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Besos robados (Francois Truffaut, 1959)
El comienzo de "Besos robados", la secuencia en la que aparecen los títulos de crédito, es un buen ejemplo de lo que fue la Nouvelle Vague, movimiento cinematográfico que comenzó en el año 1959 en la Francia que ya olía el mayo del ‘68, y que dio lugar a muchas otras nuevas olas -ese es su significado literal- en los diferentes países europeos (el Nuevo Cine Italiano, el Free Cinema inglés, el Nuevo cine alemán...). Estas corrientes artísticas se basaban en la renovación del lenguaje y la sintaxis del cine, en oposición a la puesta en escena funcional y al montaje invisible del cine clásico norteamericano.

Pues bien, esta séptima película de Truffaut arranca con la Cinemateca de París en el encuadre. Es sabido que todos los críticos de Cahiers du Cinema, quienes después, al pasar detrás de la cámara, constituirían el núcleo duro de la Nouvelle Vague, se curtieron en ella, viendo cientos de películas de todo tipo, sobre todo los grandes clásicos del cine estadounidense.

La Cinemateca es uno de los ejes –más o menos simbólicos- de la política de los autores y de la nueva ola francesa. De hecho, es esta misma institución la que permite a los jóvenes escritores cahieristas recuperar, con la teoría del autor, a los grandes directores de Hollywood. Poco a poco Godard, Chabrol, Rivette, Rohmer y, obviamente, Francois Truffaut, van descubriendo en los clásicos de los estudios grandes artistas, personalidades creadoras que a pesar de estar encerrados en un sistema industrial y colectivo consiguen empapar sus obras con un toque personal.

Pero la Cinemateca no sólo permitió que una pequeña revista de París revolucionara la crítica cinematográfica mundial, sino que anticipó nuevas imágenes sobre el medio y, por otro lado, alimentó la imaginación de una generación de directores cuyo destino será retomar el modernismo en el cine.

Una de las características de dicho modernismo que empapa la Nouvelle Vague es precisamente la autoconciencia. Las películas son autoconscientes, reflexivas y metafílmicas, además de que abunda en ellas la intertextualidad, la cita y el pastiche, una especie de canibalización del cine, que se nutre de imágenes de otros filmes. Los cineastas de la nueva ola francesa son conscientes de toda la historia del cine, y en muchas de sus películas homenajean a sus particulares mitos con referencias a sus películas.

Pero en la Nouvelle Vague, Jean-Luc Godard particularmente, también se dan cuenta de que hay un lenguaje cinematográfico institucional, que viene directamente del cine hollywodiense, que se ha impuesto y se ha convertido en hegemónico, pero que no es el único posible. Y de esta manera, comienzan a destrozar la sintaxis clásica con cortes bruscos, elipsis exageradas y rompiendo todos los raccords; técnicas que escandalizarían a un montador de la época dorada de los estudios, pero que demuestran que hay muchas formas de hacer cine, y no solamente la que impone el otro lado del Atlántico.

En resumen, puede decirse que el primer plano de “Besos Robados” no es más que un homenaje a la Cinemateca, gracias a la cual Truffaut ha aprendido a hacer cine, y esconde una metáfora de lo que fue la Nouvelle Vague (reacuérdese también que estos cineastas afirmaban que la única forma de aprender a hacer cine era viendo muchas películas).
No se puede indicar la película en cuestión como una de las más rompedoras con el clasicismo –y es que Truffaut tan sólo rompió alguna regla al principio de su carrera-, pero sí es verdad que incluye algunos elementos que la encuadran en el movimiento francés.

En primer lugar, la temática urbana: se dejan atrás los retratos rurales que tanto abundaban en el cine francés. Truffaut consigue hacer una película actual, fresca, joven y moderna, pero sobre todo vital. La acción transcurre en París, en diferentes lugares de la ciudad, que no son los más monumentales, pero en los cuales realmente se esconde el alma parisina, con la sola voluntad de lograr una comedia más realista.

Por otra parte, otro de los temas del film es la sexualidad, un elemento que recupera toda la Nouvelle Vague. La explicitación de las referencias a la sexualidad se hace evidente en varios momentos de la película, como, por ejemplo cuando el protagonista entra en un burdel. Además, en los diálogos se habla de sexo de manera natural, sin censuras, e incluso aparece un desnudo femenino en la primera parte del film.


En cuanto a la planificación, “Besos robados” incluye también algunos momentos en los que la imagen “salta” porque no se respetan las normas del montaje clásico. Muchos diálogos no están rodados en plano-contraplano y en determinadas ocasiones Truffaut mantiene el mismo encuadre durante bastante tiempo.

Finalmente, no hay que olvidar que la película es profundamente autobiográfica, como por otra parte lo es toda la carrera de Truffaut. Es inevitable no escuchar en las imágenes ecos de la juventud del director, al igual que en “Los cuatrocientos golpes” (1959). Y, como sucederá más veces, su alter ego no es otro que Antoine Doinel, interpretado de nuevo por Jean-Pierre Leaud. De hecho, para el cineasta transalpino, el cine estaba por encima incluso de la vida real; en palabras del mismo Francois Truffaut: “Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine”.
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