
Ana y María iban a jugar al carrerón de la iglesia. A veces se entretenían con juegos de siempre como el sambori, la comba o el pollito inglés. Nunca se adentraban en el carrerón, porque en su estrechez de luces y sombras no sabían que podía esconder. No lo sabían y en eso residía la emoción de las dos niñas cada vez que se quedaban en el lindel de aquel camino.
Un día Ana y María se decidieron a atravesarlo. Cogidas de la mano sentían el peso de los contrafuertes, el frío y el calor del sol, pero nada más. Al final sólo había un mirador de cara a la extensa meseta. Ana y María permanecieron un rato allí en silencio.
Nunca más volvieron a jugar al carrerón de la iglesia.

Silencio, hay gente que escucha. Y no puedes pisar porque haces ruido. En todo caso puedes seguir la senda sigilosa. Tu presencia les distrae, aunque sabes que a ti la suya te incomoda. Los pájaros en los árboles no son más que sus murmullos. A fuerza de ignorancia han tenido que salir a reivindicar su olvido. Porque sienten lo que tu sientes y ellos también quieren sentir, no solo ser contemplados.

Si el capitán Fouchard levantara la cabeza no podría reconocer lo que sus ojos cansados habían escudriñado en otro tiempo. Atrás quedaban las batallas de cañones, sables cruzando en el aire, banderas blancas o negras, o blancas sobre negro... La llegada de un galeón ya no suscitaba temor. Ni si quiera había marineros. Sin embargo, ahí permanecía implacable la muralla. Pero ya no había tesoros, no había tierras que conquistar, no había peligro.

La naturaleza nos obsequiaba a cada paso. Bajando una pendiente de maleza y arena se encontraba el paraíso. Una bahía de mar colonizada por mejillones nos invitaba a permanecer allí para siempre. No sólo era el agua gélida, ni las caprichosas rocas que se disfrazaban bajo cualquier textura viva, ni las falsas aberturas pedregosas, ni la suave brisa. Lo era todo y no era nada.
Réfléchir à son tour, mais ne pas penser.
Pero de nuevo la misma amenaza. Dentro de unas horas, puede que incluso minutos, el paisaje visible desaparecería. Teníamos que pensar en escapar de nuevo.

Alquien me contó una vez que existe una máquina capaz de proyectar cualquier lugar donde quiera que te encuentres. Sólo tienes que susurrarle el nombre, entonces la máquina empieza a temblar y en cuestión de segundos muestra frente a ti el lugar que habías deseado.
Estas imágenes son muy reales, no como las fotos, los hologramas, las proyecciones... Simplemente parece que puedas caminar hasta allí.

Hace muchos años yo me erigí como el pilar de las civilizaciones. Mi fortaleza alojaba a familias, pero también a tesoros y arsenales. Los más importantes templos de culto y poder eran admirados por la contundecia de mis formas. Un día, la misma resistencia que me había otorgado majestuosidad fue rechazada por el vano y el cristal. Un material, que ni si quiera era natural, que no era valiente para dejarse ver, dominaba las alturas desde los invisibles cimientos.
Ahora informe permanezco, buscando una identidad frente a quien me humilla.

¿Donde estás? Todavía en sueños de ojos abiertos creo que recorro la calle. Cada día era distinto porque siempre descubría cosas nuevas. Siempre había un detalle, que escapaba a mi percepción para que pudiera asombrarme en todo momento. Otras veces la marcha ascética me impedía detenerme. Entonces, mis pies caminaban intuitivos.
Ya no recorro la calle, aunque si puedo rehacer el camino. Sin embargo, no recuerdo los detalles porque no estoy allí para sorprenderme.

El Sr. Caduco ha decidido que no quiere estar sólo. Colgado del árbol, balanceándose al ritmo del viento no se puede esperar mucho. Sólo un golpe de corriente o un otoño temprano pueden iniciar el viaje a ninguna parte. Una parte de Sr. Caduco se ha desprendido y se desplaza sin rumbo siguiendo los caprichos del viento.
Hoy el viento ha decidido ceder su protagonismo al sol. El. Sr. Caduco cae hasta posarse en el suelo. Inmóvil, sin vida, sólo siente los pies indiferentes que resquebrajan su forma.
Por favor, viento, sopla de nuevo.
Efectos_de_sonido__Olas_del_mar.mp3En lo alto de la abadía no importaba el paso del tiempo, pero el caso es que sí era importante. El mar acechaba al istmo en cada segundo y una vez lo hubiera rodeado ya no sería posible el retorno, al menos hasta el amanecer. Las pequeñas islas desaparecían, las grandes menguaban y los caminos que antes las unían quedaban convertidos en un lecho de agua.
La belleza era demasiado cautivadora como para pensar en escapar.
Unas escaleras de caracol me llevan a un lugar que desconozco. La biblioteca ya era como un salón medieval. Una ventana; de nuevo el rencuentro con las alturas, la cuadrícula... No puede ser. Bulbas y puntas se abren ante mis ojos, y un cielo azul. ¿La imaginación ha dado lugar a la fantasía o la fantasía se ha hecho dueña de la realidad?