La guerra de los mundos
Si bien no abarca directamente lo cinematográfico, cuelgo aquí unas pequeñas reflexiones sobre la adaptación de Orson Welles y Howard Koch de "La guerra de los mundos", cuya novela original fue escrita por H.G. Wells en los primeros años del siglo XX. He decidido meter este artículo en el blog porque la radio, en cuanto medio de comunicación de masas, tiene muchas similitudes con el cinematografo; además la presencia del inigualable Welles añade interés y ayuda a comprender su polifacética personalidad.
La retransmisión, el 30 de octubre de 1938, de la adaptación radiofónica de “La guerra de los mundos”, es un momento clave en la historia de los medios de comunicación de masa. Aquel pequeño programa, que duró solamente una hora, interpretado por un joven Orson Welles junto a su compañía del Mercury Theatre, demostró el enorme poder de sugestión y, en un sentido más negativo, de manipulación, del medio de comunicación por excelencia de aquella época, la radio (véase también, en este sentido, cómo la utilizó Hitler en su política de propaganda de la ideología nazi).
La radio, que seguirá siendo el medio hegemónico hasta la difusión de la televisión en los 60, se enfrenta en 1938 con un momento histórico impresionante e increíble, no tanto por el hecho radiofónico en sí (las adaptaciones literarias en la radio eran de lo más común), sino por la respuesta social a la retransmisión. Si bien es innegable la calidad de la adaptación de Koch, que adecuó la novela de Wells al estilo y al lenguaje radiofónico, además de modificarla
estructuralmente, y a pesar de que la interpretación de Welles fuera completamente creíble y efectiva, nunca se había desatado tal histeria colectiva por culpa de un programa de radio.
La retransmisión de “La guerra de los mundos” es ya un momento histórico en la memoria colectiva, y, como a menudo sucede, resulta ya difícil separar los datos objetivos de la leyenda. Resulta imposible saber con exactitud si el pánico afectó a miles de personas, como apuntan algunas fuentes, o incluso a millones, como sostienen otras. Lo cierto es que este tipo de sucesos tienden a magnificarse, pero aún así resulta llamativo que muchísimos estadounidenses llegara a creer de verdad que la tierra estaba siendo invadida por extraterrestres provenientes de Marte.
Todo comenzó el 30 de octubre de 1938 en la Columbia Broadcasting System de Nueva York, a las 8 de la tarde. Orson Welles y su compañía teatral, el Mercury Theatre, tenían un programa de adaptaciones literarias, y esta vez iban a narrar la novela del escritor inglés H. G. Wells, autor de muchos libros de ciencia-ficción, “La guerra de los mundos”.
La Columbia, pese a emitir desde Nueva York, tenía un sistema de emisoras locales que hacían posible que la retransmisión llegara a casi todo el país. Se calcula que más de un 80% de familias americanas poseían en aquel momento un aparato radiofónico.
El programa comienza con un locutor de la cadena anunciando que se va a retransmitir “La guerra de los mundos”, y Orson Welles empieza a leer el principio de la novela. A partir de aquí salen a relucir la brillante adaptación de Koch, sobre todo en la primera parte, y el asombroso talento de Welles. La historia que se cuenta es la misma que la escrita por Wells, pero se cambia radicalmente el modo de relatarla.
Varios locutores se van sucediendo como si el programa no fuera más que un pequeño espacio informativo y de entretenimiento. Se habla de las condiciones metereológicas y se retransmite un concierto. Estos recursos se utilizan para dar sensación de realidad al oyente y hacer parecer que la invasión ocurría en un día cualquiera en condiciones normales. De repente, un locutor interrumpe la emisión de música para ofrecer a los oyentes un boletín especial que avisa de “explosiones de gases incandescentes en el planeta Marte” que están moviéndose hacia la tierra. En esta intervención se nombra por primera vez al doctor Pierson, interpretado por el mismo Orson Welles, que será un personaje clave en la credibilidad de la historia. Pierson es, en teoría, un profesor de un observatorio astronómico, y por lo tanto posee un principio de autoridad que otorga fiabilidad a lo narrado. Hábilmente, tras las interrupciones se vuelve repetidas veces a la música, como si nada hubiera ocurrido.

A continuación aparece otro personaje importante, el reportero Phillips, que entrevista desde un observatorio en Princeton (lugar real que contribuye a que la historia parezca verdadera) al profesor Phillips, que se muestra bastante escéptico y dudoso.
Siguen apareciendo boletines e informaciones provenientes de todo Estados Unidos avisando de las mismas explosiones. La sensación de directo está muy conseguida a través de la incertidumbre y los repentinos cambios que sufre la narración en directo. Un buen ejemplo es el telegrama que recibe Pierson y que es narrado de la siguiente manera por Phillips: “les hablo desde el Observatorio de Princeton, Nueva Jersey, donde estoy entrevistando al célebre profesor Pierson...Un momento, por favor. El profesor me ha pasado el mensaje que acaba de recibir....Profesor, ¿puedo leérselo a nuestros oyentes?”. Los silencios también son fundamentales para lograr la sensación de realidad. Asimismo, los datos precisos, tanto de lugares como de personas, funcionan en el mismo sentido: “el doctor Grey, del Nacional History Museum de Nueva York” y sigue “Firmado: Lloyd Grey, jefe de la División Astronómica”.
El directo alcanza el summum de la credibilidad cuando Phillips narra, desde el lugar de los hechos, el primer contacto con los marcianos (tras haberse desplazado ficticiamente hasta la granja) y se oyen de fondo sirenas de policía y el alboroto de la gente. Incluso se llega a oír a un policía que aparta a la gente de la zona del impacto. Después, el reportero Phillips entrevista al dueño de la granja, Wilmuth. Este personaje está muy bien representado y refleja en su lenguaje hablado su sorpresa y su ignorancia, con frases inconexas, expresiones populares y onomatopeyas: “Un siseo. Algo así: sssssssss; parecía un cohete de esos que disparan el cuatro de julio” o de nuevo “Vi algo parecido a una raya verdosa en el cielo, y luego, ¡pum!, algo chocó contra el suelo...”. Este tipo de frases les parecieron reales y verdaderas a los oyentes.
Pero el momento más famoso, y más dramático, de la retransmisión llega cuando los marcianos salen de su nave. Phillips se ve interrumpido por voces que gritan “¡Se está moviendo” o “¡Cuidado! ¡Apártense!”. La propia narración del reportero es insegura e incierta ante el asombro: “Señoras y señores...(¿estamos en antena?)...”. La sensación de realidad se refuerza sobretodo con los gritos de terror de la gente, el silbido en aumento, la explosión y, finalmente, la presunta muerte del Phillips, que deja de hablar de improviso tras un “estruendo en el micro”. El locutor vuelve a tomar la palabra y admite que “parece que nuestra unidad móvil ha encontrado alguna dificultad”, pero no alude al hecho de que el reportero puede haber sido asesinado por los marcianos, que es exactamente lo que se imagina el oyente por culpa de todos estos pequeños detalles tan bien cuidados por Welles.
Algo similar, es decir la muerte en directo, vuelve a ocurrir con la batería del 22º Cuerpo de Artillería o con el teniente Voght desde un bombardero: “Cien metros. Los aparatos no dan más de sí. No podemos lanzar más bombas. Sólo nos queda una alternativa: dejarnos caer sobre ellos con avión y todo. Nos precipitamos sobre el que tenemos más cerca. Ahora el motor se ha parado. Ocho...”. Y, obviamente, al final del primer bloque, cuando el mismo locutor que habla desde el estudio de Nueva York narra el avance imparable del humo extraterrestre: “El humo cruza la Sexta Avenida...La Quinta Avenida...Está a cien metros...Está a quince metros...”. Y entonces el Cuarto Operador: “2X2L llamando a CQ ... Nueva York. ¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?”.
Al terminar estas frases se produce el intermedio del programa, en el que un locutor avisa de que el programa no es más que una recreación de la novela de Wells. Incluso se pasa una sintonía y se vuelve a subrayar el carácter ficticio de la representación teatral que se está llevando a cabo. Aún así, cabe suponer que la mayoría de los oyentes presos por el pánico conectaron su aparato después del comienzo del programa (en el que se daba el primer aviso) y se desconectaron antes del intermedio (en el que se daba el segundo aviso).
De hecho, el segundo bloque despierta menos interés porque la historia ya no es creíble, pues se acaba el directo y hay un salto en el tiempo (lógicamente imposible para la radio), además de que Pierson se convierte en el narrador principal sin ninguna justificación de cara al realismo radiofónico. El programa termina, finalmente, a las 21:00.
Está claro que la adaptación radiofónica de “La guerra de los mundos”, al menos por lo que respecta a la primera parte” es perfecta desde el punto de vista técnico y narrativo. Las especificidades del medio (como por ejemplo que la radio sea un aparato ciego, es decir que tan sólo afecta a un sentido, el oído) son aprovechadas por Koch y Welles con sabiduría e inteligencia. Además, el prestigio del medio juega a favor, ya que contribuye a que toda la información parezca verdadera.
También hay que tener en cuenta, por otro lado, el miedo de la sociedad norteamericana en los años 30, fomentado por las recientes crisis económicas (recuérdese el crack del 29) y por la proximidad de la futura guerra, con protagonistas como Hitler o Stalin en la escena internacional. En aquellos años, además, los extraterrestres se habían puesto de moda, probablemente a causa de las mismas circunstancias históricas, aunque la época de esplendor para los marcianos fue la segunda posguerra.
Por otro lado, por lo que respecta a los medios de comunicación de masa, la sociedad norteamericana era también bastante ingenua y crédula, pues probablemente si se hubiera repetido el mismo programa en otras coordenadas históricas posteriores, no hubiese tenido el mismo efecto. En los años 30, el americano medio aún no era consciente del inmenso poder de los medios de comunicación masivos y confiaba en ellos. No cabe duda de que la emisión de “La guerra de los mundos” sentó un precedente en este aspecto.
La lección histórica que debe extraerse de aquel acontecimiento es compleja, pero apunta principalmente en dos direcciones interrelacionadas. Welles junto con su equipo, si bien involuntariamente, pusieron en evidencia el enorme poder de manipulación de los medios masivos, hasta el punto de crear el pánico en el estado más poderoso y avanzado del mundo. Por otra parte, contribuyeron a que los mensajes mediáticos fueran descifrados con una mayor desconfianza y una más racional lectura crítica.
La retransmisión, el 30 de octubre de 1938, de la adaptación radiofónica de “La guerra de los mundos”, es un momento clave en la historia de los medios de comunicación de masa. Aquel pequeño programa, que duró solamente una hora, interpretado por un joven Orson Welles junto a su compañía del Mercury Theatre, demostró el enorme poder de sugestión y, en un sentido más negativo, de manipulación, del medio de comunicación por excelencia de aquella época, la radio (véase también, en este sentido, cómo la utilizó Hitler en su política de propaganda de la ideología nazi).
La radio, que seguirá siendo el medio hegemónico hasta la difusión de la televisión en los 60, se enfrenta en 1938 con un momento histórico impresionante e increíble, no tanto por el hecho radiofónico en sí (las adaptaciones literarias en la radio eran de lo más común), sino por la respuesta social a la retransmisión. Si bien es innegable la calidad de la adaptación de Koch, que adecuó la novela de Wells al estilo y al lenguaje radiofónico, además de modificarla
estructuralmente, y a pesar de que la interpretación de Welles fuera completamente creíble y efectiva, nunca se había desatado tal histeria colectiva por culpa de un programa de radio.
La retransmisión de “La guerra de los mundos” es ya un momento histórico en la memoria colectiva, y, como a menudo sucede, resulta ya difícil separar los datos objetivos de la leyenda. Resulta imposible saber con exactitud si el pánico afectó a miles de personas, como apuntan algunas fuentes, o incluso a millones, como sostienen otras. Lo cierto es que este tipo de sucesos tienden a magnificarse, pero aún así resulta llamativo que muchísimos estadounidenses llegara a creer de verdad que la tierra estaba siendo invadida por extraterrestres provenientes de Marte.
Todo comenzó el 30 de octubre de 1938 en la Columbia Broadcasting System de Nueva York, a las 8 de la tarde. Orson Welles y su compañía teatral, el Mercury Theatre, tenían un programa de adaptaciones literarias, y esta vez iban a narrar la novela del escritor inglés H. G. Wells, autor de muchos libros de ciencia-ficción, “La guerra de los mundos”.
La Columbia, pese a emitir desde Nueva York, tenía un sistema de emisoras locales que hacían posible que la retransmisión llegara a casi todo el país. Se calcula que más de un 80% de familias americanas poseían en aquel momento un aparato radiofónico.
El programa comienza con un locutor de la cadena anunciando que se va a retransmitir “La guerra de los mundos”, y Orson Welles empieza a leer el principio de la novela. A partir de aquí salen a relucir la brillante adaptación de Koch, sobre todo en la primera parte, y el asombroso talento de Welles. La historia que se cuenta es la misma que la escrita por Wells, pero se cambia radicalmente el modo de relatarla.
Varios locutores se van sucediendo como si el programa no fuera más que un pequeño espacio informativo y de entretenimiento. Se habla de las condiciones metereológicas y se retransmite un concierto. Estos recursos se utilizan para dar sensación de realidad al oyente y hacer parecer que la invasión ocurría en un día cualquiera en condiciones normales. De repente, un locutor interrumpe la emisión de música para ofrecer a los oyentes un boletín especial que avisa de “explosiones de gases incandescentes en el planeta Marte” que están moviéndose hacia la tierra. En esta intervención se nombra por primera vez al doctor Pierson, interpretado por el mismo Orson Welles, que será un personaje clave en la credibilidad de la historia. Pierson es, en teoría, un profesor de un observatorio astronómico, y por lo tanto posee un principio de autoridad que otorga fiabilidad a lo narrado. Hábilmente, tras las interrupciones se vuelve repetidas veces a la música, como si nada hubiera ocurrido.

A continuación aparece otro personaje importante, el reportero Phillips, que entrevista desde un observatorio en Princeton (lugar real que contribuye a que la historia parezca verdadera) al profesor Phillips, que se muestra bastante escéptico y dudoso.
Siguen apareciendo boletines e informaciones provenientes de todo Estados Unidos avisando de las mismas explosiones. La sensación de directo está muy conseguida a través de la incertidumbre y los repentinos cambios que sufre la narración en directo. Un buen ejemplo es el telegrama que recibe Pierson y que es narrado de la siguiente manera por Phillips: “les hablo desde el Observatorio de Princeton, Nueva Jersey, donde estoy entrevistando al célebre profesor Pierson...Un momento, por favor. El profesor me ha pasado el mensaje que acaba de recibir....Profesor, ¿puedo leérselo a nuestros oyentes?”. Los silencios también son fundamentales para lograr la sensación de realidad. Asimismo, los datos precisos, tanto de lugares como de personas, funcionan en el mismo sentido: “el doctor Grey, del Nacional History Museum de Nueva York” y sigue “Firmado: Lloyd Grey, jefe de la División Astronómica”.
El directo alcanza el summum de la credibilidad cuando Phillips narra, desde el lugar de los hechos, el primer contacto con los marcianos (tras haberse desplazado ficticiamente hasta la granja) y se oyen de fondo sirenas de policía y el alboroto de la gente. Incluso se llega a oír a un policía que aparta a la gente de la zona del impacto. Después, el reportero Phillips entrevista al dueño de la granja, Wilmuth. Este personaje está muy bien representado y refleja en su lenguaje hablado su sorpresa y su ignorancia, con frases inconexas, expresiones populares y onomatopeyas: “Un siseo. Algo así: sssssssss; parecía un cohete de esos que disparan el cuatro de julio” o de nuevo “Vi algo parecido a una raya verdosa en el cielo, y luego, ¡pum!, algo chocó contra el suelo...”. Este tipo de frases les parecieron reales y verdaderas a los oyentes.
Pero el momento más famoso, y más dramático, de la retransmisión llega cuando los marcianos salen de su nave. Phillips se ve interrumpido por voces que gritan “¡Se está moviendo” o “¡Cuidado! ¡Apártense!”. La propia narración del reportero es insegura e incierta ante el asombro: “Señoras y señores...(¿estamos en antena?)...”. La sensación de realidad se refuerza sobretodo con los gritos de terror de la gente, el silbido en aumento, la explosión y, finalmente, la presunta muerte del Phillips, que deja de hablar de improviso tras un “estruendo en el micro”. El locutor vuelve a tomar la palabra y admite que “parece que nuestra unidad móvil ha encontrado alguna dificultad”, pero no alude al hecho de que el reportero puede haber sido asesinado por los marcianos, que es exactamente lo que se imagina el oyente por culpa de todos estos pequeños detalles tan bien cuidados por Welles.
Algo similar, es decir la muerte en directo, vuelve a ocurrir con la batería del 22º Cuerpo de Artillería o con el teniente Voght desde un bombardero: “Cien metros. Los aparatos no dan más de sí. No podemos lanzar más bombas. Sólo nos queda una alternativa: dejarnos caer sobre ellos con avión y todo. Nos precipitamos sobre el que tenemos más cerca. Ahora el motor se ha parado. Ocho...”. Y, obviamente, al final del primer bloque, cuando el mismo locutor que habla desde el estudio de Nueva York narra el avance imparable del humo extraterrestre: “El humo cruza la Sexta Avenida...La Quinta Avenida...Está a cien metros...Está a quince metros...”. Y entonces el Cuarto Operador: “2X2L llamando a CQ ... Nueva York. ¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?”.
Al terminar estas frases se produce el intermedio del programa, en el que un locutor avisa de que el programa no es más que una recreación de la novela de Wells. Incluso se pasa una sintonía y se vuelve a subrayar el carácter ficticio de la representación teatral que se está llevando a cabo. Aún así, cabe suponer que la mayoría de los oyentes presos por el pánico conectaron su aparato después del comienzo del programa (en el que se daba el primer aviso) y se desconectaron antes del intermedio (en el que se daba el segundo aviso).
De hecho, el segundo bloque despierta menos interés porque la historia ya no es creíble, pues se acaba el directo y hay un salto en el tiempo (lógicamente imposible para la radio), además de que Pierson se convierte en el narrador principal sin ninguna justificación de cara al realismo radiofónico. El programa termina, finalmente, a las 21:00.
Está claro que la adaptación radiofónica de “La guerra de los mundos”, al menos por lo que respecta a la primera parte” es perfecta desde el punto de vista técnico y narrativo. Las especificidades del medio (como por ejemplo que la radio sea un aparato ciego, es decir que tan sólo afecta a un sentido, el oído) son aprovechadas por Koch y Welles con sabiduría e inteligencia. Además, el prestigio del medio juega a favor, ya que contribuye a que toda la información parezca verdadera.
También hay que tener en cuenta, por otro lado, el miedo de la sociedad norteamericana en los años 30, fomentado por las recientes crisis económicas (recuérdese el crack del 29) y por la proximidad de la futura guerra, con protagonistas como Hitler o Stalin en la escena internacional. En aquellos años, además, los extraterrestres se habían puesto de moda, probablemente a causa de las mismas circunstancias históricas, aunque la época de esplendor para los marcianos fue la segunda posguerra.
Por otro lado, por lo que respecta a los medios de comunicación de masa, la sociedad norteamericana era también bastante ingenua y crédula, pues probablemente si se hubiera repetido el mismo programa en otras coordenadas históricas posteriores, no hubiese tenido el mismo efecto. En los años 30, el americano medio aún no era consciente del inmenso poder de los medios de comunicación masivos y confiaba en ellos. No cabe duda de que la emisión de “La guerra de los mundos” sentó un precedente en este aspecto.
La lección histórica que debe extraerse de aquel acontecimiento es compleja, pero apunta principalmente en dos direcciones interrelacionadas. Welles junto con su equipo, si bien involuntariamente, pusieron en evidencia el enorme poder de manipulación de los medios masivos, hasta el punto de crear el pánico en el estado más poderoso y avanzado del mundo. Por otra parte, contribuyeron a que los mensajes mediáticos fueran descifrados con una mayor desconfianza y una más racional lectura crítica.