¡Peligro, chicles!
Hoy quiero exponer aquí una verdad como un templo, comprobada empíricamente durante meses por el pequeño bípedo con el que suelo acudir a comer desde hace un tiempo a distintos restaurantes de distintas ciudades, una verdad que hasta hoy me he resistido a creer: en la cara oculta de la mayoría de las mesas de los restaurantes, independientemente de su categoría, hay chicles pegados. Me atrevería a decir que es un mal que afecta al 90% de las mesas en las que comemos.
Como debajo de las camas o de las alfombras, hay lugares donde jamás uno debería atreverse a mirar. Sin embargo, el arrojo de mi pequeño bípedo es tan sorprendente como incontrolable el gusto que ha desarrollado por levantar manteles y echar vistazos bajo cuanta mesa desocupada se le pone a tiro en un restaurante, con el único objetivo de demostrarnos sobre el terreno lo cerdos que somos.
Dejando al margen el realismo sucio, mientras dibujaba una nevada, de la boca de mi pequeño bípedo de cuatro años ha salido hoy la siguiente lindeza: 'Mira, papá, la nieve cae como plumas de pájaro'
Como debajo de las camas o de las alfombras, hay lugares donde jamás uno debería atreverse a mirar. Sin embargo, el arrojo de mi pequeño bípedo es tan sorprendente como incontrolable el gusto que ha desarrollado por levantar manteles y echar vistazos bajo cuanta mesa desocupada se le pone a tiro en un restaurante, con el único objetivo de demostrarnos sobre el terreno lo cerdos que somos.
Dejando al margen el realismo sucio, mientras dibujaba una nevada, de la boca de mi pequeño bípedo de cuatro años ha salido hoy la siguiente lindeza: 'Mira, papá, la nieve cae como plumas de pájaro'





