El gabinete del doctor Caligari (Alemania, 1919) de Robert Wiene
Lo primero que salta a la vista de “El Gabinete del doctor Caligari” es que se construye a partir de una estructura narrativa bastante compleja, que sin duda debía desorientar al espectador de la época, pues lo sigue haciendo con el público actual. El prólogo y el epílogo, así podríamos llamar las dos partes que conforman el relato primario, enmarcan un metarelato o relato secundario terrorífico que es el que ocupa la mayor parte del metraje. Esta es, a grandes rasgos, la estructura narrativa del filme.

Es muy importante señalar lo atrevido de la propuesta narrativa de “El gabinete del doctor Caligari”, pues deja al espectador un papel activo para determinar su propia interpretación de la película. Las lecturas más claras señalan dos sentidos contrapuestos, aunque tal vez no excluyentes: en el primer caso, la interpretación más evidente nos indica que todo el relato secundario es producto de la locura de Francis, el protagonista, que ha inventado toda la historia; la otra posibilidad, señala por oposición que la fábula que Francis cuenta es verdadera, pero al no ser creído y ser tomado por loco (o incluso llegar a serlo por culpa de ello) es encerrado en el manicomio.
Sin querer caer en afirmaciones categóricas triviales, puede decirse que la película de Wiene es uno de los primeros largometrajes de terror de la historia y, como el paso del tiempo ha demostrado, uno de los mejores, sobre todo por la inquietud que genera su ya citado final ambiguo.
Pero el gran logro de este filme es lograr crear esa angustiosa atmósfera inquietante y amenazante. Para conseguirla el director utilizó varios elementos de la puesta en escena, pero sobre todos ellos destacan los decorados, la iluminación y la interpretación.
Los decorados, como sucede a menudo en el expresionismo, son el elemento clave. Decorados cuya definición más característica es precisamente expresionista, pues se sacrifica el realismo objetivo por un subjetivismo dictado por la expresión del artista. Al igual que sucede en los cuadros de Munch (no olvidemos la tremenda influencia de la pintura en el expresionismo alemán, en directores como Murnau, pero más en general en todo el cine mudo), las formas de la realidad se deforman en beneficio de la expresión del autor, que vuelca en ellas sus sentimientos y estados de ánimo. Además, en este mismo sentido, no hay que obviar que el expresionismo es un movimiento artístico que nace en la pintura.
Los decorados cobran una importancia de primera línea y, lejos de pasar inadvertidos, llaman la atención del espectador desde el primer momento. Suelen estar construidos en función de la planificación (ángulo de cámara, encuadre, personajes) y constituyen un todo coherente a lo largo de la película.
La atmósfera de angustia que consigue transmitir Wiene se debe en gran parte a los decorados, construidos a base de líneas rectas partidas que forman ángulos agudos y bruscos. La mayoría de los escenarios envuelve a los personajes curvándose sobre ellos, envolviéndolos. Muchos de ellos están pintados, están torcidos, exagerados, nunca tienen simetrías y huyen de todo racionalismo. Además, tienen falsas perspectivas y se parecen mucho a algunos cuadros de De Chirico. Decorados exagerados que reflejan las obsesiones y los miedos (¿del personaje en escena?¿del narrador?).
No obstante, en este aspecto, “El gabinete del doctor Caligari” presenta interpretaciones complejas, según qué sentido se le atribuye a la película. De hecho, los espectaculares decorados ortogonales pueden leerse como una representación de la locura de Francis, que nos cuenta la historia desde su punto de vista (real o inventado) y con ello deforma el espacio a su voluntad (consciente o inconscientemente). Sin embargo, los decorados geométricos anti-realistas también pueden ser una transposición de la locura del mundo. En todo caso y se elija una opción u otra, los decorados transmiten una sensación de locura malsana, asimétrica, irracional, desequilibrada, inestable, latente, amenazante y perversa.
Por otro lado, la iluminación es otro elemento clave de la puesta en escena. El complejo juego de luces y sombras, el claroscuro que tanto influirá en el cine posterior (Hollywood incluido) son en “El gabinete del doctor Caligari” técnicas que se ensayan con éxito, pese a que la experiencia, así como los medios técnicos, no permitían un control absoluto de la luz.
A pesar de todo, quizá habría que hablar más que de luces de sombras, pues son estas las que aportan significación a la película y están en comunión con la voluntad de crear una atmósfera aterradora. Casi toda la acción de la película transcurre de noche y la iluminación produce efectos parecidos a los de los decorados. En la misma dirección funcionan elementos expresivos como el maquillaje, a destacar sobre todo en la excepcional caracterización del sonámbulo Cesare.
En lo que respecta a la interpretación esta es obviamente, al igual que la iluminación, de remarcado carácter expresionista. No se busca tanto el realismo como la sensación, el sentimiento. Por eso todos los actores sobreactúan, exagerando sus reacciones y sus estados de ánimo. Sin embargo tampoco hay que olvidar que esta sobreactuación se producía en todo el cine mudo, por la falta de diálogo y para facilitarle la tarea al público.
Destaca sobretodo la importancia que adquieren las manos, como también sucede en otros filmes alemanes de la época. Las manos reflejan perfectamente los sentimientos de los personajes e incluso en algunas ocasiones se les dedica un primer plano, dada su gran fuerza expresiva.
En cuanto al lenguaje cinematográfico utilizado, se puede decir que en “El gabinete del doctor Caligari” ya se ha alcanzado un dominio notable. Predominan los planos generales y fijos, sobre todo por la fuerza de las composiciones heredadas de la tradición pictórica, pero se recurre frecuentemente a planos medios y primeros planos.

Apenas hay movimientos de cámara, tan sólo alguna pequeña panorámica, ni tampoco se recurre a la dialéctica plano-contraplano, que es utilizada en pocas ocasiones puntuales pero que no constituye uno de los ejes estilísticos de la película. Con todos estos elementos la película tiene ritmo y está muy bien construida narrativamente. Incluye momentos en el que hay montaje paralelo, es decir que varias acciones se cuentan entrelazadas al mismo tiempo.
No obstante, el uso de intertítulos se hace aún necesario y el filme posee un gran número de ellos, la gran mayoría de carácter explicativo. Aún es pronto para lograr que la historia se cuente sólo con las imágenes, como conseguiría Murnau una década más tarde.
En resumen, “El gabinete del doctor Caligari” es una gran película de terror que anticipó el éxito artístico (y comercial) del expresionismo alemán producido en los estudios de la UFA. Con todo, no deja de ser inquietante el carácter premonitorio de alguno de estos filmes (piénsese en “Nosferatu” de Murnau o “M el vampiro de Dusseldorf” de Fritz Lang) que, a pesar de ser realizados en el estado más avanzado de la época como era la república de Weimar alemana, muestran, tanto temáticamente como estilísticamente, sociedades malsanas, hombres malvados, muerte, asesinatos y locura enfermiza en clave de terror. Un cine que tiene más sombras que luz.

Es muy importante señalar lo atrevido de la propuesta narrativa de “El gabinete del doctor Caligari”, pues deja al espectador un papel activo para determinar su propia interpretación de la película. Las lecturas más claras señalan dos sentidos contrapuestos, aunque tal vez no excluyentes: en el primer caso, la interpretación más evidente nos indica que todo el relato secundario es producto de la locura de Francis, el protagonista, que ha inventado toda la historia; la otra posibilidad, señala por oposición que la fábula que Francis cuenta es verdadera, pero al no ser creído y ser tomado por loco (o incluso llegar a serlo por culpa de ello) es encerrado en el manicomio.
Sin querer caer en afirmaciones categóricas triviales, puede decirse que la película de Wiene es uno de los primeros largometrajes de terror de la historia y, como el paso del tiempo ha demostrado, uno de los mejores, sobre todo por la inquietud que genera su ya citado final ambiguo.
Pero el gran logro de este filme es lograr crear esa angustiosa atmósfera inquietante y amenazante. Para conseguirla el director utilizó varios elementos de la puesta en escena, pero sobre todos ellos destacan los decorados, la iluminación y la interpretación.
Los decorados, como sucede a menudo en el expresionismo, son el elemento clave. Decorados cuya definición más característica es precisamente expresionista, pues se sacrifica el realismo objetivo por un subjetivismo dictado por la expresión del artista. Al igual que sucede en los cuadros de Munch (no olvidemos la tremenda influencia de la pintura en el expresionismo alemán, en directores como Murnau, pero más en general en todo el cine mudo), las formas de la realidad se deforman en beneficio de la expresión del autor, que vuelca en ellas sus sentimientos y estados de ánimo. Además, en este mismo sentido, no hay que obviar que el expresionismo es un movimiento artístico que nace en la pintura.
Los decorados cobran una importancia de primera línea y, lejos de pasar inadvertidos, llaman la atención del espectador desde el primer momento. Suelen estar construidos en función de la planificación (ángulo de cámara, encuadre, personajes) y constituyen un todo coherente a lo largo de la película.

La atmósfera de angustia que consigue transmitir Wiene se debe en gran parte a los decorados, construidos a base de líneas rectas partidas que forman ángulos agudos y bruscos. La mayoría de los escenarios envuelve a los personajes curvándose sobre ellos, envolviéndolos. Muchos de ellos están pintados, están torcidos, exagerados, nunca tienen simetrías y huyen de todo racionalismo. Además, tienen falsas perspectivas y se parecen mucho a algunos cuadros de De Chirico. Decorados exagerados que reflejan las obsesiones y los miedos (¿del personaje en escena?¿del narrador?).
No obstante, en este aspecto, “El gabinete del doctor Caligari” presenta interpretaciones complejas, según qué sentido se le atribuye a la película. De hecho, los espectaculares decorados ortogonales pueden leerse como una representación de la locura de Francis, que nos cuenta la historia desde su punto de vista (real o inventado) y con ello deforma el espacio a su voluntad (consciente o inconscientemente). Sin embargo, los decorados geométricos anti-realistas también pueden ser una transposición de la locura del mundo. En todo caso y se elija una opción u otra, los decorados transmiten una sensación de locura malsana, asimétrica, irracional, desequilibrada, inestable, latente, amenazante y perversa.
Por otro lado, la iluminación es otro elemento clave de la puesta en escena. El complejo juego de luces y sombras, el claroscuro que tanto influirá en el cine posterior (Hollywood incluido) son en “El gabinete del doctor Caligari” técnicas que se ensayan con éxito, pese a que la experiencia, así como los medios técnicos, no permitían un control absoluto de la luz.
A pesar de todo, quizá habría que hablar más que de luces de sombras, pues son estas las que aportan significación a la película y están en comunión con la voluntad de crear una atmósfera aterradora. Casi toda la acción de la película transcurre de noche y la iluminación produce efectos parecidos a los de los decorados. En la misma dirección funcionan elementos expresivos como el maquillaje, a destacar sobre todo en la excepcional caracterización del sonámbulo Cesare.
En lo que respecta a la interpretación esta es obviamente, al igual que la iluminación, de remarcado carácter expresionista. No se busca tanto el realismo como la sensación, el sentimiento. Por eso todos los actores sobreactúan, exagerando sus reacciones y sus estados de ánimo. Sin embargo tampoco hay que olvidar que esta sobreactuación se producía en todo el cine mudo, por la falta de diálogo y para facilitarle la tarea al público.
Destaca sobretodo la importancia que adquieren las manos, como también sucede en otros filmes alemanes de la época. Las manos reflejan perfectamente los sentimientos de los personajes e incluso en algunas ocasiones se les dedica un primer plano, dada su gran fuerza expresiva.
En cuanto al lenguaje cinematográfico utilizado, se puede decir que en “El gabinete del doctor Caligari” ya se ha alcanzado un dominio notable. Predominan los planos generales y fijos, sobre todo por la fuerza de las composiciones heredadas de la tradición pictórica, pero se recurre frecuentemente a planos medios y primeros planos.

Apenas hay movimientos de cámara, tan sólo alguna pequeña panorámica, ni tampoco se recurre a la dialéctica plano-contraplano, que es utilizada en pocas ocasiones puntuales pero que no constituye uno de los ejes estilísticos de la película. Con todos estos elementos la película tiene ritmo y está muy bien construida narrativamente. Incluye momentos en el que hay montaje paralelo, es decir que varias acciones se cuentan entrelazadas al mismo tiempo.
No obstante, el uso de intertítulos se hace aún necesario y el filme posee un gran número de ellos, la gran mayoría de carácter explicativo. Aún es pronto para lograr que la historia se cuente sólo con las imágenes, como conseguiría Murnau una década más tarde.
En resumen, “El gabinete del doctor Caligari” es una gran película de terror que anticipó el éxito artístico (y comercial) del expresionismo alemán producido en los estudios de la UFA. Con todo, no deja de ser inquietante el carácter premonitorio de alguno de estos filmes (piénsese en “Nosferatu” de Murnau o “M el vampiro de Dusseldorf” de Fritz Lang) que, a pesar de ser realizados en el estado más avanzado de la época como era la república de Weimar alemana, muestran, tanto temáticamente como estilísticamente, sociedades malsanas, hombres malvados, muerte, asesinatos y locura enfermiza en clave de terror. Un cine que tiene más sombras que luz.





