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Desahogos
Pequeños grandes desahogos con la mayor asiduidad posible...
Para cualquier cosilla: morganabn@hotmail.com (sólo se pide que se especifique bien el asunto)
 
Como dijo Terminator..... VOLVERÉ y aquí estoy
Hola a todos!!!
Aquí estoy de nuevo para quitarle las telarañas a este blog tan oxidado.
Para los que alguna vez me han leído (que desgraciadamente sé que sois pocos, no me engañais...) sólo decir que vuelvo a estar conectada, este año espero escribir muchísimo más a menudo y, si tú, cibernauta perdido, en algún momento has echado de menos un post mío (cosa que no veo muy provable), gracias, no sabes lo que eso significa para mí.

En fin, hace tanto que no escribo que no se ni por donde empezar.
Este verano me han pasado cosas muy curiosas; desde las palizas de un tío enorme que se decía fisioterapeuta o pasar un verano entero por primera vez en mi vida en la playa y sólo bañarme un par de veces, hasta que mis ex-compañeras me echen del piso.
Todas estas cosas y muchas otras espero poder irlas escribiendo poco a poco en forma de posts (o postes o como se diga). Y también procuraré que mis posts no sean tan negativos o deprimentes como muchos de los que acabo de leer después de tanto tiempo.

Este es un comienzo, creo, así que:

Bienvenida Morgana!!!

(Gracias chicos)
 
Y luego desperté...
Acudí a su casa con unos amigos comunes. En teoría sólo íbamos a ver una película, pero acabamos quedándonos a cenar. Cuando comenzaron a aparecer en la oscura pantalla del televisor los títulos de crédito se levantó acalorado del sofá y salió como pudo, saltando entre los cuerpos medio dormidos de la gente que estaba tirada por el suelo porque ya no cabía en los escasos asientos disponibles.
Se dirigió hacia la cocina que estaba justo detrás del salón, pared con pared, y encendió la luz de la sala mientras nos llamaba la atención a los demás: "Venga, ¡espabilad!, que voy a hacer la cena"
Comencé a notar su falta inmediatamente, como si se hubiese abierto un frío espacio vació muy cerca de mí. Podía sentir que su calor ya no contribuía a templar la habitación. POr eso me levanté y, desperezándome, le seguí a la cocina.
Ya estaba sacando los ingredientes de los armarios cuando llegué, todabía bostezando, y me apoyé en el marco de la pueta. "¿Te ayudo?", le pregunté muy sinceramente, pues me daba no se qué que, además de invitarnos a casa, nos preparase la cena. "Bueno, ¿sabes hacer tacos?". "Mmmm, comida mejicana, tú si que sabes, ¿qué voy haciendo?" "Toma, ve cortándome esto". Y me entregó un cuchillo y una lechuga redonda, que yo me afané en cortar finita en el banco de la cocina frente al que estaba trabajando él.
La cocina era tan pequeña que apenas si cabían dos personas en el pasillo que formaban los muebles, y por eso rozó mi cuerpo cuando se desplazó para buscar una sartén. El roce fue inocente, pero yo no me sentí así. Un calor que empezó a brotar desde mi vulva erizó todo el bello de mi cuerpo, el sonido de las arrugas de su vaquero viejo y desgastado aguzó todos mis sentidos, su hombro rozó el mío, piel contra piel, y pude ver el tirante de su camiseta blanca por el rabillo del ojo. No pude evitar que mis mejillas enrojecieran. Mientras cocinábamos y charlábamos amigablemente, era plenamente consciente del aroma de su oscura melena apenas recogida por una cola mal hecha y de la suavidad y calor de la frontera de su nuca, justo entre su oreja izquierda y la raiz del pelo.
La segunda vez que tuvo que moverse por detrás de mí yo moví mi cadera hacia adelante para dejarle paso, pero él movió la suya hacia atrás, a propósito para volver a rozarme, y esta vez no pasó de largo, sino que se giró y me susurró al oído un tímido "perdón" que me erizó aún más el bello y me hizo soltar lo que tenía entre manos y respirar hondo. Entonces yo giré mi rostro en dirección al suyo y nos miramos fijamente durante un segundo que pareció eterno y nuestros labios se juntaron, paralizando el tiempo y reduciendo el espacio hasta ser dos cuerpos y un ser.
Sus manos rodearon mi cintura y agarraron con fuerza mi nuca, yo calvaba las yemas de mis dedos en su espalda, y la fuerza y la pasión desbordaban cada uno de los poros de mi piel. Sentía en mi rostro su respiración entrecortada, al ritmo de la mía, los dedos enredándose en mi pelo, y su falo rozándome y aumentando cada vez más. Entonces me levantó deprisa y torpemente la camiseta, que parecía adherida a mi cuerpo como una segunda piel. Yo arranqué la suya y todo lo demás desapareció de golpe. Los fluídos corrían en un torrente incontrolable, se hizo imposible diferenciar saliba y sudor, y el martilleo de los cuerpos al chocar parecía comenzar y acabar en mi sien.
Llegó un momento en que ya no sabía si me encontraba boca arriba o boca abajo, si seguía tumbada en el banco de la cocina o mi cabeza se apoyaba en el suelo. Sólo era capaz de morderme las manos y no chillar para que los otros no me oyeran.
Pero se dice que después de la tormenta siempre llega la calma, así que, después de todo, desperté...


Aprovecho con este sueño para pedir perdón a mis lectores por el retraso de blogs, pero desgraciadamente me sobra el trabajo y no el tiempo...
 
ReFlexiones
Qué honda desesperación pende sobre nosotros cuando no sabemos qué hacer. Qué impotencia, qué prisa, qué tremenda preocupación.
A veces suceden cosas terribles y nadie puede explicarse la razón; salvo unos pocos. Ojalá yo ahora me encontrase entre esos pocos.

Toda mi vida, desde que comencé a cruzar el humbral de la adolescencia, en ese largo camino a la madurez, he vivido a la sombra de otros. Aunque quizás para el resto fueso yo el hito provocador de sombra.
Sin embargo, las experiencias de la vida me han armado con un fuerte caparazón de paciencia, de posble sumisión, quizás simple humanidad y, (aunque suene altanero), bondad.

Y es que no puedo evitar el hecho de preocuparme e intentar ayudar a aquellos que me importan, aunque a veces en mi intento de ayuda acabe por dañar involuntariamente al que suponía ayudado y, en última instancia (a veces también en primer lugar) acabo por añadir otro pequeño avance a mi propia autodestrucción.

A veces me olvido de mí misma y antepongo a las mías las necesidades de aquellos que realmente me importan. Perdí varios años de mi vida por seguir a un hombre. Perdí un año más por seguir a otro en su locura. Casi pierdo a mi mejor amiga en varias ocasiones por intentar abrirle los ojos (que lentamente parece que vuelve a cerrar) y hace nada de tiempo me planteé dejarlo otra vez todo por otra persona.

Sin embargo, a veces una tiene que hacer caso a los consejos que ofrece a los demás: Niña, lo importante eres tú. Y ahora añado: compagina; de nada le sirve a nadie en el mundo que tú lo dejes todo. Haz tu vida, y en esa vida haz hueco para tí, para tus amigos, para tus estudios, para un posible amor, un posible trabajo... Pero sobre todo para tí, que es lo más importante y ya engloba en sí mismo todo lo demás.

Por otro lado, está el tema del autocontrol. El autocontrol es esencial en uno mismo; unque a veces tengamos momentos de flaqueza; pero nunca hay que dejar que los demás, aquellos que no entran en nuestro espacio más íntimo, lo presencien.

¿Y quién se encuentra hoy por hoy en tu espacio más intimo? Creo que nadie, aunque en una circunferencia algo más exterior podemos tener a mamá y a R. Aquí tenemos la clave: en mamá. Quizás no sea la confidente de más fácil confianza, pero siempre será la mejor. Cometiste un error ayer al dejarte llevar y reprochar lo que no debías a quien no debías, y esta noche has vuelto a hacerlo al contar lo que no debías a quien no debías...

Dicen que de los errores se aprende, y tú ya llevas bastantes como para seguir tropezando. Contrólate y piensa SIEMPRE ANTES de actuar.
NO LO OLVIDES
APRENDE
 
Experiencias con la Muerte
El otro día un amigo me confesó que el motivo de su rareza es que su madre se muere... Y me lo dijo así, con estas mismas palabras: "Entre tú y yo; mi madre se muere"

Me quedé blanca.

Nunca se me ha dado bien reaccionar en estos casos (quizás porque por suerte no me veo envuelta en ellos muy amenudo) pero puede que desde mi última experiencia con la muerte se me de aún peor. En realidad me esfuerzo sobremanera por parecer despreocupada, pero no puedo evitar que el mazo de la preocupación presione mi cráneo cada vez que veo o escucho algo que sugiere las palabras clave muerte, dolor, cáncer, madre o el nombre de mi amigo, no lo puedo evitar. Trato de llamarle pero sólo encuentro fuerzas para mandarle un triste mensaje de ánimo que supongo que ni siquiera funcionará. Trato de que sepa que me tiene a su lado para lo que me necesite y tan sólo puedo escribirle en un sms: "sabes que estoy aquí, si necesitas cualquier cosa no dudes en pedírmelo"; y creo que esto tampoco es suficiente...

Es impotencia lo que siento porque hoy le ví, y su tez era casi transparente, los ojos rojos. Según él se acaba de levantar, pero yo creo que seguramente no ha dormido, o no ha dormido mucho, y sigo queriendo parecer despreocupada, y le digo que se anime, y luego me arrepiento porque pienso que no sirve de nada, que cada uno tiene que acallar su dolor y que con una sonrisa y un "anímate" no solucionamos nada, que en realidad es mejor un abrazo sincero y hacerle saber que puede desahogarse conmigo, pero no sé cómo decírselo...

Si alguna vez lees esto, espero que sepas que estoy contigo, que te entiendo, y perdóname por no saber reaccionar...
 
Marina
Esta mañana no estaba en el mismo rincón.

La he visto allí cada día desde aquella vez.

No sé por qué, ni cópmo, ni cuando llegó, pero allí estaba.

Aquel misterioso comienzo de otoño yo salí como cada día de casa. Copmo cada día la soledad me acompañó en mi camino hacia la monótona rutina del día a día. Como cada día subí las escaleras que elevaban mi vida al estátus de empleado del mes. Pero aquel 21 de septiembre no acabé el trayecto. Una idea iluminó mi mente y me giré.

Cuando llegué al pie de la escalera la ví. Estaba sentada frente a mí, en uno de los numerosos recovecos que forman la escultura cubista, anagrama y símbolo de la empresa en que trabajo.

Y me miraba.

Me miraba a mí.

Su joven rostro en sombras bajo la obra de arte. Una melena lacia y rubia ocultaba los ojos profundos como el oceano, los labios gruesos y dulces como el néctar de la más bella flor.

Pero me miraba con tristeza.

Toda ella era gris.

Todo su cuerpo transmitía pena. Una pena enorme.

Sus ojos brillaban inundados en lágrimas que no se atrevían a recorrer sus mejillas. Las ojeras pronunciadas desvelaban pesadas noches de insomnio. Los brazos caían sobre los pliegues de un vestido raído por el tiempo, demasiado ancho para su extrema delgadez.

No pude evitar pararme a observarla unos segundos que se hicieron eternos, tras los cuales no era capaz de recordar qué estaba haciendo allí, ni hacia dónde me dirigía ni por qué.

Retomé mi camino a la oficina sumido en la más completa ausencia de pensamiento.

Esa noche soé con la misteriosa mujer y desperté con su recuerdo a la mañana siguiente. Mientras subía las escaleras de nuevo hacia mi oficina, evité mirar atrás, pero yo sabía que estaba allí, en la misma posición. Pude verla a través de la ventana de la sala de oficinas en que trabajo. Pude verla allí la mañana siguiente, y la siguiente, y todas las mañanas.

Y cada noche soñaba con ella, mirándome.

Soñé que me acercaba a ella. Soñé que le hablaba. Soñé que la besaba. Soñé que la amaba...

Cada noche mi rutina se tornaba en una vida compartida de colores. Cada día despertaba en un sueño con su recuerdo. Cada día soñaba verla a través de mi ventana. El día se hizo noche y la noche día. La vida se hizo sueño y el sueño vida. Y mi vida transcurría como en sueños sin lugar a pesadillas.

Esta mañana desperté con una idea diferente en mi mente.

Estaba dispuesto a cumplir mis sueños, tornarlos reales. Cuando llegué al pie de la escalera paré en seco y giré sobre mis pasos decidido a hablar con ella.

Pero ella ya no era.

Ella no estaba sentada frente a mí en uno de los recovecos de la escultura.

Ella ya no me miraba.

Al mirar por la ventana no la ví.

Nadie la vió.

Desperté súbitamente de madrugada y ya nunca más...