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Desarraigo - El cine en la sombra
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Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948)
La Italia de la posguerra necesitaba un cine diferente. Lo necesitaba para quitarse de encima el hedor de más de treinta años de fascismo, para recobrar la confianza en sí misma de cara al futuro, y para demostrar al mundo que Mussolini no había conseguido destruir la resistencia a la dictadura.

No es casual que este movimiento naciera en el país trasalpino, cuando durante toda la guerra y especialmente a partir del primer derrocamiento del dictador en 1943, Italia se encontraba sumergida en una anómala guerra civil que enfrentaba a los nazis alemanes y fieles mussolinianos con la resistencia partisana en la que colaboraban estrechamente comunidades católicas y grupos comunistas.

Y precisamente durante este vacío de poder durante la ocupación alemana se empieza a forjar un nuevo tipo de realismo, que rechaza la comedia facilona aburguesada típica del régimen fascista y propone una reinterpretación de la realidad de su tiempo, más honesta y explícita. Un cine que recupera elementos del realismo de la novela naturalista de finales del XIX (Balzac, Zola) y conecta con otros movimientos artísticos también Neorrealistas (el realismo social) que se dan en la literatura italiana y, pocos años después, incluso en la española.

El neorrealismo es, como su propio nombre indica, un nuevo código realista, más apegado a la cotidianidad de las clases bajas, más pobres e indefensas, pero es también una renovación estética, que utiliza actores no profesionales y decorados naturales, asemejándose mucho al documental en su voluntad de retratar la realidad.

Todas estas características aparecen en los primeros filmes de Roberto Rossellini, Luchino Visconti y por supuesto en una de las obras maestras de Vittorio de Sica y Cesare Zavattini, “Ladrón de bicicletas” que, resulta imposible no decirlo, se erige como una de las películas más emotivas de la historia del cine.
“Ladrón de bicicletas” cuenta una historia de lo más sencilla, basada en pequeñas casualidades cotidianas, pero que precisamente por su carácter anecdótico alcanza una hondura emocional que no deja indiferente al espectador.

Entre las características neorrealistas del film se encuentra esta temática cotidiana protagonizada por hombres comunes, generalmente localizada en los barrios marginales de las grandes ciudades, donde ocurren pequeños dramas basados en hechos reales. Asimismo, los personajes también pertenecen a las clases bajas y reflejan una situación que se daba en la Italia de la posguerra, pero también en toda la Europa en proceso de reconstrucción: miseria, paro, hambre...

El protagonista es justamente un pobre hombre desempleado que para salir adelante debe empeñar su bicicleta. Además, le acompañan su mujer, un personaje que plasma a la perfección cómo las mujeres tuvieron que llevar gran parte del peso de la posguerra, y por supuesto un niño, el primer perjudicado de las guerras.
La película nos lleva, con la búsqueda de la bicicleta como excusa, en un viaje que nos muestra todas las desgracias de la sociedad de la época. Pequeños detalles, como la oficina en la que el protagonista desempeña la bicicleta llena de sábanas, los mercadillos, los niños tocando en la calle y pidiendo dinero...que reflejan un país aún en construcción con sus muchas debilidades.



Pero el film es también, si no resulta muy atrevido decirlo, un reflejo espiritual del estado de ánimo del pueblo italiano; esto queda cristalizado en la última secuencia. Ricci, envuelto en la desesperación por no poder recuperar su bicicleta, llega al agotamiento y responde la misma moneda, robando una. Pero, tras unos metros, es detenido por la gente. Su desmoralización le lleva al llanto, lo mismo que les sucedería a muchos otros italianos, que se verían obligados a seguir adelante a pesar de su desesperanza, y a buscar la ilusión en el futuro.

Formalmente, son muchos los elementos formales que enmarcan “Ladrón de bicicletas” dentro de la corriente neorrealista. Los actores no son profesionales y, al contrario, cuenta la anécdota que el protagonista, Lamberto Maggiorani, era realmente un obrero de una fábrica y que De Sica le eligió por su forma de andar. La fotografía es dura y contrastada, los escenarios son naturales e incluso los interiores son reales: no hay nada grabado en estudio.

Y todas estas técnicas se utilizan con la única voluntad de poder mirar de forma más realista la realidad del tiempo, sin movimientos de cámara grandilocuentes, iluminaciones falseadas, maquillajes exagerados o interpretaciones recargadas. En “Ladrón de bicicletas”, con los escasos medios con los que contó De Sica, todo es sencillo y claro como el reflejo de la vida cotidiana, en el afán de que la imagen parezca más un documento de la realidad que una ficcionalización de la misma.
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