Charles Chaplin: autor
Aún a riesgo de salirme de la temática de este blog, me gustaría hacer una pequeña reflexión acerca de Charles Chaplin, un director que ha dejado su huella personal en la Historia del Cine.
Aunque su cine no pueda considerarse estrictamente independiente o “de autor”, ya que estos conceptos hacen referencia sobre todo a las películas de los 60 en adelante, Chaplin es un artista muy personal y con un universo propio. Es tan legítimo decir que Ford, Hawks o Wilder son autores como decirlo de Chaplin. No hay que olvidar que escribía sus propios guiones, dirigía sus filmes y actuaba en ellos; era por lo tanto el único responsable del producto final, y no estaba sujeto al sistema de estudios.
La introducción de sus gags dentro del hilo narrativo, el modo de fundir un cine social representado en tantas películas por el personaje de Charlot con un lirismo y una delicadeza sensacionales y sus brillantes y admirables dotes interpretativas, hacen de todas y cada una de sus películas inconfundibles obras maestras. En estas circunstancias, Charles Chaplin produce un cine absolutamente personal que va más allá de cualquier clasificación de género.
Charles Spencer Chaplin, nacido en 1889 en Londres, empezó a rodar pequeños cortometrajes desde muy joven; sus interpretaciones ya eran admirables, y mostraba un destapado interés por representar la realidad social de su época. Cortos como "el Vagabundo", "El Bombero", "El Dependiente" (1916), "El inmigrante", "El Presidiario", "La Curación" o "La Calle de la Paz" (1917) dan muestra de la capacidad interpretativa de Chaplin y se hacen muy entretenidos. El personaje de Charlot surge en esta época, aunque aún no esté bien definida su personalidad, con la que complementar los desternillantes gags insertados en contextos socialmente significativos.
No obstante, Chaplin no se hará esperar. En 1921 rueda "The Kid" (el Chico), su primera gran obra maestra. En 63 minutos Chaplin retrata perfectamente a Charlot, un pobre hombre que encuentra a un bebé y le acoge en su destartalada casa. Una sucesión de dinámicos gags inmersos en un retrato realista de la sociedad de su tiempo es acompañada con una poesía inconfundible, una delicadeza plasmada en el celuloide realmente encantadora. Chaplin logra como director y como actor un resultado excepcional, logra imprimir un ritmo narrativo perfecto, sabiendo alternar humor con momentos enternecedores.

En 1925 estrena "La quimera del Oro”, otra de sus mejores películas. Al igual que en "El Chico", el elemento poético adquiere una fuerza inconmensurable. ¡Quién no conoce la escena de los dos panecillos que, con un tenedor en cada mano, Chaplin maneja a su antojo y hace que se conviertan mágicamente en unas hábiles piernas que bailan! Otras escenas, como la de un excitado Chaplin en la cabaña desordenándolo todo, o la de la casa al borde de un precipicio, hacen de esa película una de las más bellas de toda la Historia del Cine. Un trabajo sin lugar a dudas perfecto, con los mismos elementos que "El Chico", pero con una frescura jamás vista hasta entonces.
Con "El Circo" de 1928 y, sobre todo, "Luces de la Ciudad", de 1931, una entrañable película que atrapa al espectador de principio a fin, sigue manteniendo la misma hondura entrañable, pero en 1935 hace "Tiempos Modernos", una película distinta; aquí crea un retrato de su tiempo sensacional: la vida de fábrica, las agitaciones sociales, manifestaciones, represión policial... Charlot adquiere una nueva dimensión, siempre con un tono cómico y con un ritmo trepidante a veces, relajado en otros momentos. Dejando de lado el tono social de la obra, hay nuevos momentos emocionantes en los que Charlot canta en un restaurante (primer momento en el que se escucha la voz del actor) o baja abrazado a Paulette Goddard por un camino interminable, en el final más filosófico que vemos en toda la filmografía del gran director.
Si bien en "Tiempos Modernos" la política adquiere más importancia que en trabajos anteriores, ésta entra de lleno en el cine de Charles Chaplin con "El Gran dictador", de 1940. La sátira y la parodia de Hitler y Mussolini han quedado en la memoria colectiva.
En 1947 encontramos una nueva película de Chaplin, "Monsieur Verdoux", en la que cambia radicalmente su estilo; Charlot desaparece, y con él la extroversión de su interpretación; es una película de su etapa madura, ya con sonido, en el que el humorismo espontáneo y algo inocente se ve envuelto por un cinismo casi violento. El guión, al igual que la sociedad y que el propio director, ha cambiado: Chaplin es Monsieur Verdoux, un ladrón que se dedica a adular a ricas mujeres, jóvenes o ancianas, para después robarles grandes cantidades de dinero.
Monsieur Verdoux engaña a todos, roba y mata con una frialdad que viola al espectador. En ese sentido, la interpretación de Chaplin, si bien diferente de las anteriores, sigue estando a un nivel extraordinario. Al final es apresado y condenado a pena de muerte; en el juicio y en los momentos antes de su ejecución, con la frialdad y abstracción de la realidad que demuestra a lo largo de toda la película, Chaplin aprovecha para demostrar la desilusión que este mundo le ha provocado. Una crítica voraz al capitalismo, a la sociedad de su tiempo y a las instituciones oficiales, al belicismo y a la pena de muerte.
Con "Candilejas" (1952, en la que, por cierto, aparece un envejecido Buster Keaton), "Un Rey en Nueva York" (1957) y "La Condesa de Hong Kong" (1967) Chaplin cierra su aportación al mundo cinematográfico, aunque las últimas dos películas no sean tan brillantes como el resto de la filmografía.
Charles Chaplin marcó una época porque consiguió la amalgama perfecta: retratar en un largometraje la realidad de su tiempo con dinamismo, humor y sentimiento. Este estilo tan personal es el responsable de que todo lo que hizo se convirtiera al instante en obra maestra, con un valor estético y cultural extraordinario. Sin duda, estamos hablando de uno de los grandes artistas del siglo XX.
Aunque su cine no pueda considerarse estrictamente independiente o “de autor”, ya que estos conceptos hacen referencia sobre todo a las películas de los 60 en adelante, Chaplin es un artista muy personal y con un universo propio. Es tan legítimo decir que Ford, Hawks o Wilder son autores como decirlo de Chaplin. No hay que olvidar que escribía sus propios guiones, dirigía sus filmes y actuaba en ellos; era por lo tanto el único responsable del producto final, y no estaba sujeto al sistema de estudios.
La introducción de sus gags dentro del hilo narrativo, el modo de fundir un cine social representado en tantas películas por el personaje de Charlot con un lirismo y una delicadeza sensacionales y sus brillantes y admirables dotes interpretativas, hacen de todas y cada una de sus películas inconfundibles obras maestras. En estas circunstancias, Charles Chaplin produce un cine absolutamente personal que va más allá de cualquier clasificación de género.
Charles Spencer Chaplin, nacido en 1889 en Londres, empezó a rodar pequeños cortometrajes desde muy joven; sus interpretaciones ya eran admirables, y mostraba un destapado interés por representar la realidad social de su época. Cortos como "el Vagabundo", "El Bombero", "El Dependiente" (1916), "El inmigrante", "El Presidiario", "La Curación" o "La Calle de la Paz" (1917) dan muestra de la capacidad interpretativa de Chaplin y se hacen muy entretenidos. El personaje de Charlot surge en esta época, aunque aún no esté bien definida su personalidad, con la que complementar los desternillantes gags insertados en contextos socialmente significativos.
No obstante, Chaplin no se hará esperar. En 1921 rueda "The Kid" (el Chico), su primera gran obra maestra. En 63 minutos Chaplin retrata perfectamente a Charlot, un pobre hombre que encuentra a un bebé y le acoge en su destartalada casa. Una sucesión de dinámicos gags inmersos en un retrato realista de la sociedad de su tiempo es acompañada con una poesía inconfundible, una delicadeza plasmada en el celuloide realmente encantadora. Chaplin logra como director y como actor un resultado excepcional, logra imprimir un ritmo narrativo perfecto, sabiendo alternar humor con momentos enternecedores.

En 1925 estrena "La quimera del Oro”, otra de sus mejores películas. Al igual que en "El Chico", el elemento poético adquiere una fuerza inconmensurable. ¡Quién no conoce la escena de los dos panecillos que, con un tenedor en cada mano, Chaplin maneja a su antojo y hace que se conviertan mágicamente en unas hábiles piernas que bailan! Otras escenas, como la de un excitado Chaplin en la cabaña desordenándolo todo, o la de la casa al borde de un precipicio, hacen de esa película una de las más bellas de toda la Historia del Cine. Un trabajo sin lugar a dudas perfecto, con los mismos elementos que "El Chico", pero con una frescura jamás vista hasta entonces.
Con "El Circo" de 1928 y, sobre todo, "Luces de la Ciudad", de 1931, una entrañable película que atrapa al espectador de principio a fin, sigue manteniendo la misma hondura entrañable, pero en 1935 hace "Tiempos Modernos", una película distinta; aquí crea un retrato de su tiempo sensacional: la vida de fábrica, las agitaciones sociales, manifestaciones, represión policial... Charlot adquiere una nueva dimensión, siempre con un tono cómico y con un ritmo trepidante a veces, relajado en otros momentos. Dejando de lado el tono social de la obra, hay nuevos momentos emocionantes en los que Charlot canta en un restaurante (primer momento en el que se escucha la voz del actor) o baja abrazado a Paulette Goddard por un camino interminable, en el final más filosófico que vemos en toda la filmografía del gran director.
Si bien en "Tiempos Modernos" la política adquiere más importancia que en trabajos anteriores, ésta entra de lleno en el cine de Charles Chaplin con "El Gran dictador", de 1940. La sátira y la parodia de Hitler y Mussolini han quedado en la memoria colectiva.
En 1947 encontramos una nueva película de Chaplin, "Monsieur Verdoux", en la que cambia radicalmente su estilo; Charlot desaparece, y con él la extroversión de su interpretación; es una película de su etapa madura, ya con sonido, en el que el humorismo espontáneo y algo inocente se ve envuelto por un cinismo casi violento. El guión, al igual que la sociedad y que el propio director, ha cambiado: Chaplin es Monsieur Verdoux, un ladrón que se dedica a adular a ricas mujeres, jóvenes o ancianas, para después robarles grandes cantidades de dinero. Monsieur Verdoux engaña a todos, roba y mata con una frialdad que viola al espectador. En ese sentido, la interpretación de Chaplin, si bien diferente de las anteriores, sigue estando a un nivel extraordinario. Al final es apresado y condenado a pena de muerte; en el juicio y en los momentos antes de su ejecución, con la frialdad y abstracción de la realidad que demuestra a lo largo de toda la película, Chaplin aprovecha para demostrar la desilusión que este mundo le ha provocado. Una crítica voraz al capitalismo, a la sociedad de su tiempo y a las instituciones oficiales, al belicismo y a la pena de muerte.
Con "Candilejas" (1952, en la que, por cierto, aparece un envejecido Buster Keaton), "Un Rey en Nueva York" (1957) y "La Condesa de Hong Kong" (1967) Chaplin cierra su aportación al mundo cinematográfico, aunque las últimas dos películas no sean tan brillantes como el resto de la filmografía.
Charles Chaplin marcó una época porque consiguió la amalgama perfecta: retratar en un largometraje la realidad de su tiempo con dinamismo, humor y sentimiento. Este estilo tan personal es el responsable de que todo lo que hizo se convirtiera al instante en obra maestra, con un valor estético y cultural extraordinario. Sin duda, estamos hablando de uno de los grandes artistas del siglo XX.





