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DelOtroLado
Nadie muere la víspera
Acerca de
Why have you stayed/ Away so long, why have you only/ Come to me late at night/ After walking for hours in wind and rain?
Sindicación
 
Juanita Catástrofe
¡Señoras y señores, pasen y lean¡ sobre la adorable criatura de la que el polaco Jerzy Pilch, en Casa del Ángel Fuerte, escribe lo siguiente:
'Juanita Catástrofe era alta, hermosa y prudente. Nada más que virtudes. Además, cosa que para mí tiene una importancia primordial, vestía de primera y usaba cosméticos de primera. Sin embargo, Juanita Catástrofe entraba en casa y... ¡zas¡ el abriguito, ¡zas¡ los zapatitos, ¡zas¡ el bolsito. Así pues, tras un cuarto de hora de actividad de Juanita sobre mi territorio (el suyo, un dormitorio de soltera en una mansión en las afueras, no se puede describir), comenzaba el..., en un primer acto reflejo iba a escribir apocalipsis, pero no, no, porque esto, en primer lugar sonaría demasiado gracioso para mi gusto -el apocalipsis tras la catástrofe-, en segundo lugar, no será la verdad; no empezaba el apocalipsis, sino el carnaval, cien veces, por cierto, más molesto que el mismísimo apocalipsis, pues tras el apocalipsis seguramente no habría nada que limpiar; tras el paso de Juanita Catástrofe mis pertenencias y yo tardábamos mucho tiempo en recuperarnos.
¡Zas¡ la bufanda, ¡zas¡ el pañuelo, ¡zas¡ la taza, ¡zas¡ la blusa, ¡zas¡ el periódico, ¡zas¡ el libro, ¡zas¡ la falda. [...]
Si este tumulto fuera al menos signo de una voraz sensualidad, no estaría tan mal. Nuestros ansiosos cuerpos se lanzan el uno contra el otro, se arrancan el vestuario y, como en una película de amor francesa o norteamericana, los zapatos de tacón, el vestido, las medias, la camisa, los vaqueros negros, las bragas de encaje y los calzoncillos tipo bóxer que yacen sobre la frondosa alfombra esmeralda señalan el camino que lleva a la cama hollywoodiense. Pero Juanita formaba caos en torno a ella, no sólo camino de la cama. Precisamente camino de la cama formaba (formábamos) un caos menor; nuestra sensualidad era voraz, pero los dos conocíamos los principios del arte, y para potenciarla moderábamos la voracidad, primera regla: nada de prisas.' [...]
'-Juanita, te quiero en el caos, te quiero entre todas tus desparramadas cosas.'
 
Nunca, o casi nunca, en casa
Leo mucho, todo lo que puedo, y nunca, o casi nunca, en casa (por falta de tiempo): soy uno de esos autómatas que en los vagones, en los andenes de las estaciones de trenes de cercanías y en los pasillos del metro andan pegados a un libro. Y me cunde. Tanto es así que ya estoy con un nuevo título entre las manos, Casa del Ángel Fuerte, de Jerzy Pilch. Sí, sí, también editado por El Acantilado. Literatura polaca en esta ocasión.
Después de la Luchadora de Sombras, de Inka Parei (alemana), devoré un libro de relatos de Peter Stamm (suizo), Lluvia de Hielo.
La Luchadora... cuenta el día a día de Hell, una superviviente en un Berlín recién unificado que se asemeja a una ciudad fantasma. El libro abre distintos frentes que jamás cierra y sobre los que todavía estoy dando vueltas. Atmósfera decadente de paisaje de post-guerra nuclear.
Por su parte, Lluvia de Hielo es un conjunto de cuentos que va de menos a más, al menos si seguimos el orden que nos propone el autor. De la mano de unos primeros cuentecitos de presentación -demasiado livianos para mi gusto- llegamos a los últimos relatos del volumen, que son los que nos dejan con buen sabor de boca y con ganas de más. El último, el que da título al libro, impresionante.
Leo mucho, todo lo que puedo, nunca lo suficiente.
 
Sé que hablabas en serio
Desde hace mucho tiempo me acompaña la imagen de una fotografía tuya que jamás tomé y que jamás se ha hecho. Aunque su insistente presencia la ha convertido en algo de lo más real, lo cierto es que sólo existe en mi mente.
Se trata de un retrato en blanco y negro en el que apareces sentada en el café Barbieri de Lavapiés. En él, miras de frente a la cámara con la barbilla ligeramente alta y el pelo suelto.
Siempre que pienso en ti veo esta no-fotografía e, incluso, cuando estoy contigo la veo.
Sostienes un cigarro encendido en tu mano derecha y apoyas el codo derecho en la mesa de mármol ante la que estás. El humo del tabaco zigzaguea, pero no por delante de tu cara, y se escapa por la esquina superior del recuadro que te enmarca. A tu espalda, un espejo picado. Delante de ti, alineados horizontalmente, tres cafés y un paquete de rubio.
En ésta, la versión A de la inexistente instantánea, es de día y por la ventana de tu izquierda entra la luz de la sobremesa de un frío invierno.
Existe una versión B de esta aparición, que a veces se cuela en mi cabeza y se solapa durante unos segundos con la anterior -con la oficial-. De ella se diferencia únicamente
en el hecho de que los cafés han sido sustituidos por una copa de vino tinto en cuyo borde hay marcas de labios; y en que es de noche y, por lo tanto, la luz que hay a tu izquierda, muy difuminada, proviene de un viejo aplique de pared.
En ambas versiones muestras esa máscara de ‘femme fatale’ que tanto me gusta y, aunque no sonríes, parece que lo haces.
 
Eso fue ayer
-¿Cuánto...? –preguntabas con insistencia.
-Tanto y más, y lo sabes –contestaba agotado, harto de buscar sin fortuna las palabras exactas.
Recuerdo que siempre acababa atrapando algunas frases biensonantes que te medio contentaban, pero que a mí se me hacían insuficientes.
-¿Cuánto...?
-Un poco menos de lo que te mereces y mucho más de lo que imaginas –te decía, y esas dos tonterías, como las otras mil tonterías que te ofrecí, actuaban como una breve anestesia que te aplacaba y que a mí no me servía.
-¿Cuánto...? –volvías a la carga.
-Usted perdone, pero sólo soy un vendedor de humo -Me rebelaba contra la imposibilidad de hallar la fórmula exacta. No lograba dar con ella y tu pregunta me acompañaba como un dedo acusador allá por donde iba, incansable.
Quizá creías que era bueno que no diera con la combinación perfecta, así te asegurabas que siempre te tenía en la cabeza. Y te tenía. Quizá sospechabas que no te quería contentar, pero lo quise. Quizá te divertía verme fracasar una y otra vez.
-Anda, dime –suplicabas melosa intentado contactar con mis ojos.
-Sigo buscando, en serio –respondía yo.
 
Seguir viviendo...
“Seguir viviendo debe ser ese paso que se da apretando los dientes por el dolor de la mordedura de un perro en el hombro, con el pie bailando en la sandalia, atravesando la zona verde de Kiehlufer, ese paso seguido de otro paso, de otro y de otro. Crecer no es otra cosa que seguir caminando, dividir el tiempo de piedra en piedra y de hoja en hoja”. Inka Parei, 'La luchadora de sombras'.
 
'Yo y mi incapacidad'
Hace un par de días que terminé de leer ‘Yo y Kaminski’, de Daniel Kehlmann, un tipo de sólo 30 años a quien señalan como una de las más interesantes voces de la literatura alemana actual. Escribe de una manera tan sencilla que hace pensar que cualquiera con cierta coherencia expositiva podría convertirse en escritor y lograr elogiosas críticas hablando de cualquier tema.
Antes, encontrarme con esta clase de libros me gustaba porque me daba esperanzas; ahora, me molesta porque me recuerda mi incapacidad para realizar una cosa tan aparentemente simple.
El libro cuenta cómo un joven ambicioso, Sebastian Zöllner, carente de escrúpulos, trata de convertirse en biógrafo de un famoso, viejo y enfermo pintor -medio olvidado-, con la esperanza de que la próxima muerte del artista convierta el futuro libro sobre su vida en un éxito de ventas. Zöllner se nos presenta como uno de esos ‘trepas’ sin moral que pululan cada día por nuestro entorno para ir descubriendo poco a poco que no es más que un infeliz sin suerte y sin rumbo. A Zöllner primero se le odia y luego se le compadece.
¡Cómo me gustan las historias de perdedores!
Mi nueva apuesta... ‘La luchadora de sombras’, de Inka Parei, otra joven voz alemana.