Monarquía y ventosidades
"Ya me puedo morir tranquilo -dijo J. sonriendo de oreja a oreja- , me acabo de tirar un señor pedo y se lo ha comido casi todo un Borbón. Lo siento por la parte que os haya podido tocar..."
Todo sucedió hace unas semanas, en una recepción en el palacio del Pardo, cuando J., un servidor y nuestras respectivas esposas tuvimos al rey Juan Carlos degustando una copa de vino tinto pegado a nosotros, codo con codo, durante un buen rato.
J. aprovechó la ocasión para lanzar una silenciosa ventosidad republicana contra el monarca.
No tardó en reivindicar su atentado gaseoso. Irradiaba felicidad.
¿Qué será más delito, quemar una fotografía del Rey, hacerle protagonista de una caricatura irreverente o lanzarle a traición un cuesco? ¿Y lo más gracioso?
Dice Paul Auster en las primeras páginas de Brooklyn Follies: "Jamás debe reconocerse un pedo en público. Ésa es la ley no escrita, la única norma protocolaria que debe seguirse estrictamente en la etiqueta norteamericana. Los pedos no salen de nadie ni de ningún sitio en concreto; son emanaciones anónimas que tienen su origen en el conjunto del grupo, y aunque hasta el último de los presentes pueda señalar al culpable, la única actitud sensata consiste en negarlo".
J. aún se debe estar riendo...





