La taquillera del cine.
No hace tanto de aquello, pero eran otros tiempos.
No puedo concretar una fecha con exactitud, pero habrán pasado al menos doce años desde que la ví por primera vez. Era en aquellos años en los que aún no existía el edificio Max Ocio y todo estaba en un único pabellón Max Center. Entonces, las salas de cine ocupaban la zona que hoy alojan Decathlon y H&M, y también algunas tiendas de las que hay a los lados.
Morena, con media melena lisa; su mirada serena expresaba siempre respeto y generaba confianza sin utilizar jamás una sonrisa abierta. A mí me hacía sentir cómodo así. Creo que nunca llegué a reconocer su tono de voz. El intercambio de frases no iba más allá de: “Dos para la sala 6” “¿Por el medio o más arriba?” “Por arriba mejor” … “Son 11,60” “Gracias”… No. Definitivamente no recuerdo su timbre. Recuerdo mucho más la sensación de atención, de corrección y de respeto por el cine y por su público.
Recuerdo el cine de aquellos años, las matinales de los domingos con mi hijo, tranquilos, disfrutando. No puedo olvidar que fue allí, en una de aquellas matinales, donde vió su primera película con actores reales: “Mi gran amigo Joe”. Recuerdo a una principiante Charlize Theron junto a un gorila, que creció con ella hasta hacerse un animal colosal, defendiendolo de las manos de negociantes sin escrúpulos que sólo querían prostituir a la bestia exhibiéndola como monstruo de circo. Nada nuevo: romper el orden de lo que está bien para llenarse los bolsillos.

Perdón, me he desviado del tema, pero es que recuerdo mucho aquellas sensación. No era disfrutar de las películas sino de la experiencia de “ir al cine”. Era cómodo, respetuoso, agradable. Era como la taquillera.
Se creó el pabellón Max Ocio, al otro lado de la carretera, y los cines se ubicaron allí. Ella también cruzó la carretera y, durante un tiempo, también me preguntó por las mañanas de los domingos: “¿Por el medio o más arriba?”. La película solía empezar a las 12,30 pero al “enano” y a mí nos gustaba ver los trailers de las próximas películas infantiles y diez minutos antes ya estábamos sentados por la zona alta de la sala con nuestros cartones de palomitas.
Pero empezaron los cambios, gestiones de empresa supongo, y pronto desaparecieron las matinales. Advertí varios cambios en el personal y en el funcionamiento pero me alegraba descubrir que ella aún permanecía al otro lado del cristal. Si podía, siempre buscaba su ventanilla. Era como en la “peli”: allí donde se llevaran a Joe, allí permanecía Charlize para que lo respetaran como es debido.
Pero el dinero todo lo puede o, más claro, todo lo prostituye, y no hace mucho estos cines cambiaron de dueño. Yo, como burro de costumbres, fui de nuevo a donde disfruto ya más de las películas que del cine. Y ¡vaya!, han subido los precios… bueno, es lo que toca, todo sube. Me preocupa más que no veo a “mi taquillera”. Quizás hoy libra… Pero… no puedo distinguir en qué sala ponen la película que yo quiero ver, así que tengo que decirle el título a la taquillera, que me atiende como si la estuviese molestando pero sin ninguna preocupación por la enorme cola que me espera detrás.
Ahora abren las taquillas unos minutos antes del horario de las películas y se crea en la cola una sensación de angustia porque quedan dos minutos para el comienzo y tengo a treinta personas delante de mí. ¡A ver qué sala me toca hoy! Me explica que la nueva empresa no quiere que el público sepa a qué sala tiene que ir hasta que adquiera la entrada, dicen que a algunos no les gustan las salas pequeñas. Si ellos lo dicen… A mí tampoco me gusta el laberinto que es saber el horario de la que quiero ver. Cada vez me resulta menos placentero ir al cine.
Paso rápido por el mostrador de las palomitas. Han cambiado los nombres de los productos. Supongo que tendré que aprender la nueva denominación, no creo que sea difícil. En poco tiempo la localizo por la foto pero… esa no puede ser, es mucho más cara. Lo vuelvo a mirar y … sí que lo es: vaya, esto sube mucho más, habrá que prescindir de ellas.
Vuelvo otro día, ni festivo, ni fin de semana, ni día del espectador. En algún turno tiene que estar ella, aunque ya me temo que le ha pasado como a Charlize Theron. Si transformaron a Joe de impresionante animal en libertad a monstruo de feria para sacar dinero y le separaron de quien hacía de él un animal digno y respetado, me temo que a “mi taquillera” le haya pasado lo mismo: han transformado el cine en un mercado y les sobra todo aquel que respete su naturaleza.
No, no está ella. En su lugar, una chica joven (que seguro que no habrá oído hablar de Katherine Hepburn ni de Steve McQueen) sin mirarme, recita de memoria una oferta acerca de las mejores butacas de la sala por sólo un euro más de suplemento. Por supuesto que la rechazo y entro a la sala con tiempo suficiente. Veo que han cambiado tres filas de butacas y que, ¡vaya!, están absolutamente vacías. La oferta de la nueva empresa consiste en inutilizar la mejor zona de la sala o pagar el impuesto de lujo.
En cualquier caso, a lo que he venido es a disfrutar al menos de una película y está a punto de empezar. Puntuales, las luces se apagan, la pantalla se abre y… nos amenizan con 20 minutos de anuncios con lo que la película se retrasa ese tiempo. O me pierdo el final o remodelo mis planes de después.
Me gustaba mucho ir al cine. Ahora aún mantengo interés por ver algunas películas. Me gustaba Joe en la montaña, era un animal digno y puro. Me gustan las personas que, como Charlize Theron en esa peli, respetan el medio con el que trabajan. No me gusta el mundo en el que se adulteran los productos para justificar un precio más alto. Me gusta el cine, no un circo. No me gusta una teleoperadora tras el cristal de la taquilla de un cine. Me gusta el cine mudo. Me gustaba la escena casi de cine mudo que muchos domingos interpretaba junto a aquella taquillera. Me gustaba su interpretación, sin alardes, con matices, con buen gusto, con respeto por su arte.
No hace tanto de aquello, pero eran otros tiempos.
No puedo concretar una fecha con exactitud, pero habrán pasado al menos doce años desde que la ví por primera vez. Era en aquellos años en los que aún no existía el edificio Max Ocio y todo estaba en un único pabellón Max Center. Entonces, las salas de cine ocupaban la zona que hoy alojan Decathlon y H&M, y también algunas tiendas de las que hay a los lados.
Morena, con media melena lisa; su mirada serena expresaba siempre respeto y generaba confianza sin utilizar jamás una sonrisa abierta. A mí me hacía sentir cómodo así. Creo que nunca llegué a reconocer su tono de voz. El intercambio de frases no iba más allá de: “Dos para la sala 6” “¿Por el medio o más arriba?” “Por arriba mejor” … “Son 11,60” “Gracias”… No. Definitivamente no recuerdo su timbre. Recuerdo mucho más la sensación de atención, de corrección y de respeto por el cine y por su público.
Recuerdo el cine de aquellos años, las matinales de los domingos con mi hijo, tranquilos, disfrutando. No puedo olvidar que fue allí, en una de aquellas matinales, donde vió su primera película con actores reales: “Mi gran amigo Joe”. Recuerdo a una principiante Charlize Theron junto a un gorila, que creció con ella hasta hacerse un animal colosal, defendiendolo de las manos de negociantes sin escrúpulos que sólo querían prostituir a la bestia exhibiéndola como monstruo de circo. Nada nuevo: romper el orden de lo que está bien para llenarse los bolsillos.

Perdón, me he desviado del tema, pero es que recuerdo mucho aquellas sensación. No era disfrutar de las películas sino de la experiencia de “ir al cine”. Era cómodo, respetuoso, agradable. Era como la taquillera.
Se creó el pabellón Max Ocio, al otro lado de la carretera, y los cines se ubicaron allí. Ella también cruzó la carretera y, durante un tiempo, también me preguntó por las mañanas de los domingos: “¿Por el medio o más arriba?”. La película solía empezar a las 12,30 pero al “enano” y a mí nos gustaba ver los trailers de las próximas películas infantiles y diez minutos antes ya estábamos sentados por la zona alta de la sala con nuestros cartones de palomitas.
Pero empezaron los cambios, gestiones de empresa supongo, y pronto desaparecieron las matinales. Advertí varios cambios en el personal y en el funcionamiento pero me alegraba descubrir que ella aún permanecía al otro lado del cristal. Si podía, siempre buscaba su ventanilla. Era como en la “peli”: allí donde se llevaran a Joe, allí permanecía Charlize para que lo respetaran como es debido.
Pero el dinero todo lo puede o, más claro, todo lo prostituye, y no hace mucho estos cines cambiaron de dueño. Yo, como burro de costumbres, fui de nuevo a donde disfruto ya más de las películas que del cine. Y ¡vaya!, han subido los precios… bueno, es lo que toca, todo sube. Me preocupa más que no veo a “mi taquillera”. Quizás hoy libra… Pero… no puedo distinguir en qué sala ponen la película que yo quiero ver, así que tengo que decirle el título a la taquillera, que me atiende como si la estuviese molestando pero sin ninguna preocupación por la enorme cola que me espera detrás.
Ahora abren las taquillas unos minutos antes del horario de las películas y se crea en la cola una sensación de angustia porque quedan dos minutos para el comienzo y tengo a treinta personas delante de mí. ¡A ver qué sala me toca hoy! Me explica que la nueva empresa no quiere que el público sepa a qué sala tiene que ir hasta que adquiera la entrada, dicen que a algunos no les gustan las salas pequeñas. Si ellos lo dicen… A mí tampoco me gusta el laberinto que es saber el horario de la que quiero ver. Cada vez me resulta menos placentero ir al cine.
Paso rápido por el mostrador de las palomitas. Han cambiado los nombres de los productos. Supongo que tendré que aprender la nueva denominación, no creo que sea difícil. En poco tiempo la localizo por la foto pero… esa no puede ser, es mucho más cara. Lo vuelvo a mirar y … sí que lo es: vaya, esto sube mucho más, habrá que prescindir de ellas.
Vuelvo otro día, ni festivo, ni fin de semana, ni día del espectador. En algún turno tiene que estar ella, aunque ya me temo que le ha pasado como a Charlize Theron. Si transformaron a Joe de impresionante animal en libertad a monstruo de feria para sacar dinero y le separaron de quien hacía de él un animal digno y respetado, me temo que a “mi taquillera” le haya pasado lo mismo: han transformado el cine en un mercado y les sobra todo aquel que respete su naturaleza.
No, no está ella. En su lugar, una chica joven (que seguro que no habrá oído hablar de Katherine Hepburn ni de Steve McQueen) sin mirarme, recita de memoria una oferta acerca de las mejores butacas de la sala por sólo un euro más de suplemento. Por supuesto que la rechazo y entro a la sala con tiempo suficiente. Veo que han cambiado tres filas de butacas y que, ¡vaya!, están absolutamente vacías. La oferta de la nueva empresa consiste en inutilizar la mejor zona de la sala o pagar el impuesto de lujo.
En cualquier caso, a lo que he venido es a disfrutar al menos de una película y está a punto de empezar. Puntuales, las luces se apagan, la pantalla se abre y… nos amenizan con 20 minutos de anuncios con lo que la película se retrasa ese tiempo. O me pierdo el final o remodelo mis planes de después.
Me gustaba mucho ir al cine. Ahora aún mantengo interés por ver algunas películas. Me gustaba Joe en la montaña, era un animal digno y puro. Me gustan las personas que, como Charlize Theron en esa peli, respetan el medio con el que trabajan. No me gusta el mundo en el que se adulteran los productos para justificar un precio más alto. Me gusta el cine, no un circo. No me gusta una teleoperadora tras el cristal de la taquilla de un cine. Me gusta el cine mudo. Me gustaba la escena casi de cine mudo que muchos domingos interpretaba junto a aquella taquillera. Me gustaba su interpretación, sin alardes, con matices, con buen gusto, con respeto por su arte.
No hace tanto de aquello, pero eran otros tiempos.
Retomando
¡Vaya! Por fin he abierto el candado de mi cajón de herramientas
De momento, sólo se me ocurre ver si todo está donde lo dejé, comprobar que funciona y que recuerdo su manejo.
Pero, sobre todo, asegurarme de que, esta vez, sé dónde guardo la llave.
De momento, sólo se me ocurre ver si todo está donde lo dejé, comprobar que funciona y que recuerdo su manejo.
Pero, sobre todo, asegurarme de que, esta vez, sé dónde guardo la llave.
Bueno, bonito y barato.
-Cariño, habrá que ir pensando en los Reyes del niño. ¿No te parece?
-¡Sí, mujer! Pero si está claro: la camiseta de Cristiano Ronaldo; la oficial.
- Pero, ¿no es muy cara? Me dijiste que costaba 85 euros…
-¿Y qué quieres, que se lleve un disgusto? Es la que quiere.
-…O la que quieres tú, más bien. Mira que eres fanático!
-¡Que no, que es por el niño! Además, ¿has visto lo bueno que es ese tío? ¿has visto cómo saca las faltas?. Por cierto ¿qué has puesto hoy para cenar?
-Ensalada, cariño… Pero si dicen que ahora no juega, están todo el día en la tele hablando de su puñetero tobillo. Le hacen más caso que a los marineros que están secuestrados.
- Bueno, sí. …¿Ensalada…? Pues me apetecía un filete. Bueno, no importa… Pues eso, que está lesionado, es que esta gente se machaca mucho ¿sabes?
-Sí, sí… con lo que cobran ya me machacaba yo así. Y tú también. ¿O es que nosotros estamos de vacaciones?
-Bueno, espérate, que ahora les van a meter un palo los de hacienda… ¡Oye, está rica esta ensalada, no sé… tiene algo diferente…
-El atún: es otra marca. ¿Palo? Sí: que les van a hacer pagar como a los españoles, que eran unos privilegiados. ¡Y con lo que ganan!
-La verdad es que sí que ganan. Ronaldo gana 9,5 millones netos… ¡Pero lo recupera con la venta de camisetas…
-¡¡…Que pagamos nosotros!!
-Bueno sí; pero al crío le hace ilusión. …¡Oye: muy rico este atún nuevo!... Bueno, el palo real se lo van a dar a Florentino, su presidente, porque el jugador cobra neto.
-¿El atún? Sí, es mejor, pero también más caro. … ¿Entonces es el Madrid el que le paga hasta sus impuestos? ¡Qué cara!
-Sí, hasta ahora pagan cerca de dos millones y medio y más tarde tendrán que pagar cuatro. …¿Es mucho más caro este atún?
-Pues cuesta casi dos euros cada lata y las otras costaban menos de uno. Pero ¿a que se nota? … Jo, dos millones y medio de impuestos, casi como lo que piden los piratas por el secuestro de los pescadores. Y el otro millón y medio … ¡se lo estamos perdonando nosotros ... ahora que nos vamos al paro y nos asan a impuestos!
-No te calientes… Mira, está muy rico este atún pero mejor compramos el barato que están las cosas muy mal. Y pon más alta la tele, que ahora hablan de deportes. ¿Ves? Ya están hablando de Ronaldo. Si es que este tío es rentable: mira cómo vende. Por cierto, ¿qué era eso que estaban diciendo antes?
-Nada cariño, que los que pescan ese atún tan rico … pero tan caro para ti, ya llevan más de un mes allí. Están casi sin agua y amenazan con matarlos. Pero tienes razón: Ronaldo vende más. (Algún día cenaremos camisetas de 85 euros)
- Calla, que no me dejas oír… ¡Dicen que tiene para un mes!
Con todos mis deseos para que estos 36 hombres vuelvan pronto con sus familias y con la mayor de las vergüenza que me produce la importancia que radio, prensa, televisiones ... Y NOSOTROS le estamos dando.
Marinero esta tu alma teñida de mar,
calada de tiniebla y temporal.
Tienes la barca comprada y la morada alquilada,
del tal modo eres esclavo de la mar, pescador,
que el dia de la partida
y soltar la ultima amarra
no sabes dejar tu alma
en tierra adentro varada
y al final...al final es en la mar
donde la vas a entregar.
Fragmento de “33 versos a mi muerte” de Patxi Andión
-¡Sí, mujer! Pero si está claro: la camiseta de Cristiano Ronaldo; la oficial.
- Pero, ¿no es muy cara? Me dijiste que costaba 85 euros…
-¿Y qué quieres, que se lleve un disgusto? Es la que quiere.
-…O la que quieres tú, más bien. Mira que eres fanático!
-¡Que no, que es por el niño! Además, ¿has visto lo bueno que es ese tío? ¿has visto cómo saca las faltas?. Por cierto ¿qué has puesto hoy para cenar?
-Ensalada, cariño… Pero si dicen que ahora no juega, están todo el día en la tele hablando de su puñetero tobillo. Le hacen más caso que a los marineros que están secuestrados.
- Bueno, sí. …¿Ensalada…? Pues me apetecía un filete. Bueno, no importa… Pues eso, que está lesionado, es que esta gente se machaca mucho ¿sabes?
-Sí, sí… con lo que cobran ya me machacaba yo así. Y tú también. ¿O es que nosotros estamos de vacaciones?
-Bueno, espérate, que ahora les van a meter un palo los de hacienda… ¡Oye, está rica esta ensalada, no sé… tiene algo diferente…
-El atún: es otra marca. ¿Palo? Sí: que les van a hacer pagar como a los españoles, que eran unos privilegiados. ¡Y con lo que ganan!
-La verdad es que sí que ganan. Ronaldo gana 9,5 millones netos… ¡Pero lo recupera con la venta de camisetas…
-¡¡…Que pagamos nosotros!!
-Bueno sí; pero al crío le hace ilusión. …¡Oye: muy rico este atún nuevo!... Bueno, el palo real se lo van a dar a Florentino, su presidente, porque el jugador cobra neto.
-¿El atún? Sí, es mejor, pero también más caro. … ¿Entonces es el Madrid el que le paga hasta sus impuestos? ¡Qué cara!
-Sí, hasta ahora pagan cerca de dos millones y medio y más tarde tendrán que pagar cuatro. …¿Es mucho más caro este atún?
-Pues cuesta casi dos euros cada lata y las otras costaban menos de uno. Pero ¿a que se nota? … Jo, dos millones y medio de impuestos, casi como lo que piden los piratas por el secuestro de los pescadores. Y el otro millón y medio … ¡se lo estamos perdonando nosotros ... ahora que nos vamos al paro y nos asan a impuestos!
-No te calientes… Mira, está muy rico este atún pero mejor compramos el barato que están las cosas muy mal. Y pon más alta la tele, que ahora hablan de deportes. ¿Ves? Ya están hablando de Ronaldo. Si es que este tío es rentable: mira cómo vende. Por cierto, ¿qué era eso que estaban diciendo antes?
-Nada cariño, que los que pescan ese atún tan rico … pero tan caro para ti, ya llevan más de un mes allí. Están casi sin agua y amenazan con matarlos. Pero tienes razón: Ronaldo vende más. (Algún día cenaremos camisetas de 85 euros)
- Calla, que no me dejas oír… ¡Dicen que tiene para un mes!
Con todos mis deseos para que estos 36 hombres vuelvan pronto con sus familias y con la mayor de las vergüenza que me produce la importancia que radio, prensa, televisiones ... Y NOSOTROS le estamos dando.
Marinero esta tu alma teñida de mar,
calada de tiniebla y temporal.
Tienes la barca comprada y la morada alquilada,
del tal modo eres esclavo de la mar, pescador,
que el dia de la partida
y soltar la ultima amarra
no sabes dejar tu alma
en tierra adentro varada
y al final...al final es en la mar
donde la vas a entregar.
Fragmento de “33 versos a mi muerte” de Patxi Andión
la libreta Moleskine
Hoy me apetece escribir para no decir nada, quiero rellenar líneas y líneas
sin ningún contenido. Esta vez, más que nunca, no importa lo que escriba sino dónde. Me explico:
Soy alguien que no cree en horóscopos, quiromancia, males de ojo, el destino, señales y conceptos de esa índole. Creo más en las casualidades que, a veces, parecen tan bien concebidas que merecen la pena atribuirles un creador esotérico y una reflexiva interpretación. Seguiré sin creer, pero sí que lo que escribo ahora tiene que ver con coincidencias curiosas. Voy a intentar relatar esas coincidencias.
Hace mucho tiempo (más de un año, quizá dos, no puedo precisar) me regalaron una libreta y la semana pasada la descubrí medio olvidada en ese clandestino rincón que todos tenemos, donde amontonamos cosas difíciles de clasificar y que “ya ordenaremos cuando tenga un rato”. Y como iba a marcharme de viaje la cogí por si me surgía alguna idea para escribir. Me dije: “parece manejable y cómoda para llevar encima”. Así que la saqué de su funda de plástico y quise darle la oportunidad de cambiar de utensilio inerte a vehículo de sentimientos.
En ese viaje, el sábado me acerqué a una librería para comprar la prensa pero se había agotado el diario que suelo leer. Tampoco soy un fanático en estos temas, aunque sí tenga mis preferencias, así que cogí otro, no habitual para mí. Me senté en una terracita a leerlo junto a un Bitter Kas y descubrí positivamente en él un suplemento sobre libros, discos y arte en general y, al azar, me dejé caer en un artículo titulado “Saldos de agosto” en donde su autor hablaba sobre la posibilidad de encontrar libros muy interesantes a precios muy rebajados para darles salida.
Y me encuentro con que otro de los artículos que las librerías han tenido que reubicar como saldo son “las libretas moleskine”, que estuvieron de moda porque era – por lo que he leído después - la que Hemingway utilizaba para tomar sus notas. No podía creerlo, ¡es la libreta que llevo en el bolsillo! O más bien sí, no sólo puedo creerlo sino que encaja perfectamente todo: esa libreta no es una libreta cualquiera, no es una libreta a la que yo pueda dar vida; es una libreta con pedigrí, ya tiene – o se le supone – un valor propio por su diseño y su historia.

Como decía, todo encaja perfectamente. Creía tener en mis manos el único regalo con valor inmaterial pero… también es de diseño. Y así no lo quiero. No quiero un envoltorio para mis palabras, ni para mi hogar, ni para mis espaldas, ni para mis amigos. He escrito en bordes de un periódico. Compro cuadernos baratos; un papel no vale nada hasta que no se escribe en él. Solo busco que tengan tapas que soporten un poco más la humedad si lo llevo al trabajo; pequeños, que me entren en un departamento de mi furgoneta o que no tengan anillas para escribir con comodidad en la página de la izquierda si lo hago sobre una mesa. ¡No quiero papel noble! Porque no es más que papel, aunque cueste más dinero, más absurdo y estúpido dinero, más presuntuoso y vacío dinero.
No quiero esa libreta, no soy capaz de darle vida. Por eso no quiero escribir nada en ella: tiene valor por fuera pero está vacía y así va a seguir. Podría dejarme el alma entre sus páginas pero daría igual. Hay quien no es capaz de abrir una libreta bonita para ver si lo que hay dentro lo mejora. Ni de ojear un viejo cuaderno sin sospechar que dentro puede haber algo que le conmueva. Hay regalos, hay personas, hay vidas que son sólo un lujoso envoltorio, una gran decepción.
No hay libreta en el mundo, ni cuaderno, ni enciclopedia, ni lujoso libro sagrado en el mismísimo Vaticano que tenga la categoría suficiente para ser el marco apropiado de tres, sólo tres palabras, mal escritas, que me envió mi hijo por teléfono para decirme que había aprobado todo el curso. Las letras y el papel no son más que un vehiculo que llevan un gran tesoro dentro, no son ellos el tesoro.
Hemingway escribía en la libreta Moleskine. Ninguno nos vamos a convertir en Hemingway ni en nadie sino en nosotros mismos. Disfrazarnos de otros es matar nuestra alma y entonces, ¿quiénes somos? ¿otro? , ¿nadie? , ¿nada?...
sin ningún contenido. Esta vez, más que nunca, no importa lo que escriba sino dónde. Me explico:
Soy alguien que no cree en horóscopos, quiromancia, males de ojo, el destino, señales y conceptos de esa índole. Creo más en las casualidades que, a veces, parecen tan bien concebidas que merecen la pena atribuirles un creador esotérico y una reflexiva interpretación. Seguiré sin creer, pero sí que lo que escribo ahora tiene que ver con coincidencias curiosas. Voy a intentar relatar esas coincidencias.
Hace mucho tiempo (más de un año, quizá dos, no puedo precisar) me regalaron una libreta y la semana pasada la descubrí medio olvidada en ese clandestino rincón que todos tenemos, donde amontonamos cosas difíciles de clasificar y que “ya ordenaremos cuando tenga un rato”. Y como iba a marcharme de viaje la cogí por si me surgía alguna idea para escribir. Me dije: “parece manejable y cómoda para llevar encima”. Así que la saqué de su funda de plástico y quise darle la oportunidad de cambiar de utensilio inerte a vehículo de sentimientos.
En ese viaje, el sábado me acerqué a una librería para comprar la prensa pero se había agotado el diario que suelo leer. Tampoco soy un fanático en estos temas, aunque sí tenga mis preferencias, así que cogí otro, no habitual para mí. Me senté en una terracita a leerlo junto a un Bitter Kas y descubrí positivamente en él un suplemento sobre libros, discos y arte en general y, al azar, me dejé caer en un artículo titulado “Saldos de agosto” en donde su autor hablaba sobre la posibilidad de encontrar libros muy interesantes a precios muy rebajados para darles salida.
Y me encuentro con que otro de los artículos que las librerías han tenido que reubicar como saldo son “las libretas moleskine”, que estuvieron de moda porque era – por lo que he leído después - la que Hemingway utilizaba para tomar sus notas. No podía creerlo, ¡es la libreta que llevo en el bolsillo! O más bien sí, no sólo puedo creerlo sino que encaja perfectamente todo: esa libreta no es una libreta cualquiera, no es una libreta a la que yo pueda dar vida; es una libreta con pedigrí, ya tiene – o se le supone – un valor propio por su diseño y su historia.

Como decía, todo encaja perfectamente. Creía tener en mis manos el único regalo con valor inmaterial pero… también es de diseño. Y así no lo quiero. No quiero un envoltorio para mis palabras, ni para mi hogar, ni para mis espaldas, ni para mis amigos. He escrito en bordes de un periódico. Compro cuadernos baratos; un papel no vale nada hasta que no se escribe en él. Solo busco que tengan tapas que soporten un poco más la humedad si lo llevo al trabajo; pequeños, que me entren en un departamento de mi furgoneta o que no tengan anillas para escribir con comodidad en la página de la izquierda si lo hago sobre una mesa. ¡No quiero papel noble! Porque no es más que papel, aunque cueste más dinero, más absurdo y estúpido dinero, más presuntuoso y vacío dinero.
No quiero esa libreta, no soy capaz de darle vida. Por eso no quiero escribir nada en ella: tiene valor por fuera pero está vacía y así va a seguir. Podría dejarme el alma entre sus páginas pero daría igual. Hay quien no es capaz de abrir una libreta bonita para ver si lo que hay dentro lo mejora. Ni de ojear un viejo cuaderno sin sospechar que dentro puede haber algo que le conmueva. Hay regalos, hay personas, hay vidas que son sólo un lujoso envoltorio, una gran decepción.
No hay libreta en el mundo, ni cuaderno, ni enciclopedia, ni lujoso libro sagrado en el mismísimo Vaticano que tenga la categoría suficiente para ser el marco apropiado de tres, sólo tres palabras, mal escritas, que me envió mi hijo por teléfono para decirme que había aprobado todo el curso. Las letras y el papel no son más que un vehiculo que llevan un gran tesoro dentro, no son ellos el tesoro.
Hemingway escribía en la libreta Moleskine. Ninguno nos vamos a convertir en Hemingway ni en nadie sino en nosotros mismos. Disfrazarnos de otros es matar nuestra alma y entonces, ¿quiénes somos? ¿otro? , ¿nadie? , ¿nada?...
El penal del pasado
Quizás yo esté curado. Mejor dicho: quizás yo he sido inmune a esta enfermedad quién sabe porqué. El caso es que nunca me ha afectado y el pasado fin de semana estuve expuesto más que nunca. Pero no; no me afecta lo más mínimo.
Tuve la gran suerte de disfrutar de un hermoso día de playa en muy grata compañía y, como me dejé llevar, eligieron un lugar nuevo para mí: la playa Berria en las costas de Santoña. Un paraíso más de la costa cantábrica, tan cerca y sin embargo desconocido para mí. Nada perturbó el día. Ni nubes, ni viento fuerte, ni ruidos que nos impidiesen disfrutar de la charla o la lectura, ni aglomeración de bañistas … nada. Una jornada de absoluto relax y disfrute.
Y pensé en aquellas personas que siguen mordiendo y envenenándose con imágenes de un lejano pasado; atormentados con fantasmas que no conciben que ya no existen, atados al recuerdo de algo que seguramente ni conocieron y que aún hoy les amargan sus desayunos.
A escasos metros de la playa aparcamos el coche, bajo los muros del penal de El Dueso. Y no pude evitar recordar a mi abuelo materno, aquel de quien heredé el nombre y de quien guardo una débil imagen sentado en su cocina, en una silla baja de madera, pintada de blanco. Yo apenas tenía 4 años, no recuerdo con exactitud, pero de aquel hombre recuerdo su rostro, casi idéntico al del torero Manolete, más por una foto que aún cuelga en una pared que por el inexperto cuaderno de imágenes vivas de alguien que gastaba sus energías en corretear y aprender a comer por sí solo.

Con los años supe que mi abuelo José María sufrió las consecuencias de la guerra civil. (No hablaré de lo absurdo de esta guerra ya que absurdo y guerra son conceptos sinónimos en absolutamente todos los casos) A él le tocó en el bando “rojo” y conoció las paredes y las rejas de aquel penal bajo cuyos muros estaba aparcando el coche para disfrutar de una tarde de sábado. Por algún lugar perdido entre el tiempo y aquellos pasillos estarían los golpes y el dolor que dejaron a mi abuelo sin costillas en un lado de aquel escuálido pecho. Por algún lugar perdido entre viejas literas y almanaques caducados y rancios vagarían durante un tiempo los sueños, la angustia y las dudas de un hombre que seguramente no entendería porqué los problemas que crean los de arriba los resuelven con la sangre y los hijos de otros.
Recordé por lo que tuvo que pasar él, por lo que tuvo que pasar la mayor parte de la población del país, todos aquellos que se vieron obligados a empuñar un arma, a esconder a sus hijos, a pasar miedo, a tener que matar, a tener que morir, a tener que huir… Pero también recordé que no sólo existió aquella guerra ni existe sólo este país, ni existió sólo aquel tiempo y me dí cuenta de que lo que me provoca rabia e impotencia no es aquel dolor de mis abuelos sino aquel que hoy, cada día veo en las fotos de los periódicos.
Aquel dolor ya caducó hace muchas décadas y a mí no me duele. Quienes fueron capaces de hacer que un pueblo llegase a esta barbaridad no están aquí. Aquello es historia, triste y cruenta historia, casi como toda la historia desde que el hombre se distinguió como inteligente y empezó a “cazar” a sus hermanos para … qué sé yo.
No. Cerca de esos muros no encontré a quien encerró y golpeó a mi abuelo para darle una patada en la espinilla. Aquellos fantasmas no me asustan, lo hacen quienes ahora son incapaces de diseñar un futuro mejor y ,sin embargo, se creen dotados para reparar el pasado. Quieren remover tumbas y archivos y no les distrae el ruido de rifles, tanques y misiles, ni siquiera les oculta la luz la sangre que hoy salpica las ventanas de sus despachos. Les importa más corregir una muerte que salvar mil vidas.
No voy tranquilo si el conductor del tren donde viaja mi familia está todo el viaje en el último vagón mirando hacia las vías que deja atrás.
Mi abuelo no va a volver, ni yo le voy a esperar; tiene un biznieto por quién sí puedo hacer muchas cosas.
Las cercanías del penal de El Dueso tienen una estupenda playa que golpean infinidad de olas, como si fueran el segundero de su historia. Y cada una de ellas deja su huella en la arena, hasta que llega la siguiente y deja otra huella nueva. Ese es el secreto del tiempo, que nunca se para. Las olas lo saben, la arena lo sabe. Yo también lo sé. Pero hay quien se detiene en el tiempo y eso … se parece tanto a la muerte…
La vida es sueño
A estas alturas, uno ya no sabe muy bien en qué consiste la vida. A estas alturas, uno se plantea si tener inquietudes más allá que las de pura supervivencia consiguen realizarnos o destrozarnos. A estas alturas uno deja de sentir lástima por los últimos años de su abuela para sentirlo por uno mismo y por los demás.
Sí; al menudo pero inquebrantable cuerpo de mi abuela se le estropeó una pieza y desequilibró un perfecto mecanismo cuando en la pastelería ya buscaban la vela número 96. Pero no llegó a soplar la tarta; se fue “jodida pero contenta” según decía ella misma.
“Contenta…” ¡claro! ¡si no tenía preocupaciones! Su cabeza se había apartado de ellas hace bastantes años y eso le hizo –y cada día me alegro más por ello- vivir con alegría esos últimos años.
Otro amigo, que visitó por unos minutos el trastero de los vivos, opina también que hasta ese día tuvo una vida más que aceptable y se plantea si en esta segunda oportunidad merecerá la pena enfrentarse a los más que probables problemas que estén por venir.
A todo esto le vengo dando vueltas desde que me he levantado de la butaca del cine. (Sí, peligro, cada vez que voy al cine me da por reflexionar y no sé si es bueno). He visto “Revolutionary Road “ y trata sobre el imposible equilibrio entre las inquietudes y las necesidades. Está ambientada hace varias décadas pero la encuentro tremendamente actual. Habla de la gran epidemia de la sociedad del bienestar: el constante sueño con una vida más plena.
Y nos puede, ese deseo… esa sospecha de que aún podemos realizarnos más nos atenaza, nos esclaviza y no nos deja disfrutar de unas posibilidades por las que millones de seres arriesgan su vida y la de sus propios hijos.
En la película aparece el tema del aborto pero no creo que hable de no dejar vivir a un bebé sino de cómo somos capaces de abortarnos a nosotros mismos cuando no nos llena lo que nos queda por delante. “Si no puedo conseguir mi sueño, mejor me retiro” parece decirnos alguno de sus personajes. Y, curiosamente, el personaje desequilibrado para la sociedad es el que ve claramente toda la verdad de lo que sucede.
¿Estamos locos por soñar? ¿Somos cuerdos y sensatos al rendirnos?
Personalmente, me niego a retirarme pero también a dejar de soñar. “La vida es sueño” decía Calderón de la Barca y quiero seguir durmiendo y soñando porque al despertar … los sueños se hacen imposibles.
Sí; al menudo pero inquebrantable cuerpo de mi abuela se le estropeó una pieza y desequilibró un perfecto mecanismo cuando en la pastelería ya buscaban la vela número 96. Pero no llegó a soplar la tarta; se fue “jodida pero contenta” según decía ella misma.
“Contenta…” ¡claro! ¡si no tenía preocupaciones! Su cabeza se había apartado de ellas hace bastantes años y eso le hizo –y cada día me alegro más por ello- vivir con alegría esos últimos años.
Otro amigo, que visitó por unos minutos el trastero de los vivos, opina también que hasta ese día tuvo una vida más que aceptable y se plantea si en esta segunda oportunidad merecerá la pena enfrentarse a los más que probables problemas que estén por venir.
A todo esto le vengo dando vueltas desde que me he levantado de la butaca del cine. (Sí, peligro, cada vez que voy al cine me da por reflexionar y no sé si es bueno). He visto “Revolutionary Road “ y trata sobre el imposible equilibrio entre las inquietudes y las necesidades. Está ambientada hace varias décadas pero la encuentro tremendamente actual. Habla de la gran epidemia de la sociedad del bienestar: el constante sueño con una vida más plena.
Y nos puede, ese deseo… esa sospecha de que aún podemos realizarnos más nos atenaza, nos esclaviza y no nos deja disfrutar de unas posibilidades por las que millones de seres arriesgan su vida y la de sus propios hijos.
En la película aparece el tema del aborto pero no creo que hable de no dejar vivir a un bebé sino de cómo somos capaces de abortarnos a nosotros mismos cuando no nos llena lo que nos queda por delante. “Si no puedo conseguir mi sueño, mejor me retiro” parece decirnos alguno de sus personajes. Y, curiosamente, el personaje desequilibrado para la sociedad es el que ve claramente toda la verdad de lo que sucede.
¿Estamos locos por soñar? ¿Somos cuerdos y sensatos al rendirnos?
Personalmente, me niego a retirarme pero también a dejar de soñar. “La vida es sueño” decía Calderón de la Barca y quiero seguir durmiendo y soñando porque al despertar … los sueños se hacen imposibles.
La ingrata labor del periodista.
Cuántas veces choca la libertad de expresión con lo socialmente práctico.
Digo esto porque una vez más los medios de comunicación, haciendo su labor, colaboran con los supuestos ideales del terrorista. Sé que lo tienen que hacer pero cuánto me gustaría que no se dedicasen a argumentar un acto violento más.
ETA ha vuelto a asesinar, y lo ha hecho a un hombre de 70 años cuando iba a jugar su habitual partida de cartas con sus amigos; ¡nada más! ETA no a asesinado a un contrato, ni a una empresa, ni a un tren de alta velocidad. Pregunten a su familia. Díganles si les preocupa ahora ese tren, ese contrato, esa empresa. Pregunten a ver si echan de menos a ese trabajador, a ese gestor … o a ese padre, marido, abuelo…
Pero para los demás, y según nos cuentan las noticias: ETA ha asesinado a un empresario que trabajaba en el tren de alta velocidad. Perfecta colaboración entre el terrorismo y la prensa. Así, todos aquellos que no estén de acuerdo con el trazado de ese tren tendrán la tentación de conectar de alguna mínima manera con los pistoleros. Se me hace más difícil encontrar personas que, de algún modo, se identifiquen con lo acertado de matar a un padre, marido, pareja o hijo.
Recuerdo hace unos meses, unas imágenes de un vagón de metro en donde un borrego pateaba a una chica. Recuerdo también (con asco) la cantidad de análisis que se hicieron de las características de la persona agredida. Incluso de otro viajero que presenció la agresión. Así, aquella aberrante paliza se encasilló en el apartado de violencia xenófoba y/o machista. Con lo cual, más de uno, sino justificó, sí que entendió los “motivos” de esa agresión; hay imbéciles por todos los lados…
Si esa agresión se hubiese tratado como de “un anormal que patea sin motivo a quien viajaba en el asiento de al lado”, seguro que no hubiésemos tenido que escuchar comentarios sangrantes del tipo: “la verdad es que nos están invadiendo, cada día hay más”
Por todo esto, entiendo que el periodista tiene que ganarse la vida y tanto en la prensa como en la televisión hay que vender un producto. Y se vende mejor cuanto más morbo tiene y más polémica crea. Y en eso se apoyan los criminales. Tú haz cualquier barbaridad que ya vendrán los medios a justificarlo. Tú mata y ellos explicarán a la sociedad que tenemos unos ideales.
El primer fin de semana de noviembre, algunos esbirros descerebrados de esta cuadrilla de matones que parasitan entre nosotros, apedrearon los cristales de mi máquina y me hicieron en ella dos pintadas en diferentes colores negando el tren de alta velocidad. Su contribución a la prosperidad del que llaman “su pueblo” es causar destrozos a un autónomo en el mayor momento de crisis del sector. Pero mi mayor satisfacción es saber que no se ha enterado nadie de “su mensaje reivindicativo”.

Si hubiese tenido cerca un periodista seguro que esa pedrada habría tenido un premio para ellos con algún titular muy diferente al que yo hubiera puesto, que sería algo así como. “Chavales sin respeto apedrean los cristales de una excavadora” Si en algo me han hecho reflexionar quienes lo hayan hecho es en cuántas horas más tengo que trabajar para pagar ese cristal y con qué tipo de disolvente borro las pintadas. ¿Sus motivos? … No lo sé, para tener un motivo primero hay que tener la capacidad de pensar.
Por otra parte, más lamentable fue el comentario del funcionario que cursó la denuncia.
-“Pero, ¿estaba usted trabajando para el tren de alta velocidad?”
- “No. Ni siquiera pasa por esta localidad”
- “Entonces puede que no le corresponda indemnización”
¡Qué eficaces son aquellos funcionarios que saben cuáles son sus capacidades y no se salen de ellas! Hay una frase que suelen dirigir los encargados en las obras a algunos peones: “A ti no te pagan por pensar”. No es muy respetuosa paro sí muy cierta.
Balada de otoño
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los mostradores llueve y llueve. La tormenta arrecia y en la calle ya no sólo hay charcos sino un torrente de desesperación que arrastra proyectos de vida hechos con materiales escasos. Van cayendo las chabolas y corren peligro aquellos hogares de construcción precaria.
La tormenta perfecta. Este es el verdadero cambio climático, la evolución insostenible, el desequilibrio más salvaje. Hablamos tanto del respeto a nuestro planeta, a sus cordilleras, a sus mares, a sus bosques, a sus especies, que nos olvidamos de proteger a la más débil.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
No podía ser. El equilibrio se convierte en magia cuando se han de soportar tantas cosas y tan arriba. Y la magia sólo existe cuando me miras a los ojos y confías en que yo te vuelva a subir en lo más alto. Porque tú sabes que yo sé vivir con mucho menos.
Pero necesito vivir. No puedes abandonar ahora. Me ahogo en la calle, al pie de tu rascacielos. Te lo dije: no puedes acumular tantas cosas en la azotea; tanta fiesta, tanto lujo, un helipuerto para ti solo y una piscina, cada vez más grande.
Te lo dije: ya tienes bastante agua y aquí abajo escasea. Nos arreglamos con poco, pero escasea. Pero tú siempre quieres más y ahora tu piscina se ha desbordado, se ha agrietado y aquí abajo nos ha caído todo en tromba y nos arrastra.

Tus empleados piden por megafonía que nos acerquemos a achicar, a recomponer, a limpiar, a curar... Pero el agua no deja de caer y nos arrastra, nos aleja del edificio y no sabemos cuándo parará y si sobreviviremos. Y tú pides nuestra ayuda. Y te la queremos dar. ¡Perdón! ¡He mentido! No queremos, pero sabemos que de otra manera no es posible. Nosotros sí que sabemos que para que la evolución sea sostenible nos necesitamos todos.
Por eso te pedimos: ¡mójate!. ¿No ves que tu escondite se ve mucho? Estás ahí arriba, con los pies secos, en tu helicóptero privado y asustado porque tu gran obra se derrumba. ¿Pero no eres capaz de poner el pie allí donde hay fango para cerrar la manguera del agua?
¡Mójate! Si quieres salir de ésta necesitas nuestra ayuda, pero te necesitamos para poder sobrevivir. Para la sangría, salpica tus pantalones y arriesga. Tú estás tratando de salvar tu ropa, nosotros nuestra casa.
Y tú estás en crisis. Toda la vida invirtiendo en valores para tener poder y ahora tienes poder, pero no tienes valor. ¡Esto sí que es invertir valores!
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los mostradores llueve y llueve. La tormenta arrecia y en la calle ya no sólo hay charcos sino un torrente de desesperación que arrastra proyectos de vida hechos con materiales escasos. Van cayendo las chabolas y corren peligro aquellos hogares de construcción precaria.
La tormenta perfecta. Este es el verdadero cambio climático, la evolución insostenible, el desequilibrio más salvaje. Hablamos tanto del respeto a nuestro planeta, a sus cordilleras, a sus mares, a sus bosques, a sus especies, que nos olvidamos de proteger a la más débil.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
No podía ser. El equilibrio se convierte en magia cuando se han de soportar tantas cosas y tan arriba. Y la magia sólo existe cuando me miras a los ojos y confías en que yo te vuelva a subir en lo más alto. Porque tú sabes que yo sé vivir con mucho menos.
Pero necesito vivir. No puedes abandonar ahora. Me ahogo en la calle, al pie de tu rascacielos. Te lo dije: no puedes acumular tantas cosas en la azotea; tanta fiesta, tanto lujo, un helipuerto para ti solo y una piscina, cada vez más grande.
Te lo dije: ya tienes bastante agua y aquí abajo escasea. Nos arreglamos con poco, pero escasea. Pero tú siempre quieres más y ahora tu piscina se ha desbordado, se ha agrietado y aquí abajo nos ha caído todo en tromba y nos arrastra.

Tus empleados piden por megafonía que nos acerquemos a achicar, a recomponer, a limpiar, a curar... Pero el agua no deja de caer y nos arrastra, nos aleja del edificio y no sabemos cuándo parará y si sobreviviremos. Y tú pides nuestra ayuda. Y te la queremos dar. ¡Perdón! ¡He mentido! No queremos, pero sabemos que de otra manera no es posible. Nosotros sí que sabemos que para que la evolución sea sostenible nos necesitamos todos.
Por eso te pedimos: ¡mójate!. ¿No ves que tu escondite se ve mucho? Estás ahí arriba, con los pies secos, en tu helicóptero privado y asustado porque tu gran obra se derrumba. ¿Pero no eres capaz de poner el pie allí donde hay fango para cerrar la manguera del agua?
¡Mójate! Si quieres salir de ésta necesitas nuestra ayuda, pero te necesitamos para poder sobrevivir. Para la sangría, salpica tus pantalones y arriesga. Tú estás tratando de salvar tu ropa, nosotros nuestra casa.
Y tú estás en crisis. Toda la vida invirtiendo en valores para tener poder y ahora tienes poder, pero no tienes valor. ¡Esto sí que es invertir valores!
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Muñecos vacíos
Desde esta ventana, sí, de esta que tengo a mi lado mientras escribo, veo una calle supongo que no demasiado diferente a la de cualquier otro lugar. Una acera, algunos árboles y la calzada, con su zona de aparcamiento (de pago, por supuesto). En primer plano hay un paso de peatones y tres contenedores diferentes para el reciclaje: orgánicos, papel y plásticos. Y al fondo, por encima de los bloques de esta calle, se levanta un edificio muy alto en cuyas primeras plantas abre sus puertas El Corte Inglés.
Ese es mi paisaje, que normalmente sólo varía con la gente que va y viene por debajo de mi ventana, según vayan en camiseta o con paraguas, de traje o en chándal, en solitario o en pareja, o en pequeños grupos, más numerosos y ruidosos en las noches del fin de semana.
Pero ayer tuve una visita inesperada: ¡Papá Noel! Sí, ayer se estaba rodando bajo mi ventana un spot (y yo que a esto toda mi vida lo había llamado “anuncio”...) publicitario para la lotería de Navidad, y un enorme globo de 6 metros con forma de este simbólico fantasma navideño alzaba vuelos controlados frente a mis cristales. Como diría la niña de “Poltergeist”: “Ya están aquíiiii...

Después salí a pasear y también vi operarios preparando enormes mangueras eléctricas y lo que no sé es si eran del Ayuntamiento o del Corte Inglés pero tenía toda la pinta del inicio de la “operación bombilla de colores” de cada fin de año (a apenas 80 días de las fiestas). Ojalá me equivoque.
Así que volví a recordar la escena y, no sé porqué, quise jugar al Tetris con varios elementos. Me propuse encajar El Corte Inglés, Papá Noel y los contenedores, especialmente el de papel y cartón. Y como banda sonora, teorías sobre el desarrollo sostenible y el cambio climático ... y tal y tal.
¿Cómo se sentiría, si pudiese hacerlo, ese contenedor al ver aproximarse esas fechas? Yo creo que estaría pidiendo ayuda, más compañeros en su calle viendo la que se le avecina. Se me ocurre que a mediados de diciembre habría que reestructurar la plantilla de contenedores y poner con el equipaje azul (el de papel y cartón) aquellos otros que quedan anacrónicos en Navidad: aquellos que recogen nuestras penurias económicas, nuestro control en el consumo, nuestra sensatez y austeridad, nuestra humildad ... y nuestro tremendo rollo ecologista que, por unas semanas, dejamos de utilizar.
No creo yo que crezcan muchos más árboles por amontonar toneladas de cartón en las calles cada 7 de enero. Confiaría más si cada regalo no viniese envuelto en una caja de cartón seis veces más grande que el propio juguete, si no trajese un grueso tomo con las instrucciones en 36 idiomas, si no lo envolviesen con papel de la propia juguetería como si fuese aire, si no le pusiéramos además otro papel mucho más bonito que vimos en una papelería y si no lo llevásemos en esas coquetas bolsas de marca, también de las tiendas.
Total: tres kilos de papel para envolver una Bratz de apenas 20 centímetros, que acabará siendo la muñeca del futuro porque es como nosotros, superflua, aparente y con mucha cabeza pero únicamente útil por fuera, para usarla como lienzo.

Así que, voy a salir a ver si, como me temo, esos cables son los que llenarán nuestras calles de miles de luces ¿sostenibles? durante unos meses para aparentar que estamos en aquél Belén de hace dos milenios en donde ¡qué curioso! únicamente una estrella iluminaba el lugar.
A su imagen y semejanza, seguimos creando un paraíso.
Ese es mi paisaje, que normalmente sólo varía con la gente que va y viene por debajo de mi ventana, según vayan en camiseta o con paraguas, de traje o en chándal, en solitario o en pareja, o en pequeños grupos, más numerosos y ruidosos en las noches del fin de semana.
Pero ayer tuve una visita inesperada: ¡Papá Noel! Sí, ayer se estaba rodando bajo mi ventana un spot (y yo que a esto toda mi vida lo había llamado “anuncio”...) publicitario para la lotería de Navidad, y un enorme globo de 6 metros con forma de este simbólico fantasma navideño alzaba vuelos controlados frente a mis cristales. Como diría la niña de “Poltergeist”: “Ya están aquíiiii...

Después salí a pasear y también vi operarios preparando enormes mangueras eléctricas y lo que no sé es si eran del Ayuntamiento o del Corte Inglés pero tenía toda la pinta del inicio de la “operación bombilla de colores” de cada fin de año (a apenas 80 días de las fiestas). Ojalá me equivoque.
Así que volví a recordar la escena y, no sé porqué, quise jugar al Tetris con varios elementos. Me propuse encajar El Corte Inglés, Papá Noel y los contenedores, especialmente el de papel y cartón. Y como banda sonora, teorías sobre el desarrollo sostenible y el cambio climático ... y tal y tal.
¿Cómo se sentiría, si pudiese hacerlo, ese contenedor al ver aproximarse esas fechas? Yo creo que estaría pidiendo ayuda, más compañeros en su calle viendo la que se le avecina. Se me ocurre que a mediados de diciembre habría que reestructurar la plantilla de contenedores y poner con el equipaje azul (el de papel y cartón) aquellos otros que quedan anacrónicos en Navidad: aquellos que recogen nuestras penurias económicas, nuestro control en el consumo, nuestra sensatez y austeridad, nuestra humildad ... y nuestro tremendo rollo ecologista que, por unas semanas, dejamos de utilizar.
No creo yo que crezcan muchos más árboles por amontonar toneladas de cartón en las calles cada 7 de enero. Confiaría más si cada regalo no viniese envuelto en una caja de cartón seis veces más grande que el propio juguete, si no trajese un grueso tomo con las instrucciones en 36 idiomas, si no lo envolviesen con papel de la propia juguetería como si fuese aire, si no le pusiéramos además otro papel mucho más bonito que vimos en una papelería y si no lo llevásemos en esas coquetas bolsas de marca, también de las tiendas.
Total: tres kilos de papel para envolver una Bratz de apenas 20 centímetros, que acabará siendo la muñeca del futuro porque es como nosotros, superflua, aparente y con mucha cabeza pero únicamente útil por fuera, para usarla como lienzo.

Así que, voy a salir a ver si, como me temo, esos cables son los que llenarán nuestras calles de miles de luces ¿sostenibles? durante unos meses para aparentar que estamos en aquél Belén de hace dos milenios en donde ¡qué curioso! únicamente una estrella iluminaba el lugar.
A su imagen y semejanza, seguimos creando un paraíso.
La razón de la magia.
Él, como tantos otros ilusionistas, algunas veces soñaba con que la magia pudiese existir. Pero conocer los entresijos de cada truco le hacía perder esa ilusión que alimenta la inocencia. La magia no existía para él sino para su público, infantil –y de enormes ojos abiertos- en la mayoría de sus actuaciones. La mayor parte de sus ingresos le llegaban por cumpleaños, comuniones y celebraciones de ese tipo. También trabajaba en algunas discotecas de pueblos pequeños en donde sufría burlas y bromas de mal gusto de un público más pendiente de beber que de su actuación.
Aquella tarde tenía una fiesta de cumpleaños en el comedor privado de un restaurante. Cerca de veinte niños esperaban ver su magia mientras sus padres, más alejados, permanecían en animada y ruidosa tertulia ajenos al espectáculo. Pero aquello no le desanimaba, es más, prefería poco público pero de los que aún sueñan con la magia, como él.
Y sucedió que en uno de los trucos clásicos la magia, la auténtica magia, cobró vida. Se disponía a hacer aparecer de su chistera al viejo conejo –que era su único compañero de piso- y cuando su mano palpó aquello que había dentro su expresión sonriente cambió súbitamente por otra de sorpresa que no era parte del guión. Allí donde esperaba encontrar una suave piel notó el tacto de unas plumas y de su chistera surgió una paloma blanca.
La paloma desplegó sus alas y dio un corto vuelo sobre las cabezas de los niños para regresar después al puño de su ... creador? Éste no podía ocultar su asombro y miraba incrédulo.
Pero el show debía continuar y la depositó en aquella chistera, que puso bajo la mesa, oculta por unas telas negras. Quiso terminar pronto y aceleró su despedida dedicándose a modelar figuras de animales con largos globos de colores vivos que fue regalando a su joven público. Recogió su mesa y se fue entre unos tímidos aplausos que no tuvo tiempo de agradecer.Empujó aquella mesa preparada con ruedas hasta el aparcamiento del restaurante para guardar todo su equipo en su furgoneta y regresar a casa. Pero lo primero que hizo fue buscar la chistera y ... allí estaba de nuevo el conejo, su viejo amigo de siempre. De la paloma no había ni rastro. Colocó ordenadamente cada elemento de su atrezzo comprobando con minuciosa atención si entre alguno de ellos aparecía la paloma. Pero no fue así.
Aquella noche no pudo dormir. Buscaba cualquier explicación racional a lo sucedido y no lo encontraba. Sólo la magia lo podría explicar pero él, mejor que nadie, sabía que la magia no es más que una ilusión en las mentes de las personas sencillas.
Pasó una semana en la que trató de borrar de su recuerdo aquel incidente, aunque no lo conseguía. Y llegó la siguiente actuación. Todo transcurría normal hasta que llegó al mismo truco de la chistera y el conejo. Esta vez no sonreía mirando al público sino que sus ojos se clavaron en el interior de la chistera. ...Y allí estaba de nuevo la paloma.
Aquel hecho se repitió igual en todas sus actuaciones durante unas semanas y lo tenía totalmente desconcertado. ¿habría conseguido crear magia? Tanto tiempo soñando con ella y ahora no sabía como reaccionar al conseguirla.
Sabía que no era así. O necesitaba saberlo. Sin embargo la paloma no faltaba nunca y él disfrutaba más incluso que su público ya que tocaba la magia con sus dedos en, el que se convirtió para él, su número estelar. Se sentía mago; era mago por unos instantes.
Pero la semana en soledad es larga y pasaba demasiado tiempo buscando una explicación razonable a esta locura. Sus dudas mataban la magia.
La práctica del ilusionismo durante tantos años le había acostumbrado a tener todo bajo el control de sus sentidos y, de repente, algo se escapaba a ese control. No podía creer en la magia. Eso es algo que pertenece al mundo de los sueños, una vana ilusión, una quimera. Y tomó una drástica decisión: abandonar sus actuaciones, quizás hasta entender cuál era el truco –porque tenía que haberlo- de aquella sorprendente paloma.
Llegó su primer sábado sin actuación y fue a dar un paseo por la ciudad. Compró un diario y se sentó en un banco del parque a ojearlo. A su alrededor, decenas de palomas buscaban el alimento de otras manos y sus ojos se fueron hacia ellas. Instintivamente quiso reconocer de entre todas a aquella que se aparecía en sus actuaciones. Pero era absurdo; todas se parecían demasiado. Además, aquella paloma sólo existía en su chistera.
En su casa, ya al atardecer se había concentrado demasiado calor. Abrió una ventana y se quedó contemplando la calle desde lo alto. Se sentía con los pies demasiado lejos del suelo de los demás. “Los de ahí abajo no entendería cuál es la locura que me preocupa” – pensaba. Giró sobre sí mismo y se quedó pensativo apoyado en el marco, de espaldas al exterior.
Sólo unos segundos después escuchó un leve ruido tras él. En el alféizar, apenas a unos centímetros de una de sus manos, se había posado una paloma. Esta vez no tuvo que hacer ningún esfuerzo para reconocerla: sin duda era ella. La magia le perseguía, la magia sí creía en él.
Aquella paloma podría ser una de tantas, no era diferente en su aspecto a las demás, sin embargo sólo con ella surgía la magia. Esto le hizo pensar: quizás no haya seres mágicos sino que la magia surge de la unión de varios ingredientes, macerados en el espacio y el tiempo, como en aquellos conjuros de los hechiceros medievales. Y los ingredientes pueden ser, además de extraños y exóticos elementos, dos seres vivos, nada diferentes del resto, pero cuya coincidencia en el momento haga saltar la chispa que haga reaccionar la fórmula perfecta.Cada tarde la paloma visitaba la ventana del mago. Éste la miraba desconcertado, no sabía cómo tratarla, qué hacer con ella. No distinguía si era un ser real o una fantasía tras tantos años como ilusionista. En su intento de hacer algo por ella empezó a darla de comer, como si ella lo visitara para sobrevivir. Y además le ofrecía de la misma comida con que alimentaba a su conejo.
Ella no lo rechazaba, aunque no fuera lo que buscaba ni la comida que a ella le iba bien. Y sabía que aquella comida para conejos acabaría por intoxicarla. Pero volvía cada día con la esperanza de que él se decidiera a alimentar el encantamiento que nacía cuando, ataviado con su viejo frac, se decidía a ser un mago de verdad.
Lo irracional no cabía en su vida. Aquello que se escapaba a su control no entraba a formar parte de una existencia medida y ordenada. Y así fue como decidió cerrar la ventana y no dar más comida de conejos a la paloma. La miraba desde dentro, eso sí, con la eterna duda de saber qué y para qué había aparecido ese misterioso ser en su vida.
Y llegó el invierno. A menudo el hielo cubría todo el alféizar. Sin embargo, la fiel amiga lo visitaba cada día. Ella nunca perdió la fe. Sabía que sólo él era el ingrediente que la hacía un ser mágico. El viento soplaba fuerte y gélido aquella tarde. La paloma, cada vez con peor aspecto, se tambaleaba sobre el hielo con sus plumas empapadas. Él la miraba pegado al cristal pero su orgullo racional le impedía ayudarla.
En un golpe más de viento ella patinó. Él vio que se iba a caer y entonces sí abrió rápido la ventana. Miró hacia abajo esperando que remontase el vuelo. Pero no fue así; cayó girando sobre sí misma. Al llegar al suelo, su impacto tuvo un extraño sonido de cristal.
Bajó apresuradamente las escaleras. En el suelo yacía inerte la paloma. Un ramo de flores de papel, de aquellos que aparecen en una varita, cubría parte de su cuerpo. Dos niños se peleaban por recoger algo del suelo mientras su madre los llamaba impaciente. Eran decenas de pequeños cristales con forma de gota de agua, lágrimas quizá del mundo de la fantasía.
Levantó la vista hasta su ventana y ya apenas se sorprendió al ver cómo de ella colgaba una interminable cuerda hecha con pañuelos de colores anudados. Esta vez, ya demasiado tarde, creyó en el encantamiento de aquel ser de aspecto corriente. La recogió cuidadosamente entre sus manos y al levantarla encontró bajo su cuerpo el último de sus trucos. Un naipe partido en dos mitades. Era el as de corazones.Volvió a dejar el cuerpo de la paloma en el suelo y recogió los dos trozos de aquella carta. Instintivamente los unió y ... el as de corazones se transformó en el dos de corazones. Pero la carta no se podía volver a unir.
Miró a la paloma y comprendió que la magia había terminado allí. Y guardó en su billetera aquellos dos corazones separados para siempre ... por la razón.






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.