Blogs.ya.com Quitar publicidad
Desarraigo - El cine en la sombra
Todo tipo de buen cine
Acerca de
Eres el visitante número:
Web
Counter
Adelphia Cable Internet
Sindicación
 
Carlos Sorín y el minimalismo cinematográfico
A propósito de trilogías...

Mucho se dice acerca de la sequedad creativa de Hollywood, y de aquí que crezcan, de manera exponencial, las películas que tienen secuela, tratando de reutilizar una misma idea dos veces; el requisito indispensable es que el primer film haya sido un éxito -económico evidentemente, porque si fuera por el aspecto artístico pocas trilogías se hubieran hecho-. No obstante, una sola secuela no es suficiente para estar a la moda: ahora se llevan las trilogías.

En este ensayo también se va a hablar de una trilogía, aunque diferente, pues los films no están numerados ni son secuelas. En el caso de Sorín, se habla de trilogía minimalista en referencia a tres películas que mantienen cierta continuidad temática y unas constantes formales, lo que ha llevado la crítica cinematográfica a utilizar el manido término “trilogía” para agruparlas.

Carlos Sorín no deja de ser un caso extraño en el panorama del cine actual. Cuando tanto se habla de cine espectáculo, cine de las superficies, efectos especiales digitales... el director argentino rebusca en las lejanas tierras de la Patagonia o de Misiones para encontrar un ser anónimo y contar su sencilla historia. Poco antes de que los apabullantes blockbuster norteamericanos Shrek 3 (2007), Spiderman 3 (2007), Piratas del caribe 3 (2007) revienten las taquillas de medio mundo gracias a anuncios en todas las televisiones y muñequitos en las tiendas, alardeando de presupuestos siderales que les permiten ofrecer un espectáculo audiovisual sin precedentes, Carlos Sorín también cierra brillantemente su singular trilogía, de otro estilo, eso sí, integrada por Historias Mínimas (2002), Bombón el perro (2004) y El camino de San Diego (2006).

Sin ninguna voluntad de establecer una jerarquía intrínseca, resulta curioso, y particularmente enriquecedor, este contraste contemporáneo entre un tipo de cine –como es el de las majors estadounidenses- obsesionado por narrar historias cada vez más grandiosas, más espectaculares, más monumentales, y otro tipo de cine, como es el caso de Sorín, que se interesa por acercarse a lo pequeño, a lo anónimo –que no a lo irrelevante- a lo, nunca mejor dicho, mínimo.




Filmografía mínima

Carlos Sorín conoció el audiovisual a través de la publicidad. Fue en este campo en el que se acercó a la labor de dirección y desde donde en 1986 saltó a la dirección con una de las óperas primas más importantes que se recuerdan en el cine argentino: La película del Rey (1986), que se presentó en la Mostra del Cinema de Venecia y donde obtuvo el León de Plata. Tres años más tarde, Sorín se puso de nuevo tras la cámara para filmar La sonrisa de Nueva Jersey (1989), film que tuvo menor repercusión pero que también fue premiado –esta vez en San Sebastián, donde ya estrenaría todas sus películas, favor que el Festival le recambiaría con premios- con el galardón a la mejor actriz. Este es el único film con el que el argentino no quedó satisfecho, y por el que decidió dejar el cine durante un tiempo.



En la década de los 90, Sorín dejó de lado el cine para dedicarse otra vez a su otra faceta audiovisual, la publicitaria. Volvió de nuevo al largometraje de ficción en 2002 con Historias Mínimas, según gran parte de la crítica su mejor obra hasta la fecha, que abría la trilogía minimalista con un representativo título. Con ella ganó el Gran Premio del Jurado en el festival de San Sebastián además de muchos otros reconocimientos en todo el mundo y además consiguió cierta notoriedad, pues su film se estrenó en varias salas en el extranjero. Le siguió Bombón el Perro (2004), también premiada en San Sebastián, que logró de nuevo ser distribuida en España aunque con menor fortuna. Su última obra, El camino de San Diego, fue por enésima vez premiada en Donostia, pero apenas ha visto la luz en las salas comerciales y ha sido saludada con mayor frialdad por la crítica, tal vez por la repetición y el agotamiento temático.

En España, el artista argentino ha obtenido resultados destacados en taquilla con Historias Mínimas (598.773,13 € para un total de 124.131 espectadores), más discretos con Bombón, el perro (49.504 espectadores y 247.103 €) y Sonrisas de Nueva Jersey (35.842 y 87.273,11 €), pero desastrosos para El camino de San Diego (tan sólo 6.269 espectadores pagaron una entrada para ver el film).
Por tanto, en la carrera de Sorín salta a la vista la discontinuidad, con tan sólo cinco obras (y una en preparación, de la que el cineasta ha dicho que va a ser diferente respecto a lo que tiene acostumbrado ) en más de 20 años de carrera. Por otro lado, queda claro que el director sudamericano conecta con los jurados de los festivales de cine, porque todas sus películas han sido premiadas en un festival de primera categoría con uno de los premios principales.
En cambio, no parece que consiga demasiado éxito con el público, pues todas sus películas han tenido un rendimiento discreto en taquilla, a excepción de Historias Mínimas, que aún así, no alcanza los niveles de otras películas argentinas de la misma década.



Road Movies

Minimalismo es un término heterogéneo que abarca varios ámbitos de la actividad artística (y no sólo artística), pero calza bien con la obra de Sorín: hace referencia a “cualquier cosa que se halla desnudada a lo esencial” . Pero, por muy mínimas que sean las historias del director argentino, adquieren un carácter más universal según va avanzado el metraje. Muchos son los elementos comunes que caracterizan a la que venimos llamando –términos tomados de la crítica y del propio Sorín- trilogía minimalista.

Los papeles protagonistas están delegados en personajes marginales, aparentemente poco interesantes, precisamente por ser la encarnación de personas anónimas, individuos de una masa indiferenciada. Todos estos personajes poseen un conflicto, una motivación, en principio irrelevante para el espectador, pero que adquiere un carácter mítico a medida que avanza el film. Valga como demostración la hazaña de Tati Benítez, en el caso de El camino de San Diego, que quiere regalarle una raíz de árbol a Diego Armando Maradona y para ello deberá desplazarse hasta Buenos Aires –y más allá- venciendo distintas adversidades.

Así, las tres películas terminan siendo –salvando todas las distancias con la ortodoxia del género- unas road movies, que incluyen largos viajes, objetivamente inútiles si atendemos al sentido común, pero que cobran significado si comprendemos a los personajes; éxodos de lo rural a lo urbano, imprescindibles para lograr un objetivo, y donde lo importante, al fin y al cabo, son las paradas. La consecución de dicho objetivo queda en segundo plano, pues el carácter épico del viaje, convertido en una aventura, es suficiente justificación argumental para sostener la entera trama, así como para empatizar con los protagonistas. En pocas palabras, en la filmografía del director argentino “el camino es metáfora de aprendizaje”. El mismo Sorín afirma en una entrevista: “Por ahora me cuesta mucho pensar en una historia que no tenga que ver con una ruta, con un viaje (...) Las historias que se me ocurren siempre tienen que ver con alguien que emprende un viaje por algún motivo”.



Si bajo este esquema se mueven los tres largometrajes, salta a la vista de nuevo la increíble unidad de este tríptico realista que reivindica a la gente más olvidada y sus sueños imposibles, ambientado por partida doble en la lejana Patagonia y, en el caso de El camino de San Diego, en la campestre provincia de Misiones. Y precisamente en esta contradicción, en la discrepancia de contar historias pequeñas en escenarios inmensos, está uno de los grandes aciertos del director argentino.



Neorrealismo

No cabe duda de que el neorrealismo, el movimiento artístico que atravesó Italia allá por 1945, pero influyó en toda Europa, tiene mucho peso –consciente o inconscientemente- en la trilogía de Sorín. Para empezar, cabe comparar la situación histórica, el contexto social de la que surgió el neorrealismo italiano. El país transalpino, después de la guerra, buscaba un punto de referencia tras haber pasado por los horrores de 30 años de fascismo y 5 años de inútil contienda. El pueblo italiano necesitaba fundar una nueva identidad, alejada de su nefasto pasado reciente y con esperanza de futuro: la encontró en el antifascismo de la resistencia de los partisanos.

Por su parte, Historias Mínimas vio la luz en el año 2002, cuando Argentina estaba pasando también –salvando las enormes distancias- un proceso de crisis, tras la bancarrota nacional y el fenómeno denominado “corralito”. En este sentido, el contexto argentino está latente en las películas de Sorín , quien busca de nuevo a su país y lo encuentra en los personajes más desfavorecidos, más olvidados. Al igual que Rossellini, Visconti o De Sica tomaban como protagonistas miembros de las clases bajas, Sorín se deja encandilar por las personas más silenciosas y anónimas.

Otro de los puntos que conecta a Sorín con el neorrealismo, además de la crítica social -si bien de otro calado - y la extracción social de sus protagonistas, es la utilización de actores no profesionales o el rodar únicamente en escenarios reales, lo que contribuye a aportar realismo y espontaneidad a sus películas. En el caso de El camino de San Diego, el arranque de la película es tan realista, con la cámara al hombro, testimonios directos y otras técnicas formales que refuerzan esta sensación, que el público tiene la sensación de enfrentarse a un documental.

Por otro lado, merecen un capítulo a parte la música y la fotografía de la trilogía minimalista. La fotografía de los tres largometrajes corre a cargo de Horacio Colace, que con su trabajo de cámara sigue perfectamente la espontaneidad de las escenas, aportándoles la luz necesaria para que surja la estética documental y aumentar el realismo. Por su parte, la ambientación musical corresponde a Nicolás Sorín, que aporta para cada película la melodía correcta que identifica la dulzura de la historia. La repetición del mismo tema pero con distintas variaciones, o la inclusión de instrumentos pequeños, minoritarios, locales –como los personajes de las películas- hacen que la banda sonora encandile a todo espectador con un mínimo de sensibilidad.




Ingenuo optimismo

Carlos Sorín no es un director-guionista exigente con sus personajes; no los juzga, ni los desprecia, sino que, al contrario, los admira, se identifica con ellos y, con ternura, los empuja en su lucha. El universo Sorín –tan reconocible como el de otros gurús del cine de autor- se caracteriza por la bondad, con todo el sentido de la palabra. Todos los personajes se ayudan entre sí, actúan con buena intención y se muestran solidarios con los demás desinteresadamente. Esta visión optimista del ser humano se ha convertido en una de las marcas de estilo más polémicas y más debatidas del cineasta.



Un buen sector de la crítica ve en este ingenuo optimismo un defecto del cine de Sorín, pues lo aleja de una representación realista de la sociedad –evidentemente mucho más cruel de lo que nos muestra el director argentino-, además de desaprovechar una excelente oportunidad para criticar el orden establecido y denunciar situaciones injustas. Si bien esta crítica posee fundamento –y es cierto que la excesiva bondad del mundo de los personajes de Sorín perjudica directamente la pretensión realista y puede llevar al espectador a la exasperación- no hay que entender el optimismo como un conformismo conservador, sino más bien como un anhelo, un deseo insatisfecho, de que el mundo funcione bien.

El autor argentino construye un universo ideal pero conscientemente anti-mimético, con la esperanza de que la realidad se parezca cada vez más a su ficción. De hecho, las historias de sus películas terminan pareciéndose mucho a los cuentos, por su sencillez, hermosura, imaginación y buena voluntad. Por su curiosa mezcla de optimismo e ingenuidad, Carlos Sorín es sin duda uno de los autores cinematográficos más interesantes del cinema iberoamericano contemporáneo.

Extracto de un trabajo para "Comunicación en Iberoamérica"