
Ana y María iban a jugar al carrerón de la iglesia. A veces se entretenían con juegos de siempre como el sambori, la comba o el pollito inglés. Nunca se adentraban en el carrerón, porque en su estrechez de luces y sombras no sabían que podía esconder. No lo sabían y en eso residía la emoción de las dos niñas cada vez que se quedaban en el lindel de aquel camino.
Un día Ana y María se decidieron a atravesarlo. Cogidas de la mano sentían el peso de los contrafuertes, el frío y el calor del sol, pero nada más. Al final sólo había un mirador de cara a la extensa meseta. Ana y María permanecieron un rato allí en silencio.
Nunca más volvieron a jugar al carrerón de la iglesia.