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Reseña de "Historia del cine español" de Román Gubern, José Enrique Monterde,
El libro que aquí se reseña se presenta como uno de los escasos intentos de abarcar la totalidad de la Historia del Cine español. Resulta obvio apuntar que esta tarea es a priori imposible y pretenciosa, pero, aún así, “Historia del cine español” logra condensar y sintetizar cien años de cine patrio con dignidad y clarividencia, sobrevolando en la medida de lo posible la mayoría de los aspectos que conforman el medio cinematográfico.

No en vano, la labor de resumir cien años de Cine español en poco más de cuatrocientas páginas está coordinada por Román Gubern, pero está realizada por cinco distintos historiadores de cine de reconocido prestigio, que se encargan de redactar uno o dos capítulos del volumen. A pesar de todo, este hecho no perjudica la unidad del libro, que puede servir tanto como referencia enciclopédica que ilumine algunos aspectos pasados de nuestro cine (en este sentido funcionan el índice de películas y el índice onomástico que se encuentran al final), pero también admite una lectura continuada de principio a fin bastante más amena de lo que puede parecer. Además, el texto que aquí nos ocupa incluye una interesante “Cronología” cuidada por Esteve Riambau, que resume en pocas líneas los hechos históricos y cinematográficos capitales de cada año, y una muy útil, amplia y bien ordenada “Bibliografía”, también a cargo del autor catalán, de más de cuarenta páginas. El libro tiene por lo tanto una vocación principalmente académica, más que necesaria vistos los escasos títulos de nivel universitario que se ocupen de toda la historia del cine español con cierta seriedad.

“Historia del cine español” se estructura en 7 grandes apartados, que seccionan y dividen en partes la historia del cine de nuestro país, tituladas “Narración de un aciago destino (1896-1930)”, “El cine sonoro (1930-1939)”, “El cine de la autarquía (1939-1950)”, “Continuismo y disidencia (1951-1962)”, “Una dictadura liberal (1962-1969)”, “Del tardofranquismo a la democracia (1969-1982)” y finalmente “El periodo socialista (1982-1992)”.

El primer apartado, que corre a cargo de Julio Pérez Perucha, describe el deficiente y retrasado nacimiento del cine español, en el que el principal foco de producción era Barcelona. En nuestro país el cine tardó mucho en atraer los espectadores a las salas, y por lo tanto en ser un negocio rentable: esto conllevó un permanente restraso de España con respecto a Europa y a Estados Unidos que ya sería insalvable. Con la llegada del sonoro, Román Gubern señala que el principal foco de producción cinematográfico será Madrid, que ya nunca dejará de serlo. Este capítulo es especialmente interesante por los fuertes relaciones que existen entre las películas y el convulso período político, guerra civil incluida, con las distintas producciones de los diferentes sectores políticos.

Jose Enrique Monterde es el encargado de describir los años que van desde el final de la guerra civil hasta 1962, cuando el régimen franquista empieza realmente a mostrar posturas aperturistas y nace el Nuevo Cine Español. El período del que se ocupa Monterde es desolador, sobre todo en su primera parte, y retrata una industria raquítica controlada por toda una serie de mecanismos de censura y control, entre ellos las subvenciones estatales, y un gran desierto intelectual, por la carencia de autores de verdadero relieve. A partir de los años 50, en cambio, empiezan a brotar cineastas de mucha calidad, entre todos ellos Bardem y Berlanga, que renuevan el panorama cinematográfico español pero deben trabajar dentro de los estrechos márgenes que el régimen permite.

Los veinte años que van desde 1962 hasta 1982 revelan un cada vez mayor número de cineastas importantes: junto con los veteranos que alcanzan ya la madurez en este período, surgen muchos artistas jóvenes con talento, alguno de ellos bajo el amparo de aquella heterogénea corriente llamada Nuevo Cine Español. No obstante, la industria cinematográfica sigue en una situación de crisis permanente, y con total dependencia de las ayudas del estado. Con la muerte de Franco en 1975, se abren nuevas perspectivas para el cine español, sobre todo en relación con la libertad de expresión.

El último apartado, escrito por Esteve Riambau, llega hasta el año 1992 y relata las consecuencias de la nueva legislación: primero con la “ley Miró” y después con el mandato de Jorge Semprún al frente del ministerio de cultura. Estos diez años también están caracterizados por el surgimiento de otra nueva generación de cineastas jóvenes, que llega hasta nuestros días. No obstante, este período refleja gran parte de los males que han persistido hasta la actualidad, como el mal estado económico de la cinematografía nacional, que sigue dependiendo de las subvenciones, a la que se intentó reactivar con poco éxito.

Queda claro que esta estructura refleja una determinada manera de pensar el medio cinematográfico con respecto a la historia. Los períodos seleccionados, como se puede observar no son los que se elegirían en un libro de historia española, porque resultaría absurdo, por ejemplo, no dividir el período 1969-1982, con la muerte de Franco o las primeras elecciones democráticas como hechos de ruptura. No obstante, si bien el libro se estructura en función de la historia del propio medio y no de la historia en general, estas dos disciplinas están, obviamente, drásticamente relacionadas, y es absurdo considerar la una autónoma de la otra. Por lo tanto, “Historia del cine español” adopta un camino intermedio entre el historicismo y el esteticismo, las dos metodologías que suelen regir los análisis del cinematógrafo, y proponen una historia del cine nacional que interrelaciona indisolublemente los hechos históricos junto con los avances tecnológicos o las corrientes estéticas. Es probablemente esta discusión metodológica implícita lo que hace tan interesante la visión global del cine español que Gubern y demás autores proponen.

Lo que “Historia del cine español” ofrece a los lectores es, en última instancia una recorrido (rápido y superficial, qué remedio) por el devenir que ha seguido el cine en España, pero no a través del análisis de las películas clave u obras maestras de cada período, sino analizando todos los productos cinematográficos que veían la luz, tanto los más comerciales como los más elitistas, desde la españolada más casposa hasta el cine de autor más refinado. Por esta razón, el libro no empieza con Bardem y Berlanga, en quienes se suele depositar el comienzo del “verdadero cine español”, pues no se pretende hacer un historia del buen cine de nuestro país, sino seguir la evolución del medio de forma objetiva, fijándose no en la calidad de las obras, sino en su repercusión estética, económica o tecnológica, entre otras, de las mismas.

Por otro lado, también se le pueden poner algunas pegas al libro. Como ya se ha dicho, pretende ser una publicación de nivel universitario: para la gente poco entendida en cine español, incluso para los universitarios primerizos, “Historia del cine español” puede resultar muy aburrido, porque termina siendo en algunas partes una enumeración de películas. Algunas son muy poco conocidas, pero los autores solamente se detienen para nombrar el título del film, ahogando al lector en el tedio; otras obras, en cambio, son bastante famosas, y por ello Gubern y sus colaboradores dan por supuestas muchas más cosas de las que deberían, perdiendo al lector en una serie de referencias cruzadas, en lugar de comentar brevemente los aspectos principales de la película en cuestión. Obvia decir que la falta de espacio y la voluntad de síntesis justifican esto en gran parte, lo que no quita que algunos pasajes del libro sean excesivamente pesados.

Otro fallo, esta vez sí, reprochable, es el completo atraso del libro, que termina en la primera década de los 90. Para una buena publicación sobre historia del cine es necesaria la actualización, sobre todo si tenemos en cuenta que una historia como la de este medio tiene poco más de cien años, de los que, a la altura del 2007, se está olvidando más de una década. A pesar de todo, no se debe dejar de lado el hecho de que, para hacer historia, hace falta precisamente perspectiva histórica. No obstante, está claro que existen ya hechos centrales de la segunda mitad de los 90 (como la aparición de la “generación” de nuevos cineastas como Amenábar o De la Iglesia, entre otros) que merecerían tener su sitio en el libro.