El jefe de todo esto (Lars Von Trier, 2006)
Lars Von Trier es indiscutiblemente uno de los mejores cineastas activos del momento: sus películas, siempre estimulantes y provocadoras, azotan como verdaderos tsunamis los pilares de la mentalidad occidental y, más allá de los gustos personales, ofrecen una mirada singular pero brillante sobre muchos de los temores reprimidos de nuestras sociedades.
Si bien El jefe de todo esto no se aleja de estos presupuestos, es de agradecer –muy, muy intensamente- que el director danés haya decidido perdonarnos, interrumpiendo su aclamada trilogía sobre Estados Unidos con una llevadera comedia. Y no es que El jefe de todo esto sea una película poco seria –como muchas de las mejores comedias, nace de la tragedia-, pero está narrada con tono desenfadado e irónico, lo que no impide que abunden en ella cinismo y humor negro.
Hace un tiempo, desde Rompiendo las olas (1995) y pasando por Bailando en la oscuridad (1999) o Dogville (2002), que ver una película de Von Trier era una verdadera “proyección-tortura”, donde cada espectador sufría lo indecible al ver cómo todas las bajezas del ser humano salían a flote. El jefe de todo esto, en cambio, despierta incluso risas en la sala (y en más de una ocasión), y si bien no es una película optimista (no nos pasemos), resulta agradable de ver.
La película arranca de una curiosa premisa, en la cual el dueño de una empresa inventa un ficticio “jefe de todo”, superior a él, para así eludir la responsabilidad de tener que justificar las decisiones más impopulares frente a sus empleados; llega el momento en el que necesita que dicho jefe exista, y por ello contratará a un actor para que lo personifique.

Rodada en cámara digital, con apariencia documental, en escenarios reales y sin música, el film es un ejemplo meridiano de cómo hacer buenas películas con un presupuesto mínimo (y por tanto la enésima demostración de que en el cine español, por mucho que se escandalicen algunos, lo que falta no es dinero, sino talento).
El director danés desarrolla una trama inteligente y crítica, que atrapa al espectador y lo divierte, a la vez que lo estimula intelectualmente, pero El jefe de todo esto no pasa de ser una obra menor en la apasionante filmografía del padre del movimiento Dogma; una film pequeño que, a pesar de todo, muchos cineastas desearían haber firmado.
Si bien El jefe de todo esto no se aleja de estos presupuestos, es de agradecer –muy, muy intensamente- que el director danés haya decidido perdonarnos, interrumpiendo su aclamada trilogía sobre Estados Unidos con una llevadera comedia. Y no es que El jefe de todo esto sea una película poco seria –como muchas de las mejores comedias, nace de la tragedia-, pero está narrada con tono desenfadado e irónico, lo que no impide que abunden en ella cinismo y humor negro.
Hace un tiempo, desde Rompiendo las olas (1995) y pasando por Bailando en la oscuridad (1999) o Dogville (2002), que ver una película de Von Trier era una verdadera “proyección-tortura”, donde cada espectador sufría lo indecible al ver cómo todas las bajezas del ser humano salían a flote. El jefe de todo esto, en cambio, despierta incluso risas en la sala (y en más de una ocasión), y si bien no es una película optimista (no nos pasemos), resulta agradable de ver.
La película arranca de una curiosa premisa, en la cual el dueño de una empresa inventa un ficticio “jefe de todo”, superior a él, para así eludir la responsabilidad de tener que justificar las decisiones más impopulares frente a sus empleados; llega el momento en el que necesita que dicho jefe exista, y por ello contratará a un actor para que lo personifique.

Rodada en cámara digital, con apariencia documental, en escenarios reales y sin música, el film es un ejemplo meridiano de cómo hacer buenas películas con un presupuesto mínimo (y por tanto la enésima demostración de que en el cine español, por mucho que se escandalicen algunos, lo que falta no es dinero, sino talento).
El director danés desarrolla una trama inteligente y crítica, que atrapa al espectador y lo divierte, a la vez que lo estimula intelectualmente, pero El jefe de todo esto no pasa de ser una obra menor en la apasionante filmografía del padre del movimiento Dogma; una film pequeño que, a pesar de todo, muchos cineastas desearían haber firmado.





