
Si el capitán Fouchard levantara la cabeza no podría reconocer lo que sus ojos cansados habían escudriñado en otro tiempo. Atrás quedaban las batallas de cañones, sables cruzando en el aire, banderas blancas o negras, o blancas sobre negro... La llegada de un galeón ya no suscitaba temor. Ni si quiera había marineros. Sin embargo, ahí permanecía implacable la muralla. Pero ya no había tesoros, no había tierras que conquistar, no había peligro.