Había una vez una niña que quería ser princesa. Pero no es un cuento y tampoco es en pasado. Y, ya puestos, tampoco es una niña sino una mujer de treinta años que hace ya tres que acabó arquitectura y casi dos que se casó. Una mujer joven, que empieza su vida profesional y conyugal, que debería estar en disposición de aprender, con ganas de absorber lo mucho que le están ofreciendo (la vida le va sonriendo). Mas ella quiere ser princesa, aunque no estoy seguro de si se da cuenta.
Las princesas son las niñas mimadas que ya no son niñas. Las princesas han de tener corte, por eso creen que los demás están para servirlas. Las princesas no se dan cuenta de que las personas tienen sentimientos, de que pueden sentirse dolidas, de que se ocupan de asuntos que no siempre se refieren a ella. Las princesas son muy malas pero, en la mayoría de los casos, no es culpa suya. Y, además, ni siquiera se enteran. Por eso es frecuente, como le pasa a la prota de mi cuento que no es tal, que las princesas hagan mucho daño a otros y, sin embargo, sean ellas las que sienten que están sufriendo.
Los cuentos infantiles con princesa acaban cuando ésta se casa con el príncipe que la salva de la bruja mala. Las continuaciones para adultos no son tan empalagosas. Por supuesto, me viene a la cabeza la canción de Dylan “Like a Rolling Stone” (1965), que cuenta la historia triste de la princesa que hubo de abandonar su orgullo (now you don’t seem so proud) a medida que perdía todo (when you got nothing, you got nothing to lose). Descaradamente inspirada en esta, tenemos la “Princesa” (1985) de Sabina, aunque aquí la historia es demasiado específica; no todas las princesas han de andar esas andanzas; hay otros caminos, también duros.
Es difícil en estos tiempos ejercer de princesa y, sin embargo, algunas lo logran. Condición indispensable: que te dejen ir de princesa; ¿todos? No, basta con que te lo permita alguien con el poder suficiente para montar bajo su protección tu propia corte. La prota de mi cuento lo ha conseguido, al menos de momento. Y aquí radica lo que para mí es más incomprensible. Porque ese protector, el que, en la simbología de los cuentos infantiles, sería el Rey, es un buen amigo mío. Un tipo de 49 tacos, arquitecto asentado, tranquilo y que gusta de la vida cómoda, que evita los problemas, que evita –sobre todo- enfrentarse a los aspectos desagradables, profundizar en intimidades, rascar emociones. Un tipo buena gente, aunque algo apático y frío.
La princesita ha entrado como elefante en cacharrería en el estudio profesional de este amigo. Y poco a poco, el ambiente se va enrareciendo y, como si un gas letal se estuviera expandiendo, surgen los piques, malhumores, resentimientos. Y las bajas. De momento son tres: dos arquitectas y un aparejador que han decidido mandarse mudar. Pero dicen los rumores a media voz que pronto habrá más. Mientras, la princesita va adquiriendo poder, lo que no se traduce (más bien al contrario) en mejoras en la productividad del estudio. Y se cree (se lo cree de veras) que es amada y admirada por su corte, aunque la corte (los que trabajaban desde mucho antes que ella en ese estudio) va mermando. Ella critica a los que se han ido, aunque está encantada de que se vayan. También critica, ante el Rey, a quienes todavía no se han ido, incluso a quienes cree que la adoran.
La princesa es, sobre todo, poco inteligente. Porque ni siquiera es mala. Está haciendo mucho daño, pero no se da cuenta. Y, lo que es peor, se está haciendo mucho daño a sí misma, pero tampoco se da cuenta. Se preocupa tanto de mandar, de ser protagonista, de que nadie le haga sombra ... que no tiene ni el tiempo ni la actitud necesarios para aprender y, consecuentemente, está desaprovechando una etapa preciosa. Pero no se da cuenta y cuando algunos hemos tratado de hacérselo ver, simplemente, no ha entendido nada. Yo pienso que se dará un batacazo y que, cuando se lo dé, se sentirá muy injustamente tratada, se sentirá víctima; así que puede que el batacazo tampoco le valga para aprender demasiado. Ya se verá, pero mientras tanto, esta princesa sigue actuando con un retorcimiento maquiavélico que forma parte de su software inconsciente (porque, repito, no se da cuenta), en una carrera hacia arriba, siempre hacia arriba.
Para mí el misterio está en mi amigo hipnotizado. ¿Cómo puede alentar a esta chica en la descomposición de su estudio? Porque lo cierto es que está como abducido por ella, sólo le ve virtudes, la lleva en palmitos, nunca le reconviene pese a sus múltiples meteduras de pata (ella, por cierto, se ocupa con gran habilidad de desviar las culpas hacia cualquier otro), cuando le “ordena” algo lo hace con una delicadeza rayana en lo cursi y que contrasta agudamente con la forma en que trata al resto de trabajadores ... En fin, que se comporta como si estuviera perdidamente enamorado. Y, sin embargo, no lo está; al menos, no en el sentido usual de esta palabra y –mucho menos- hay un rollito sexual entre ellos. La arquitecta que acaba de irse del estudio tras cinco años de trabajo y amistad muy estrechos, opina que, simplemente, la princesita sabe acariciarle la vanidad, le dice lo que le gusta oír, le hace sentirse relajado. Puede ser; ciertamente a mi amigo le disgusta tener que enfrentarse a los conflictos, se siente incómodo cuando las cosas no son muelles y calmas. Así que, a lo mejor, la princesita está sabiendo tocar la melodía que lo adormece en un sopor feliz.
Esto no puede durar. Al menos, me cuesta creer que seguirá adormilado cuando el desmoronamiento que se ha iniciado alcance el estado de ruina notoria. Y entonces, me temo que se despertará de su estupor y dará una patada a la princesita, con la frialdad emocional que le caracteriza (la misma con que ha tratado a estas dos arquitectas). Porque, desde luego, no va a permitirse perder dinero ... y en esa dirección se están moviendo los acontecimientos.
Ya veremos. Ya veremos cómo acaba este cuento cutre, si es que acaba, porque los cuentos se van enlazando unos con otros, mientras los protagonistas no decidan que quieren salirse de ellos para escribir sus propios guiones.
Esta es la canción a la que aludo en el post. Resulta que tengo 12 versiones (7 cantadas por Bobby); me he pasado más de una hora escuchándolas. Pongo ésta (de la gira de conciertos con The Band en 1974, recogida en el album Before the Flood) porque es la que hacía más tiempo que no oía. Quizás sea un poco acelerada (¿la guitarra de Robbie Robertson?), pero me gusta.
Besos : )
pero como aseguras que ellos no tienen una "historia" ... pues no se, eso esta muy raro ... y no la veo tan inocente y sin maldad a esa princesita despues de todo...
esperemos tu amigo reaccione a tiempo...





