El Muro
Anoche, después de 1300 kilómetros sin contratiempos, pulverizamos otra rueda. Estamos muy preocupados porque solo nos queda una cubierta de repuesto y cuanto mas al sur bajamos, se incrementan las posibilidades de no encontrar ni a un menda que la remiende, ni a alguien que conozca las llantas de 17 pulgadas. Cuesta reconocerlo, pero estamos con el agua por la cintura.
Lo curioso del pinchazo es que se produjo a escasos kilómetros de la frontera entre Marruecos y Mauritania, zona de guerra limpia de minas ex profeso para el paso del Dakar cuyos treinta kilómetros de yerma anchura ejemplizan un conflicto enquistado desde hace treinta años y sin visos de solución. No tengo muy fresco el conflicto saharaui, pero pelearse por una enorme extensión en la que no habita un alma, tiene poco sentido.
Como la frontera se abre de forma excepcional a nuestro paso, plantamos las tiendas en pleno desierto. Y bajo un cielo nunca visto, entonamos una alegoría patria al son del embutido ibérico y del vino de mi abuelo. Un vino que además de exquisito, jamás imagino llegar tan lejos -en el sentido geográfico, se entiende-. Felices por la única presencia a nuestro alrededor de alguno soldados marroquí, disfrutamos del silencio como postre.
Unas horas antes del alba, hemos puesto camino a la frontera misma. La organización ha vuelto a hacer de las suyas y durante la noche ha desplazado un camión con todo lo necesario para que unas 500 almas no se perdieran su petit dejuner con café caliente, bollos y mermelada. Una vez más, espectacular tinglado.
Axial que a las seis en punto de la mañana, las tropas marroquí nos han dado el adiós junto a un talud de tierra de unos cinco metros de altura al que llaman Le mur, y entre brumas, casi de película, hemos atravesado el trozo de tierra de nadie que se disputan con Mauritania. Uno ahí puede acabar con la vida de otro y tan contento. Ningún tribunal podría juzgarle. Al final de una pista deshecha, tan dura que ha malherido también a un amortiguador trasero, las autoridades del país mas pobre del mundo nos esperaban para sellarnos el pasaporte. Un cartel de madera en francés recuerda que hemos llegado a Mauritania. Una mesa desvencijada con dos sillas distintas, su aduana. Un soldado con uniforme destrozado y pañuelo touareg, me ha pedido el pasaporte. Y por suerte no se ha dado cuenta de que el visado no tenia numero de orden... menudo susto.
Ahora mismo atravesamos el desierto en dirección a Zouerat. Parece que el año ha sido benigno e incluso asoma algún débil arbolito. Los pueblos, cada vez más pobres. Las casas ya ni de barro. Chapas de bidones enderezadas sirven para montar chabolas.
Lo curioso del pinchazo es que se produjo a escasos kilómetros de la frontera entre Marruecos y Mauritania, zona de guerra limpia de minas ex profeso para el paso del Dakar cuyos treinta kilómetros de yerma anchura ejemplizan un conflicto enquistado desde hace treinta años y sin visos de solución. No tengo muy fresco el conflicto saharaui, pero pelearse por una enorme extensión en la que no habita un alma, tiene poco sentido.
Como la frontera se abre de forma excepcional a nuestro paso, plantamos las tiendas en pleno desierto. Y bajo un cielo nunca visto, entonamos una alegoría patria al son del embutido ibérico y del vino de mi abuelo. Un vino que además de exquisito, jamás imagino llegar tan lejos -en el sentido geográfico, se entiende-. Felices por la única presencia a nuestro alrededor de alguno soldados marroquí, disfrutamos del silencio como postre.
Unas horas antes del alba, hemos puesto camino a la frontera misma. La organización ha vuelto a hacer de las suyas y durante la noche ha desplazado un camión con todo lo necesario para que unas 500 almas no se perdieran su petit dejuner con café caliente, bollos y mermelada. Una vez más, espectacular tinglado.
Axial que a las seis en punto de la mañana, las tropas marroquí nos han dado el adiós junto a un talud de tierra de unos cinco metros de altura al que llaman Le mur, y entre brumas, casi de película, hemos atravesado el trozo de tierra de nadie que se disputan con Mauritania. Uno ahí puede acabar con la vida de otro y tan contento. Ningún tribunal podría juzgarle. Al final de una pista deshecha, tan dura que ha malherido también a un amortiguador trasero, las autoridades del país mas pobre del mundo nos esperaban para sellarnos el pasaporte. Un cartel de madera en francés recuerda que hemos llegado a Mauritania. Una mesa desvencijada con dos sillas distintas, su aduana. Un soldado con uniforme destrozado y pañuelo touareg, me ha pedido el pasaporte. Y por suerte no se ha dado cuenta de que el visado no tenia numero de orden... menudo susto.
Ahora mismo atravesamos el desierto en dirección a Zouerat. Parece que el año ha sido benigno e incluso asoma algún débil arbolito. Los pueblos, cada vez más pobres. Las casas ya ni de barro. Chapas de bidones enderezadas sirven para montar chabolas.
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El PSOE, empieza a depurar Militares, por defender la Constitucion Española
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El vino que se bebe en el desierto, es de Villamediana de Iregua ( La Rioja ) BODEGA MUNILLA en Memoria del ABUELO, JUAN MUNILLA GARCIA Y POR TODO LO BUENO QUE HIZO EN ESTE MUNDO.
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ESta noche de reyes tb será magica para ti. La experincia es irrepetible disfuta del desierto primo
un abrazo rompe costillas miryam, bruno y vicky
un abrazo rompe costillas miryam, bruno y vicky
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Gali, aupa riojano. NI se te ocurra decaer, tienes que disfrutar por ti y por todos los que no hemos podido ir. Tenemos los dientes hasta el suelo de largos...Me alegro que describas con exactitud lo que observas, efectivamente somos unos privilegiados del primer mundo y de vez en cuando es conveniente decirlo y de nuevo ser conscientes. MIl besos Miryam





