logotipo

img_google
Dame toda mi mierda
Camino de la mítica frase: 'Toma toda tu mierda'. Dándolo todo desde abril de 2006
Acerca de
Este blog sigue los pasos del gran maestro: 'El Tximo'. Él que todo lo da y todo lo recibe (de ahí su otra frase "Del cielo lo recojo y yo te lo transmito" que llegó a hacerse tan famosa entre nosotros sus amigos: 'Santi', 'Osito' e 'Igor') nos muestra cual es el camino. Él que llegó a inventar la idea "El Estado porno" con mi inestimable ayuda; y perfeccionase la "Teoría de los tres tipos de teta" (del grupo intelectual 'Hijoputismo ilustrado' -heredero en Euskadi del LPA-), nos sigue iluminando con su sabiduría. A partir de él surge este blog. Firmado: 'Santi' Contador Gratis
Contador Gratis
Sindicación
 
Fraga...ese Hijo de puta tan entrañable


Uno de los mayores cabrones. Pero cuando lo escuché no podía dejar de reírme.
 
Beber en grandes cantidades es malo para la salud...jajaja


No sé si alguien lo había visto pero por si acaso. Se trata de George W. Bush borracho en una celebración de boda en 1992. Echandose unas risas, pero atentos. ¿Qué canción suena de fondo? Si!!! Surfin USA!!

 
Capitulo 4
El teléfono comenzó a sonar. Su ruido produjo un gran eco en aquella sala tan cavernosa. Varias columnas de orden dórico creaban un piso superior desde el que se podía ver perfectamente toda la parte baja. Parecía el patio interior de una casa veraniega pero con techo. Todo permanecía relativamente oscuro, sólo unas pocas antorchas generaban algo de luz en el ambiente. Algunas de las barandillas estaban engalanadas con estandartes de un color granate. En la pared frontal parecía presidir la sala un gran escudo de armas con dos espadas cruzadas.

Thomas pareció salir de entre las sombras. Hasta entonces la sala estaba vacía pero ahora su sola presencia parecía llenarla. Su gran corpulencia le impedía caminar con mayor rapidez por lo que el sonido duró algún rato más.

-¿Sí? –preguntó Thomas.
-Ayer por la noche se cometieron muchos errores. –la voz que estaba al otro lado del aparato parecía enérgica.
-Si señor. No volverá a suceder –respondió.
-No podemos permitirnos el lujo de correr ningún riesgo innecesario. –no parecía serenarse.
-De acuerdo señor. ¿Qué hacemos con el joven? –Thomas dudaba, necesitaba alguna directriz.
-¿Vio la cara de alguien? –preguntó la extraña voz.
-No. Por lo que sabemos estuvo a punto de entrar por la puerta pero el padre Juan se lo impidió. –Thomas parecía susurrar a aquel chisme de reciente comercialización.
-De acuerdo, entonces por el momento no hagamos nada. Ya veremos que hacemos con él en el futuro. Sigamos con nuestros planes, no pasará mucho tiempo hasta que el heredero vuelva a recuperar lo que le pertenece por derecho. –añadió el otro interlocutor.

Thomas colgó el teléfono una vez que la persona con la que había hablado terminó la conversación. Parecía pensativo y su rostro no dejaba de mantener una actitud intranquila. Comenzó a caminar a la puerta que se encontraba a su derecha. El fuerte silencio hacía de sus pasos enormes pisadas de gigante. La luz de las antorchas prologaba su sombra haciendo que se perdiera en la pared de piedra.
Abrió la puerta y dentro de aquella habitación estaban un par de personas sentadas alrededor de una vieja mesa. Estaban jugando a cartas cuando Thomas les interrumpió.

-Recoged todo eso. Tenéis trabajo que hacer. –apenas había terminado de entrar dentro-. Quiero que mantengáis vigilado al muchacho de ayer.

Los dos hombres asintieron sin rechistar. Recogieron las cartas y las guardaron en uno de los cajones del mueble que estaba pegado a sus espaldas.

-No podemos correr más riesgos. –añadió Thomas.
-¿Y el padre Juan? –preguntó uno.
-Yo mismo iré a hacerle una visita. Vosotros preocupaos del chico, tenerlo bien vigilado. Tenéis que estar muy atentos de a donde va y con quien. –enfatizó Thomas.
-De acuerdo –dijeron los dos al mismo tiempo.
-Sobre todo tenéis que ser sigilosos. Después de lo de anoche no queremos que pueda seguir sospechando, no hay que darle motivos para que pueda interesarse. –continuó.
-Sí –respondieron.
-Tenedme continuamente informado de todos sus pasos. ¿Habéis entendido lo que debéis hacer? –Thomas comenzó a salir por la puerta.
-No se preocupe, lo hemos entendido perfectamente –dijo uno de ello mientras miraba al otro.

Los dos hombres comenzaron a caminar por uno de los pasillos laterales hasta unas escaleras que ascendían. Thomas se dio media vuelta, alzó la cabeza y miró al crucifijo que estaba en el umbral de la puerta que iba a cruzar. Se detuvo. No movió un solo músculo.

-Que Dios nos perdone lo que vamos a hacer –murmuró.
Se santiguó y siguió adelante.


 
Capitulo 3
Las mañanas no eran del gusto de Robert. Prefería seguir durmiendo hasta que fuera mediodía pero las clases comenzaban bastante pronto. Algo de luz comenzó a hacerse camino por la contraventana. Mark se levantó, no paraba de frotarse los ojos y una vez de pie comenzó a estirarse. Su 1,85 de estatura y la largura de los brazos hacían parecer su cuerpo uno de eso nuevo grandes edificios en construcción de finales del siglo. Se acercó a la ventana y abrió las contraventanas del exterior. De pronto una ráfaga de luz inundó la cara de Robert. Sus ojos parecían comenzar a despertar, no paraba de fruncir el ceño.

-Vamos holgazán debemos levantarnos, siempre acabamos llegando tarde –Mark meneó un poco el brazo de Robert.

Robert abrió un pizca uno de sus ojos. Gruñó y se dio la vuelta. Volvió a taparse hasta las orejas para que la luz del día no pudiera estropear un solo segundo más de su sueño. Mark cogió una toalla y una pastilla de jabón, se calzó unas zapatillas y se fue al baño común del tercer piso para ducharse. Robert aún seguía acostado, miró un par de veces al pequeño retrato de su madre que tenía encima del escritorio.

Mark no tardó mucho en volver. Comenzó a vestirse y antes de que terminase de atarse la camisa se abalanzó sobre Robert y lo destapó.

-¡Hace frío! –gritó Robert mientras trataba de arrebatarle la manta.
-Vamos calamidad, levanta. –Mark dejó de tirar, se puso de pie y siguió atándose los botones de la camisa mientras agitaba la cabeza de un lado a otro para que el agua que quedase en el pelo le mojase a Robert.
-Está bien, ya voy. Siempre con prisas –Robert se incorporó y echó un vistazo por la ventana.

El sol era dulce aún. De todos modos por escaso que fuera le hizo cerrar los ojos repentinamente, teniendo que abrirlos poco a poco. Desde allí podía verse un parque. Había un par de personas caminando.

Mark comenzó a ponerse los pantalones mientras Robert se acercó al armario para sacar la ropa. Cogió una de las toallas que tenía en la balda más alta y se fue a la ducha. Abrió un poco la ventana para que pudiera entrar aire fresco. Cogió el bote de colonia y dejó caer unas cuantas gotas sobre su mano izquierda, dejó el bote y estrechó ambas manos para después llevárselas al cuello. Antes de que terminase de atarse los pantalones echó mano del anillo con sello que tenía en el bolsillo de su chaqueta. Era de oro, un regalo muy especial de su padre por su diecisiete cumpleaños. Una auténtica herencia familiar que se remontaba lo menos cien años o al menos eso era lo que su padre le contaba. Tenía un grabado tallado sobre una gema. Mark siempre explicaba que era una rosa roja con el centro blanco.

Mark era el primogénito de un acaudalado banquero inglés Edmond Adams. Todos sus antepasados cercanos estaban relacionados con la banca o el comercio. Ciertamente Mark pertenecía a una acaudalada familia y él era heredero de su emporio. Sin embargo su personalidad no reflejaba ningún tipo de arrogancia. No era altivo y al mismo tiempo tenía un gracioso poder de seducción. Sabía valerse por si mismo sin necesidad de criados, los cuales eran bastante frecuentes en aquellas instalaciones ya que había muchachos incapaces de poder estar fuera de su casa sin ellos.
Él y Robert compartían habitación desde el curso pasado. Ambos conectaron a la perfección y mantenían un riguroso sentido de la camaradería.

Para cuando Robert volvió, Mark ya estaba preparando la chaqueta. Le pasó un par de veces el cepillo para limpiarla un poco.

-Ayer no te sentí entrar en la habitación. ¿A qué hora llegaste? –le preguntó Mark.
-No sé. No estoy muy seguro. –Robert comenzó a dejar la ropa sobre la cama-. Debieron de ser la una y media.
-¿Qué pasó? ¿Dónde estabas? –Mark se sentó en la silla del minúsculo escritorio que ambos compartían y que se encontraba a los pies de la ventana.

Resultaba raro que Robert llegará tan tarde. Sabía que normalmente le costaba levantarse pronto y que tener una cita con él, cualquier mañana, significaba tener que esperar. Pero también sabía que no solía ser una faceta que Robert destinase al resto del día. Siempre llegaba puntual a las noches. Solía pasar a cenar por el club y después se entretenía un rato charlando con otros compañeros de la universidad. Sin embargo para las diez, como muy tarde, ya estaba en la habitación. Hacía sus deberes y leía un rato antes de dormirse. Era como un reloj que solo tenía algún retraso al despertarse. Por eso resultaba bastante llamativo que llegase a esas horas tan intempestivas.

-Me quedé dormido en la biblioteca –Robert comenzó a quitarse el pijama.

Una gran risa se escuchó en el edificio. Mark no podía creérselo. Robert había hecho, queriendo o sin querer, otra de las suyas. Desde luego les tenía acostumbrados a cosas extrañas, como mínimo difíciles de poder explicar, pero quedarse dormido en la biblioteca y que nadie se diera cuenta de ello solo él podía hacerlo.

-No te rías –Robert tampoco podía dejar de sonreír, las carcajadas de Mark eran muy pegadizas-. Cuando desperté era tarde, ya no había nadie en la biblioteca.
-¿Nadie se dio cuenta de que te habías quedado dormido? –volvió a soltar otra carcajada.
-No. Estaba en la última fila del fondo y supongo que nadie se dio cuenta –prosiguió Robert-. Tal vez el padre Miguel ni siquiera sabía que estaba allí y por esa razón no miró.

El padre Miguel era bastante mayor, no más de lo que era el padre Juan. Estaba encargado del cuidado de la biblioteca, además de la ayuda en la búsqueda de los libros. Solía tener un cordón blanco que ataba su sotana. De hecho era el único que llevaba el cordón de ese color. Las arrugas de la frente le daban un aire amable a su rostro, lo cual facilitaba la colaboración con los estudiantes.

-Me desperté de repente. Oí un ruido en el patio y me acerqué a la ventana a mirar –Robert sacó una camisa rayada de uno de los cajones del armario. La sacudió un poco y se la puso.
-¿Un ruido? ¿Qué era? –Mark no lograba entender lo que su amigo trataba de explicarle.
-Di mejor quién. –matizó Robert.
-¿Era una persona? –Mark parecía no creerle-. ¿Qué haría alguien a esas horas en el patio de la universidad?
-Eso es lo que me llevó preguntando toda la noche. –Robert metió una de sus piernas por el pantalón.
-¿No fuiste a mirar quién era? –Mark ordenó sus papeles y agarró un par de cuadernos.
-¡Claro! Pero… -Robert se detuvo un instante para ponerse la corbata.
-¿Pero qué? No me dejes así –dijo su amigo.
-Cuando le vi meterse por una de las puertas del claustro el padre Juan me descubrió y me trajo –Robert cogió tres libros de la balda que estaba pegada a su lado de la habitación.

Ambos jóvenes terminaron por arreglar la cama se enfundaron en sus respectivas chaquetas y salieron hacia el comedor donde poder desayunar. Cerraron la venta y echaron la llave a la cerradura de la puerta. Robert rebosaba curiosidad por lo sucedido la noche anterior. No parecía preocupado por los futuros exámenes.