A. y la felicidad
Extrañamente, y pese a la esencial importancia que tiene en mi vida, tras haber hecho referencia a ella en el post anterior me he dado cuenta de que he nombrado muy poco a A. en este blog.
Para saldar esa deuda, seguramente producto de unos celos inconscientes que me han llevado a guardar para mí solo los buenísimos momentos que A. me proporciona, me gustaría compartir este instante de suma felicidad que viví con ella hace no mucho tiempo:
"Hoy acabé en una vieja taberna del centro con una acompañante 30 años menor. Llegamos de la mano al local, intercambiando sonrisas y acaparando miradas. 'Es lo que tiene la diferencia de edad y la belleza de mi pareja, que son muy escandalosas' -me dije.
Tomé un vermú de grifo, ella un vaso de agua. No hubo brindis por lo de la mala suerte y después de compartir una croqueta de bacalao y algo de conversación pagué.
Antes de salir por la puerta, mi acompañante se giró y mandó varios besos a uno de los camareros; yo hice como si no me hubiera dado cuenta.
Una vez en la calle, volvimos a caminar de la mano, esta vez en silencio. Íbamos felices, como dos amigotes que vuelven a casa después de haber estado de borrachera. Nos miramos y supimos que estábamos tremendamente orgullosos por haber tomado nuestra primera ‘copa’ juntos.
Unas decenas de metros más allá, después de haber echado dinero a un violinista callejero, A. me pidió que la cogiera en brazos."
Para saldar esa deuda, seguramente producto de unos celos inconscientes que me han llevado a guardar para mí solo los buenísimos momentos que A. me proporciona, me gustaría compartir este instante de suma felicidad que viví con ella hace no mucho tiempo:
"Hoy acabé en una vieja taberna del centro con una acompañante 30 años menor. Llegamos de la mano al local, intercambiando sonrisas y acaparando miradas. 'Es lo que tiene la diferencia de edad y la belleza de mi pareja, que son muy escandalosas' -me dije.
Tomé un vermú de grifo, ella un vaso de agua. No hubo brindis por lo de la mala suerte y después de compartir una croqueta de bacalao y algo de conversación pagué.
Antes de salir por la puerta, mi acompañante se giró y mandó varios besos a uno de los camareros; yo hice como si no me hubiera dado cuenta.
Una vez en la calle, volvimos a caminar de la mano, esta vez en silencio. Íbamos felices, como dos amigotes que vuelven a casa después de haber estado de borrachera. Nos miramos y supimos que estábamos tremendamente orgullosos por haber tomado nuestra primera ‘copa’ juntos.
Unas decenas de metros más allá, después de haber echado dinero a un violinista callejero, A. me pidió que la cogiera en brazos."
Comentario:
Que maravilla, esas primeras veces que nunca se borran.
Besos
Besos





