Tierra roja

Estaba ya oscureciendo y casi habían llegado al camino que llevaba derecho al centro de Morión, había un miedo generalizado por ver lo que quedaba de Morión, y que podían encontrar allí. Morkben encabezando como de costumbre el batallón, dio el alto.
- ¡Parad todos! – En un gesto con la mano y con la otra sacando su espada -. Voy ha asomarme para ver que es lo que veo, estad todos preparados para un ataque de esas bestias.
- ¡Señor!, ¡Señor!, esperadme, quiero ir con vos - Salio de entre varios soldados Zoern-. Dejadme acompañarle.
- Esto no es ninguna misión importante Zoern – Le contesto Morkben en tono suave y negándole con la cabeza-. Simplemente me asomaré y quiero que todos estéis preparados por si me ven y nos atacan.
Los soldados poco a poco se iban poniendo en sus posiciones de combate, apartando los animales y suministros, llevándolos a la última línea de defensa.
- ¡Shuuu! – Silencio, con estos ruidos nos van ha escuchar hasta las sirenas de los mares –Intervino Kiman-. Aun no sabemos que instinto auditivo tienen esos espantapájaros, igual son como los perros y son capaces de escuchar el pedo de una mosca tres montañas más allá. –¡Ja, ja, ja! En ese caso lo tendremos mal, seguro que están pensando en como cocinarnos.
- Realmente estas tan loco como cuentan, ¿eh? Viejo Kiman –Dijo Morkben con una alegre sonrisa-.
- ¿Yo loco? –Contesto Kiman, guiñándole un ojo-. Loco tú, que quieres asomar el cuello por ese camino, seguro que te están esperando para contarte un cuento. ¡Ja, Ja, Ja!
- En ese caso, estad todos preparados para lo peor –Dijo ahora Morkben en tono serio-. Estad todos listos, voy ha mirar.
A paso muy lento, comenzó a caminar el caballo, controlando de no levantar ningún ruido, solo lo necesario, lentamente se iba alejando, mientras todos los demás, miraban como se alejaba, Zoern siempre miraba de manera diferente a Morkben, como quien mira a un maestro que te acaba de enseñar algo realmente útil. Ya estaba prácticamente oscureciendo del todo, una suave neblina empezaba ha esparcirse por todos los rincones. Habían pasado unos minutos y ya comenzaban los mas desconfiados ha perder la esperanza.
Con cara de horror y perplejo Morkben observaba lo que la mano de mal había destruido en aquellos parajes, antes tan llenos de vida y ahora abrasado, habían cuerpos por todas partes, el olor era insoportable, aun seguían humeando algunas casas, carros y lo que quedaba de la entrada de las cuevas de Morión, mezclado todo ello por el color rojizo de la lava. Observo todo aquello con detenimiento en busca de algún movimiento sospechoso. Todo parecía estar desierto, aunque la oscuridad de la noche no dejaba ver más allá de unos pocos metros de distancia. Permaneció allí, inmóvil, unos minutos, pensando si arriesgaría la vida de los soldados adentrándose en el centro de Morión.
-Bueno, no hemos venido para nada -Se dijo a si mismo Morkben en voz baja-.
Dio media vuelta lentamente y se dirijo ha explicar lo visto a todos los demás. Un suspiro de calma entre los hombres se sucedió, al ver de nuevo la figura de Morkben montado en su caballo. Todos prestaban absoluta atención a lo que Morkben explicaba de lo que había visto.
- Caballeros, hay que adentrarse profundamente en Morión –Explicaba con gran seriedad-. Sabed, que no os gustará lo que vais a ver, recomiendo que os pongáis un trapo en la boca, el olor es insoportable hay delante, tendremos que ser cautelosos, aunque no haya visto ningún movimiento sospechoso, no nos podemos fiar, sin luz es mas fácil esconderse, así que estad todos preparados. Seguidme cuando de la orden.
- ¡Quietos todos! – Interrumpió Kiman-. Tengo una idea mejor, soltad los perros primero, ellos nos avisaran de lo que nos podemos encontrar, estad todos atentos a los sucesos, tenemos que ser mas rápido que ellos y mas efectivos, esta vez nosotros atacaremos desde la distancia con las flechas y después los rematamos, ¿verdad que si Tenus?. “Tenus era el hacha preferida de Kiman, no se podría ni contar las vidas que se ha llevado ese trozo de acero”.
- Me parece buena idea –Intervino Morkben-.
- No los soltéis todos, necesitamos algunos de esos animales para rastrear – Contesto Fael desde una posición más atrasada-. Soltad solo a los peores rastreadores y aguardar los mejores, para el futuro, se que los necesitaremos.
-Esta bien –Continuo Morkben-. Sargento, que diez hombres cojan los perros, se asomen y cuando se les de la orden suelten los perros por la zona, todos los demás rodear la posición y observar cualquier sonido o movimiento sospechoso. Después cada líder dará el orden de ataque. Arqueros y Ballesteros, vosotros estaréis en segunda línea, apuntad sobre el cielo de Morión. Encender las puntas de las flechas, ¡O mejor aun! No las encendáis, así no sabrán por donde les vienen los proyectiles.
Los encargados del cuidado de los animales se asomaron al borde del camino que comunicaba con Morión. Así mismo en filas perfectamente alineadas, se ponían todos los arqueros y ballesteros, apuntando hacia el cielo, calculando a ojo donde caerían los proyectiles. Todos permanecían en silencio, mirando desde la penumbra y la seguridad del oscurecer.
-¡Soltarlos! –Se escucho de fondo-.
Soltaron a los animales que rápidamente se pusieron a correr por todos los rincones ladrando y dando brincos, animales perfectamente entrenados para este fin, suerte de haberlos traído, podían salvar muchas vidas. Todos los hombres tenían los ojos bien abiertos en busca de cualquier movimiento en la penumbra, pasaron varios minutos y no hubo tales movimientos, la zona parecía desierta y lamentablemente sin vida alguna.
- ¡Caballería! – Grito Morkben alzando su espada-. ¡En marcha!
- ¡Adelante! – Gritaron los demás líderes-.
Los hombres en seguida se pusieron en marcha a paso ligero, mirando en todas direcciones, muchos no pudieron aguantar el nefasto olor que desprenderá la tierra podrida y terminaron vomitando. Suerte de estar todo oscuro y eso suavizaba bastante el desolador panorama del lugar.
-Atención, todos- Alzo la voz Fael-. Que varios de los hombres enciendan las antorchas, la zona parece segura, que otros se encarguen de prender los cuerpos con fuego, hay que evitar que las enfermedades se propaguen. Desearía despedir a cada alma en cu correcta forma, y que sean enterrados, pero la situación lo impide. Que descansen en paz estas almas.
Varios hombres, siguiendo las instrucciones, fueron prendiendo fuego a todos los cadáveres, de hombres y animales. Todo alrededor estaba destruido completamente, no quedaba ni una sola casa en pie, incluso los cultivos estaban aplastados, los soldados que prendían fuego a los cadáveres, observaron las heridas que mostraban los cuerpos, zonas desgarradas y trozos por todas partes, tenían el aspecto como de haber sido atacados por osos o manadas de lobos. Aun así las heridas eran peores. Ya habían visto lo que los demonios eran capaces de hacer en el ataque cuerpo a cuerpo. Prácticamente todas las miradas se desviaban a los que fue en su día la entrada a las cuevas de Morión, ahora abierta por un gran agujero en el centro y humo rojizo. Los lideres en el centro de Morión, ahora discutían el siguiente paso que tendrían que realizar.
- Tendríamos que ir a ver el interior de la cueva, he intentar sellarla –Explicaba Kiman-. Igual, incluso encontraríamos más información de los planes de esas bestias.
- Nosotros no tenemos ni poder ni conocimiento para sellar la salida del infierno- Intervino Fael-. Esas cuevas fueron selladas por algún tipo de conjuro, tan antiguo como la tierra que pisamos, tan solo se me ocurriría, sellarla con rocas y barro. Esto es demasiado cruel para ser verdad…
- De momento esta noche no haremos nada mas, limpiaremos un poco estas tierras y descansaremos –Dijo Morkben sentándose en una pequeña silla que tenia justo al lado, con cara de cansado-. Mirad los hombres y sus rostros, están completamente agotados, para que estén toda la noche trabajando, ha sido un día muy duro y merecemos un descanso.
-¡Va! Como quieres descansar en un sitio como este y con este olor tan insoportable –Dijo Kiman en alta voz. Huele como una mala digestión de mi caballo. ¡Ja, Ja, Ja!
- Al partir sabíamos de sobra que esto no seria fácil Kiman –Explicaba Morkben, quitándose las botas-. Tomad asiento y descansar, mañana pensaremos como continuar.
Morkben llamo al sargento y le ordeno hacer la rueda de guardias, esta vez doblada en número de hombres y que todos descansasen. Poco a poco las llamas de los cuerpos se iban consumiendo, por suerte aquella noche una suave ráfaga de viento alejaba el humo de los cuerpos al lado contrario de donde estaban posicionados todos los hombres. Prácticamente nadie durmió esa noche, los nervios lo impedían, todos daban vueltas a las cabeza sobre lo sucedido aquel día, todo ello salido del libro mas horroroso jamás contado, la luna rojiza parecía estar ensangrentada por lo sucedido allí, el problema es tan serio que los mas positivos como Fael, se derrumbaban nada mas pensar en lo estaba sucediendo, no hacia mas que preguntarse el por que de aquello, que no contaban con ninguna ayuda celestial, siempre había leído y sido explicado por sus maestros que si alguna vez, algo así pasaba, bajarían los Ángeles celestiales para ayudar, pero no ocurría nada, era un problema de los hombres, igual un castigo del supremo, demasiadas dudas para resolver lo que se les venia en frente, tan solo la esperanza que depositaba en aquellos hombres daba un punto de luz a lo sucedido, sabia que se podían matar, por lo que podrían ganar, pero atemorizado por los poderes que tenían estas bestias, asustaban, sabia que un gran ejercito de esas criaturas podría aniquilar un ejercito tres veces superior de hombres en tan solo unos minutos.
Mientras tanto a gran distancia de allí, nadie sabía lo que estaba a punto de ocurrir en el castillo de Kattarm. Este castillo custodiado por el rey Koerm, era una fortaleza de dura piedra y buena defensa, tenia un gran ejercito que lo protegía, aunque llevaban varias generaciones de reyes sin ningún tipo de conflictos con otros reinos, aun así pocos se atreverían a tenerlos como enemigos.
- ¡Mi rey!, Mi rey, los guardias vigías nos indican movimiento al norte del castillo –Gritaba con gran preocupación el capitán Hunor del reino de Katarm-.
- ¿Movimiento?, ¿Qué tipo de movimiento? Vamos responde capitán-.
- ¡Un ejercito!, pero este no es normal, se nos acercan demasiado deprisa para ello –Explicaba Hunor con gran nerviosismo en el cuerpo-. Yo mismo he visto como se acercan, emiten sonidos extraños, no parecen provistos de catapultas ni ningún tipo de instrumento de asedio, pero no me gusta nada.
- ¿Un ejercito? Si no estamos en guerra con ningún pueblo, que demonios querrán –Se levanto de su trono el rey-. Espero que no tenga nada que ver con los problemas que sufren en el sur, creo que por Faudmar si no estoy mal informado. Atención guardias reales acompañarme, y quiero mi armadura y espada, Rápido –Concluyo Koerm.
Koerm se asomo en lo más alto de las torres de vigía y observo como cientos de sombras lejanas se acercaban a gran velocidad, parecían una manada de lobos, los sonidos que emitían, parecidos a los de los animales felinos, atemorizaban el corazón del rey, quien pronto dio orden de defensa del castillo. Todos los soldados corrían a gran prisa de un lado a otro ocupando su lugar de combate, las catapultas, arqueros, y lanzadores de brea estaban en los primeros lugares de defensa, el resto del pueblo fue ocultado en las mazmorras del castillo.
- ¡Atención! –Grito el Capitán Hunor-. Sacad todas las provisiones de los caminos, si nos atacan con fuego, nos las quemaran. Arqueros, preparad las flechas, soldados preparad todas las catapultas. No disparéis hasta que lo ordene el rey.
- Capitán –Se dirigió al sargento-. Todo esta listo para la defensa del castillo.
-Excelente –Concluyo el capitán-.
Todos los soldados asomados miraban perplejo y con grandes dudas que era aquello que se acercaba a una velocidad inhumana. En aquel momento sonaron los tambores y bombos que anunciaban que entrarían en combate, si se viesen en la necesidad.
- ¡Capitán! –Llama el rey Katarm-. Quiero que disparéis varios proyectiles de catapultas incendiados para persuadir a ese ejercito, deben saber que estamos preparados para defendernos y que ni un solo hombre de ellos conseguirá poner un pie en este castillo.
- A si será mi rey –Respondió Hunor bajándose la visera de su casco-. ¡Lanzad catapultas!
Las catapultas lanzaron varios proyectiles a toda la distancia que podían, partiéndose en mil pedazos al chocar en el suelo y esparciéndose en trozos ardiendo por los senderos de alrededor del castillo. El ejercito atacante disminuyo el paso, seguidamente parando en su totalidad, después de la advertencia echa por el castillo de Katarm.
-Mi rey, parece que se han detenido –Se dirigió a el un soldado real-.
-Me pregunto que querrán esos hombres de nuestras tierras –Se decía a si mismo el rey acariciando su barba-. Que sepamos no tenemos enemigos desde los tiempos de mi abuelo. Esto tiene algo que ver con las noticias del sur, seguro.
-¡Mi rey!, han reemprendido la marcha –Dijo otro soldado en tono histérico-.
-Pues si quieren guerra, ¡la tendrán! –Respondió el rey Koerm-.
El ejército estaba muy próximo ya a las murallas del castillo, no estaba provisto de ningún tipo de armamento de asedio, ni escaleras ni nada que se le pareciese.
-Veamord, estamos cerca, ¿cuales son sus órdenes? –Una voz profunda pregunto-.
-Cuando estemos cerca, pero a distancia prudente de los proyectiles parad y rodear el castillo –Respondió Veamord-. Quiero que el castillo sea atacado por todos sus laterales, en breve llegaran nuestros hermanos desde el aire, haciendo así más sencillo nuestra entrada. Apagad las antorchas, la oscuridad nos será buena aliada para deshuesar a esos mortales.
-Que así sea mi señor –Le hizo una reverencia a Veamord-.
Tan pronto como alcanzaron la prudente distancia del castillo comenzaron a rodearlo en forma de anillo, y empezaron a apagar las antorchas para desaparecer en la penumbra. Los soldados horrorizados ya podían diferenciar los rasgos físicos del ejército, antes de que apagaran sus antorchas.
-Mi rey –Se dirigió el capitán-. No llevan ningún tipo de emblemas ni estandartes que les identifiquen, no sabemos de donde proceden, ni… ni siquiera llevan armas eh armaduras convencionales. Esto parece una broma.
-¿Como?, ¿Que es lo que buscan aquí? –Pregunto el rey con voz de extrañado-. Son días extraños estos que nos tocan vivir, desde luego no creo que tengan buenas intenciones, seguid en vuestras posiciones, y en cuanto se pongan a tiro, ira y fuego.





