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Brokeback Mountain (Ang Lee, 2006)
Cojan ustedes los principales elementos iconográficos del western (cowboys, ganado...), mézclenlos con estructuras narrativas del melodrama y, por supuesto, no olviden añadir el ingrediente homosexual: lo que obtendrán será algo parecido a “Brokeback Mountain”. El último largometraje de Ang Lee es una historia sencilla y modesta, de bajo presupuesto, pero que encierra en cada encuadre una enorme hondura emocional.

Muchos han encajado el film dentro de los westerns crepusculares: nada más alejado de la realidad. “Brokeback Mountain” no reinterpreta los códigos del viejo Oeste a la manera desmitificadora convencional, sino que tan sólo toma prestados algunos elementos visuales reconocibles para hablarnos de amor, de soledad, de incomprensión y sobre todo de nostalgia.

La película es sencillamente la crónica de un amor perdido en el pasado, de un oportunidad desaprovechada que el tiempo no ha perdonado, de la incomprensión de dos homosexuales reprimidos por la sociedad en la que viven. No es casualidad, todo sea dicho, que el film haya tenido tanto éxito en festivales internacionales e incluso en la Academia norteamericana de los Oscar: el “tema” gay es, desde hace poco, políticamente correcto, y conecta con una serie de reivindicaciones ya socialmente aceptadas y con un clima político que han ayudado al éxito de la película.



No se puede dejar de elogiar el excelente trabajo del equipo artístico de la película. El talento visual y el saber hacer de Lee es innegable. El director taiwanés logra encontrar el ritmo pausado, que no aburrido, para que la historia se cuente por sí sola, gracias a una puesta en escena preciosista y acompañado por las espléndidas melodías de Gustavo Santaolalla, calmadas y melancólicas. Los actores principales, Heath Ledger y Jake Gyllenhaal, realizan una interpretación contenida e intimista, que esconde más de lo que muestra y refuerza el sentido épico de la historia de amor del film. Y sobre estos personajes solitarios y enamorados se erige la alusiva Brokeback Mountain, como un protagonista más que remite al paso incesante y cruel del tiempo.

Decía Jean-Paul Sartre que “el hombre es una pasión inútil”, y no se le puede negar al filósofo francés que tuviera algo de razón. Pero, por muy inútil que sea, el hombre es pasional y la pasión nos emociona. Ang Lee demuestra con “Brokeback Mountain” que aún merece la pena emocionarse por el hombre.
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