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DelOtroLado
Nadie muere la víspera
Acerca de
Why have you stayed/ Away so long, why have you only/ Come to me late at night/ After walking for hours in wind and rain?
Sindicación
 
A. y la felicidad
Extrañamente, y pese a la esencial importancia que tiene en mi vida, tras haber hecho referencia a ella en el post anterior me he dado cuenta de que he nombrado muy poco a A. en este blog.
Para saldar esa deuda, seguramente producto de unos celos inconscientes que me han llevado a guardar para mí solo los buenísimos momentos que A. me proporciona, me gustaría compartir este instante de suma felicidad que viví con ella hace no mucho tiempo:

"Hoy acabé en una vieja taberna del centro con una acompañante 30 años menor. Llegamos de la mano al local, intercambiando sonrisas y acaparando miradas. 'Es lo que tiene la diferencia de edad y la belleza de mi pareja, que son muy escandalosas' -me dije.
Tomé un vermú de grifo, ella un vaso de agua. No hubo brindis por lo de la mala suerte y después de compartir una croqueta de bacalao y algo de conversación pagué.
Antes de salir por la puerta, mi acompañante se giró y mandó varios besos a uno de los camareros; yo hice como si no me hubiera dado cuenta.
Una vez en la calle, volvimos a caminar de la mano, esta vez en silencio. Íbamos felices, como dos amigotes que vuelven a casa después de haber estado de borrachera. Nos miramos y supimos que estábamos tremendamente orgullosos por haber tomado nuestra primera ‘copa’ juntos.
Unas decenas de metros más allá, después de haber echado dinero a un violinista callejero, A. me pidió que la cogiera en brazos."

 
Ayuda: no puedo reír
Leo en el dominical de ‘el País’ la siguiente frase del escritor francés Michel Houellebecq: “Si el hombre ríe es porque es el único en el reino animal que ha alcanzado la fase infernal y suprema de la ‘crueldad’”.
Así que ahora no sé si estoy más o menos preocupado que antes, pues resulta que desde hace un tiempo vengo reflexionando sobre mi alarmante incapacidad para reír y el hecho de no poder hacerlo no sé en estos momentos, tras lo leído, si es bueno o es malo.
No es que sea un tipo triste, sonreír sí sonrío y tengo normalmente buen humor, pero lo que se dice reír, reír -a carcajada limpia, a mandíbula batiente, descojonándome-, es algo que no logro ni aún estando predispuesto a ello.
Haciendo memoria, puedo recordar que sonreí con la última película de Woody Allen que vi en el cine, con la infrecuente visita de un querido fantasma, y todos los días desde hace unos dos años y medio, aproximadamente; desde entonces vivo con A, una jovencita que me trae loco (la persona más maravillosa del mundo; sin duda, la mujer de mi vida).
Por favor, ¿alguien me puede ayudar a reír?

Cosas por hacer. Tres películas que tengo que ver ¡YA!: Flores Rotas, Match Point (aún sin estrenar, aunque falta poquito) y La Vida Secreta de las Palabras.
 
Selección natural
A medida que me he ido haciendo mayor me he convertido en un tipo más selectivo. Pasó primero con las amistades y sucedió luego con el cine y, por supuesto, con los libros. Ya no se trata de llenar las horas con cualquiera, ni de consumir vorazmente películas y libros, sin tiempo casi para digerirlos.
A medida que me he ido haciendo mayor, todo tiene más importancia y el tiempo, un valor inmensamente más alto. En consecuencia, uno trata de minimizar riesgos y de apostar sobre seguro para intentar no equivocarse: una elección errónea, que antes conducía a una pequeña y pasajera decepción, hoy deriva en un cabreo importante del que cuesta desprenderse.
Una pena, sin duda, la pérdida de aquellos días en los que la investigación sin sentido y la curiosidad me deparó más de una agradable sorpresa.
‘Yo y Kaminski’ es el libro con el que ando ocupado estos días. De momento, no me arrepiento de haberlo elegido, y eso que ésta ha sido una apuesta medio segura: si bien el título lo publica ‘Acantilado’ –mi editorial de narrativa favorita-, el autor Daniel Kehlmann (30 años) no me sonaba de nada.

Recomendación para ver en DVD: 'La coleccionista' (1963), de Eric Rohmer. Sólo para quienes gusten de ver "películas de conversaciones". Haydeé Politoff, impresionantemente bella.
 
Gnossiennes nº1
Mis conocimientos sobre música clásica son prácticamente nulos, hecho que he de confesar que me avergüenza. Soy incapaz de poner nombre a piezas que habré escuchado incluso cientos de veces y el relacionar una melodía con su correspondiente compositor también es algo que se escapa a mis saberes. Asocio mejor las composiciones musicales clásicas a los anuncios de televisión que se han apropiado de ellas, o a las películas que las han utilizado, que a los Bach, Mozart, Liszt y compañía que las crearon.
Sin embargo, esto va a cambiar. Esta semana, por ejemplo, en mi afán de culturizarme he estado completamente enganchado a la música de Eric Satiey particularmente a su bien conocida Gnossiennes nº1 (la cual ya había escuchado, claro está, pero no tenía ni idea que fuera de él).
Tras la música de Satie, también he llegado a saber sobre la vida de Satie -la cual fue realmente interesante- y sobre el personaje Satie, excéntrico donde los haya y autor de sentencias tan contundentes como ésta: "Cuanto más conozco a los hombres, más amo a los perros".
Muchas de las obras de este curioso y anómalo compositor tuvieron títulos como los siguientes: Música de mobiliario destinada a ser ignorada, Preludios fofos para un perro, Tres melodías para huir o Tres danzas al revés.
No podía vivir siendo consciente de que me estaba perdiendo cosas como éstas, recién descubiertas.
Para ponerle rostro a Eric Satie, hay que pinchar aquí>>
Para escuchar música, mejor pinchar aquí>>
 
Reiko
Si no dejara aquí escrito el nombre de ‘Reiko’ seguro que este personaje pronto se perdería entre los cientos de nombres de personajes que cierta vez saltaron desde un libro a mi cabeza para perderse por los revueltos archivos de mi memoria.
Desde luego, no es una ‘Maga’, ni siquiera una ‘Teresa’ o una ‘Sabina’. Sin embargo, 'Reiko' me ha acompañado durante unos cuantos días y ella ha sido, sin duda, lo más interesante de ‘Música’, la novela de Yukio Mishima que acabo de terminar.
Por lo general, con lo japonés me sucede que o bien me apasiona o bien me aburre soberanamente. Sin embargo, la novela de este autor nipón –que a punto estuvo de conseguir el Nobel de Literatura en 1968 y que acabó suicidándose haciéndose el hara-kiri- no me ha conducido a ninguno de estos dos extremos. Más bien me ha dejado con la sensación de no haber dado con el más brillante de sus títulos y con la impresión de que quizá merece que le dé una nueva oportunidad, aunque sólo sea por haberme presentado a ‘Reiko’.
 
Un cuento