Carteles soviéticos

Siempre me gustaron los carteles propagandísticos y los símbolos soviéticos, por pura estética dejemos este asunto bien claro.
En el blog sovietposters no sólo ofrecen uno a diario, sino que encima lo explican y contextualizan.
Hace un año y medio pude ver en persona algunos carteles de este tipo en la Fundación Caja Madrid y la verdad es que no me defraudaron en absoluto.
El consumo durante mi adolescencia de muchas películas ambientadas en la época de la Guerra Fría, lo mismo que las clases de historia sobre la Revolución Rusa, han debido de dejar una profunda huella en mí; todo lo referente a la extinta Unión Soviética me atrae.
La visita que realicé a Rusia en 1991 vino a sellar definitivamente ese enamoramiento simbólico. Impresionante el paseo por el Kremlin, la línea blanca que no se podía traspasar en la Plaza Roja, el silencio que te obligaban a guardar en el mausoleo de Lenin, subir en el Aurora, la escalinata de entrada del palacio de los zares por la que los bolcheviques ascendieron como locos en 1917, los pins, los mercadillos de ropa del Ejército.
Mi chica, cuando me pongo pesado y le insito, me canta La Internacional y el himno soviético en ruso...
Beniardà
Al fin tuve mis vacaciones. Cuatro días mal contados, pero que cundieron como un mes. Acudí al lugar que puede constituirse en mi retiro espiritual anual, tan cerca del mundo y tan lejos de todo a la vez. Comí de maravilla, no probé el agua en cuatro días, disfruté de las gélidas aguas de un río, hice piragüismo, jugué al ping pong depués de década y media sin hacerlo, leí por fin un libro de Vila-Matas y me aboné a unas largas y tardías siestas en hamaca, en un porche que miraba a la montaña y al pantano de Guadalest.
Sí, la visión de mis pies mientras me balanceaba en una hamaca puede ser la imagen de mis días de asueto.
Inmejorable compañía, la promesa cumplida de los paparajotes, el descubrimiento del alficoz, la novedad de Gael, un Caribe domésico...
Sí, la visión de mis pies mientras me balanceaba en una hamaca puede ser la imagen de mis días de asueto.
Inmejorable compañía, la promesa cumplida de los paparajotes, el descubrimiento del alficoz, la novedad de Gael, un Caribe domésico...
Etiquetas: vacaciones
Hay series que no deberían ser enterradas
Hace tiempo que hablé por aquí de A dos metros bajo tierra (Six Feet Under) y ya entonces no dudé en declararme seguidor incondicional de esta serie de la HBO. La semana pasada por fin vi los capítulos finales de la misma y, sin duda, me reitero en la afirmación de que es una de las mejores que jamás haya visto.
Incomprensible, aunque no inesperado (ya nos tienen acostumbrados), el castigo horario al que la han sometido durante sus distintas temporadas los programadores de la 2, incansables en su afán de maltratarla y de burlarse de los fieles de la familia Fisher alterando no sólo su horario, sino su emisión, sin el mínimo aviso previo.
Aunque se haya acabado, lo huecos veraniegos en la parrilla televisiva han provocado que en la 2 la sigan emitiendo, han vuelto de nuevo con los primeros capítulos (sí, después del último pasaron, sin solución de continuidad, el primero). No sé cuánto durará, aunque, de momento, el capricho de los directivos de TVE permite que sigamos disfrutando de unos guiones ingeniosos y de unos personajes peculiares tan sólo en apariencia (se parecen mucho más a nosotros de lo que pudiera parecer a primera vista).
Cualquier capítulo es significativo por sí solo y se deja ver muy bien como unidad desgajada de su todo. No hay que desaprovechar la ocasión si nos topamos casualmente con unos minutos de esta gran obra maestra.
Humor, drama, filosofía de bolsillo, absurdo, realismo mágico, unos actorazos, buena música (el tema principal es obra de Thomas Newman); de todo podemos encontrar en A dos metros..., excepto chabacanería, clichés y situaciones mil veces vistas en otras mil series.
Hay un millón de reflexiones y de frases que valdría rescatar de los 63 episodios que la forman. Yo tan sólo me dedicaré a destacar dos momentos de los últimos 42 minutos.
En el primero, Ruth, la madre de la familia, le grita a un sacerdote que trataba de consolarla: "¡Dios es un gilipollas¡"
En el segundo, Claire, la hija, le dice a un amigo (no textual): Prométeme una cosa, prométeme que si, finalmente, esos asesinos deciden enviarnos a Irak tú escaparás, te irás a Canadá, eres demasiado bueno...
Muertos, aparecidos, marihuana, infidelidades, miserias, ninfómanas, rebeldes
El máximo responsable de la serie es Alan Ball, autor también del guión de la muy celebrada American Beauty, y quien ya tiene preparada su nueva creación televisiva, True Blood.
Aquí está la parte final del último capítulo, donde se ve cómo mueren todos los personajes...
Incomprensible, aunque no inesperado (ya nos tienen acostumbrados), el castigo horario al que la han sometido durante sus distintas temporadas los programadores de la 2, incansables en su afán de maltratarla y de burlarse de los fieles de la familia Fisher alterando no sólo su horario, sino su emisión, sin el mínimo aviso previo.
Aunque se haya acabado, lo huecos veraniegos en la parrilla televisiva han provocado que en la 2 la sigan emitiendo, han vuelto de nuevo con los primeros capítulos (sí, después del último pasaron, sin solución de continuidad, el primero). No sé cuánto durará, aunque, de momento, el capricho de los directivos de TVE permite que sigamos disfrutando de unos guiones ingeniosos y de unos personajes peculiares tan sólo en apariencia (se parecen mucho más a nosotros de lo que pudiera parecer a primera vista).
Cualquier capítulo es significativo por sí solo y se deja ver muy bien como unidad desgajada de su todo. No hay que desaprovechar la ocasión si nos topamos casualmente con unos minutos de esta gran obra maestra.
Humor, drama, filosofía de bolsillo, absurdo, realismo mágico, unos actorazos, buena música (el tema principal es obra de Thomas Newman); de todo podemos encontrar en A dos metros..., excepto chabacanería, clichés y situaciones mil veces vistas en otras mil series.
Hay un millón de reflexiones y de frases que valdría rescatar de los 63 episodios que la forman. Yo tan sólo me dedicaré a destacar dos momentos de los últimos 42 minutos.
En el primero, Ruth, la madre de la familia, le grita a un sacerdote que trataba de consolarla: "¡Dios es un gilipollas¡"
En el segundo, Claire, la hija, le dice a un amigo (no textual): Prométeme una cosa, prométeme que si, finalmente, esos asesinos deciden enviarnos a Irak tú escaparás, te irás a Canadá, eres demasiado bueno...
Muertos, aparecidos, marihuana, infidelidades, miserias, ninfómanas, rebeldes
El máximo responsable de la serie es Alan Ball, autor también del guión de la muy celebrada American Beauty, y quien ya tiene preparada su nueva creación televisiva, True Blood.
Aquí está la parte final del último capítulo, donde se ve cómo mueren todos los personajes...





