Hoy, uno de los múltiples correos que se reenvían infinitas veces me ha traído unas fotos aéreas preciosas. Provenían de una web que me ha tenido casi toda la tarde entretenido (y lo que me queda). Este no es un blog de fotos, no obstante no me resisto a cargar una de ellas que me ha impactado (hay muchas más que también lo han hecho). Quien quiera visitarlo, en la foto aparece la url.
Miro esta imagen y se me ocurren multitud de ideas. De hecho, he empezado a escribir algunas de forma inconexa, pero prefiero no pasarlas aquí. No siempre es verdad es que una imagen vale más que mil palabras, pero en este caso lo cierto es que sugiere muchas más de mil. Que cada uno obtenga las suyas.
Una vez publicado este post, compruebo que no se lee la url. La culpa es mía porque he reducido la foto a la mitad. Este es el enlace.
El otro día, conversando con una amiga, salió el tema de las infidelidades conyugales. Ella sostenía que el número de casados infieles es bastante mayor al de casadas. Aclaro que no nos referíamos a canitas al aire ocasionales (si las contáramos todavía aumentaría más el desequilibrio cuantitativo, según ella), sino a relaciones con cierta durabilidad, lo que suele llamar un lío (o tener un amante). Pues bien, yo enseguida le dije que no podía ser, porque si hay más o menos el mismo número de hombres que de mujeres a cada casado infiel le debe corresponder una casada infiel. Pues no, me replicó, porque mientras que el hombre casado mantiene líos tanto con casadas como con solteras, la mujer tiene muy mayoritariamente amantes casados.
Este fin de semana, en un rato tonto, me puse a juguetear algebraicamente con la tesis de mi amiga. Efectivamente, y suponiendo que quien tiene un amante no tiene más de uno (o, al menos, los casos en que hay entrecruzamientos de amantes son poco significativos a efectos estadísticos, lo cual parece creíble), si es verdad que las casadas tienen menos líos que los casados, entonces también es cierto que la proporción de amantes casados es mayor en las mujeres que en los hombres. Es fácil de entender: llamemos m y h, respectivamente, al porcentaje de mujeres y de hombres casado/as infieles; cada uno de estos porcentajes puede expresarse como la suma de otros dos (m1/h1 y m2/h2) que se corresponderían, respectivamente, al porcentaje de mujeres/hombres cuyo amante es casado y al de mujeres/hombres cuyo amante es soltero. Obviamente, m1 y h1 son iguales (o, al menos, las diferencias no son significativas estadísticamente), luego para que m (el porcentaje de esposas infieles) sea menor que h (el porcentaje de maridos infieles), necesariamente m2 tiene que ser menor que h2.
En este esquema elemental llamo casado/as a cualquier persona que tiene una relación de pareja (esté o no oficializada). Es decir, que los solteros son hombres y mujeres sin ningún compromiso de fidelidad. Suponiendo una población con el mismo número de hombres y mujeres en disposición de tener relaciones sexuales (lo cual es suficientemente aproximado), hay el mismo número de casados que de casadas (no vale la poligamia/andria) y también de solteros que de solteras. Por tanto, si la tesis de mi amiga es cierta, también ha de ser verdad que hay más mujeres solteras enrolladas con casados que hombres solteros enrollados con casadas. Por otro lado, el número de solteros (y solteras) existente en una población puede limitar la supuesta "ventaja" de los casados. Nótese que si casi todos tuvieran pareja, los casados tendrían difícil "encontrar" solteras y las infidelidades serían mayoritariamente casado - casada, disminuyendo consiguientemente la teórica diferencia a favor del hombre. Pero en cambio, no influiría demasiado en las mujeres infieles si es verdad que la mayoría rechaza amantes solteros (a lo mejor habría más mujeres infieles al ser más presionadas por los casados que no encuentran solteras). En todo caso supongo que el número de solteros/as no influye demasiado en la práctica, salvo que, en mismo periodo de tiempo, el porcentaje de maridos que mantiene relaciones extraconyugales sea muy alto y el porcentaje de personas sin pareja sea significativamente inferior al de casadas.
Bueno, todo el rollo que he soltado no es más que un divertimento que explica la tesis de mi amiga. Pero, aunque se refiere a su verosimilitud, no aclara para nada si es o no verdad. Una pista en tal dirección la puede dar pensar no en los casado/as que sabemos que tienen amante, sino en las personas solteras que conozcamos que mantienen una relación con alguien casado. De estos yo, desde luego, conozco más mujeres que hombres, lo cual avalaría la tesis de que los casados son más infieles que las casadas.
Y, por supuesto, si se pudiera confirmar la tesis, faltan las respuestas claves que siempre son los porqués. ¿Por qué la mayoría de las mujeres, cuando son infieles, prefieren serlo con hombres casados? ¿Por qué, en cambio, en los casados no hay esta preferencia tan marcada? ¿Por qué tantas solteras se deciden a tener una relación con un hombre casado? ¿Y por qué los hombres solteros apenas se enrollan con casadas: porque ellas no los aceptan o porque ellos no están dispuestos? Se me ocurren muchas respuestas (de cachondeo la mayoría) que, además, deberían funcionar combinadamente (desde la óptica de cada uno de los amantes). Pero no es este el momento.
Y para acabar, aunque todo el post se mantiene en el plano frío y generalista de los grandes números, uno no puede menos que pensar en comportamientos individuales y, especialmente, en los que le ha tocado vivir. Aunque no debamos olvidar que los ejemplos concretos no hacen estadística, pese a que solemos encajar en la regla mucho más de lo que nos gustaría.
Anteayer, jueves 23 de noviembre, el autobús en el que casi todas las tardes subo a mi casa llegó a la parada mostrando el texto "Feliz Navidad" en la pantallita frontal donde normalmente aparece el número de línea. Esa misma noche me llegó un mail publicitario en el que me deseaban lo mismo. Ayer, volviendo de cenar en coche, vimos que en la glorieta donde empieza mi calle habían colocado 5 o 6 renos hechos de bombillas (muy bonitos, por cierto; aunque no sean precisamente ejemplares de la fauna autóctona de estas latitudes).
Así que ya han aparecido los primeros síntomas de la navideñitis. Todos los años me sorprendo cuando, con tanta anticipación, empiezan a aparecer estos símbolos; así que, aprovechando este blog, dejo ahora constancia de la fecha para verificaciones posteriores. En mi ciudad la navidad ha empezado a empezar 31 días antes de Nochebuena. Apuntar el final será más difícil, máxime porque bastantes de estos adornos se reconvierten a anuncios del Carnaval. En todo caso, no creo exagerar si cuento todo enero como mes navideño, de modo tal que el clima pascual duraría unos 70 días. No está mal.
He leído en el blog de Eva que en los USA el Día de Acción de Gracias (que fue este pasado jueves) marca el inicio de los festejos navideños y del consiguiente ambiente festivo con su vorágine consumista asociada. Es decir que, por estos lares, vamos bastante bien sincronizados con los usos del imperio (¿globalización?) aunque todavía no celebremos el zansguivin (pero sí el jalogüin).
Pues nada, que ya se ha dado el banderazo de salida; así que habrá que sobrellevar con buen ánimo los ritos inevitables así como las molestias colaterales. Yo no soy demasiado aficionado a estas fiestas, la verdad; incluso he de reconocer que este año me han pillado un poco de sorpresa. Como últimamente estoy poco previsor (siento una especie de rechazo perezoso a planificar actos futuros) no me adelanté a organizar ninguna escapada y, a estas alturas, los precios de los aviones son prohibitivos (comprobación de ahora mismo). Así que, me temo, por aquí me quedaré.
De momento ya tengo dos participaciones de la lotería y cuatro "almuerzos de empresa". Y a esperar a ver qué me traen los Reyes.
PS: Aprovecho para desear feliz navidad con una de los pocos "villancicos" que me gustan. De paso me acuerdo de que en pocos días, el 8 de diciembre, se cumplen 26 años de aquella tarde en la que Lennon recibió cuatro balazos mortales. Esa misma fecha es también la de la muerte de mi padre; seis años hará. Lo dicho: feliz navidad y que Dios nos coja confesados.
Lali vivía con Lolo. Lali quería mucho a Lolo y Lolo también quería mucho a Lali. Pero Lolo no sabía o no podía enseñarle a Lali su amor. Lolo, además, estaba enfermo, muy enfermo. Y la enfermedad encerraba más a Lolo en sí mismo, por más que Lali pugnaba por que se abriera.
Al final, después de tres años juntos, Lali sentía que no podía seguir con Lolo y se lo dijo. Lolo se fue. Luego, poco después, Lali le pidió que volviera, pero Lolo creyó que, en su estado, era mejor seguir solo. Así que, aunque la quería, prefirió mantener cerrados sus sentimientos, pasar solo su enfermedad.
Lali pasó unos meses muy triste. La tristeza, no obstante, fue poco a poco mitigándose y Lali pensó que era mejor que se hubieran separado. Entonces conoció a Tato y enseguida se quisieron. Ambos querían, en esos momentos de sus vidas, aprender a dejar salir sus sentimientos. Así que Lali descubrió en Tato cosas que no vivía con Lolo y Tato, por su parte, encontró en Lali alguien que le permitía, le propiciaba, dar los pasos que necesitaba.
Lali y Tato siguen juntos desde entonces. No viven en pareja, pero se ven con frecuencia, salen y se divierten, viajan y van al cine, hablan (a veces discuten) y ríen, se quieren el uno al otro procurando no encorsetar sus sentimientos con etiquetas o comportamientos preestablecidos. Yo creo que Lali y Tato están a gusto juntos y, sobre todo, están ayudándose mutuamente a ser mejores, a crecer cada uno entre dudas y titubeos.
Y un año después de la separación, Lolo ingresa en un hospital, muy grave. Lali cree que va a morir y va a su lado. Lolo, con medias palabras, le dice (sin decir) que la quiere, le da a entender que cree haberse equivocado. Lali sabe que no siente igual que hace un año, pero calla porque tiene miedo de hacerle daño; querría que muriera sintiéndose acompañado.
Tras casi un mes internado, con pruebas y más pruebas, a Lolo le dan el alta. Puede que todavía haya una esperanza; puede que lo que se descartó hace dos años sea posible. Lolo habrá de ir a otra ciudad a someterse a una operación importante y si todo va bien ... Lolo, tras esta estancia y tras esta noticia, está ilusionado, con ganas de vivir, de poder dejar salir sus sentimientos como antes no lo hizo.
Y Lali está esperanzada y alegre porque -ojalá- todo puede ir bien y Lolo cambiar la muerte por un nacimiento. Pero, a la vez, tiene miedo y dudas de conversaciones que pueden ser inminentes. Y no sabe qué es lo correcto.
Tato, mientras tanto, no quiere influirla. Quiere que sea ella quien decida, desde la honestidad consigo mismo y desde el amor hacia Lalo. Pero es difícil saber dónde se equilibra el fiel de esa balanza. Tato también querría no ser un factor en esa ecuación; que la decisión de Lali no viniera condicionada por él, sino por sus sentimientos hacia Lalo. Aunque Tato sabe que por más que queramos dejar libres a quienes amamos ...
Siempre la teoría es más fácil.
Es mientras convoco al sueño; el breve rato nocturno en que mi cuerpo inicia la relajación del abandono y la mente activa va, poco a poco, liberando los mandos. Pensamientos que no son tales sino imágenes enlazadas en narración surrealista, un extraño viaje en el que me dejo embarcar sin voluntad de entender, sin ni siquiera intentar dirigirlo. Sensaciones difusas y confusas, voces sin sonido que pronuncian las partes oscuras de mi cuerpo. Percibo (o así me parece) mi sangre fluyendo, mis vísceras en pálpitos convulsos ... Música entrecortada que envuelve ideas raras e inconexas, destellos vívidos pero tan breves que apenas mi atención, aletargada, es capaz de fijarlos. Son sólo momentos, todos con cuentagotas, dosis homeopáticas de miedo, ansiedad, aceptación serena, comprensión luminosa. Y la intuición sutil y brevísima de que la cortina va a descorrerse. Pero entonces me duermo.
Dormiré sin sueños ni despertares,
será en fecha que ya no es lejana,
será en la noche o en la mañana,
y no sé si aquí o junto a otros mares.
Querría irme con la mente calma,
desenredados los malentendidos,
perdonado por aquellos que he herido
y sin más ansiedades en mi alma.
Antes de que el silencio me lo impida
busco pronunciar las voces precisas
que desvelen la verdad de mi vida;
mas todo corre demasiado aprisa
y no alcanzo más que a ver desvaída
a la parca muriéndose de risa.
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Habrían sido las once de hoy domingo a la mañana. Estaría quieto, inmóvil de un deceso aún reciente. Apagados los sentidos, sus huellas en la mente. Tiempo de trámite, mudanza esperada.
Las sílabas de mi nombre rebotando en las paredes. Los pasos de ella como ecos acolchados, su mirada picotea ese mi cuerpo malhadado, cálida humedad en el rostro (sigue caliente).
Veo con los ojos cerrados, oigo desde dentro, siento sabores y olores que sólo son pensamiento. Habría estado inmerso en un sonoro silencio, anegado en luz y colores en los que soy envuelto.
Vienen todos a verme ... ¿despedida o encuentro? Hablan las pupilas, no se mueven los miembros. Azulean sombras claras alumbrando senderos. Y nada tiene importancia hasta que se repita el cuento.
Esta tarde me hube de quedar en el curre; había tareas pendientes que avanzar. Entre las 6 y las 7 he recibido cuatro llamadas; las cuatro a un número de teléfono de una oficina pública que por la tarde se supone que está cerrada.
Primera Llamada
Un número de Madrid (¿quién será?). Una voz masculina muy educada pregunta por mí (con el Don por delante, faltaría más) y se identifica como empleado del banco que me endilgó una tarjeta visa hará un año. Como soy un cliente ejemplar (jajajajaja) me ofrecen la posibilidad de disponer de hasta 7.500 euros que puedo devolver en 6 meses a un interés realmente muy muy bajo (la verdad es que sí, que es muy muy bajo). En realidad -me aclara cuando le pregunto- no es un préstamo; es simplemente que en vez de cargarme las compras de la visa al mes siguiente en mi cuenta corriente (que es en otro banco), pues me lo cargan durante los siguientes 6 meses. Ya, pero es que no necesito pagarlo en seis meses. Da igual que no lo necesite -me informa-; le puede convenir aplazar la devolución del importe de sus compras y así disponer del dinero para otras cosas. En fin, le dije que gracias pero no y me quedé un ratillo pensando con lo de disponer del dinero para otras cosas, cuando le había dicho que no necesitaba disponer de más dinero. Hasta que caí en lo que me estaba insinuando (creo). No se trataba de necesitar dinero sino de invertir ese disponible extra de forma que me diera una rentabilidad mayor que el bajísimo coste del aplazamiento, lo cual es perfectamente factible. Hay que ver lo palurdo que soy financieramente; está claro que así no voy nunca a hacerme rico. De todas maneras (me consolé), el simple hecho de ponerme a pensar en las formas para lograr mejores rentabilidades a través de productos financieros hace que se me ericen los pelos. Qué le voy a hacer.
Segunda Llamada
Otro número de Madrid. Resulta ser un tipo al que hace al menos 10 años que no veo ni sé de él. En una época mantuvimos cierta relación a través de un amigo común (que lo sigue siendo; supongo que a través suyo consiguió mi número). Se identifica y le contesto con voz alegre y sorprendida. Enseguida, muy animadamente, que cómo estoy, que qué tal está R (mi ex). Con voz de cachondeo le digo que bien, que llevamos año y medio separados; y añado (siempre con cachondeillo): "pues si que te das el batacazo para empezar la conversación". Se pone lívido (casi hasta le veo la cara) y tartamudea disculpas todo cortado; le digo que no pasa nada, que estoy bien, que a él cómo le va. Muy bien, muy bien, con dos chiquillos, muy liado, muy bien, muy bien. Y enseguida pasa al tema que le interesa que no es otro que contarme, de forma increíblemente confusa y retorcida, que trabaja para una promotora que construye mucho donde vivo, que tienen un arquitecto que es muy bueno (sobre este tema se alarga hasta la saciedad para dejarlo claro; yo le conozco e imagino que este hombre habría previsto esta eventualidad) pero ... que no les atiende adecuadamente y se están planteando tantear alternativas, que estando yo ahí que soy una persona de su absoluta confianza (???) ...
Me empiezo a impacientar (llevamos ya diez minutos y no concreta), pero no quiero que se me note (no soy demasiado bueno en tales menesteres). Para zanjar malentendidos, le digo que hace ya muchos años que no me dedico a la edificación. Pero conoceré gente, me dice. Pues sí, pero es un tema delicado. En fin, otros diez minutos sin ninguna conclusión, salvo que el próximo día 27 viene por aquí y podríamos quedar para vernos y hablar del tema (¿qué tema?) Claro -le digo- y en todo caso echamos unas risas con unas cañitas. Entonces va y empieza a carcajearse estruendosamente; sí, sí, como antes. ¿Cómo cuándo? En fin, cuelgo y pienso que a este tío algo le pasa. Ya me enteraré en un par de semanas.
Tercera Llamada
Esta vez se trata de un profesional local con el cual mantengo relaciones frecuentes. La verdad, demasiado frecuentes, porque trabaja en varios asuntos que han de ser valorados por mi departamento y, por tanto, mantenemos abundantes batallas dialécticas en una aparente (e hipócrita) cordialidad profesional que no obsta para que, siempre que puede y conviene a sus intereses privados, nos clave puñaladas traperas y aproveche para desprestigiarnos. Pero, como dirían en una película americana, no es nada personal, al fin y al cabo él está en el duro mundo de la empresa privada y tiene que mover todos los resortes de que dispone para defender sus garbanzos; y es que yo sé que, en el fondo, me quiere (ay, esos amores tan profundos). El caso es que me llama para ver si el jueves le puedo recibir para hablarme de un asunto privado en el que necesita que le "eche una mano". Este caso es más privado que los otros, porque se trata de conseguir la autorización para hacer una bodega en su finca rústica, ampliando el negocio familiar. Lo curioso es que esos temas no dependen de mí y él lo sabe. Pero -sus palabras- yo soy una de las voces más autorizadas y respetadas (es decir, que me hacen caso: jajajaja) y además sabe que puede contar conmigo. Manda huevos. Pues nada, el jueves le recibo; si en el fondo es buen chico.
Cuarta Llamada
Una voz de mujer que pregunta por mi nombre de pila. Le digo que sí y me dice que D. Fulanito, importante político de mi institución le ha dicho que yo soy una excelente persona y que sin duda puedo ayudarla. Usted dirá. Entonces me informa de que tiene una hija drogadicta, pero que es muy buena persona y que necesita una subvención para mantener a sus hijos. Le digo que lo siento, pero que yo no tengo nada que ver con esos temas. Tras un breve diálogo surrealista se da cuenta de que se ha equivocado de persona (será otra con el mismo nombre) y me pide que le pase con la correcta. Es que no sé quién es esa persona y, además, a estas horas no hay nadie en el edificio; ¿por qué no llama mañana a centralita para que le informen? Aseguro que lo dije con mi voz más educada y tranquila, intentando transmitir el pesar que me producía no poder ayudarla en ese momento (qué cínico soy). No obstante, acto seguido comienza a gritarme enfadadísima que cómo es posible que haya gente tan insensible con el dolor ajeno, que ya vería yo cuando me encontrara en una situación como la suya, que ... un chorreo cargado de indignación y victimismo en que mis tímidos intentos de introducir un "Señora, disculpe, pero ..." eran cortados tajantemente. Acaba diciéndome, a modo de despedida, que desde luego no soy tan buena persona como le habían dicho.
Y con estas llamadas, ¿alguien cree que avancé mucho el trabajo atrasado?
¿Alguien sabe lo que es? Hace un par de fines de semanas hubo un documental en Informe Semanal: ¡qué ceremonia de la confusión! Pero se ha puesto de moda, saltan los escándalos y todo va al mismo saco. ¿Denominadores comunes? Que personas cercanas al poder (municipal, normalmente) se forran mediante operaciones inmobiliarias aprovechándose de cambios en los planes urbanísticos. ¿La palabrita mágica? Recalificación (urbanística). Bueno, en realidad, si nos ponemos estrictos, se debería decir reclasificación (o cambio en la clasificación) urbanística ... pero, ¿qué más da? Pongamos un ejemplo (el ejemplo). Un señor posee unos terrenos rústicos que valen lo que valen (es decir, poco) de acuerdo a sus aprovechamientos “primarios” (agrícola, forestal, ganadero, etc). Este señor “convence” a un alcalde (o a todo el comité local del correspondiente partido político; se recomienda que cuanta menos gente mejor) de que esos terrenos son superchachipirulis para hacer una urbanización de adosados extralujo con campo de golf y matarile, rile, rile ... El Ayuntamiento tramita una modificación del plan general municipal y clasifica (“recalifica”) esos terrenos de suelo urbanizable. Y, tachán, el precio del suelo se multiplica. Y se multiplica bastante bastante. De ese incremento mágico del valor de la propiedad inmueble, una parte pasa a los bolsillos de quienes, en ejercicio de sus responsabilidades públicas, lo hacen posible. Y a eso se le llama corrupción urbanística (y ciertamente, lo es).
Ahora bien, no es corrupción (al menos, no es un delito tipificado) cuando esos mismos terrenos rústicos se clasifican como urbanizables en el mismo plan general (ya que, al fin y al cabo, todo el necesario crecimiento de los municipios ha de hacerse clasificando el suelo rústico a urbanizable), pero sin que haya comisiones ni ninguna “presión” o “favor” hacia los propietarios privados. Es decir, siempre que se mantenga la ficción angélica de que es irrelevante quienes son los propietarios de las fincas que, entre todas las rústicas del municipio, han sido “elegidas” como las más idóneas para albergar el crecimiento residencial (o industrial o turístico o ...). Pero lo cierto es que siempre que se clasifica un suelo rústico como urbanizable (e insisto en que esta operación es necesaria) los propietarios afortunados resultan “premiados” con un incremento tremendo del valor de su patrimonio (ahorrándose, además, el pagar comisiones). Este incremento bestial del valor del suelo derivado de la clasificación se denomina “plusvalía urbanística” en la jerga del oficio.
¿A cuánto ascienden estas plusvalías? Pues depende del “precio de mercado” de los productos inmobiliarios que se puedan hacer en los terrenos. En el marco de nuestro querido “mercado libre” (las comillas son para acentuar mi intención irónica, para quien no se haya dado cuenta) estas plusvalías ascienden a la máxima cantidad que está dispuesto a pagar un promotor inmobiliario para obtener un rendimiento normal de su actividad económica. Si es una finca que se clasifica como urbanizable residencial, el dueño del suelo calcula a cuánto se pueden vender las viviendas que pueden construirse (siempre se pone en los precios más caros) y resta los costes de construcción, urbanización, financieros, así como el beneficio del promotor ... y todo lo que queda (muuuucho) para él: ése es el precio del suelo. Al partir del precio final de la vivienda (ya de por sí abusivo), el sistema actual lo que hace es tender a aumentarlo, ya que el propietario, a diferencia del constructor, no está normalmente obligado a poner su activo (el suelo) en circulación por lo que no venderá por debajo de los valores máximos del entorno, más bien al contrario. Y no hace falta que diga que el precio “inicial” del suelo (antes de urbanizarlo) se convierte en uno de los factores más importantes del precio final de la vivienda y el que más tendencia alcista presenta.
La corrupción urbanística es, sin duda, algo deleznable ... pero no está en la base del problema social de la vivienda. Más bien, me atrevo a decir que es al revés. Es un sistema como el nuestro que permite que unas plusvalías tan inmensas sean apropiadas individualmente el que incita “per se” a la corrupción urbanística. Como dijo muy gráficamente uno de los implicados en alguno de los recientes escándalos de la Comunidad de Madrid, “si aquí alguien se va a forrar, yo quiero mi parte”. Y ahí está la cuestión, que esas plusvalías son públicas ya que son un incremento de valor derivado directamente de la acción pública, de la decisión pública de que unos terrenos sean edificables. Porque (para quien no lo sepa) el derecho de propiedad no incluye en este país el derecho a edificar. Este es un plus (con mucho contenido económico) que lo otorga la comunidad, la sociedad, a través del planeamiento. Por tanto, ese plus es de todos y debería revertir a todos. Obviamente de forma transparente (no mediante comisiones e ingresos en bancos andorranos).
Hay muchas formas de articular en la práctica que esas plusvalías (o una parte muy cuantiosa de las mismas) reviertan a la comunidad. Y, sin duda, esa reversión se puede traducir en la disminución notable de los precios de las viviendas. Si se logra que el factor suelo disminuya significativamente, lo hará el precio final de la vivienda. Ahora bien, para que nadie se llame a engaños, cualquier forma concreta que se proponga requiere necesariamente la intervención pública (en principio, de los ayuntamientos) y supone ineludiblemente que los propietarios de suelo no urbanizado asuman (a la fuerza, desde luego) que sus terrenos valen lo que valen y que no es de ellos el sobrevalor derivado de sus expectativas urbanísticas. De paso, así se acaba la corrupción porque ¿a quién le iba a interesar que le clasificaran un terreno de urbanizable cuando eso no le iba a significar un incremento de valor?
El Gobierno de la Nación ha presentado en el Congreso un proyecto de Ley que va más o menos en este sentido. Pero es demasiado tímido y, tal como está, lo máximo que puede lograr es que las plusvalías pasen del propietario al constructor, lo que, a la postre, igual da en cuanto al precio final de la vivienda. Y dudo que se atrevan a ir mucho más allá, porque el PP, nuestro gran defensor del “mercado libre” y la “propiedad privada” se opondría con uñas y dientes (y seguramente conseguiría el apoyo de la mayor parte de los partidos nacionalistas). De otra parte, para ser justos, lo cierto es que tampoco puede ir mucho más allá, porque las competencias en urbanismo son de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos. Y no basta con legislar; hay que intervenir. Si no, olvídense de que baje el precio de la vivienda.
Desde luego que hay otros factores y que habría que hablar de ellos. Pero en este tema pasa como con la mayoría, que se hace demagogia y se practica la desinformación con un entusiasmo febril. El otro día un ilustre profesional del urbanismo planteaba que hay que empezar a considerar el derecho constitucional a una vivienda digna en los mismos términos que el derecho a la educación. Es decir, la administración debe garantizar que todo ciudadano pueda acceder a precios “razonables” a una vivienda digna, igual que puede acceder a una plaza escolar o universitaria. Por supuesto, igual que hay colegios privados no concertados, nada que oponer a que haya viviendas “de lujo”, siempre que todos podamos acceder a una digna a precio razonable. Pues esto no ocurrirá nunca si no hay intervención sobre el suelo; no es condición suficiente, pero sí absolutamente necesaria. Pero mientras los intereses que hay detrás sigan siendo los prevalentes, no se hablará en serio de estos asuntos. O mejor dicho, el debate serio se mantendrá (como ocurre desde hace muchísimos años) en el ámbito profesional que es estéril políticamente y, por tanto, para quienes sufren el problema.
En fin, me ha vuelto a salir un post rollazo, pero es que no lo he podido evitar (escribo a partir de las películas en que me involucran). Y que conste que yo tengo una más que digna vivienda y ya terminé de pagar la hipoteca.
Llego a mi casa a las cinco de la tarde. Hemos tenido almuerzo de pescado fresco a la espalda viendo el mar, paseito entre las rocas en un tramo costero aun sin turistizar y llegada a la ciudad tras descartar una sesión de cine. Subo a casa con la tarde del domingo que se me ofrece para "il dolce far niente"; ¡qué delicia!
Abro El País para atacar el sudoku samurai pero ... ¡COOOÑO! Faltan las hojas centrales. Me entra un subidón de mala leche. Vuelvo a revisar el periódico, página a página, por si se hubieran traspapelado. Pero no, no están. Está el ilegible suplemento de negocios, pero alguién mangó el del domingo, con los pasatiempos y el sudoku que me entretiene durante una horita larga. Hago el de todos los días, pero no es lo mismo. Me han estafado ... ¡mierda!
Y luego (ahora) me pregunto que por qué me ha jodido tanto. Pues -me digo- porque algo que me apetecía hacer me lo han impedido. Vamos, que una rabieta de niño chico. Porque mira que es fácil conseguir sudokus, si eso fuera lo que quisiera. Pero no, yo iba a hacer el samurai de El País. Así que nada, que sigo teniendo algo de chiquillo malcriado. ¿Será ese el famoso niño interior? En todo caso, ya lo he calmado y mandado a dormir.
Y, en otro orden de cosas, el tema estrella del almuerzo de hoy ha sido la princesita de mi post anterior. Es que almorcé con una de las afectadas por su majestad. En fin, que cotilleo puro, oiga.
Había una vez una niña que quería ser princesa. Pero no es un cuento y tampoco es en pasado. Y, ya puestos, tampoco es una niña sino una mujer de treinta años que hace ya tres que acabó arquitectura y casi dos que se casó. Una mujer joven, que empieza su vida profesional y conyugal, que debería estar en disposición de aprender, con ganas de absorber lo mucho que le están ofreciendo (la vida le va sonriendo). Mas ella quiere ser princesa, aunque no estoy seguro de si se da cuenta.
Las princesas son las niñas mimadas que ya no son niñas. Las princesas han de tener corte, por eso creen que los demás están para servirlas. Las princesas no se dan cuenta de que las personas tienen sentimientos, de que pueden sentirse dolidas, de que se ocupan de asuntos que no siempre se refieren a ella. Las princesas son muy malas pero, en la mayoría de los casos, no es culpa suya. Y, además, ni siquiera se enteran. Por eso es frecuente, como le pasa a la prota de mi cuento que no es tal, que las princesas hagan mucho daño a otros y, sin embargo, sean ellas las que sienten que están sufriendo.
Los cuentos infantiles con princesa acaban cuando ésta se casa con el príncipe que la salva de la bruja mala. Las continuaciones para adultos no son tan empalagosas. Por supuesto, me viene a la cabeza la canción de Dylan “Like a Rolling Stone” (1965), que cuenta la historia triste de la princesa que hubo de abandonar su orgullo (now you don’t seem so proud) a medida que perdía todo (when you got nothing, you got nothing to lose). Descaradamente inspirada en esta, tenemos la “Princesa” (1985) de Sabina, aunque aquí la historia es demasiado específica; no todas las princesas han de andar esas andanzas; hay otros caminos, también duros.
Es difícil en estos tiempos ejercer de princesa y, sin embargo, algunas lo logran. Condición indispensable: que te dejen ir de princesa; ¿todos? No, basta con que te lo permita alguien con el poder suficiente para montar bajo su protección tu propia corte. La prota de mi cuento lo ha conseguido, al menos de momento. Y aquí radica lo que para mí es más incomprensible. Porque ese protector, el que, en la simbología de los cuentos infantiles, sería el Rey, es un buen amigo mío. Un tipo de 49 tacos, arquitecto asentado, tranquilo y que gusta de la vida cómoda, que evita los problemas, que evita –sobre todo- enfrentarse a los aspectos desagradables, profundizar en intimidades, rascar emociones. Un tipo buena gente, aunque algo apático y frío.
La princesita ha entrado como elefante en cacharrería en el estudio profesional de este amigo. Y poco a poco, el ambiente se va enrareciendo y, como si un gas letal se estuviera expandiendo, surgen los piques, malhumores, resentimientos. Y las bajas. De momento son tres: dos arquitectas y un aparejador que han decidido mandarse mudar. Pero dicen los rumores a media voz que pronto habrá más. Mientras, la princesita va adquiriendo poder, lo que no se traduce (más bien al contrario) en mejoras en la productividad del estudio. Y se cree (se lo cree de veras) que es amada y admirada por su corte, aunque la corte (los que trabajaban desde mucho antes que ella en ese estudio) va mermando. Ella critica a los que se han ido, aunque está encantada de que se vayan. También critica, ante el Rey, a quienes todavía no se han ido, incluso a quienes cree que la adoran.
La princesa es, sobre todo, poco inteligente. Porque ni siquiera es mala. Está haciendo mucho daño, pero no se da cuenta. Y, lo que es peor, se está haciendo mucho daño a sí misma, pero tampoco se da cuenta. Se preocupa tanto de mandar, de ser protagonista, de que nadie le haga sombra ... que no tiene ni el tiempo ni la actitud necesarios para aprender y, consecuentemente, está desaprovechando una etapa preciosa. Pero no se da cuenta y cuando algunos hemos tratado de hacérselo ver, simplemente, no ha entendido nada. Yo pienso que se dará un batacazo y que, cuando se lo dé, se sentirá muy injustamente tratada, se sentirá víctima; así que puede que el batacazo tampoco le valga para aprender demasiado. Ya se verá, pero mientras tanto, esta princesa sigue actuando con un retorcimiento maquiavélico que forma parte de su software inconsciente (porque, repito, no se da cuenta), en una carrera hacia arriba, siempre hacia arriba.
Para mí el misterio está en mi amigo hipnotizado. ¿Cómo puede alentar a esta chica en la descomposición de su estudio? Porque lo cierto es que está como abducido por ella, sólo le ve virtudes, la lleva en palmitos, nunca le reconviene pese a sus múltiples meteduras de pata (ella, por cierto, se ocupa con gran habilidad de desviar las culpas hacia cualquier otro), cuando le “ordena” algo lo hace con una delicadeza rayana en lo cursi y que contrasta agudamente con la forma en que trata al resto de trabajadores ... En fin, que se comporta como si estuviera perdidamente enamorado. Y, sin embargo, no lo está; al menos, no en el sentido usual de esta palabra y –mucho menos- hay un rollito sexual entre ellos. La arquitecta que acaba de irse del estudio tras cinco años de trabajo y amistad muy estrechos, opina que, simplemente, la princesita sabe acariciarle la vanidad, le dice lo que le gusta oír, le hace sentirse relajado. Puede ser; ciertamente a mi amigo le disgusta tener que enfrentarse a los conflictos, se siente incómodo cuando las cosas no son muelles y calmas. Así que, a lo mejor, la princesita está sabiendo tocar la melodía que lo adormece en un sopor feliz.
Esto no puede durar. Al menos, me cuesta creer que seguirá adormilado cuando el desmoronamiento que se ha iniciado alcance el estado de ruina notoria. Y entonces, me temo que se despertará de su estupor y dará una patada a la princesita, con la frialdad emocional que le caracteriza (la misma con que ha tratado a estas dos arquitectas). Porque, desde luego, no va a permitirse perder dinero ... y en esa dirección se están moviendo los acontecimientos.
Ya veremos. Ya veremos cómo acaba este cuento cutre, si es que acaba, porque los cuentos se van enlazando unos con otros, mientras los protagonistas no decidan que quieren salirse de ellos para escribir sus propios guiones.
Esta es la canción a la que aludo en el post. Resulta que tengo 12 versiones (7 cantadas por Bobby); me he pasado más de una hora escuchándolas. Pongo ésta (de la gira de conciertos con The Band en 1974, recogida en el album Before the Flood) porque es la que hacía más tiempo que no oía. Quizás sea un poco acelerada (¿la guitarra de Robbie Robertson?), pero me gusta.





