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DelOtroLado
Nadie muere la víspera
Acerca de
Why have you stayed/ Away so long, why have you only/ Come to me late at night/ After walking for hours in wind and rain?
Sindicación
 
También es posible otro tipo de música
La música de los gitanos del este y de los Balcanes, el klezmer judío, los sonidos circenses y los de cabaret... El piano ardiendo>> es un muy reciente hallazgo.
 
Otra televisión es posible


¡BUENÍSIMO!
 
Shakespeare and Company, la librería más famosa del mundo
Dicen de la Shakespeare and Company que la es la librería más famosa del mundo, refugio y punto de encuentro de célebres y de no tan célebres escritores -desde el París de entreguerras hasta nuestros días- y lugar desde donde su fundadora, Sylvia Beach, dio a conocer al mundo ‘El Ulises’ de James Joyce (obra clave de la literatura universal, según todos los manuales, que confieso no haber leído aún).
Qué mejor momento que el Día del Libro para conocer, aunque sea mediante un paseo virtual, este lugar mítico en la actualidad y la historia que lo rodea. Curiosamente, la actual propietaria del establecimiento, una joven de 24 años, se llama como su primera propietaria y eso que no son familia.
En la fotografía aparecen la misma Sylvia Beach y Joyce en la puerta de la librería original.
 
El vicio sin castigo
'Uno no lee para aprender, ni para saber más, ni para escaparse. Uno lee porque la lectura es un vicio perfectamente compatible con la escasez de medios, con la falta de esa audacia que otros vicios requieren, y, más importante todavía, con la absoluta pereza.'

Antonio Muñoz Molina, El vicio sin castigo, El País Semanal (18-12-2005)
 
Bohumil Hrabal y las posaderas estampadas de Zdenicka
Bohumil Hrabal>> murió en febrero de 1997 al caer del quinto piso del hospital donde se recuperaba de una enfermedad que no parecía grave, mientras daba de comer a las palomas en la ventana (¿Suicidio?). Su adiós a este mundo fue digno de un posible adiós del protagonista de alguno de sus libros.

La primera vez que oí hablar de él debió ser porque se puso de moda puesto que los famosos de todo tipo a quienes se les preguntaba por un autor o un libro recomendaban sin dudar uno de los suyos o uno del húngaro Sandor Marai.
Sin embargo, no fue hasta que un amigo estadounidense me lo recomendó que me decidí a leer algo de Hrabal. Luego, supe por una fuente más que cercana que el tipo era una gran figura en la República Checa y en Eslovaquia.
Mi encuentro literario con Hrabal se produjo a través de ‘Una soledad demasiado ruidosa’. Hanta, su protagonista, es un personaje absolutamente inolvidable.
A pesar de que el libro me encantó, he dejado pasar algún que otro año para volver a zambullirme en su obra. Esta vez, opté por su libro más conocido, ‘Trenes rigurosamente vigilados’, cuya versión cinematográfica, dirigida por Jiri Menzel, mereció un Oscar de Hollywood en 1967.
Como consecuencia de esta más que recomendable lectura, me persigue incansable, desde hace días, la imagen del factor Hubicka levantando las faldas de la telegrafista Zdenicka, en plena Segunda Guerra Mundial y en la soledad de una noche estrellada, para estamparle en las nalgas todos los sellos de la estación de ferrocarril en la que trabajaban.
Aunque ‘Trenes rigurosamente vigilados’ pienso que es mejor para iniciarse en el universo Hrabal, personalmente me quedo con ‘Una soledad demasiado ruidosa’.
 
Warszawa y otros enigmas más complicados
Tengo un amigo, enamorado de las ‘grafías eslavas’, que retiene mentalmente los nombres de los puntos geográficos que, escritos, se cruzan en su día a día. Mientras más extraño suene el lugar mejor, sospecho. Dice que una sensación de desconocimiento, de duda, le obliga a memorizar todos esos lugares que salen a su paso.
‘Me da la impresión de que todos esos nombres (digo todos porque es un ejercicio que practico desde años, sobre todo en los viajes por carretera) son como puntitos perdidos en la inmensidad de una galaxia oscura. Lejanísimos ¡Qué no existen¡’, afirma.
Es como ‘si alguien ( una especie de demiurgo aburrido) se dedicara a estamparlos en sitios -como los camiones- para entretenernos. Es un enigma localizarlos. ¿Existirán de verdad?, ¿dónde?, ¿cómo serán?, ¿qué hará la gente un domingo por la tarde en esos sitios?’.
Mi amigo, luego, no se queda tranquilo hasta que sitúa el nombre apresado en un mapa, o en Google, que, asegura, ‘es también como una gran galaxia a la que te tiras sin paracaídas con la seguridad de que acabarás aterrizando suavemente sobre el lugar que buscas’.
Hace unos días, este extraño individuo se topó con un camionero extranjero que le preguntó por una dirección. En la lona del trailer que éste conducía leyó 'Warszawa'>>. Esta vez, como el nombre le era más que familiar y, no siendo demasiado consciente del grado que ha alcanzado su enfermedad –creo yo-, retuvo hasta la calle donde se ubicaba la empresa propietaria de la carga transportada.
Como acabo de hablar con mi amigo y lo encontré sosegado, estoy seguro de que ya habrá tenido tiempo de descifrar el enigma polaco que se le planteó de buenas a primeras.
Mi amigo es como un niño, que mira con ojos nuevos el mundo que le rodea. Yo, de forma nada natural, me esfuerzo para que me importe dónde coño está Cabra del Santo Cristo>>, por ejemplo. Me resisto a reconocer que puedo cruzarme con un nombre así y seguir viviendo en mi ignorancia geográfica como si tal cosa.
 
¡Ponga un caracol en su vida! ¿Estoy como una puta cabra?
Desde hace un mes tengo una mascota en casa. Ni perro ni gato, sino que, acorde con el tamaño de mi apartamento, se trata de un caracol helix aspersa, un caracol de jardín, valenciano para ser más preciso, sin papeles pero con pedigrí, a buen seguro.
No fue algo premeditado el hecho de que Ninot –que así se llama el bicho- haya pasado a formar parte de la familia, pero el caso es que transcurrido un tiempo de haber compartido espacio vital con él se ha disipado en mí la primigenia idea de soltarlo en el parque del Retiro, una vez que se hubiera recuperado de la grave lesión de caparazón con la que llegó a casa de mis padres, adosado a los bajos de una coliflor.
Ya se sabe que el roce hace el cariño y con Ninot se ha establecido una impensable y especial relación: parece reaccionar cuando se le habla -gira su cuerpo-, ha cogido confianza y ya no se esconde ni cuando se le toca y el hecho de observar su comportamiento con minuciosidad ES DE LO MÁS RELAJANTE. Ayer, hasta caminó baboseando sobre mi dedo, mientras yo miraba al trasluz aquel curiosísimo cuerpo frío que tenía adherido con fuerza a mi índice.
Con la llegada de Ninot a mi hogar, han llegado también preguntas del tipo: ¿se me estará yendo la olla? ¿estoy más p’allá de lo habitual? No, no estoy pirado, creo. Por otra parte, también han llegado las consultas a los libros en busca de cualquier tipo de información sobre los moluscos gasterópodos; y las búsquedas en Internet, donde hay abundante información sobre helicicultura.
Y lo curioso es que no hace mucho me reía de un amigo de mi hermana que se dedica a pintar de diferentes y chillones colores las conchas de los caracoles del jardín de la casa de su madre para distinguirlos claramente unos de otros y observar su comportamiento. El tipo hablaba con un cariño casi ridículo de esa especie de extraterrestes babosos y disertaba sobre los beneficios que nos produce la contemplación de las pequeñas cosas de la vida.
También sé de otro tipo que explota a estos bichos artísticamente: una de sus obras consistió en poner pequeños pintalabios en las conchas y dejar a los caracoles recorrer a sus anchas un papel en blanco, al tiempo que fotografiaba el proceso creativo; en otra ocasión, cubrió una bola del mundo con falsos billetes verdes y la llenó de caracoles, que poco a poco se iban comiendo el dinero; otra de sus instalaciones consistió en cambiar el relleno de espuma del colchón de muelles de una cama por un montón de caracoles, cubrir los muelles con papel y contemplar durante un buen montón de días cómo los animalitos devoraban el papel, rodeados de un cerco de sal para evitar que se escaparan, etc, etc...
En fin, los caracoles, esos apasionantes animalillos.
 
Ana Juan


Descubrí a Ana Juan antes de saber quién era, cuando algunos de los artículos que leía en el dominical de El País venían ilustrados magníficamente por una serie de dibujos de marcado estilo propio. Luego vino aquel cartel de la Mostra de Cine de Valencia que colgué en mi habitación durante años y que aún conservo en un armario. Más tarde, le perdí la pista durante un tiempo y no fue hasta ver de nuevo aquellos más que reconocibles dibujos suyos en las páginas de El Mundo, esta vez, cuando por fin los asocié al nombre de su autora. Con Internet fue mucho más fácil averiguar más cosas sobre aquella ilustradora cuya obra hacía años que me llevaba fascinando. Después llegó lo de su éxito internacional, las entrevistas en las revistas, sus propios libros... Visitar su web es un placer.
 
A las que amamos
A Aleksankar Tisma, autor de padre serbio y madre húngara, le debo mis últimos momentos de lectura. En 'A las que amamos' retrata -con aparente alejamiento- el día a día de una enorme variedad de meretrices, de alcahuetas, y el de sus 'respetables' clientes: ellas, consumidas por la pobreza; ellos, víctimas de un deseo insaciable.