Los acordes silenciosos del violín del horizonte
engañaban mis recuerdos, los volvían vaporosos.
Apenas quedaba tiempo, apenas quedaba nada.
Pero bastaba ese lapso de bruma de la mañana
ante las aguas dormidas, ante el mar que enamoraba,
para hablarte callado, para hundirme en tu mirada,
para besarte los labios, para tocarte la cara.
Las estrellas ya dormían, tus ojos lagrimeaban.
No eras tú, sino tu sombra, destellos de pasado
liberando con el sueño, el deseo de tus labios.
Apenas quedaba tiempo, apenas quedaba nada.
Y el beso quedó borrado al callarse el silencio,
al traer las olas viento, al volver el color
al aire, al recuperar su trono el tiempo ...
Y al mar le lloré porque te olvidaba, amor.
Se había acabado el tiempo, ya no quedaba nada.
Tus mil añicos fundidos en el rojo de sus rayos,
el sol matando mi sueño en la cubierta de un barco.
Escrito hace diez años (más o menos), viendo el amanecer, en un barco que me llevaba de Tenerife a Gran Canaria. Y para rememorar la explosión de colores del cielo no tengo a mano más que esta maravilla musical.





