Cartas desde Iwo Jima (Clint Eastwood, 2006)
Intrigado por la posibilidad de descubrir la otra cara de la moneda tras Banderas de nuestros padres, Clint Eastwood se lanza de nuevo a reflejar el horror de la guerra, focalizada en la batalla que mantuvieron en el año 1944 Estados Unidos y Japón en una pequeña e insignificante isla del pacífico, Iwo Jima. La propuesta es a priori estimulante, pues Eastwood, al ofrecernos el punto de vista de los japoneses, añade una patina de singularidad al film (al menos para el espectador occidental), además de saldar una deuda histórica del cine hollywodiense, en el que “los amarillos” solían ser malvados, crueles y planos psicológicamente, una especie de robots sin sentimientos.
En Cartas desde Iwo Jima los roles se invierten, y los americanos pasan a ser aquel enemigo sin trazos, mientras que la narración se centra en las desgraciadas tropas japoneses, que, conscientes de su clara inferioridad, de su inevitable derrota, y asustados ante la perspectiva de una muerte próxima, se ven inmersos en una batalla de la que ni siquiera conocen las motivaciones.

Cartas desde Iwo Jima no es sólo una película bélica: desde el propio título se intuye el barniz melodramático que impregna todo el relato. La narración avanza entre flashbacks, en los que la apacible calma del pasado, un tiempo ya irrecuperable, choca con las explosiones de bombas y las ráfagas de metralleta en el presente. Sin embargo, la película se hace grande con los magníficos personajes que traza el trabajado guión de Paul Haggis (también guionista de Million Dollar Baby [2004] y director de la oscarizada Crash [2004]) en colaboración con la japonesa Iris Yamahsita.
Sobre todos ellos destaca el general Tadamichi Kuribayashi, magistralmente interpretado por Ken Watanabe, un hombre admirable, reflexivo y racional, un homenaje a la camaradería y al honor, que, a pesar de todo, también se ve trágicamente encerrado en una disputa que no es la suya.
Eastwood, otrora pistolero del Oeste almeriense, explora con maestría el absurdo de toda guerra y ofrece un largometraje valiente y honesto, despojado de barroquismos gracias a una puesta en escena sobria, clara, directa y, nunca mejor dicho, clásica, que aprovecha un guión inteligente y una fotografía magistral para componer una obra compleja y profunda, de sentimientos desnudos y doloroso realismo, pero que transpira previsibilidad e ingenuidad, convirtiendo así lo que podía haber sido una gran obra maestra en “tan sólo” una muy buena película.
En Cartas desde Iwo Jima los roles se invierten, y los americanos pasan a ser aquel enemigo sin trazos, mientras que la narración se centra en las desgraciadas tropas japoneses, que, conscientes de su clara inferioridad, de su inevitable derrota, y asustados ante la perspectiva de una muerte próxima, se ven inmersos en una batalla de la que ni siquiera conocen las motivaciones.

Cartas desde Iwo Jima no es sólo una película bélica: desde el propio título se intuye el barniz melodramático que impregna todo el relato. La narración avanza entre flashbacks, en los que la apacible calma del pasado, un tiempo ya irrecuperable, choca con las explosiones de bombas y las ráfagas de metralleta en el presente. Sin embargo, la película se hace grande con los magníficos personajes que traza el trabajado guión de Paul Haggis (también guionista de Million Dollar Baby [2004] y director de la oscarizada Crash [2004]) en colaboración con la japonesa Iris Yamahsita.
Sobre todos ellos destaca el general Tadamichi Kuribayashi, magistralmente interpretado por Ken Watanabe, un hombre admirable, reflexivo y racional, un homenaje a la camaradería y al honor, que, a pesar de todo, también se ve trágicamente encerrado en una disputa que no es la suya.
Eastwood, otrora pistolero del Oeste almeriense, explora con maestría el absurdo de toda guerra y ofrece un largometraje valiente y honesto, despojado de barroquismos gracias a una puesta en escena sobria, clara, directa y, nunca mejor dicho, clásica, que aprovecha un guión inteligente y una fotografía magistral para componer una obra compleja y profunda, de sentimientos desnudos y doloroso realismo, pero que transpira previsibilidad e ingenuidad, convirtiendo así lo que podía haber sido una gran obra maestra en “tan sólo” una muy buena película.





