Sachs vuela en medio del caos
Me manejo a la perfección por el territorio del caos, como quien vuelve a pasear al cabo de 20 años por las calles de la que fue su ciudad y utiliza sin vacilar los atajos de siempre para ir de un lugar a otro.
Estoy solo en la ciudad y hace días que no cruzo palabra alguna con nadie en persona. Este anhelado y también temido aislamiento ha sido el que me ha permitido sumergirme en el libro que tenía entre manos como hacía mucho tiempo que no podía hacerlo, así que acabé con 'Leviatán' de Paul Auster de la manera voraz e insana con la que el hambriento sacia el vacío que siente en su estómago aún a sabiendas de que luego le llegará el dolor.
Durante estas soledades, periódicas, en las que P. y A. me abandonan, mis rutinas cambian de manera radical: la noche se convierte en mi día, las mañanas se juntan casi con las tardes y todo a mi alrededor se expande en un desorden necesario tal y como se expanden las abundantes carnes oprimidas -durante demasiado tiempo- por una faja de vieja en el momento de ser liberadas; los platos se acumulan en el fregadero, las comidas son sólo de subsistencia, la ropa sucia se amontona en el cesto del cuarto de baño y mi aspecto se asemeja tanto al de un ermitaño bíblico como al del mendigo que en la plaza dormita el día entero en un resquicio de sombra; por los mismos secretos caminos por los que se cuelan en mi hogar algunas hormigas supongo yo que deben entrar también las pequeñas dosis de mala conciencia que acaban por acorralarme y por obligarme a poner todo en su orden habitual un día cualquiera. Tan sólo con la amenaza de perder el tiempo enganchado a la televisión, en estos periodos mi yo se diluye entre el leer y el escribir e, incluso, en mis paseos de pretendida desintoxicación ando perdido entre las historias ajenas y la maldita hoja en blanco.
Sachs, Benjamin Sachs, vuela en mil pedazos en la novela de Auster, en una perdida carretera de Wisconsin, como un Quijote sin Sancho, esto es, con la soledad de los héroes, que nada tiene que ver con mi soledad.
Estoy solo en la ciudad y hace días que no cruzo palabra alguna con nadie en persona. Este anhelado y también temido aislamiento ha sido el que me ha permitido sumergirme en el libro que tenía entre manos como hacía mucho tiempo que no podía hacerlo, así que acabé con 'Leviatán' de Paul Auster de la manera voraz e insana con la que el hambriento sacia el vacío que siente en su estómago aún a sabiendas de que luego le llegará el dolor.
Durante estas soledades, periódicas, en las que P. y A. me abandonan, mis rutinas cambian de manera radical: la noche se convierte en mi día, las mañanas se juntan casi con las tardes y todo a mi alrededor se expande en un desorden necesario tal y como se expanden las abundantes carnes oprimidas -durante demasiado tiempo- por una faja de vieja en el momento de ser liberadas; los platos se acumulan en el fregadero, las comidas son sólo de subsistencia, la ropa sucia se amontona en el cesto del cuarto de baño y mi aspecto se asemeja tanto al de un ermitaño bíblico como al del mendigo que en la plaza dormita el día entero en un resquicio de sombra; por los mismos secretos caminos por los que se cuelan en mi hogar algunas hormigas supongo yo que deben entrar también las pequeñas dosis de mala conciencia que acaban por acorralarme y por obligarme a poner todo en su orden habitual un día cualquiera. Tan sólo con la amenaza de perder el tiempo enganchado a la televisión, en estos periodos mi yo se diluye entre el leer y el escribir e, incluso, en mis paseos de pretendida desintoxicación ando perdido entre las historias ajenas y la maldita hoja en blanco.
Sachs, Benjamin Sachs, vuela en mil pedazos en la novela de Auster, en una perdida carretera de Wisconsin, como un Quijote sin Sancho, esto es, con la soledad de los héroes, que nada tiene que ver con mi soledad.





