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Desde mi charca
Pensamientos propios y pequeñas anecdotas
Sindicación
 
Erase una vez un año.
Bueno, es el último dia del año. El año de los balances y los nuevos proyectos, del tipo de: “esta vez si que lo haré”. Como siempre recordamos cosas buenas y cosas malas del año. Unas las guardamos, las otras las intentamos olvidar. Nos pesan cada vez más los años, nos duelen cada vez más los daños. Se resiente nuestro cuerpo y se resfria nuestra alma. Esperamos, siempre esperamos, que el próximo año sea distinto al actual, pero, algunos poco hacemos por cambiarlo. Cuestión de fuerza, cuestión de fe. Nos amoldamos a los sucesos y vamos caminando como zombies por las pisadas de otros.
Valoramos más las ilusiones porque cada vez hayamos menos. Elogiamos la sonrisa porque a nosotros nos cuesta más tenerla.
Niños con juguetes nuevos, eso es lo que queremos ser. Tener ese momento de ilusión que un dia tuvimos. Volverlo a sentir seria el mejor regalo que podriamos tener.
Algunos suertudos lo tienen y los miro con sana envidia, (suponiendo que la envidia sea sana), y van derrochando felicidad por la vida. No saben la suerte que tienen.
Tal como pinta el final de año, no es que me sienta desdichado, ni mucho menos, pero esa cosa que echo de menos, de tocar el séptimo cielo con la punta de los dedos nada más y nada menos es lo que deseo. Es mi única carta a los reyes y como cuando niño, la echo al buzón con la creencia de que existen y si no se cumple, pues echo la culpa a correos.
Pues nada, me cubriré de buenos deseos y buenas voluntades para el año que viene y a ver si los astros me son propicios y dejo la tristeza en el hospicio.
De tanto mirar amaneceres, se me entelan los ojos de làgrimas por tanta belleza que los demás se pierden, en eso si que soy afortunado.
Y este mundo de locos que nos toca vivir, herido por la raza humana que no aprende de sus errores ni tiene pinta de que lo quiera intentar, seguirá girando un año más ajeno a los deseos y afanes que le queramos pedir. A él por supuesto, ya le da igual.
Sobre un nenúfar en la charca, mis mejores deseos a todos los que se acerquen por aquí.
Y esta vez si, de verdad, se van a cumplir. Me lo ha dicho un pajarito y yo como buen niño le creo.

 
Navidad again.
Bueno, parece que se acerca la Navidad. Por lo que se, hay una Navidad para cada uno y aunque la misma, siempre es diferente.Nuestra infancia tuvo una, nuestra madurez tiene otra, complementaria, pero diferente. No la vive igual el rico que el pobre, el creyente que el que no cree. El pesimista y el optimista. No. Es la misma Navidad, diferentes criterios.
Últimamente me dan yuyu estas fechas. Con la ilusión dormida ante el escaparate de regalos y de felicidad por decreto. Sordo a la estridencia de villancicos y de jinglebells,
Me refugio en los rincones en los que la Navidad apenas se ve, aunque me cuesta trabajo rodearla pues como una mancha de aceite feliz se esparce por toda la ciudad.
Y se juntan las tradiciones con el marketing y las calles se llenan de paquetes y tarjetas de crédito exhaustas. La vomitera de regalos que se espera para el 24 de diciembre y el 6 de enero, (consumo, luego existo), se va almacenado en el estómago de nuestra cuenta corriente.
Y me escondo, no quiero formar parte de esta vorágine, pero se que al final claudicaré, como siempre. Cautivo del consumo. Consumidor consumido. Como siempre. Otra vez mas.
¿Dónde fue la Navidad que me regalaron cuando niño?
¿Qué fue de la Navidad que inventé para mi hijo?
 
La vida por delante.
No supo por qué le estaba pasando lo que le estaba pasando. Nadie la había preparado para afrontar la vida así, de una manera tan cruda y descarnada. Con sólo sus ideas y sus manos por herramientas, debía acometer la construcción de ella misma. Sin parecerse a nadie, sin ser como nadie. Ella. Simplemente.
Era consciente que partía de la más absoluta nada y debía convertirse en alguien querido al menos por ella misma.
Los años de aprendizaje en la infancia y en la escuela no le habían servido absolutamente de nada. Habían sido más bien de desaprendizaje. No se puede decir que fuera una etapa de la vida que llenara un espacio vital en su recorrido por este mundo.
Sólo tristes recuerdos.
Y ahora estaba sola. El mundo por delante.
Ideas agolpadas en su mente, volcadas por el canal del bolígrafo en un papel, expresaban sus sentimientos y su manera de ver este mundo desde el prisma de una apenas novata en esto del arte de crecer.
Escribía y escribía, a veces compulsivamente. Tenia necesidad de expresarse, de sentirse, de oírse.
Un papel tras otro salía de su mano. Los leía, los remiraba y muchos caían en el lecho de la papelera con sus vestidos de arrugas y sentimiento de desaprobación. Otros papeles, más afortunados, yacían en el lecho de la bandeja donde esperaban la oportunidad de ser leídos por otras personas.
Notaba que se sentía mejor. Fueron muchos años de silencios por ella y gritos por los otros y la callada escritura silenciosamente la sacaba a flote de la mierda en que había vivido.
Esa era su salvación y ese su destino.