Hay series que no deberían ser enterradas
Hace tiempo que hablé por aquí de A dos metros bajo tierra (Six Feet Under) y ya entonces no dudé en declararme seguidor incondicional de esta serie de la HBO. La semana pasada por fin vi los capítulos finales de la misma y, sin duda, me reitero en la afirmación de que es una de las mejores que jamás haya visto.
Incomprensible, aunque no inesperado (ya nos tienen acostumbrados), el castigo horario al que la han sometido durante sus distintas temporadas los programadores de la 2, incansables en su afán de maltratarla y de burlarse de los fieles de la familia Fisher alterando no sólo su horario, sino su emisión, sin el mínimo aviso previo.
Aunque se haya acabado, lo huecos veraniegos en la parrilla televisiva han provocado que en la 2 la sigan emitiendo, han vuelto de nuevo con los primeros capítulos (sí, después del último pasaron, sin solución de continuidad, el primero). No sé cuánto durará, aunque, de momento, el capricho de los directivos de TVE permite que sigamos disfrutando de unos guiones ingeniosos y de unos personajes peculiares tan sólo en apariencia (se parecen mucho más a nosotros de lo que pudiera parecer a primera vista).
Cualquier capítulo es significativo por sí solo y se deja ver muy bien como unidad desgajada de su todo. No hay que desaprovechar la ocasión si nos topamos casualmente con unos minutos de esta gran obra maestra.
Humor, drama, filosofía de bolsillo, absurdo, realismo mágico, unos actorazos, buena música (el tema principal es obra de Thomas Newman); de todo podemos encontrar en A dos metros..., excepto chabacanería, clichés y situaciones mil veces vistas en otras mil series.
Hay un millón de reflexiones y de frases que valdría rescatar de los 63 episodios que la forman. Yo tan sólo me dedicaré a destacar dos momentos de los últimos 42 minutos.
En el primero, Ruth, la madre de la familia, le grita a un sacerdote que trataba de consolarla: "¡Dios es un gilipollas¡"
En el segundo, Claire, la hija, le dice a un amigo (no textual): Prométeme una cosa, prométeme que si, finalmente, esos asesinos deciden enviarnos a Irak tú escaparás, te irás a Canadá, eres demasiado bueno...
Muertos, aparecidos, marihuana, infidelidades, miserias, ninfómanas, rebeldes
El máximo responsable de la serie es Alan Ball, autor también del guión de la muy celebrada American Beauty, y quien ya tiene preparada su nueva creación televisiva, True Blood.
Aquí está la parte final del último capítulo, donde se ve cómo mueren todos los personajes...
Incomprensible, aunque no inesperado (ya nos tienen acostumbrados), el castigo horario al que la han sometido durante sus distintas temporadas los programadores de la 2, incansables en su afán de maltratarla y de burlarse de los fieles de la familia Fisher alterando no sólo su horario, sino su emisión, sin el mínimo aviso previo.
Aunque se haya acabado, lo huecos veraniegos en la parrilla televisiva han provocado que en la 2 la sigan emitiendo, han vuelto de nuevo con los primeros capítulos (sí, después del último pasaron, sin solución de continuidad, el primero). No sé cuánto durará, aunque, de momento, el capricho de los directivos de TVE permite que sigamos disfrutando de unos guiones ingeniosos y de unos personajes peculiares tan sólo en apariencia (se parecen mucho más a nosotros de lo que pudiera parecer a primera vista).
Cualquier capítulo es significativo por sí solo y se deja ver muy bien como unidad desgajada de su todo. No hay que desaprovechar la ocasión si nos topamos casualmente con unos minutos de esta gran obra maestra.
Humor, drama, filosofía de bolsillo, absurdo, realismo mágico, unos actorazos, buena música (el tema principal es obra de Thomas Newman); de todo podemos encontrar en A dos metros..., excepto chabacanería, clichés y situaciones mil veces vistas en otras mil series.
Hay un millón de reflexiones y de frases que valdría rescatar de los 63 episodios que la forman. Yo tan sólo me dedicaré a destacar dos momentos de los últimos 42 minutos.
En el primero, Ruth, la madre de la familia, le grita a un sacerdote que trataba de consolarla: "¡Dios es un gilipollas¡"
En el segundo, Claire, la hija, le dice a un amigo (no textual): Prométeme una cosa, prométeme que si, finalmente, esos asesinos deciden enviarnos a Irak tú escaparás, te irás a Canadá, eres demasiado bueno...
Muertos, aparecidos, marihuana, infidelidades, miserias, ninfómanas, rebeldes
El máximo responsable de la serie es Alan Ball, autor también del guión de la muy celebrada American Beauty, y quien ya tiene preparada su nueva creación televisiva, True Blood.
Aquí está la parte final del último capítulo, donde se ve cómo mueren todos los personajes...
Comentario:
Gracias





