Una mezcla de dolor y placer cortaban mi respiración, subí mis piernas alrededor de su cintura intentando meter mi dedo entre sus nalgas, él aminoró las fuerza de la penetración colocándose de manera en que pudiera tocarlo. Poco a poco lo fui separando de mi cuerpo, pidiendo se volteara de espaldas. Mi loca lengua comenzó a pasar por el hueco de su columna mientras mi pubis se frotaba contra sus nalgas.
Ordené se inclinara al frente, sobre sus rodillas. La visión de sus nalgas abiertas con su pene y testículos colgando por en medio me enloquecía de lujuria, mi mano los acariciaba desde atrás mientras el índice de la otra intentaba abrirse paso entre ellas.
El clímax estaba cerca, me monté sobre él, su pene estaba tan duro que entró sin necesidad de tocarlo, el padrecito estrujaba mis senos salvajemente, en momentos me apretaba contra su cuerpo para succionar mis pezones con fuerza, me tomó por la cintura, mientras yo subía y bajaba frenéticamente, en eso sentí venir su clímax seguido por segundos del mío. Nos miramos a los ojos, lo besé para su comprobar si tenía ese sabor tan especial. Lo tenía. Mi carcajada no se hizo esperar. Lo dejé exhausto tirado sobre la alfombra. Tomé la túnica. Al salir del corredor me dí cuenta que estaba atardeciendo. De nuevo traía la ropa deportiva con el logo de la escuela al frente.
Al tomar la bolsa con mis listas escolares alguien se me acercó preguntando si me sentía bien. Contesté que me sentía muuuuy bien.
Carmen.
Faltaban aún el recorrido al Convento y la comida para finalizar la extenuante visita escolar a Malinalco.
El calor también había afectado a los alumnos, se veían cansados y tranquilos, lo cual me sentaba de maravilla, pues me daba oportunidad de un pequeño descanso y observar con más detenimiento los lugares por donde pasábamos.
Al entrar al Convento que data de 1531, una extraña e inexplicable sensación recorrió mi cuerpo. Las paredes transpiraban un aire añejo y enigmático.
Uno de los frescos que decoran las paredes del corredor llamó en particular mi atención, en pocas palabras, me fascinó. Representaba una escena de la Conquista. Los poderosos conquistadores a caballo, los indígenas, hombres y mujeres sumisos, de rodillas en el piso, en la parte abajo se hallaban unos glifos prehispánicos. Me preguntaba sobre su significado cuando sentí que el ambiente se tornaba más denso conforme el tiempo transcurría, en fracciones de segundo mi respiración era agitada, todo a mi alrededor daba la impresión de ser tan ajeno a mí, instantes después una energía inexplicable corría por mis venas, quise reír, reír a carcajadas.
A duras penas lograba contener la sensación de plenitud que me invadía, me di cuenta que pugnaba por salir al exterior desde alguna parte desconocida de mi cuerpo. Sentí temor, no tenía idea de lo que estaba por suceder, miré el reloj para tener un pretexto y salir inmediatamente de tan extraño lugar.
Mientras los alumnos disfrutaban de un picnic en los jardines que circundan el Convento-Iglesia, mi inquietud creció tanto que decidí volver al lugar.
Pedí a una compañera los vigilara mientras iba 'a buscar algo para el dolor de cabeza'.
No había nadie en los corredores, todo era silencio, quietud alrededor.
Dentro de mí, la extraña sensación crecía incontenible. La risa, la carcajada cínica, luchaban por brotar de mi boca, la energía se expandía dentro de mi cuerpo dotándome de una seguridad increíble.
Aun ahora no hallo explicación coherente al hecho de que de mi interior emergió otra mujer. Alguien parecida físicamente a mi, más no de este mismo tiempo/espacio. La mujer de cabello muy largo que iba cubierta solamente con una túnica negra semitransparente y sonreía lascivamente era la personificación de la lujuria, de la maldad. No comprendo como podía proyectarse a tal velocidad por los corredores, parecía volar, veía con mis ojos, sonreía con mi risa, el calor que le corría en medio de las piernas lo sentía sin ser yo. Me percaté que buscaba algo, la risa cínica en segundos se tornaba en un gesto de coraje maligno para volver a reír como si se tratase de un juego perverso. De pronto, se detuvo frente a una habitación cuya puerta se encontraba semiabierta. Sobre un reclinatorio se encontraba un sacerdote orando. Ella lo vio, la satisfacción me invadió, el calor comenzó de nuevo a correrme entre las piernas.
Acercándome lentamente, mi aliento rozó su nuca. Mis manos se posaron en sus hombros, bajando hacia sus brazos, regresando una y otra vez como si quisiera tranquilizarlo. Volteó, su mirada reflejaba una súplica. Pasé mi mano sobre su nuca y mi lengua por sus labios. El quiso resistir a la caricia levantándose del reclinatorio. Lo miré a los ojos con rabia infinita. Mi mano bajó tocando sus genitales. Eché mi cabeza hacia atrás y una carcajada salió de mi boca, su pene ya estaba erecto. El quedó inmóvil. Gocé inmensamente el tormento interno que no ocultaba su rostro. Rodeé su cuello con mis brazos. Sin despegar la mirada de sus ojos claros puse mis labios en los suyos que no dejaba de apretar. Con mi lengua intenté abrirlos. El seguía resistiendo sin alejarse de mi. Estaba inmóvil. Mis labios bajaron por su cuello, en momentos los abría un poquito para que sintiera mi aliento tibio, mi lengua húmeda empezó a hacer su efecto, su cuerpo se estremeció levemente. Fue cuando mi mano derecha bajó de nuevo y apretó sus testículos con fuerza. El gimió de dolor, dejé caer la túnica y rápidamente metí mi lengua en su boca. La respuesta no se hizo esperar. Su lengua penetró mi boca desesperadamente. Nos besamos frenéticamente, él mordía mis labios mientras nos resbalamos sobre la alfombra a un lado del reclinatorio. Súbitamente dejé de moverme, él se desconcertó, no lo dejé hablar poniendo mi dedo en sus labios, 'no te muevas porque todo termina en este instante', ordené. Sus ojos me miraron furiosamente, no podía ocultar su erección ni una pequeña mancha húmeda que mojaba su pantalón. Lo fui desvistiendo lentamente. Al descubrir su pecho froté mi cara contra el vello que lo cubría atrapando con mi lengua la mayor cantidad posible de vellos para meterlos lentamente a mi boca. Su piel se puso chinita al lamer suavemente sus pezones, su cuerpo se retorcía de dolor y placer cuando empecé a succionarlos fuertemente, sus gemidos me provocaban tanto placer que sentía ganas de gritar.
Seguí acariciando su abdomen con la lengua, al desabrochar su pantalón y retirar la ropa interior su pene estaba muy húmedo, toda la zona genital completamente mojada. Me di a la tarea de secarla con mis labios y lengua sin tocar para nada pene o testículos.
Metí mis dedos en medio de su piernas, acariciando la base del pene con la otra mano, doblé sus piernas hacia arriba separándolas. Mi lengua se volvía loca entre ellas cuando me coloqué sobre él. Mi vagina estaba contra su boca, mientras yo 'tragaba' con fruición su pene o alguno de sus testículos, él se estremecía gimiendo y suplicando que le permitiera tocarme. Respondí que sólo su lengua podía hacerlo. Qué delicia cuando entraba y al salir lamía toda la entrada de mi vagina. El Padrecito me estaba volviendo loca de placer, definitivamente no pude más. Le pedí que hiciera entonces lo que deseara conmigo. Me empujó bruscamente, caí de espaldas sobre la alfombra, separó mis piernas con fuerza y me penetró sin compasión. Una mezcla de dolor y placer cortaban mi respiración, subí mis piernas alrededor de su cintura intentando meter mi dedo entre sus nalgas, él aminoró las fuerza de la penetración colocándose de manera en que pudiera tocarlo. Poco a poco lo fui separando de mi cuerpo, pidiendo se volteara de espaldas. Mi loca lengua comenzó a pasar por el hueco de su columna mientras mi pubis se frotaba contra sus nalgas.
Ordené se inclinara al frente, sobre sus rodillas. La visión de sus nalgas abiertas con su pene y testículos colgando por en medio me enloquecía de lujuria, mi mano los acariciaba desde atrás mientras el índice de la otra intentaba abrirse paso entre ellas.
El clímax estaba cerca, me monté sobre él, su pene estaba tan duro que entró sin necesidad de tocarlo, el padrecito estrujaba mis senos salvajemente, en momentos me apretaba contra su cuerpo para succionar mis pezones con fuerza, me tomó por la cintura, mientras yo subía y bajaba frenéticamente, en eso sentí venir su clímax seguido por segundos del mío. Nos miramos a los ojos, lo besé para su comprobar si tenía ese sabor tan especial. Lo tenía. Mi carcajada no se hizo esperar. Lo dejé exhausto tirado sobre la alfombra. Tomé la túnica. Al salir del corredor me dí cuenta que estaba atardeciendo. De nuevo traía la ropa deportiva con el logo de la escuela al frente.
Al tomar la bolsa con mis listas escolares alguien se me acercó preguntando si me sentía bien. Contesté que me sentía muuuuy bien.
Carmen.





