Syriana (Stephen Gaghan, 2006)
El principal problema de las películas de intriga política es que, en la mayoría de los casos, son tan necesarias como aleccionadoras. Junto a la voluntad de denunciar algunos asuntos turbios y de revelar al público verdades ocultas, aparece en muchos de estos filmes una vocación didáctica simplona y moralidad barata. Por desgracia, la línea que separa estos dos extremos es muy fina y en demasiados casos el “cine comprometido” la cruza sin reparo (incluso gurús como Ken Loach o Costa-Gavras). Es este el caso de “Syriana”, película coral que tiene como eje argumental el petróleo.
No se le pueden negar a la película de Stephen Gaghan buenas intenciones. El problema del petróleo está más presente que nunca en las portadas de los periódicos y el crudo es uno de los pilares fundamentales del sistema económico occidental. Pero “Syriana” no nos habla sólo del “oro negro”, sino que no duda en describir muchos otros temas de tremenda actualidad: los conflictos en Oriente Medio, el terrorismo fundamentalista o la corrupción de las empresas estadounidenses, entre otros.
Gaghan trata de repetir el éxito que tuvo con el guión de la excelente “Traffic”, cruzando pequeñas historias paralelas para relatar el problema desde varios puntos de vista. Sin embargo, en “Syriana” la fórmula ya no funciona y el espectador se desorienta durante tres cuartas partes de la película: al desconcierto le sigue el tedio y al tedio el desinterés. Por estas razones “Syriana” es un film fallido; no engancha porque las tramas son confusas y extremadamente complicadas, y las distintas historias se enlazan entre sí sin ritmo alguno.

Pero no es este el único error de Gaghan. Cuando el público ha alcanzado la extenuación, llega el final, que parece la moraleja de un cuento. Todo encaja de repente y, además, huele a mensaje de compromiso facilón; nada sorprendente cuando se trata un tema tan simple como el petróleo y Oriente Medio.
Intachable desde el punto de vista formal, con la utilización de cámara en mano para dar una sensación de mayor realismo y una fotografía muy cuidada, “Syriana” es una película fallida que nace con una inocente, y necesaria, vocación periodística, pero que cae irremediablemente en muchos tópicos del cine de intriga política, y que, encima, aburre al público con una trama complicadísima que no logra enmascarar la mediocridad de la cinta, desaprovechando así un tema de lo más interesante.
No se le pueden negar a la película de Stephen Gaghan buenas intenciones. El problema del petróleo está más presente que nunca en las portadas de los periódicos y el crudo es uno de los pilares fundamentales del sistema económico occidental. Pero “Syriana” no nos habla sólo del “oro negro”, sino que no duda en describir muchos otros temas de tremenda actualidad: los conflictos en Oriente Medio, el terrorismo fundamentalista o la corrupción de las empresas estadounidenses, entre otros.
Gaghan trata de repetir el éxito que tuvo con el guión de la excelente “Traffic”, cruzando pequeñas historias paralelas para relatar el problema desde varios puntos de vista. Sin embargo, en “Syriana” la fórmula ya no funciona y el espectador se desorienta durante tres cuartas partes de la película: al desconcierto le sigue el tedio y al tedio el desinterés. Por estas razones “Syriana” es un film fallido; no engancha porque las tramas son confusas y extremadamente complicadas, y las distintas historias se enlazan entre sí sin ritmo alguno.

Pero no es este el único error de Gaghan. Cuando el público ha alcanzado la extenuación, llega el final, que parece la moraleja de un cuento. Todo encaja de repente y, además, huele a mensaje de compromiso facilón; nada sorprendente cuando se trata un tema tan simple como el petróleo y Oriente Medio.
Intachable desde el punto de vista formal, con la utilización de cámara en mano para dar una sensación de mayor realismo y una fotografía muy cuidada, “Syriana” es una película fallida que nace con una inocente, y necesaria, vocación periodística, pero que cae irremediablemente en muchos tópicos del cine de intriga política, y que, encima, aburre al público con una trama complicadísima que no logra enmascarar la mediocridad de la cinta, desaprovechando así un tema de lo más interesante.
Brokeback Mountain (Ang Lee, 2006)
Cojan ustedes los principales elementos iconográficos del western (cowboys, ganado...), mézclenlos con estructuras narrativas del melodrama y, por supuesto, no olviden añadir el ingrediente homosexual: lo que obtendrán será algo parecido a “Brokeback Mountain”. El último largometraje de Ang Lee es una historia sencilla y modesta, de bajo presupuesto, pero que encierra en cada encuadre una enorme hondura emocional.
Muchos han encajado el film dentro de los westerns crepusculares: nada más alejado de la realidad. “Brokeback Mountain” no reinterpreta los códigos del viejo Oeste a la manera desmitificadora convencional, sino que tan sólo toma prestados algunos elementos visuales reconocibles para hablarnos de amor, de soledad, de incomprensión y sobre todo de nostalgia.
La película es sencillamente la crónica de un amor perdido en el pasado, de un oportunidad desaprovechada que el tiempo no ha perdonado, de la incomprensión de dos homosexuales reprimidos por la sociedad en la que viven. No es casualidad, todo sea dicho, que el film haya tenido tanto éxito en festivales internacionales e incluso en la Academia norteamericana de los Oscar: el “tema” gay es, desde hace poco, políticamente correcto, y conecta con una serie de reivindicaciones ya socialmente aceptadas y con un clima político que han ayudado al éxito de la película.

No se puede dejar de elogiar el excelente trabajo del equipo artístico de la película. El talento visual y el saber hacer de Lee es innegable. El director taiwanés logra encontrar el ritmo pausado, que no aburrido, para que la historia se cuente por sí sola, gracias a una puesta en escena preciosista y acompañado por las espléndidas melodías de Gustavo Santaolalla, calmadas y melancólicas. Los actores principales, Heath Ledger y Jake Gyllenhaal, realizan una interpretación contenida e intimista, que esconde más de lo que muestra y refuerza el sentido épico de la historia de amor del film. Y sobre estos personajes solitarios y enamorados se erige la alusiva Brokeback Mountain, como un protagonista más que remite al paso incesante y cruel del tiempo.
Decía Jean-Paul Sartre que “el hombre es una pasión inútil”, y no se le puede negar al filósofo francés que tuviera algo de razón. Pero, por muy inútil que sea, el hombre es pasional y la pasión nos emociona. Ang Lee demuestra con “Brokeback Mountain” que aún merece la pena emocionarse por el hombre.
Muchos han encajado el film dentro de los westerns crepusculares: nada más alejado de la realidad. “Brokeback Mountain” no reinterpreta los códigos del viejo Oeste a la manera desmitificadora convencional, sino que tan sólo toma prestados algunos elementos visuales reconocibles para hablarnos de amor, de soledad, de incomprensión y sobre todo de nostalgia.
La película es sencillamente la crónica de un amor perdido en el pasado, de un oportunidad desaprovechada que el tiempo no ha perdonado, de la incomprensión de dos homosexuales reprimidos por la sociedad en la que viven. No es casualidad, todo sea dicho, que el film haya tenido tanto éxito en festivales internacionales e incluso en la Academia norteamericana de los Oscar: el “tema” gay es, desde hace poco, políticamente correcto, y conecta con una serie de reivindicaciones ya socialmente aceptadas y con un clima político que han ayudado al éxito de la película.

No se puede dejar de elogiar el excelente trabajo del equipo artístico de la película. El talento visual y el saber hacer de Lee es innegable. El director taiwanés logra encontrar el ritmo pausado, que no aburrido, para que la historia se cuente por sí sola, gracias a una puesta en escena preciosista y acompañado por las espléndidas melodías de Gustavo Santaolalla, calmadas y melancólicas. Los actores principales, Heath Ledger y Jake Gyllenhaal, realizan una interpretación contenida e intimista, que esconde más de lo que muestra y refuerza el sentido épico de la historia de amor del film. Y sobre estos personajes solitarios y enamorados se erige la alusiva Brokeback Mountain, como un protagonista más que remite al paso incesante y cruel del tiempo.
Decía Jean-Paul Sartre que “el hombre es una pasión inútil”, y no se le puede negar al filósofo francés que tuviera algo de razón. Pero, por muy inútil que sea, el hombre es pasional y la pasión nos emociona. Ang Lee demuestra con “Brokeback Mountain” que aún merece la pena emocionarse por el hombre.