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Cartas desde La Alhambra
Acerca de una de las ciuades más bonitas del mundo: Granada, la reina mora.
Acerca de
Mi nombre es Ana Isabel, alias "la plegue". Éste es el primer blog que hago, pero, por la experiencia, creo que no será el último. Estudio 3º de Periodismo y éste es un trabajo de prácticas de Producción Periodística. Espero que podáis disfrutar leyendo tanto como yo haciendo estos artículos para que conozcáis un poquito más mi Granada.
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¿QUÉ QUEDA DE LOS POZOS? 2ª PARTE
Cada vez que voy a mi pueblo busco tiempo libre para escaparme a pasear por lo que queda de sus minas. Todo sigue estando rojo. El agua, al no funcionar las bombas, ya ha inundado gran parte de la cantera; de los cerca de 200 metros de profundidad que tiene, ya son más de 100 los que están anegados. Al mismo tiempo es un paisaje bonito y desolador.

Los Pozos, al fondo, se ven solitarios, silenciosos, llenos de recuerdos y vacíos de vida. Aunque ya no está permitida la entrada, muchos somos los que nos “colamos” para comprobar qué ha cambiado año tras año. Siempre me acerco a la que fue la casa de mis abuelos y mi padre, la 351. Las ventanas están rotas, puedes entrar a muchas de las viviendas, aunque es peligroso, pues se están viniendo abajo. Todo está en calma, sólo se escuchan los pájaros si es primavera. Las pizarras de la escuela siguen pintadas, aunque los pupitres y los libros que había esparcidos por el suelo ya han desaparecido. Una de las cosas más impresionantes es la capilla. Las campanas cuelgan a cada lado, la pintura se cae, algunos cristales también están rotos, la gran puerta de madera cerrada,… Dentro sigue todo igual, con el altar y las flores artificiales dentro de jarrones. Todos los bancos llenos de polvo, y el confesionario intacto. Las escalerillas que suben hacia donde se instalaba el coro y desde donde se tocaban las campanas. Al fondo se ven las vías del tren, que pasaba por mitad del barrio para llevar el mineral hasta el Puerto Alquife de Almería. También puedes entrar al bar-discoteca de Los Pozos: la barra sigue allí, el teléfono antiguo cuelga de la pared, y están las columnas en medio de lo que parece una pista de baile. Están las casas de la gente más adinerada, que aún conservan los suelos de madera, las chimeneas de piedra, las fuentes en medio de los patios y los muebles de la cocina. Puedes ver el cine de invierno, con sus filas de sillas. Muchas de las cocheras están abiertas, y muchos de los corrales están destrozados. Hay hasta una gasolinera, con camiones abandonados y aparcados al fondo. Los talleres aún conservan los cascos de los mineros y algunas herramientas. Toda la maquinaria está inservible, pues los años a la intemperie las han devastado.

A pesar de su aspecto fantasmal, al pasear por esas calles cubiertas de mineral y de cristales rotos, se puede sentir las vidas de las personas que habitaron este lugar, las risas de los niños, las charlas de los mayores, las fiestas y el trabajo.
 
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