La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925)
“A fin de cuentas, todo es un chiste” decía Charles Chaplin, y tenía razón. “La quimera del oro” es una de las películas que mejor refleja esta concepción – no es disparatado decirlo – filosófica. Filosófica porque el cine de Chaplin es una filosofía de vida: un canto al placer de vivir, una oda al hombre y a toda la humanidad. Pero no es sólo eso. Es también una filosofía que ve la vida como algo fantásticamente divertido, increíblemente gracioso. Y es este perfecto equilibrio entre el sentimentalismo humanista y el humor absurdo lo que hace de su cine una de las cumbres del arte del siglo XX.
La evolución de la carrera cinematográfica de Chaplin oscila entre estos dos polos. Si al comienzo de su carrera, en los pequeños cortometrajes mudos en los que se forjará Charlot, se centrará únicamente en el lado cómico del personaje, privilegiando el humor del tipo slapstick, en sus últimas películas se acercará más a un nostálgico sentimentalismo cuya máxima expresión es la abrumadora “Candilejas” de 1952.
No obstante, entre un extremo y otro, entre los cortos slapstick y “Candilejas”, Chaplin desarrolla un cine que bebe de ambas fuentes y consigue la combinación que tan reconocible hace su obra. Me refiero a las películas que van desde “El chico” de 1921 hasta su primera película completamente sonora, “El gran dictador” de 1940, pasando por esas obras maestras absolutas que son “Luces de la ciudad” (1931) y “Tiempos modernos” (1935) y obviamente por la que aquí nos ocupa, “La quimera del oro”.
En el filme Chaplin funde, como ya se ha dicho, un cine social crítico con la realidad de su tiempo con la introducción de gags absurdos dentro del hilo narrativo y dota al conjunto de lirismo, delicadeza y sutileza.
En primer lugar, el aspecto de crítica social queda patente en la trama de la película. Los buscadores de oro no son más que pobres individuos que huyen de las duras condiciones de vida de finales del XIX persiguiendo un sueño, el sueño del oro que les hará ricos. Una, nunca mejor dicho, quimera que atrajo a miles de personas que fracasaron en su intento.
El personaje de Charlot, uno de estos buscadores de oro, también tiene una gran dimensión de “denuncia” social. El protagonista de la mayoría de los largometrajes de Chaplin es un pobre vagabundo, ingenuo, idealista, sentimental y, sobre todo, bueno. Por estas razones la sociedad abusa y se ríe de él, lo ridiculiza; ya sea por su aspecto físico, por su vestimenta, por su actitudes o por su infantil altruismo y bondad.
Pero esta sociedad que se presenta en “La quimera del oro” es la que sale peor parada: la gente es malvada, aprovechada, perversa, egoísta...Pocos personajes son “buenos” en la película: desde el asesino Black Larsen, pasando por las tontas amigas de Georgia, que se ríen de Charlot con crueldad, hasta Jack Cameron, el celoso amante de la protagonista.
Pero en los filmes de Chaplin siempre hay esperanza: en esta sociedad deshumanizada, que obliga a miles de hombres a explorar las montañas nevadas para conseguir encontrar algo de oro, personajes como Big Jim, un buscador grandote y bonachón, el ingeniero Hank, solidario ante un Charlot hambriento, o la propia Georgia demuestran que aún es pronto para perder la confianza en las personas.
Lo cierto es que “La quimera del oro”, siendo un film cómico, logra obtener momentos dramáticos de gran hondura emocional. Sobre todos ellos destaca la secuencia en la que, en la cena de nochevieja, el pobre vagabundo, tras haber preparado la cena con dulzura, se queda solo esperando a sus invitadas, mientras Georgia y sus amigas están divirtiéndose en el bar de la ciudad.
Las escenas en las que Charlot se duerme e imagina estar con ellas pero es bruscamente despertado por las campanadas de medianoche y se encuentra a sí mismo solo en una mesa que él mismo ha preparado para cinco personas, consigue despertar en el espectador un sentimiento de profunda ternura.
Por otra parte, como ya se ha dicho, este melancólico sentimentalismo se junta con la irresistible sutileza del humor chapliniano. Este se evidencia en algunas secuencias (que no han notado el paso del tiempo) realmente geniales: la de la casa tambaleándose en el precipicio o aquella delirante en la que Charlot se convierte en un pollo en ojos de Big Jim, que quiere comérselo.
Pero sobre todas ellas se eleva la escena de los panecillos, quintaesencia de la herencia circense de Chaplin, en la que consigue que dos panecillos con un tenedor clavado se conviertan mágicamente en unas hábiles piernas que bailan.
Pero Charles Chaplin no sólo era guionista y protagonista de todas sus obras, sino que también era director. El trabajo en la puesta en escena sus filmes también era importante.
En “La quimera del oro” dicha puesta en escena es funcional y responde principalmente a las necesidades del guión. La sintaxis cinematográfica ya se domina por completo y se logra una continuidad espacio-temporal perfecta. Si gran parte de los momentos cómicos se ruedan con planos generales, en los momentos más emocionantes el director no duda en insertar primeros planos. La técnica del plano-contraplano también está perfectamente instaurada.
Por otro lado, Chaplin juega agudamente con el fuera de campo (valga como ejemplo la secuencia de la casa que se tambalea) en los gags. El afán documentalista y realista de Chaplin queda patente en el comienzo del film, en el que una enorme fila de 600 figurantes escala la montaña de Sierra Nevada. El encuadre es muy parecido a una fotografía de la época de la fiebre del oro.

Finalmente, la planificación está pensada para que se utilicen el menor número de intertítulos posibles, pues hay una voluntad de contar la historia de forma visual.
El mérito de “La quimera del oro” está, en resumen, en saber alternar a la perfección los momentos más sentimentales con los gags humorísticos en un contexto de crítica social. Incluso en las situaciones más desesperadas (el hambre, la soledad, el desamor) Chaplin logra momentos de indudable comicidad, sin que una cosa estropee la otra.
Con todo, el mensaje que nos lanza el gran artista inglés es un mensaje esperanzador y ante todo positivo. Chaplin cree en el hombre, en su bondad y en su amor que se abren paso en una sociedad cruel y competitiva. Todo esto queda sintetizado en el personaje del vagabundo Charlot, que sabe emocionarse, compadecerse y también, por qué no, reírse de sí mismo. Y eso es lo que hacemos los espectadores de “La quimera del oro”: emocionarnos, compadecernos y reírnos.
La evolución de la carrera cinematográfica de Chaplin oscila entre estos dos polos. Si al comienzo de su carrera, en los pequeños cortometrajes mudos en los que se forjará Charlot, se centrará únicamente en el lado cómico del personaje, privilegiando el humor del tipo slapstick, en sus últimas películas se acercará más a un nostálgico sentimentalismo cuya máxima expresión es la abrumadora “Candilejas” de 1952.
No obstante, entre un extremo y otro, entre los cortos slapstick y “Candilejas”, Chaplin desarrolla un cine que bebe de ambas fuentes y consigue la combinación que tan reconocible hace su obra. Me refiero a las películas que van desde “El chico” de 1921 hasta su primera película completamente sonora, “El gran dictador” de 1940, pasando por esas obras maestras absolutas que son “Luces de la ciudad” (1931) y “Tiempos modernos” (1935) y obviamente por la que aquí nos ocupa, “La quimera del oro”.
En el filme Chaplin funde, como ya se ha dicho, un cine social crítico con la realidad de su tiempo con la introducción de gags absurdos dentro del hilo narrativo y dota al conjunto de lirismo, delicadeza y sutileza.
En primer lugar, el aspecto de crítica social queda patente en la trama de la película. Los buscadores de oro no son más que pobres individuos que huyen de las duras condiciones de vida de finales del XIX persiguiendo un sueño, el sueño del oro que les hará ricos. Una, nunca mejor dicho, quimera que atrajo a miles de personas que fracasaron en su intento.
El personaje de Charlot, uno de estos buscadores de oro, también tiene una gran dimensión de “denuncia” social. El protagonista de la mayoría de los largometrajes de Chaplin es un pobre vagabundo, ingenuo, idealista, sentimental y, sobre todo, bueno. Por estas razones la sociedad abusa y se ríe de él, lo ridiculiza; ya sea por su aspecto físico, por su vestimenta, por su actitudes o por su infantil altruismo y bondad.
Pero esta sociedad que se presenta en “La quimera del oro” es la que sale peor parada: la gente es malvada, aprovechada, perversa, egoísta...Pocos personajes son “buenos” en la película: desde el asesino Black Larsen, pasando por las tontas amigas de Georgia, que se ríen de Charlot con crueldad, hasta Jack Cameron, el celoso amante de la protagonista.Pero en los filmes de Chaplin siempre hay esperanza: en esta sociedad deshumanizada, que obliga a miles de hombres a explorar las montañas nevadas para conseguir encontrar algo de oro, personajes como Big Jim, un buscador grandote y bonachón, el ingeniero Hank, solidario ante un Charlot hambriento, o la propia Georgia demuestran que aún es pronto para perder la confianza en las personas.
Lo cierto es que “La quimera del oro”, siendo un film cómico, logra obtener momentos dramáticos de gran hondura emocional. Sobre todos ellos destaca la secuencia en la que, en la cena de nochevieja, el pobre vagabundo, tras haber preparado la cena con dulzura, se queda solo esperando a sus invitadas, mientras Georgia y sus amigas están divirtiéndose en el bar de la ciudad.
Las escenas en las que Charlot se duerme e imagina estar con ellas pero es bruscamente despertado por las campanadas de medianoche y se encuentra a sí mismo solo en una mesa que él mismo ha preparado para cinco personas, consigue despertar en el espectador un sentimiento de profunda ternura.
Por otra parte, como ya se ha dicho, este melancólico sentimentalismo se junta con la irresistible sutileza del humor chapliniano. Este se evidencia en algunas secuencias (que no han notado el paso del tiempo) realmente geniales: la de la casa tambaleándose en el precipicio o aquella delirante en la que Charlot se convierte en un pollo en ojos de Big Jim, que quiere comérselo.
Pero sobre todas ellas se eleva la escena de los panecillos, quintaesencia de la herencia circense de Chaplin, en la que consigue que dos panecillos con un tenedor clavado se conviertan mágicamente en unas hábiles piernas que bailan.
Pero Charles Chaplin no sólo era guionista y protagonista de todas sus obras, sino que también era director. El trabajo en la puesta en escena sus filmes también era importante.
En “La quimera del oro” dicha puesta en escena es funcional y responde principalmente a las necesidades del guión. La sintaxis cinematográfica ya se domina por completo y se logra una continuidad espacio-temporal perfecta. Si gran parte de los momentos cómicos se ruedan con planos generales, en los momentos más emocionantes el director no duda en insertar primeros planos. La técnica del plano-contraplano también está perfectamente instaurada.
Por otro lado, Chaplin juega agudamente con el fuera de campo (valga como ejemplo la secuencia de la casa que se tambalea) en los gags. El afán documentalista y realista de Chaplin queda patente en el comienzo del film, en el que una enorme fila de 600 figurantes escala la montaña de Sierra Nevada. El encuadre es muy parecido a una fotografía de la época de la fiebre del oro.

Finalmente, la planificación está pensada para que se utilicen el menor número de intertítulos posibles, pues hay una voluntad de contar la historia de forma visual.
El mérito de “La quimera del oro” está, en resumen, en saber alternar a la perfección los momentos más sentimentales con los gags humorísticos en un contexto de crítica social. Incluso en las situaciones más desesperadas (el hambre, la soledad, el desamor) Chaplin logra momentos de indudable comicidad, sin que una cosa estropee la otra.
Con todo, el mensaje que nos lanza el gran artista inglés es un mensaje esperanzador y ante todo positivo. Chaplin cree en el hombre, en su bondad y en su amor que se abren paso en una sociedad cruel y competitiva. Todo esto queda sintetizado en el personaje del vagabundo Charlot, que sabe emocionarse, compadecerse y también, por qué no, reírse de sí mismo. Y eso es lo que hacemos los espectadores de “La quimera del oro”: emocionarnos, compadecernos y reírnos.





