Más Marx
Groucho se persona en un conocido garito clandestino. El portero es Chico, que lo interroga tras la mirilla:
CHICO
¿Quién es usted?
GROUCHO
Muy bien, gracias. ¿Y usted?
CHICO
De maravilla, pero no podrá pasar si no me da la contraseña.
GROUCHO
¿Y cuál es la contraseña?
CHICO
No intente liarme. Es usted el que me la tiene que dar. Pero le echaré un cable. Tiene tres oportunidades; es el nombre de un pez.
GROUCHO
Mary.
CHICO
Mary no es un pez.
GROUCHO
Pero bebe como uno. A ver...Esturión.
CHICO
No me venga con ésas. Un esturión es un soldado romano.
GROUCHO
Ya está, ¡gallo!
CHICO
Yo también tengo un gallo.
GROUCHO
¿Y qué toma?
CHICO
A veces jarabe y otras una pastilla.
GROUCHO
Una pastilla me refrescaría y me haría bien, ¿no es un eslogan?
CHICO
...O una pastilla de jabón.
GROUCHO
Que tampoco le vendría mal.
CHICO
Pero no quiera distraerme. ¿Aún no lo ha adivinado o es que no entiende lo que le estoy diciendo? Usted no va a entrar a menos que me diga "pez espada".
GHROUCHO
Pez espada... Pez espada... Vale, me arriesgaré: "Pez espada".
CHICO
¡Eh, lo ha adivinado!
GROUCHO
No está mal, ¿a que no?
CHICO
Lo felicito.
Al entrar, Groucho intercambia su lugar con Chico.
GROUCHO
¿Y ahora qué quiere?
CHICO
Quiero entrar.
GROUCHO
Tendrá que darme la contraseña.
CHICO
A mí no me engaña. Es "pez espada".
GROUCHO
Lo siento, me cansé de esa contraseña y la cambié.
CHICO
¿Y cuál es la nueva?
GROUCHO
Vaya, la he olvidado. Hágame sitio. Tendré que quedarme afuera con usted.
De aquí a allí, y viceversa.
Espléndida mañana de Miércoles 18 en este suave y templado otoño mediterráneo. Penúltima tregua prenavideña con puente y medio de propina. Enésima etapa de mi esquizoide tour De Aquí para Allí y vuelta siglo XXI.
Ocho horas de autobús que abren un amplio, aunque predeciblemente imperceptible, paréntesis entre este brillante sol que sale a despedirme y la inminente bruma que me aguarda en el redil de mis entrefibras. Ocho horas que, a fuerza de rebobinados, parecen ya apenas cinco. Tiempo para relajarme al calor de la ventanilla, mientras me dejo atacar de nuevo por ese viejo paisaje, esa vieja huerta, que me sigue lanzando guiños, destellos de oro, desde sus escondrijos más recónditos, bajo un sol clarísimo y madrugador que acaba de pasar su fregona por el rocío de los campos. Tiempo de ensayar nuevas posturas, dejando amasar mi cuerpo dócilmente al descompasado vaivén del primer puerto: El Ragudo; ya casi entrendo en Aragón por una de las zonas que menos parecen "existir, tambien", al socorrido placebo de una semisiestecilla mañanera; móvil, sinuosa, encajonada...
...Tiempo de ir dejando lentamente a mi chip reciclarse; comenzando a somatizar sin sobresaltos los achaques emocionales que me causa este extraño y perpetuo master por entregas en camaradería filial tántrica, a varios palmos ya de las maravillas del país de mi Alicia hip-hop; de regreso a mi humedad verdosa de musgo y brea, perfumada de bruma boscosa, ahumada de cabra y vaca.
"La tierra del champiñón", la llamaba con desprecio un viejo colega; hombre de poco mundo, y menos fe. Pero yo recibo en la cara, con una bocanada ansiosa, el primer soplo del norte con lluvia racheada. Y sigo, maleta en mano y sin paraguas, recordando aquella legendaria tarde en que vine a parar aquí por primera vez, abriéndome paso entre la lluvia y el viento hacia la bahía; a mojarme y tiritar una vez más, de cara a la playa de la Concha, como aquella bendita tarde del 82, en que mis ojos y mi alma quedaron hechizados de por vida con este paisaje; humanizado y salvaje, urbano y abierto al mar con una naturalidad sólo comparable a algún que otro pueblo de esta interminable cornisa cantábrica.
Un momento es más que suficiente para oxigenarme hasta los huesos; mi maquinaria se lubrica de humedad y mi sangre se amorata levemente.
Sólo entonces vuelvo a casa. A calentarme, a cenar. A empezar una nueva vida, de nuevo.
Los peces de la amargura
Mi querido Aramburu no descansa. Ni deja descansar ¡Bien por él!
En este bendito otoño de 2006, nos propone un libro de cuentos, que no tienen nada de cuento. Apenas diez historias, sencillas; sobre gente sencilla. Diez pedazos de vida, imaginados al azar, o quizá no tanto. Diez ficciones, que no lo son.
Sin duda se trata de un proyecto largamente meditado, puesto a hornear con calma. Madurado y maduro. Evidentemente no hay colores. Ni un sólo juicio se desprende de estas historias humanas. Ni partidismos baratos ni tomas de posición elocuentes. Tan sólo historias sencillas, anónimas; de andar por casa.
Yo ya tengo mi ejemplar. Leído, dedicado y comentado; por ese orden (ventajas de vivir en la ciudad natal del autor). Y no entraré en debates (ya sonarán por ahí campanas) sobre oportunidades políticas o editoriales. Mejor, agradezco, y me quedo rumiando el fruto de lo que, estoy seguro, es su sentimiento; mientras invito a consultarlo a todo aquel que se interese, hoy o dentro de cien años, por la vida de la gente de la calle, de la gente de a pie, de los parias, en el País Vasco de finales del siglo XX, comienzos del XXI.
Dicho ésto, tras constatar que ya se encuentra a disposición de cualquier navegante; no me resisto a transcribiros una de estas historias. En general, para ver de meteros ganas. Y en concreto, porque me ha hecho pensar en tí, mariposa.
LO MEJOR ERAN LOS PÁJAROS
Mi hermano ha esperado a que su hija cumpliera nueve años para contárselo. Dice que antes habría sido demasiado pronto, que la pobre cómo iba a entender, con lo tierna y lo frágil que es. En esto último, mi hermano tiene toda la razón. Hijo mío, a veces pienso que a tu prima no la alimentan como Dios manda. O que ha contraído la anorexia a la edad en que otros niños se preparan para la primera comunión. El corazón me da un vuelco cuando le miro las piernas. Son tan delgadas que parece imposible que la criatura se pueda sostener. Para su último cumpleaños le regalamos tu padre y yo unos leotardos de lana. Es que nos apena que vaya por ahí enseñando los huesos. Yo rezo por las noches para que tú salgas más robusto. La doctora Gutiérrez me aconseja en cada revisión que te amamante por lo menos durante un año. Conque estate tranquilo, tesoro. Pecho no te va a faltar. Me importa un rábano si por cuidarte tengo que reducir mi horario en el instituto después de que se me haya terminado la baja por maternidad. ¿Me voy a ocupar de los hijos de los demás y no del mío? En cuanto a lo del abuelo, te lo cuento ahora aunque no escuches, o quizá sí, quién sabe. En una revista he leído que algunas embarazadas ponen música cerca del vientre para que se oiga dentro. Pues te lo cuento ahora y te lo contaré más adelante y muchas veces mientras viva, porque es un crimen olvidar ciertas cosas. En tu familia, hijo, verás que hay de todo menos criminales. Te aseguro que en otras casas no pueden decir lo mismo. Allá cada cual con su conciencia. Al que no vas a encontrar es al abuelo Antonio. Tendrás su nombre como tu prima, la flaca y pálida María Antonia. Pero no lo tendréis a él ni ella ni tú. Os lo quitaron, hijo. Os lo quitaron un día en una tierra lejana, pronto hará veintitrés años. Tu madre andaba entonces por los doce recién cumplidos. Una monada de niña, no porque lo diga yo. Ya verás cuando nazcas y te enseñe fotografías. La melena me llegaba hasta media espalda. Después me la corté. De pura pena, ¿sabes? Y ya nunca me la dejé crecer. Es como un luto que he mantenido en secreto. A mí vestirme de zarrios negros, como las viejas de las aldeas, no me va. Lo del pelo corto en señal de luto no se lo he contado a nadie, ni siquiera a tu padre. Sólo a ti, hijo mío, a ti solamente. Ya iba a terminar la primera hora de clase. A lo mejor no me acuerdo de lo que hice ayer. En cambio, de aquella mañana no he olvidado un detalle. Copiábamos en el cuaderno lo que la madre Jacinta escribía en el encerado. Había silencio en el aula. ¡Pues no eran poco severas las monjas de aquel colegio! Y de la madre Jacinta, ni te cuento. Buena persona, catalana de Mataró, pero, ay, castigadora infatigable. Como te pillase distraída te mandaba escribir cien o doscientas veces la frasecita de rigor: "Debo prestar atención a las explicaciones de la madre profesora". Yo me sentaba cerca de una ventana. Desde mi sitio se podía ver un prado que terminaba en una hilera de árboles. Por detrás se levantaba un monte. En otoño subía hasta allí con mis amigas del pueblo a coger avellanas. Todo era muy verde y muy agradable a los ojos. Cuesta entender que en medio de tanta hermosura hubiera gentes empeñadas en causar el mayor daño posible. Yo era una alumna bastante espabilada. No lo digo por presumir. Acababa las tareas antes que muchas de mis compañeras, y si la monja de turno no se daba cuenta, me entretenía contemplando el paisaje. Lo mejor eran los pájaros. Los había de muchas clases. Blancos, verdes, sueltos, en bandadas... Una maravilla. A mí siempre me han gustado los pájaros. Quizá porque van y vienen a su antojo. No viven apegados a la tierra como la mayoría de la gente. Un pájaro no es de aquí ni es de allá, sino de todos los lugares. Llega, se posa, se va. Eso me gusta, tesoro. También recuerdo que a menudo se veían vacas pastando la mar de tranquilas en el prado. Me daba por contarlas: once, doce, las que fueran. Otras veces había ovejas. Una mañana, qué risa, el carnero no paraba de perseguir a una de ellas. Nada más alcanzarla intentaba montarla. La oveja mordisqueaba la hierba como si nada. En el momento en que el otro le ponía las patas sobre el lomo, arrancaba a correr y dejaba al galán chasqueado. La escena se repetía sin variaciones. Se lo dije a la niña que se sentaba a mi derecha, ésta se lo dijo a la siguiente, y en unos instantes toda la clase tenía la cabeza vuelta hacia la ventana. Sonaron risas. La madre Jacinta quiso saber la causa de aquella animación a sus espaldas. La calmaron con un embuste. Aun así, la fila de las más sonrientes no se libró del castigo. Yo, ahora, hijo de mi vida, veo igual que si la tuviera delante a la madre Jacinta la mañana en que escribía en el encerado aquellos párrafos tediosos sobre los musgos y los helechos. Dios bendito, ¿cómo me puedo acordar de estas pequeñeces al cabo de tantos años? La madre Jacinta cuidaba mucho la letra. Escribía limpio y despacio, y a mí, entre una línea y otra, me daba tiempo para pasear la mirada por el paisaje. Así estaba cuando se produjo un estruendo ni lejos ni cerca. Las vacas levantaron a un tiempo la cabeza. Una bandada de palomas pasó volando a toda velocidad. En aquel momento no supuse que hubiera ocurrido nada grave. Pensé en alguna cantera de los alrededores o en la demolición de alguna nave industrial. El ruido había hecho temblar los vidrios. Me fijé asimismo en que la madre Jacinta se quedó varios segundos inmóvil con la mano en alto y el trozo de tiza entre los dedos. Después miró su reloj. ¿Por qué lo miraría? Sin decir palabra, continuó escribiendo. Transcurrió una hora. Nosotras bajamos a jugar al patio, volvimos al aula al final del recreo y empezamos la clase de francés con la señorita Pilar, que no era monja. Hasta ahí, todo como de costumbre. De pronto se abre la puerta. La madre Jacinta hace una seña imperiosa a la señorita Pilar para que salga al pasillo. A la señorita Pilar le falta poco para salir corriendo. La cara de la madre Jacinta trasluce una seriedad que no es de enfado. De eso no me cabe la menor duda. Es otra cosa que yo noto, pero no comprendo. Bis bis bis, se les oye cuchichear a las dos. A mí se me figura que para entonces ya había como una tensión de alarma en el aire. Es difícil de explicar. A los seres humanos, según en qué situaciones, se les suele encender un sexto sentido. Cuando seas grande, ya lo entenderás. Enseguida me olí que había ocurrido una desgracia en el pueblo. Y que esa desgracia afectaba a una de las veintitantas niñas que ocupaban asiento en el aula. Estábamos todas calladas. Podíamos haber aprovechado que nadie nos vigilaba para echarnos a hablar. Bueno, pues no se oía una mosca. En esto, la señorita Pilar se asoma al hueco de la puerta y me pide que vaya adonde ella. Era una mujer alta y joven que caía bien a todas las alumnas por sus maneras suaves y su brillo de bondad en la mirada. Sin embargo, en el momento de llamarme había en sus ojos una fijeza que me asustó. Me levanté despacio. Si quieres que te diga la verdad, hubiera hecho todo lo posible por tardar varios años en recorrer los seis o siete metros que me separaban del pasillo. Sabía que allí me esperaba algo malo. Dejé caer al suelo mi estuche con los lápices de colores. Cinco segundos ganados a la desgracia. El hecho de que la profesora no me metiese prisa confirmaba mis augurios. Al fin salí del aula. No me atrevía a enfrentar la mirada de mis compañeras. Sin necesidad de volver la cara, yo percibía que me observaban desde detrás de una pared invisible. Ellas estaban en el mundo de hasta entonces; luego irían a sus casas a comer, luego volverían al colegio y por la tarde se reunirían en la calle para jugar en grupos de amigas. Yo no sabía aún adónde iba, pero tenía bien claro que con cada paso que daba me alejaba de aquel mundo de hasta entonces. En el pasillo encontré a la Neli, los ojos rojos como de haber llorado. La Neli, para que sepas, era la hija mayor del sargento. Ah, y además, cuando la vi, se estaba mordiendo el labio de abajo. Otra mala señal. La madre Jacinta me puso una mano en el hombro. Nunca, en todos los años que yo llevaba estudiando en aquel colegio, me había tocado. Me dijo: "Recoge tus cosas, esta chica te acompañará a tu casa. Que Dios te bendiga". La Neli no me llevó a mi casa, sino a la suya. Caminábamos en silencio por las calles del pueblo. Al pasar por delante de la iglesia, ella me susurró que mi padre estaba herido. No me declaró qué le había pasado. Sólo que estaba herido. Le temblaba la voz. Añadió que no me preocupase. No le quise preguntar. Por miedo, supongo. En su casa encontré a mi hermano. Tu tío César iba a cumplir pronto siete años. Era rollizo, todavía lo es, no como su hija María Antonia, que está en los puros huesos. Lo tenían en la cocina untando bizcocho en un tazón de Cola-Cao. Al verme me dijo con una sonrisa sucia de chocolate que papá estaba herido. Parecía contento de comunicarme una noticia importante. Y para demostrar que no mentía se volvió hacia la esposa del sargento: "¿A que es verdad lo que digo, señora Paca?". La Paca le acarició la cabeza. Eso fue todo. No le contestó ni que sí ni que no. Pobre César. Tan inocente. Lo habían sacado del colegio igual que a mí. En cuanto nos dejaron un momento solos le dije en voz baja: "Como se entere mamá de que te quitas el hambre antes de la comida, te va a reñir". "Mamá no me va a reñir", respondió, "porque mamá está cuidando a papá". Le digo que cuando vuelva se lo contaré. "Yo como lo que quiero", dice. "Me deja la señora Paca". Sentí ganas de arrearle un cachete. No soy pegona, hijo. Nunca lo he sido, así que no temas. Es que yo empezaba a perder los nervios. No porque mi hermano se atiborrara de chocolate y bizcocho, sino porque me irritaba una especie de euforia que le había tomado, como si todas aquellas cosas anormales que estaban sucediendo a nuestro alrededor fueran parte de una fiesta. Alguna vez hemos hablado de esto, ya de mayores, pero no se acuerda. Cuando terminó de beberse el tazón le pregunté si sabía lo que significa estar herido. "Eso es cuando uno se cae", me respondió. No se daba cuenta de nada y ya no insistí. La Paca mandó a la Neli a preguntarme si a mí también me apetecía un Cola-Cao. Dije que no. ¿Cómo iba yo a comer ni a beber con aquel nerviosismo que me apretaba la garganta? Nos propusieron encender la tele. A eso contesté que sí. César y yo estuvimos mirando dibujos animados y otros programas para niños durante más de dos horas, la Neli con nosotros en el sofá hasta que se fue a la habitación de al lado a hablar por teléfono con su novio. Dejarnos solos fue un gran fallo suyo, pues al rato de marcharse empezó el telediario. Y lo primero de todo enseñaron la foto de tu abuelo Antonio de los hombros para arriba, con los galones de cabo. César se entusiasmó y se soltó a dar gritos: "Papá en la tele, papá en la tele". La Neli y la Paca vinieron corriendo a desconectar el aparato, pero ya era tarde, ya yo había oído lo que había oído. Entonces les pregunté sorprendida: "¿Por qué habéis contado que está herido si el hombre de la televisión dice que está muerto?". Según la Paca, no había que fiarse del lenguaje de los locutores. Nos explicó que cuando una persona se hallaba en una situación extrema, lo normal era decir que había muerto, pero que teníamos que conservar la esperanza porque seguramente no estaba todo perdido. A mí, hijo, lo de la situación extrema me daba que pensar. Intentaba imaginarme a tu abuelo en la dichosa situación. No se me ocurría nada. En mis pensamientos veía a mi padre con su pelo negro peinado en ondas hacia atrás, con su cara de bromista y su sonrisa de siempre. Todavía lo sigo viendo así, alegre y guapo como era. Yo es que no me lo puedo imaginar de otro modo. No puedo y no quiero. Me arrebataron el padre, pero el recuerdo que guardo de él lo decido yo. Ese recuerdo no es el de un hombre muerto. Tendrían que matarme para borrar su risa en mi memoria. Tú ahora eres muy pequeño para entenderme. Algún día ya me entenderás. Total, que hacia las cuatro de la tarde, César y yo recibimos la confirmación de la tragedia. Hasta entonces, las mentiras compasivas de la Paca y de la Neli me habían puesto una niebla delante de los ojos. Una niebla ni tan fina que dejara entrever la verdad, ni tan densa que no me permitiera alimentar sospechas. Claro que para rato iba yo a figurarme que aquellas mujeres bondadosas nos engañaban. En esto, hacia las cuatro, como te digo, sonó el timbre de la puerta. Reconocí la voz de mi madre. Quería abrazar a sus hijos. Ay, sus hijos. Que dónde estaban. Que si habían comido ya. Que si ya conocían la desgracia. César y yo corrimos a apretarnos contra su pecho. Tu abuela nos habló con mucha serenidad. "Tengo algo triste que contaros", dijo. "Vuestro padre ha muerto". No entró en explicaciones. César preguntó en tono tranquilo si papá había subido al cielo. Tu abuela asintió mientras la Paca, detrás de ella, se enjugaba las lágrimas con un cabo del delantal. Años después, tu abuela me confesó que se había hecho administrar un calmante antes de venir a vernos. Temía perder la entereza delante de sus hijos. Había incluso rezado para que Dios la librara de desmayarse en nuestra presencia. Nos envolvió a los dos juntos en sus brazos, y allí la única que no se podía aguantar los hipos era la Paca. Yo no lloré. No sería por falta de ganas. Ya verás, tesorito, cuando me conozcas. Soy de lágrima fácil. "De clima lluvioso", suele decir tu padre de broma. Por cualquier menudencia suelto el trapo a llorar. Pero aquella tarde, en casa del sargento, se me figuraba que si me mostraba afligida agravaría las penas de mi madre. Olfato que tiene una. Lo hemos hablado tu abuela y yo más de una vez. Quizá los duelos en compañía aportan consuelo por ese motivo. Todo el mundo echa un poco el freno a las emociones para no empeorar las del prójimo. Al final, el trance se hace más llevadero. Ésa es mi impresión, no me hagas mucho caso. En soledad, por el contrario, te lo tienes que tragar todo tú solito. Mi madre y yo nos mirábamos serias, las caras muy juntas, sin saber qué decirnos. Los demás tampoco abrían la boca como no fuera tu tío César, que con su voz candorosa le pidió de pronto perdón a mamá por haber tomado Cola-Cao antes de la comida. Se conoce que le remordía la conciencia. Pobre angelito. Mamá le besó en la frente. Entonces yo conté que además del Cola-Cao había comido bizcocho. Mamá fijó en mí sus ojos claros, llenos de ternura, y también me besó. Luego le preguntaron a la Neli si podía sacar del cuartel a los niños. Tu abuela prefería que no estuviéramos cerca cuando instalaran la capilla ardiente. Conque fuimos con la Neli y su novio al centro del pueblo. Como se celebraban las fiestas patronales, había música y atracciones. Se veían las calles animadas.
de Los peces de la amargura. FERNANDO ARAMBURU
Y a tí te dedico el post. Con cariño, y fuerza.
E, insisto: Mucho Mozart.
VIP-VIP
Corbata roja.- Si es que son unos pardillos ¡Cómo se les ocurre vender las máquinas a ese precio!...(llevando con desparpajo la servilleta a la comisura de los labios para ahogar el enésimo eructo)...mmm-mm...poco ácido este vino...
Corbata verde.- Y claro, se las quitan de las manos. Ahora, (explayando la mirada como con familiaridad en el escote de la camarera morena, puntualmente inclinada mientras le llena otra vez la copa) bien acabadas están. Y lo que duran...
Corbata gris.-Como que son casi eternas (me traerá por favor -a la chica- otra botella de agua)...Y ahora que casi quieren doblar los precios, se las van a tragar todas.
Corbata verde.- Pues como después del primer año hagas una facturación de risa, ya me contarás tú por dónde salen las banderitas...No (.........................), no tomaré postre.
Corbata roja.- ¿Y no se trata de eso?...Ya veremos lo que tardan en...(sí, nos traerás tres solos -ahora la camarera es rubia y no lleva escote- y unos digestivos de esos que tú sabes)...reciclarse.
Corbata gris.- Tenemos tiempo todavía ¿Un purito?...
- ¡Hoy se lo come usted todo!...(a mí me toca la camarera de rizos con el escote en la sonrisa)
- Sí, parece ser que mi estómago ha entrado por fin en razón. Estaba todo muy bueno.
- Gracias. Y me alegro.
El comedor está excesivamente tranquilo para un viernes a mediodía; me digo a mí mismo. Fuera llueve con ganas. Hace frío. Vitoria no es Donosti; y yo, a veces, sigo pareciendo recién caído del árbol.
No sé muy bien por qué me he quedado un día más. Supongo que porque podía, simplemente. El cursillo acabó ayer. Cuatro días intensos, intensivos. Y después, celebración ¡quién dijo miedo!...
El hotel es fabuloso. Todo es tan confortable. Es como vivir en una nube de lujo. Y el menú, porque es menú, realmente exquisito. Mañana vuelvo a casa. He pasado cinco días diferentes, curiosos. Mi oficio suele dar a veces esta clase de paréntesis.
Podría contar otras cosas. Más cosas.
Pero ahora sólo se me ocurre esto. Que es como no contar nada.
Casi.
Hablar por hablar
No callar nunca.
Decir cualquier cosa.
No importa si importa.
Estar.
Ser.
Hacerse la ilusión de que uno existe.