Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952)
Para los más reticentes al musical -entre los que me incluyo-, el principal problema de este género es que no se entiende por qué, de repente, la gente empieza a bailar y a cantar sin ningún motivo. Además, se acusa a los números musicales de interrumpir el desarrollo de la trama, de ser aburridos e inútiles. La crítica de “nuestros amigos los verosímiles” no deja de ser absurda en cuanto niega el desarrollo de la fantasía y defiende un cine esencialista de un realismo a ultranza que no hace más que estrangular las posibilidades del medio.
Más allá de estos debates, “Cantando bajo la lluvia” es uno de los pocos musicales que se salvan de las invectivas de estos reticentes. Y es que, a diferencia de los filmes de Fred Astaire y Ginger Rogers, en las películas de Gene Kelly, en particular en la que aquí se trata, los números musicales encajan a la perfección dentro de la trama, la hacen avanzar (no siempre) y, además, son muy divertidos. Las canciones y los bailes, además de haber adquirido un carácter mítico, sobre todo el “Singin’ in the rain”, se encuentran mucho más cerca de la sensibilidad moderna y resultan espectaculares incluso hoy en día.

Pero el gran acierto de “Cantando bajo la lluvia” es su capacidad de transmitir la vitalidad y el optimismo que rebosan la pantalla. Resulta complicado que al finalizar el visionado el espectador no tenga una sonrisa en la cara y tararee alguna de las canciones. El film irradia esa felicidad tan característica del Hollywood como forma de evasión de la realidad, de la fábrica de sueños, cuyo representante más excelso es precisamente el musical.
Los personajes de “Cantando bajo la lluvia” y de casi todos los musicales son alegres, están contentos y afrontan la vida como un gran placer, hasta el punto en que en cuanto tienen la oportunidad, se ponen a cantar, a bailar, exteriorizando así su vitalismo y su optimismo. Tal vez en estos valores radica el éxito que obtuvieron las películas de este género en la época dorada de los estudios.
Pero “Cantando bajo la lluvia” es una película más compleja de lo que parece, y también es una reflexión sobre el propio cine. Productores, actores, directores, guionistas....todas las figuras que intervienen en el proceso productivo de un film aparecen en la película, que no deja de ser un exaltación del propio cine como creador de fantasías, de ilusiones y de emociones.
A lo largo de la película asoman los estudios de Hollywood, con sus diferentes técnicas para crear la ficción: decorados, cámaras...Pero también estrategias de los estudios norteamericanos, como el Star System, los preestrenos en los que el público evalúa el largometraje... Elementos que hacen autoconsciente y metafílmica “Cantando bajo la lluvia”, que sin embargo nunca deja de envolver al espectador ni le saca de la diégesis gracias a una planificación clásica. Los ejes se respetan, todos los raccord están muy cuidados, el plano-contraplano se utiliza constantemente y todos los encuadres responden a la voluntad de contar la historia de la manera más sencilla, clara y directa posible.
La película narra además uno de los momentos más complicados de la historia de los estudios: la transición del mudo al sonoro. Con unas innegables dosis de humor, el film describe en realidad la tragedia de muchos profesionales del sector, sobre todo actores, que no pudieron –o no quisieron- adaptarse al cine sonoro, quedando así marginados de la industria. Resulta imposible no citar otra película, realizada sólo dos años antes, sobre este tema: “El crepúsculo de los dioses” (Billy Wilder, 1950).
Aún siendo un musical, “Cantando bajo la lluvia” hubiera podido perfectamente ser una comedia. Los diálogos son rápidos, chisposos, se pisan unos a otros y, por supuesto, son desternillantes, graciosos, divertidos y afilados. Las situaciones que presenta la película también son cómicas, tanto que el film provoca constantes carcajadas entre el público. El contrapunto a la comedia lo forma la trama sentimental, en la que se nos cuenta la relación de amor-desamor entre los dos protagonistas.
Y de esta forma, con una adecuada mezcla entre pizcas de sentimentalismo bañadas en comedia rápida, implícitas consideraciones sobre el propio cine y la apropiada introducción de números musicales, nace la que es considerada una de las más grandes películas del género y, por extensión, del Hollywood que fabrica sueños.
Más allá de estos debates, “Cantando bajo la lluvia” es uno de los pocos musicales que se salvan de las invectivas de estos reticentes. Y es que, a diferencia de los filmes de Fred Astaire y Ginger Rogers, en las películas de Gene Kelly, en particular en la que aquí se trata, los números musicales encajan a la perfección dentro de la trama, la hacen avanzar (no siempre) y, además, son muy divertidos. Las canciones y los bailes, además de haber adquirido un carácter mítico, sobre todo el “Singin’ in the rain”, se encuentran mucho más cerca de la sensibilidad moderna y resultan espectaculares incluso hoy en día.

Pero el gran acierto de “Cantando bajo la lluvia” es su capacidad de transmitir la vitalidad y el optimismo que rebosan la pantalla. Resulta complicado que al finalizar el visionado el espectador no tenga una sonrisa en la cara y tararee alguna de las canciones. El film irradia esa felicidad tan característica del Hollywood como forma de evasión de la realidad, de la fábrica de sueños, cuyo representante más excelso es precisamente el musical.
Los personajes de “Cantando bajo la lluvia” y de casi todos los musicales son alegres, están contentos y afrontan la vida como un gran placer, hasta el punto en que en cuanto tienen la oportunidad, se ponen a cantar, a bailar, exteriorizando así su vitalismo y su optimismo. Tal vez en estos valores radica el éxito que obtuvieron las películas de este género en la época dorada de los estudios.
Pero “Cantando bajo la lluvia” es una película más compleja de lo que parece, y también es una reflexión sobre el propio cine. Productores, actores, directores, guionistas....todas las figuras que intervienen en el proceso productivo de un film aparecen en la película, que no deja de ser un exaltación del propio cine como creador de fantasías, de ilusiones y de emociones.
A lo largo de la película asoman los estudios de Hollywood, con sus diferentes técnicas para crear la ficción: decorados, cámaras...Pero también estrategias de los estudios norteamericanos, como el Star System, los preestrenos en los que el público evalúa el largometraje... Elementos que hacen autoconsciente y metafílmica “Cantando bajo la lluvia”, que sin embargo nunca deja de envolver al espectador ni le saca de la diégesis gracias a una planificación clásica. Los ejes se respetan, todos los raccord están muy cuidados, el plano-contraplano se utiliza constantemente y todos los encuadres responden a la voluntad de contar la historia de la manera más sencilla, clara y directa posible.
La película narra además uno de los momentos más complicados de la historia de los estudios: la transición del mudo al sonoro. Con unas innegables dosis de humor, el film describe en realidad la tragedia de muchos profesionales del sector, sobre todo actores, que no pudieron –o no quisieron- adaptarse al cine sonoro, quedando así marginados de la industria. Resulta imposible no citar otra película, realizada sólo dos años antes, sobre este tema: “El crepúsculo de los dioses” (Billy Wilder, 1950).Aún siendo un musical, “Cantando bajo la lluvia” hubiera podido perfectamente ser una comedia. Los diálogos son rápidos, chisposos, se pisan unos a otros y, por supuesto, son desternillantes, graciosos, divertidos y afilados. Las situaciones que presenta la película también son cómicas, tanto que el film provoca constantes carcajadas entre el público. El contrapunto a la comedia lo forma la trama sentimental, en la que se nos cuenta la relación de amor-desamor entre los dos protagonistas.
Y de esta forma, con una adecuada mezcla entre pizcas de sentimentalismo bañadas en comedia rápida, implícitas consideraciones sobre el propio cine y la apropiada introducción de números musicales, nace la que es considerada una de las más grandes películas del género y, por extensión, del Hollywood que fabrica sueños.





