logotipo

img_google
Desarraigo - El cine en la sombra
Todo tipo de buen cine
Acerca de
Eres el visitante número:
Web
Counter
Adelphia Cable Internet
Sindicación
 
¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946)
Frente a la aparente ingenuidad de su título y de su planteamiento, “¡Qué bello es vivir!” no supone para nada una interpretación sencilla, sino que la película es rica en mensajes y abismalmente ambigua en cuanto a su significado. Esta pequeña critica no quiere ser una apología de un individualismo egoísta ni pretende abarcar la complejidad temática, argumental y estilística de la obra, sino tan sólo señalar algunos aspectos reveladores, ignorados en la mayoría de los comentarios que se han hecho sobre la película, que son de fundamental importancia.

El filme se puede leer principalmente de dos maneras: una lectura superficial y puramente emocional nos lleva a pensar que “¡Qué bello es vivir!” es un canto a la belleza de la vida, un estilo de vida altruista, profundamente cristiano y americano; en cambio, un análisis de la película más cognitivo, distanciado y objetivista, basado en lo literal, nos desvela que las claves de interpretación de la obra son justo las opuestas, es decir una denuncia de la subordinación de la libertad individual por el bien de la sociedad. La primera lectura, hegemónica entre la crítica, es eminentemente positiva, esperanzadora y, a mi juicio, engañosa; la segunda, por contra, es de una acongojante negrura y un hondo pesimismo.

A continuación se procede a explicitar estas dos interpretaciones que cohabitan en el filme pero que por su propia naturaleza se excluyen la una a la otra; sin embargo, hay que dejar claro que son autónomas de la intención con la que Capra realizó la película, (consciente o inconscientemente), aspecto que se abordará más tarde.

La lectura superficial nos deja una impresión indudable: “¡Qué bello es vivir!” es el manifiesto filántropo mejor conseguido por Capra en toda su carrera, sobre todo porque su emocionante final que encaja a la perfección en la estructura de la película. La última escena es el clímax necesario sin el cual este largometraje se hubiera quedado en un notable ejercicio de cine, sin llegar a ser una obra maestra. Por eso esta película es la mejor del director: resume la esencia del mensaje que Capra quiso transmitir a la sociedad, un mensaje optimista de confianza en el hombre.

George es un hombre benévolo, filántropo como el propio director, desinteresado y bondadoso. Entrega su vida a los demás, al bien de la comunidad, anteponiendo los deseos de los demás a sus sueños. Sin embargo, el destino le propina una serie de malas jugadas que le llevarán hasta el punto de querer suicidarse para dejar en herencia el seguro de vida.

Capra era un innegablemente un profundo humanista, pero la película desarrolla distintos aspectos del alma, no solamente los positivos: explora también sentimientos muy humanos como la angustia, la desesperación, el tedio...elementos que participan con mucho peso en la vida cotidiana. Sin embargo, todos los sacrificios de Bailay quedan justificados por su recompensa final, en la que los vecinos con buena voluntad salvan la compañía de préstamos de la quiebra y al propio George de la cárcel.

Además, el personaje del ángel también le concede una recompensa por todos sus esfuerzos en beneficio de la comunidad, y le hace ver como habría sido la vida si él no hubiera existido, con lo que James Stewart se da cuenta de que ha mejorado la vida a todo el pueblo.

En este personaje de tal belleza espiritual Capra quiere resaltar que lo importante es la existencia individual como bien común; en la secuencia final da igual que los vecinos le consigan los 8000 dólares que debe su empresa, lo que realmente importa es que George ha comprendido que cada uno, a su manera, es fundamental en la vida de toda la comunidad. Es más, podría haberse ido a la cárcel que la felicidad de Bailey sería la misma. El hecho de que al final poco importe el dinero, las ganas de abandonar el pueblo y demás sueños frustrados son el mensaje más importante de la película: George descubre la felicidad en sí mismo y en aquellos que le rodean.

Toda esta interpretación es sin duda la que surge de manera más inmediata en la mente del espectador, sobre todo porque el público se deja llevar por la emoción (y la belleza) de la escena final. Además, hay otro elemento que consigue fortalecer este sentido del film: el humor. Los momentos cómicos hacen sí que no nos tomemos tan en serio todo lo que le ocurre a George, lo desmitifiquemos o nos riamos de ello. El humor de alguna manera enmascara, que no oculta, lo verdaderamente desgraciado de la existencia del mayor de los Baileys.

En este sentido, la lectura reflexiva, en cambio, señala que “¡Qué bello es vivir!” es la historia de un hombre fracasado y maltratado por la sociedad que le ha obligado a llevar una vida que él no deseaba; se ha aprovechado de él, de su bondad y su falta de personalidad.
En realidad, George es un desgraciado. Desde que era pequeño todos los proyectos de su vida se han disuelto por culpa de la comunidad. George ve como poco a poco todos sus sueños se ven frustrados.

En primer lugar, el primer episodio que se nos muestra de su vida anticipa todo lo que va a venir después. El protagonista pierde un oído por ayudar a su hermano. Un sacrificio a favor de otra persona le priva de gran parte de su capacidad sensorial.

Después George, ya más mayor, quiere irse de viaje a explorar el mundo, pero este sueño también es roto por la muerte de su padre, y el personaje de James Stewart se resigna otra vez a sacrificarse para poder llevar una pequeña compañía familiar de préstamos que ayuda a los vecinos a tener viviendas dignas. Algo parecido ocurre cuando, una vez que él ya ha tomado la decisión de irse a estudiar a la universidad y dejar por fin el pueblo, la junta directiva decide que es el único capacitado para dirigir esta empresa de préstamos. De nuevo George renuncia a su vida por una imposición externa, aunque sea por el bien común y con un fin moralmente admirable.

Pero lo curioso es que la situación vuelve a repetirse con la vuelta de su hermano: George confía en que sea el propio Bert quien tome las riendas de la compañía para que él pueda cumplir por fin sus sueños. Sin embargo, el hermano se ha casado y ha obtenido un puesto de trabajo mejor, por lo que George se queda en Bedford Falls. Pero esto no es todo, porque nuestro protagonista vuelve a sacrificarse por los demás cuando en lugar de irse de luna de miel, gasta su tiempo y su dinero en atender a los clientes de la empresa de préstamos.

Además, debe notarse que George rechaza la oferta de Potter, con un excelente sueldo, en beneficio del bien común. De nuevo, cuando va a suicidarse, va a sacrificar lo más valioso que tiene, su vida, para ayudar a su familia con el dinero que recibirán por el seguro de vida.

Pero esto no es todo, pues George renuncia a más cosas. No cumple ninguno de sus deseos: por una parte, no logra el bienestar socio-económico. Él siempre había soñado con tener unos buenos ingresos (en la compañía de préstamos su sueldo es escaso y en muchas ocasiones lo cede prestado a miembros de la comunidad), con ser arquitecto y construir edificios, con viajar por el mundo y vivir en una ciudad distinta a Bedford Falls...Pero eso no es todo: también hay una renuncia pasional. Es evidente que hay una gran tensión sexual entre Violet y él que queda como otro de esos deseos insatisfechos en provecho de la estabilidad familiar y de la reputación social.

En una de las primeras escenas de la película, George y su padre mantienen una conversación mientras cenan. En esta conversación el hijo deja claro al padre que no piensa seguir con la compañía de préstamos, pues sus sueños son otros. El joven Bailay admite que, si bien reconoce que la empresa ayuda a mucha gente, su deseo no es entrar en ella y continuar la tradición familiar.

Por todas estas razones, la vida de George Bailay se constituye como una constante renuncia a sus sueños personales como individuo en beneficio de una colectividad difusa, de la comunidad. La existencia del personaje de James Stewart es un continuo sacrificio a favor de los demás, de la comunidad, del pueblo de Bedford Falls y por lo tanto del bienestar de la sociedad.

Luego puede decirse que George Bailay es un fracasado en toda regla que no materializa ninguno de los proyectos que había diseñado para su vida. Y la cuestión es: ¿Quién impide que George materialice sus sueños? La respuesta está clara: toda la sociedad.

La individualidad del personaje de Stewart queda suprimida, sublevada y maltratada por las necesidades del conjunto de la sociedad que, de alguna manera, se aprovechan de su total ingenuidad y bondad. George es incapaz de anteponer su bien individual frente al bien colectivo, y por eso lo sacrifica todo en ese sentido. El protagonista es progresivamente aniquilado por una sociedad que le exige algo de egoísmo (demanda que él no es capaz de responder) y que lo lleva a la extenuación.

Para comprender definitivamente si George es un desgraciado basta ponerse las siguientes preguntas: ¿Hubiera firmado George, cuando era niño, un futuro así? ¿Alguien desearía tener una vida como la del mayor de los Bailay? ¿Está tan claro que, incluso con ese final, George es feliz? En el fondo la vida de George no tiene nada de atractivo y es más bien un fracaso total. ¿Qué placer puede encontrar en la vida si todos sus sueños los ha sacrificado a los sueños de los demás?

La supuesta belleza de la vida que menciona el título del film no es más que un espejismo. Y por eso el final carece de sentido y es simplón, desaprovechado y disonante con el resto del film (porque si lo pensamos fríamente, en realidad la primera hora y media es de lo más inquietante que se haya rodado y no puede calificarse de visión optimista de la vida).

.El problema de Capra, de hecho, reside en sus finales: la conclusión de sus filmes decepciona porque realmente no explota las capacidades dramáticas del guión y no es más que un refugio en el “happy end” hollywodiense (y con esto hago referencia, en particular, a “Juan Nadie” [1941]). ¿Realmente alguien se cree que George, después de no haber cumplido ninguno de sus deseos en beneficio de la comunidad, descubra la belleza de vivir en un pequeño favor que le hacen sus vecinos, cuando toda su vida no ha sido más que, precisamente, un favor hacia ellos? ¿Va a ser George feliz de ahora en adelante gracias a este bonito gesto?

Lo cierto es que George, si “¡Qué bello es vivir!” hubiera continuado, al día siguiente se haría levantado por la mañana y hubiera ido a trabajar a la compañía de préstamos, habría vuelto a la rutina y se daría cuenta de nuevo de cómo sus sueños se han frustrado y se han quedado en eso, en sueños. Se apercibiría de cómo su vida ha estado dedicada a cumplir los deseos de los demás subordinándolos a los suyos, que no se han podido consumar en beneficio de aquellos.

Por estas razones la película qué algunos han calificado de canto a la vida (cómo su propio título indica) efectuando tan sólo un análisis superficial y quedándose en la emotividad (muy lograda por cierto) del final es en verdad una desesperada (y pesimista) denuncia del estrangulamiento de la individualidad en la sociedad norteamericana de la época. No olvidemos que James Stewart (como Gary Cooper en “Juan Nadie”) era el estereotipo de americano medio. En este sentido, e independientemente de la intención de Capra, lo que “¡Qué bello es vivir!” refleja es que el hombre medio que vive en Estados Unidos no puede hacer lo que quiere, no puede cumplir sus sueños, sino que estará sujeto a la sociedad y a sus circunstancias.

En verdad, el personaje de George Bailay, y sin salirnos de un contexto de herencia cristiana (no olvidemos que en la película aparecen Dios y ángeles, y que Capra era fervorosamente religioso), es el de un mártir. Una persona normal que, en contra de su voluntad, acepta sacrificar su existencia en favor de los demás. La película debería llamarse (por muy arriesgado que suene) “¡Qué bello es ser un desgraciado!” o más allá aún “¡Qué bello es ser mártir!” o si los propósitos del título no fuesen irónicos “¡Qué horrible es ser mártir!”, siempre en función de cuáles fueran las intenciones de Capra, cuestión que se abordará más adelante.

La idea de sacrificio, palabra muy utilizada hasta ahora, nos remite, además, a un episodio bíblico que guarda muchos paralelismos con “¡Qué bello es vivir!”: el mito de Abraham e Isaac.
Abraham era, según el libro del Génesis, patriarca bíblico y padre de los hebreos (puede notarse la similitud con George Bailay, quien también guarda una relación paternal y actúa como un padre con la comunidad de Bedford Falls). En uno de los episodios más conocidos del libro sagrado, Dios ordenó a Abraham que sacrificara a su querido hijo, Isaac. Abraham le mostró obediencia y fue a sacrificar a su hijo, pero en último momento envío un ángel desde el cielo que detuvo el puñal que el padre iba a clavarle a su hijo.

Efectivamente lo mismo ocurre en “¡Qué bello es vivir!”, pues el destino (entendido como ente supremo y por lo tanto igual a Dios) pone a prueba la moral católica de George para ver si es capaz de sacrificar su vida para ayudar a los demás. George obedece al destino (pues así se lo dicta su moral cristiana) y está a punto de tirarse desde un puente para que su familia pueda cobrar el seguro y salir del apuro económico, pero en el último momento aparece Clarence, el ángel, que le detiene.

El personaje de Clarence tampoco es inocente, pues salva a George con un objetivo claro: conseguir sus alas. No puede decirse que la acción de Clarence sea completamente desinteresada y, de alguna forma, se aprovecha de George para lograr su objetivo, le convence de que su vida, al fin y al cabo, es bonita, cuando en realidad es lo opuesto de lo que siempre soñó Bailay.

Llegados a este punto cabe preguntarse cuáles eran las intenciones de Capra cuando rodó esta película, o mejor aún cuál era la visión que tenía Capra de esta historia.

Sus películas, “¡Qué bello es vivir!” incluida, reflejaban su profunda creencia religiosa en el cristianismo y su confianza (fe sería la palabra más apropiada) en el hombre, plenas de optimismo y valores éticos positivos, como la amistad, el altruismo, la bondad...Tal vez Capra pensara que la vida de George Bailay era verdaderamente perfecta: pues si no cabe duda de que George es un héroe (aunque desgraciado) y que lo que hace es moralmente admirable, pocos serían capaces de sacrificar voluntariamente su vida a la de los demás.

Quizás Capra pensara que la vida sólo tiene sentido cuando se ayuda a los demás, a costa de negar la propia individualidad, de someterla a la colectividad. O tal vez a Capra le hubiera gustado pensar eso, sobre todo porque tenía que ser coherente con su credo religioso, pero, a lo mejor inconscientemente, sabía que el aforismo hobbesiano “homo homini lupus” no podía ser más cierto.

Puede que el mensaje de Capra sea que la vida tiene sus aspectos negativos, pero que a pesar de ellos el hombre tiene que aprender a superarlos y encontrar el placer de vivir en los demás. Pero, pensara lo que pensara, está claro que el director de origen italiano sabía que la vida no es perfecta, no es un camino de rosas, y que hay, por lo menos, tantos momentos buenos como malos.

“¡Qué bello es vivir!” es, en conclusión, interpretable según el punto de vista moral, moldeable a la voluntad del espectador. No obstante, no se puede negar que los dos sentidos coexistan en la película: Capra relata la fe en el placer de la vida, pero, a la vez, bucea con pesimismo en los abismos de la amargura.
No